Llega el verano, suben las temperaturas, los bosques están llenos de plantas crecidas en primavera, llueve menos y aquí están, como todos los años, los incendios forestales. Y, está claro, no olvidemos a los pirómanos, a los accidentes y a los irresponsables. Miles de hectáreas quemadas, con bosque y con matorral, y cada vez más en zonas abandonadas y sin cuidados por el descenso de la población rural. Los incendios forestales, además del peligro que suponen para personas y haciendas, nos angustian por la destrucción, por el derroche de naturaleza y belleza que representan. Comparar la imagen de un bosque en plenitud con su imagen después de un incendio apena a cualquiera que tenga con un mínimo de sensibilidad. Y todo ello aunque no conocemos todavía, con precisión, la extensión e importancia de los incendios forestales en la historia de nuestra especie. Incluso no sabemos si hay más o menos incendios según el clima, la vegetación, la topografía o las propias actividades humanas. Jennifer Marlon y su grupo, de la Universidad de Wisconsin en Madison, han hecho una primera aproximación al estudio de estos temas en el Oeste americano y sus conclusiones son, como poco, sorprendentes.
Han reconstruido las variaciones a largo plazo en el número de incendios a partir de los sedimentos de cenizas, recogidos en el fondo de lagos, depositados en los últimos 3000 años. Las muestras proceden de 48 lugares de las Montañas Rocosas y de los estados del Pacífico. Para datos más recientes, de los últimos 1800 años, han utilizado los anillos de crecimiento de los árboles y la historia escrita.
La mayor parte de los cambios en la frecuencia e intensidad de los incendios se explican por la temperatura, las sequías y la actividad humana. La tendencia general en los últimos 3000 años es una disminución lenta pero continua en el número e intensidad de incendios, es decir, en la cantidad de ceniza depositada en los sedimentos del fondo de los lagos. Los niveles más bajos se encuentran en la Pequeña Edad del Hielo, entre los siglos XV y XVIII, y en el siglo XX. Los máximos aparecen en la Edad Media, entre los siglos X y XIII, y al principio del siglo XIX. Desde entonces hasta la actualidad, durante gran parte del siglo XIX y el siglo XX, estamos en un mínimo, seguramente porque venimos de los muchos incendios de principios del XIX y, también, por la actividad humana con cría de ganado, fragmentación de los grandes bosques por el desarrollo de la agricultura y por la salvaguarda de los bosques durante la segunda mitad del siglo XX. Pero el resultado final es el mencionado: ahora mismo, en el Oeste americano, hay un “déficit” de incendios forestales y, según los autores de este trabajo, los grandes incendios de los últimos años están comenzando a cubrir ese “déficit”.
*Marlon, J.R. y 11 colaboradores. 2012. Long-term perspective on wildfires in the westernUSA. Proceedings of the National Academy of Sciences USA doi:10.1073/pnas.1112839109