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El mirador del indiano

¿Negocio del siglo o pacto de milagros?

A ver, admitámoslo: si hace un año nos dicen que Donald Trump iba a firmar el “mayor acuerdo petrolero de la historia del mundo” de la mano de Delcy Rodríguez, habríamos sugerido un control de alcoholemia inmediato para el que lo decía. Pero la política tiene mucho de estas cosas y de otras como estas. Cuando el dinero y la gasolina entran por la puerta, la ideología y sobre todo la moral, salta por la ventana a la velocidad del rayo. 

El presidente de los Estados Unidos lo soltó en sus redes sociales con su habitual sutileza. El papelito firmado dice que Estados Unidos se queda con el control mayoritario de más de 65.000 millones de barriles de las reservas petroleras en Venezuela. Vamos, que Washington acaba de meter la cuchara en la sopa de petróleo más grande del planeta y, según ellos, “a coste cero para el contribuyente norteamericano”. Jugada maestra o truco de magia, el tiempo lo dirá.

Lo más jugoso de esta telenovela no son los números (que ya marea mirarlos), sino los actores. Por el lado de la Casa Blanca, el reparto lo encabezan el Secretario de Estado Marco Rubio y el jefe del Pentágono, Pete Hegseth. Por el lado de Caracas, la firma la pone Delcy Rodríguez, a quien ahora en el despacho oval llaman con un refinado respeto “Presidenta Interina”. Sí, la misma Delcy que hasta hace dos telediarios encabezaba la resistencia contra el “imperio”.

La jugada duplica de un plumazo las reservas de petróleo actuales de Estados Unidos. La promesa de Trump para sus votantes es música celestial, gasolina barata para todos a largo plazo en medio de los sustos provocados por la guerra de Irán. Prometer gasolina a bajo costo en Estados Unidos es el equivalente político a regalar jamón ibérico en Navidad: el éxito electoral está garantizado.

Pero como ni aquí ni allá nadie da duros a peseta, conviene leer la letra pequeña antes de descorchar el champán. El acuerdo no es que los marines hayan ido con cubos a llevarse el crudo, ni que se hayan apropiado el Caribe completo. El invento funciona mediante una especie de alianza pública-privada. Las empresas norteaméricanas entran a saco en los yacimientos venezolanos, meten capital y, a cambio, se aseguran el flujo de petróleo a precio de gallina flaca.

La administración Trump vende esto como un logro personal de su presidente donde (según el relato oficial) el ciudadano de a pie en Florida o Texas llenará el depósito de su todoterreno con la calderilla que le molesta en el bolsillo. 

Ahora bien, aquí viene el momento del baño de realidad. Cualquiera que haya estado cerca de un pozo petrolero en Venezuela sabe que la infraestructura actual da más pena que vergüenza. 

Tras años de abandono, aquello está para que lo revise un hacedor de milagros, sí, las reservas son muy bonitas y muy millonarias, pero para sacarlas hace falta meter miles de millones de dólares en tecnología, reparar refinerías y cruzar los dedos para que el sistema eléctrico no se caiga cada dos por tres. Es como si te regalan un Ferrari, pero viene sin motor, sin ruedas, oxidado y redondo a golpes, un ofertón, pero prepárate cuando pases por el taller.

Como era de esperar, el acuerdo ha levantado ampollas en todas las esquinas. En Caracas, la camarilla que rodea a Delcy celebra el pacto como el “renacimiento” económico del país, frotándose las manos con los más de 100.000 millones de dólares en inversiones proyectadas en 17 campos estratégicos. Mientras tanto, la inmensa mayoría que se opone al interinato que sigue en Miraflores ve este supuesto arreglo como una entrega descarada del patrimonio nacional en una negociación exprés y entre bambalinas.

Al final del día, el panorama es de lo más pintoresco. Trump saca pecho de salvador de la economía americana, la pandilla de siempre se asegura oxígeno financiero, y el resto del mundo mira con los ojos como platos intentando entender cómo carajo cambian las cosas con Trump de la noche a la mañana. Habrá que ver si la gasolina baja de precio antes de que nos salgan canas verdes (que blancas ya tenemos), o si todo esto se queda en el enésimo paripé político para consumo de idiotas.

El desenlace de este “pacto de milagros” se medirá en los surtidores de Miami y en los bolsillos de los venezolanos. Si las petroleras logran revivir la chatarra oxidada de la faja del Orinoco, Trump se apuntará la mayor medalla económica del siglo. Si el sistema eléctrico colapsa o la política vuelve a dinamitar los puentes, nos quedaremos con un Ferrari de desguace y otra montaña de falsas promesas.

Continuará…

Cantaclaro                                                   

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Sobre Venezuela en estos infaustos tiempos de supuesta revolución...

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