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En buena lógica

La vida al límite

Para ponerme a la altura que exigen los tiempos enloquecidos que vivimos, me he inscrito en uno de esos gimnasios “wellness” con Spa. Soy nuevo en esto, ¿saben? Hay tantas clases que no sé por dónde empezar. ¿Stretching? ¿Pilates? ¿Aqua Express? ¿ABD? ¿Energy cycling? ¿Body combat? ¿Aqua sculping? ¿Body Pump? ¿Danza oriental? ¿Aqua chi? Pregunto a un musculoso joven de recepción, con un tatuaje en el hombro y los brazos depilados, qué me recomienda para liberar estrés. Body combat, sala 5, me indica. Y allá que voy.

La sesión ya ha empezado. Lo primero que veo, antes de empujar la puerta de la sala acristalada es a la entrenadora en la tarima, una joven con un ceñido top de lycra sacudiendo frenéticamente la melena y moviendo el esqueleto cual cromañona en danza tribal. Lleva un micrófono que le baja desde la nuca y sonríe licantrópicamente mientras sacude el aire con puños, rodillas y pies. Ante ella, un exultante ejército de atletas de ambos sexos la remedan, en medio de una atronadora música tecno. Trato de buscar un hueco entre la densidad humana, sin recibir un puñetazo, y consigo situarme en una esquina, amedrentado. Mis torpes intentos de unirme a la horda convulsa asestando golpes al aire no consiguen sincronizar mis impulsos con los demás. Giro y me dabato en medio de un torbellino de furia. A los pocos minutos estoy aturdido y a punto de entrar en shock. Debo salir de ahí. Me pego al tabique de cristal y trato de avanzar hacia la puerta, esquivando los directos que unos y otros lanzan hacia mí con mirada hipnótica, febril, como si no me vieran. ¡Me siento rodeado de zombis! Uno de ellos me roza con el codo y ni se disculpa. Al final, decido continuar a gatas hasta la puerta. Y salgo casi lívido.

Me tomo una caña en la cafetería, y otra más, y me armo de valor para entrar otra vez en combate. No todo está perdido: acaba de empezar una clase de abdominales en otra sala acristalada. No hay mucha gente, así que dispongo una colchoneta y extiendo sobre ella mi toalla, y comenzamos el tormento abdominal. El entrenador es un argentino de pelo rapado al cero y un físico elástico. Nos exhorta como un teniente de marines a mantenernos firmes en la posición, aunque cueste esfuerzo. ¡Sufrid, reclutas! De vez en cuando se pasea entre nosotros el teniente y nos corrige la postura, para que duela de veras, y a fe mía que duele. ¡Y aún hay quien dice que el deporte es bueno!

Terminada la sesión, se quedan dos mujeres de mediana edad que me invitan a quedarme a la clase de Tai Chi Chuan. “Es muy relajante”, me dice una. Bien, ¿por qué no? Chuan, Chuin, lo que sea: tras castigar mis abdominales y lumbares, bienvenido sea cualquier bálsamo oriental. Tras cinco minutos de ausencia, regresa el mismo entrenador argentino, pero –voilá-, ¡se ha cambiado el chándal por un fino kimono zen! Pronto compruebo que no se trata solo de un cambio externo: también ha sufrido una repentina transformación de personalidad. El teniente de marines se ha transmutado en un maestro espiritual que habla con una cadencia lenta y suave. Hoy es el día del Buda iluminado, dice, pues muy bien. Pone música de Kítaro y comienza a introducirnos en la nueva ondulante realidad, que nos envuelve como un fluido invisible. Separa las piernas, curva la cadera, flexiona algo las rodillas y nos explica, con un susurro, que nuestra energía habita en lo alto de la cabeza y debe ser ligera y sensible. Nos invita a hundir los hombros, dejar caer los codos, extender los dedos y respirar hondo. Hecho lo cual, procedemos a liberar la energía del Chi desde el ombligo, a través del canal del tronco y los brazos, y a reintegrarla de nuevo respirando desde el estómago, que pasa a ser ahora mi nuevo órgano respiratorio. “Es el circuito espiral de la fuerza dinámica, uniendo la conciencia con el movimiento corporal”, dice el argentino, menudo piquito de oro. Con ingravidez de pulpos en el fondo acuoso, asentamos el Qi en Tantien, que viene a ser asentar el culo en pompa con las piernas separadas. “Vencer el movimiento con la quietud, vencer la dureza con la suavidad, vencer lo rápido con lo lento. Usar la mente más que la fuerza muscular. Esto es espíritu y movimiento del Tai Chi”. Parece que se han rasgado los ojos. Lo malo es que no consigo mantener la mente en calma, y más que un junco en la quietud del lago me siento como una patera zozobrando en el mar proceloso. Concluimos con la postura de la grulla, desplegando livianamente los brazos, y finalmente, hacemos el sinuoso movimiento de extraer seda de un capullo, estirándola a un lado con el brazo. La sesión ha terminado y aplaudimos.

Tras esta inmersión en el Chi, recobro mi dimensión corporal con los músculos entumecidos de tanta grulla y tanto capullo, y bajo a las mazmorras brumosas a tomarme un baño turco. Yo digo que, después de tanta soplapollez, al final todo esto se resume en lo mismo: sudar, sudar y sudar. Y cuando terminas de sudar por todos los malditos poros, vuelves a casa y lo único que te apetece es abrirte unas cuantas latas de birra y soplarte un buen plato de macarrones con sofrito de tomate y cebolla y un par de huevos fritos con mucho pan de miga gorda.

Por Ignacio García-Valiño

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mayo 2009
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