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César Coca

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Intelectuales, kaputt


Como la serpiente cultural de verano -lo de Gunter Grass- está
gustando, he decidido que yo también le voy a dar de comer. Un
compañero -bueno, seamos sinceros, un jefazo de esos que te caes de
espaldas- llamaba la atención el pasado domingo sobre los que intelectuales que dan una chapa increíble y luego hacen lo contrario. Yo estaba pensando en Saramago, pero no, luego vi que se trataba de Grass. Yo a Grass le admiro mucho.
Tengo un libro con sus artículos políticos que me entusiasma. En
particular, me acuerdo de una intervención en una asociación de
votantes -que no militantes- del Partido Socialdemócrata alemán, en la
que exponía todo lo que le parecía mal del partido al que votaba.
Y era mucho. Esto sólo pasa en Alemania y otros países civilizados, me
dije. Pero en cuanto lo dices te acuerdas de las cámaras de gas, la
tumba de la civilización…
    Sin hacer analogías forzadas, ahora, cada que me
acuerdo de Grass, me acuerdo también de sus años de silencio y de sus gritos por la desnazificación dulce que a su juicio ocurrió en su país. ¿Cuánto de dura hubiera querido que fuera?
    Hay gente que dice que el intelectual entró en
crisis cuando la utopía se fue al carajo. Hay algo de esto, pues muchos
intelectuales usaron sus paraísos artificiales para criticar la
inmundicia capitalista y luego hubo una deserción masiva de esos
paraísos.
Pero hay más cosas. Están las contradicciones -me había salido, con
errata, contracciones- de los intelectuales, que predican una cosa y
luego quieren vivir como reyes, y también está el irreductible
pluralismo de las sociedades contemporáneas. ¿En nombre de qué, con qué
criterio puede criticar un intelectual? Los derechos humanos, etc.,
etc., Pero esto es una obviedad asumidad no por todos,
desafortunadamente,  pero sí por todos a los que se dirigen los
intelectuales. Walter Benjamin proponía analizar, más que perorar. Pues
eso.

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