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Al contemplar la devastación en La Guaira, Catia La Mar y los sectores más golpeados de Caracas, la pregunta que nos quema por dentro es inevitable: ¿Hasta cuándo tendrá que seguir sufriendo Venezuela? La naturaleza ha asestado un golpe brutal que añade más ruina, más muertes y más miseria a una nación que ya venía asfixiada por años de una crisis humanitaria sin precedentes.
Del sismo nadie es culpable de forma directa. La fatalidad no tiene filiación política ni ideológica. Sin embargo, la manera en que se gestiona el dolor posterior al desastre, el desvío de la ayuda humanitaria internacional y la desidia total frente a las ruinas reflejan la catástrofe moral, y el colapso de un Estado ineficiente que ha abandonado al ciudadano a su suerte.
Mientras las familias remueven los escombros con las uñas y la indignación estalla ante la desaparición de toneladas de asistencia médica y alimentos, el panorama político actual ofrece un desierto de liderazgo. La dirigencia corrupta del pasado todavía hoy mandando, se encuentra muda e irrelevante, encerrada en las fortalezas de sus mansiones, incapaz de pisar el barro o de organizar una mínima solidaridad y apoyo a la ciudadanía.
El colapso es total, y el sálvese quien pueda ya no es una opción sostenible para una sociedad civil que se niega a morir bajo los escombros. Ante este vacío absoluto de autoridad eficiente, la supervivencia de la nación exige una solución drástica, técnica y de gran escala. No se trata de declaraciones donde se anuncien “propósitos” a futuro, sino de la necesidad urgente de una presencia operativa y temporal de fuerzas norteamericanas en el terreno.
El despliegue de la comandancia del Comando Sur, con sus aviones de carga C-17, buques logísticos y equipos de rescate de élite, representa la única fuerza capaz de puentear la corrupción local y asegurar la estabilización de la población de manera efectiva e inmediata.
Esta medida implica una “presencia” efectiva y estrictamente acotada a un plazo de tiempo determinado, cuyo único fin sea la reconstrucción de la infraestructura crítica, la distribución directa de suministros sin intermediarios rapaces y la restitución del orden básico en las zonas de desastre y por extensión al país.
El personal técnico y de salvamento internacional debe interactuar directamente con las comunidades organizadas, garantizando que cada medicina, ración de alimento y planta eléctrica llegue a manos del ciudadano desamparado, neutralizando el chantaje político de las mafias locales.
Para que este despliegue internacional no se traduzca en una pérdida de soberanía ni en una intervención desordenada, el proceso requiere un anclaje institucional legítimo dentro del territorio. Esta transición técnica debe contar con María Corina Machado como la única e indiscutible garante de la legalidad nacional.
Su liderazgo y su innegable capital político representan el puente institucional indispensable ante la comunidad internacional. El rol de Machado en este escenario es fundamental bajo los siguientes pilares:
Validación institucional: Actuar como la autoridad civil legítima que avale, supervise y delimite el marco de acción de las fuerzas norteamericanas en el país, asegurando el respeto a la dignidad nacional.
Fiscalización: Coordinar junto a las agencias internacionales la recepción y auditoría de los cargamentos humanitarios, garantizando que los recursos se manejen con total transparencia y lleguen a las víctimas de la catástrofe.
Garantía de transición: Asegurar que la presencia técnica extranjera respete estrictamente los plazos establecidos y sirva exclusivamente como un catalizador para la restauración institucional y la devolución definitiva del poder a las autoridades civiles elegidas por el pueblo.
Frente a un régimen que solo sirve para oprimir y robar, la capacidad logística norteamericana y la conducción legítima de María Corina Machado surge como la única ruta viable para levantar al país de sus ruinas, salvaguardar la soberanía y asegurar un futuro de libertad y dignidad.
Y se preguntarán, ¿Quién pagará todo eso? La respuesta es clara y contundente: Venezuela no pide “limosna”. Es un país colmado de gracia que posee una capacidad extraordinaria para solventar cualquier situación como la actual. Nadie lo pone en duda, por algo será.
Continuará…
Cantaclaro