
…
Toma asiento y ponte cómodo que lo que sigue a continuación es largo, tendido y posiblemente aburrido, pero debo decirlo. El personaje de hoy es el reflejo exacto de cómo la tragedia humanitaria y el colapso institucional de un país pueden convertirse en la mayor oportunidad de enriquecimiento para los trepadores políticos tramposos.
Entender su proeza conlleva viajar en el tiempo hasta el 2009. En aquel entonces, Venezuela empezaba a sufrir las consecuencias de años de desinversión en su sistema eléctrico. El expresidente Hugo Chávez, acorralado al borde del colapso, decretó la “emergencia eléctrica” nacional. Esa orden abrió las compuertas para que el Estado gastara miles de millones de dólares a dedo, saltándose todas las leyes de licitación habidas y por haber.
En ese escenario de río revuelto apareció un grupo de jóvenes de la alta sociedad caraqueña, educados en universidades extranjeras, que no superaban los treinta años. El lenguaje popular los bautizó como los “bolichicos”, una nueva casta de ansiosos empresarios que a diferencia de la vieja clase, no acumuló su riqueza a lo largo de generaciones, sino en cuestión de meses gracias a sus conexiones directas con los altos mandos del chavismo. A la cabeza de este grupo estaba Alejandro Betancourt López.
Junto a sus socios de ocasión fundó la empresa de papel Derwick Associates. Lo que vino después fue un asalto sistemático a las arcas públicas. Entre 2009 y 2012, Derwick recibió al menos 15 contratos multimillonarios para construir y equipar plantas termoeléctricas en todo el país. El modus operandi de la “fechoría” fue tan simple como lucrativo. La empresa compraba turbinas y equipos usados y reacondicionados a brochazos de pintura a una firma llamada Proenergy Services a precios de saldo, y luego se los revendía al gobierno venezolano como si fueran equipos nuevos de última generación.
Distintas auditorías y denuncias de organizaciones como Transparencia Venezuela revelaron que el esquema manejó cerca de 5.000 millones de dólares de fondos públicos, con un sobreprecio estimado que superó los 3.500 millones de dólares. Mientras Betancourt y sus amigos celebraban ganancias con márgenes astronómicos, las plantas que supuestamente debían salvar a Venezuela jamás funcionaron razonablemente bien, las pocas que se instalaron se fundían a los pocos días y las demás ni se montaron.
El país se hundió de manera crónica en la oscuridad de los racionamientos eléctricos, pero los “bolichicos” ya se habían forrado y blindado a futuro. Con los bolsillos llenos de petrodólares ilícitos, el joven magnate comenzó así una agresiva campaña de diversificación de inversiones en Europa y Estados Unidos. Su movimiento más célebre fue la compra accionaria de Hawkers, conocida marca española de gafas de sol que se había vuelto un fenómeno de ventas por internet.
Betancourt inyectó decenas de millones de euros para expandir la firma, convirtiéndose en el empresario de moda. Pero sus inversiones no se detuvieron allí, adquirió majestuosas fincas y mansiones de superlujo en las zonas más exclusivas de Madrid (como la famosa finca El Alamín) y en la City financiera de Londres invirtió en negocios bancarios internacionales. Creó además varias corporaciones petroleras dispuestas para operar en Venezuela.
Durante casi una década, Betancourt vivió a la sombra de múltiples investigaciones criminales. En Estados Unidos, su nombre aparecía repetidamente en los expedientes de la Operación Money Flight de un tribunal federal de Miami, un caso que desmanteló una red dedicada a lavar 1.600 millones de dólares robados de la estatal venezolana PDVSA a través de fraudes cambiarios masivos. Aunque varios de sus socios y banqueros fueron arrestados y sentenciados, Betancourt logró mantenerse a flote, pero su cerco comenzó a cerrarse en Europa entre finales de 2025 y principios de 2026.
La fiscalía de Zúrich, en Suiza, y la Fiscalía Anticorrupción de España iniciaron un ataque coordinado contra él por presunto blanqueo de más de 4.850 millones de dólares a través de la llamada trama del Banco Atlántico. El drama judicial escaló rápidamente, y Betancourt fue detenido por la policía británica en Londres bajo órdenes internacionales de captura.
Para eludir la prisión preventiva y un proceso inminente de extradición hacia Suiza, se vio obligado a pagar una fianza millonaria de 3.6 millones de dólares y a entregar sus pasaportes (venezolano e italiano). Confinado en sus residencias palaciegas del Reino Unido y con la Audiencia Nacional de España reabriendo sus causas penales en junio de 2026, el destino de Betancourt parecía sellado tras las rejas.
Cuando todo indicaba que su imperio corrupto se desmoronaría por completo, entró en juego la geopolítica internacional para regalarle un salvavidas que ni el mejor de sus abogados habría podido diseñar. El año 2026 trajo consigo una reconfiguración radical de las relaciones entre Washington y Caracas.
La administración estadounidense necesitaba desesperadamente asegurar fuentes estables de petróleo crudo y debilitar la influencia rusa y china en el Caribe. Para lograrlo, la Casa Blanca inició negociaciones secretas de alto nivel con el ala del gobierno venezolano liderada por Delcy Rodríguez. Sin embargo, para destrabar un acuerdo de tal magnitud, se requería un intermediario que tuviera la confianza absoluta del régimen chavista, pero que al mismo tiempo supiera moverse con soltura en las altas finanzas occidentales.
Ese hombre era Alejandro Betancourt López. En un giro político y judicial que dejó atónitos a investigadores de prestigio internacional, el gobierno estadounidense intervino directamente ante las autoridades de Suiza. La presión de Washington surtió efecto, y en mayo de 2026, la justicia suiza retiró las órdenes de detención internacionales y levantó las restricciones de viaje que pesaban sobre el empresario idóneo. El gobierno británico le devolvió los pasaportes y canceló su proceso de extradición. Por su parte la Casa Blanca sepultó de un plumazo todas las investigaciones criminales por lavado de dinero sobre el “bolichico” en las fiscalías de Suiza y España.
Apenas recuperada su libertad de movimiento, Betancourt abordó un jet privado y voló a Caracas. El resultado de sus gestiones se ha materializado a finales de agosto de 2026. Es el acuerdo entre el interinato de los Rodríguez de Venezuela y los intereses petroleros de EEUU actualmente dados a conocer por Donald Trump, el control mayoritario de más de 65.000 millones de barriles de las reservas petroleras en Venezuela por 100 años.
El camaleón financiero lo ha vuelto a hacer. Alejandro Betancourt completó una metamorfosis inédita. Comenzó su carrera saqueando el sistema eléctrico de su país bajo el ala del chavismo, sobrevivió convirtiéndose en un magnate de la moda y el lujo en Europa, esquivó la prisión utilizando información privilegiada y, se coronó como el intocable “Zar del Petróleo” protegido por Washington.
Así están hoy por hoy las cosas, y como bien lo decía el tango: “Hoy una promesa, mañana una traicion, amores de políticos, flores de un día son”.
Continuará…
Cantaclaro …