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El tablero internacional se está jugando a una velocidad tan vertiginosa que las líneas entre la estrategia política y la ilegalidad se han vuelto invisibles. El último episodio de esta deriva lo ha protagonizado Donald Trump al publicar en sus redes sociales un mapa que desafía la lógica, la legalidad y el sentido común internacional: trazar con las barras y estrellas el Estrecho de Ormuz y catalogarlo como nuevo territorio de EEUU.
La justificación que llega desde Washington sostiene que, dado que la Armada estadounidense mantiene un férreo embargo naval sobre las costas de Irán, el estrecho ha pasado a estar bajo su control absoluto, convirtiéndose de facto en territorio norteamericano.
Para la Casa Blanca, el intento de Irán de cobrar peajes marítimos en la zona es un acto de “extorsión ilegal”. Sin embargo, lo que EEUU. presenta como una medida de seguridad nacional es, con la ley en la mano, un acto de piratería marítima a escala planetaria y, lo que es aún peor, una provocación irresponsable que pone al mundo al borde de una Tercera Guerra Mundial.
Basta con leer la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) para dejar muy claro que, aunque el Estrecho de Ormuz cruza aguas territoriales, es una vía marítima sujeta al régimen de “paso en tránsito”. Esto significa que es de libre circulación internacional y comunica de forma abierta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán.
La ley del mar garantiza algo sagrado para el comercio y la paz global, el derecho de tránsito insuspendible. Cualquier barco o aeronave del planeta, ya sea un carguero civil o un buque militar, tiene derecho a cruzar esas aguas de forma continua, y sin cortapisa alguna.
Aquí es donde la propuesta de Trump se estrella contra la realidad jurídica. El Estrecho de Ormuz está formado por las aguas territoriales de Irán y de Omán. Al declarar este espacio como territorio estadounidense, la Casa Blanca no solo desafía a su enemigo persa Iran, sino que pisotea de forma flagrante la soberanía de Omán, un país que históricamente ha sido aliado de Occidente.
El tono ha subido de tal modo el nivel de agresividad, que Trump llegó hasta amenazar con “bombardear a saco” a Omán (país que hasta hoy no ha pronunciado palabra ni para decir esta boca es mía) si se le ocurre interferir en las rutas de suministro logístico de Washington.
Existe un matiz profundamente hipócrita en todo esto. Estados Unidos nunca llegó a ratificar formalmente la resolución de la ONU en su Senado. Sin embargo, durante décadas, la diplomacia estadounidense ha defendido que el “paso de tránsito” es un derecho internacional reconocido, es decir, una norma que obliga a todos por igual porque siempre se ha aplicado así.
Y los que por fortuna tienen el cerebro para algo más que separar las orejas, dicen que apropiarse de Ormuz rompe de golpe con la propia doctrina que Washington ha exigido cumplir al resto del mundo durante más de 70 años.
Las consecuencias de esta bravuconada no se quedan en los despachos de la Casa Blanca de Washington, saldrán directamente del bolsillo de los ciudadanos de a pie. Ormuz es un embudo crítico de la energía global. Por este estrecho pasa casi la cuarta parte de todo el petróleo y el gas natural licuado (GNL) que consume el planeta al día. Lo que equivale a mover unos 21 millones de barriles de petróleo, y 250 millones de m3 de gas.
Las cifras de la crisis hablan por sí solas. Antes de que el conflicto estallara con fuerza en febrero, una media de 138 barcos cruzaba el estrecho cada día de forma naturalmente pacífica. Hoy, debido al bloqueo naval impuesto por Estados Unidos, las represalias de Irán y la proliferación de minas marinas, el tráfico marítimo se ha colapsado a mínimos de pesadilla, apenas cruzan entre 2 y 6 barcos diarios.
Este estrangulamiento ha desatado el pánico en los mercados energéticos. Tras el anuncio de la supuesta anexión territorial de las aguas por parte de Trump, el barril de petróleo Brent se disparó de inmediato por encima de los 91 dólares. En los Estados Unidos, la gasolina ya superó la barrera psicológica de los 4 dólares por galón.
A esto se suma el problema invisible de los seguros de carga. Las grandes aseguradoras marítimas mundiales han retirado las coberturas por riesgo de guerra en la zona. Mover un superpetrolero con su carga hoy en día implica poner en juego unos 300 millones de dólares sin ningún tipo de respaldo. El tránsito está paralizado por el miedo a que un misil o una mina convierta una inversión millonaria en chatarra flotante.
Las autoridades de Irán, han calificado la idea de Trump de anexar el estrecho como un “delirio” y una “fantasía puramente electoral” destinada a ganar votos domésticos mostrando una falsa imagen de fuerza de la que adolece. Teherán se mantiene en sus “trece”. Exigen el fin inmediato de las operaciones militares, la devolución de todos los activos financieros congelados por Occidente y el levantamiento total de las sanciones a su petróleo antes de permitir que la vía marítima se reabra.
La situación es límite. Considerar un estrecho internacional como propiedad privada y militar es una provocación de magnitud global. Si Estados Unidos cumple su amenaza y bloquea de forma definitiva el paso amparándose en una soberanía inventada, estará cometiendo un acto criminal contra el derecho de navegación de todas las naciones del planeta.
Cuando un país decide que las leyes internacionales ya no se aplican a sí mismo, destruye el único marco que evita la ley de la selva. Apropiarse del Estrecho de Ormuz por la fuerza de las armas es encender una mecha en un polvorín energético que podría arrastrar no solo a Oriente Medio, sino a las principales potencias globales, a un conflicto armado de dimensiones destructivas incalculables.
Convertir Ormuz en una frontera privada es echarle más gasolina al fuego. Ojalá la cordura se imponga antes de que el daño sea irreversible, porque si ese polvorín estalla, la onda de choque nos alcanzará a todos, sin importar las banderas.
Continuará..
Cantaclaro …