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Hay dolores, como el que mencionaré hoy, que fundan dinastías políticas y sepultan la dignidad humana de sus autores. En la historia contemporánea de Venezuela, pocas son las actuaciones tan perversas como ver a quienes convirtieron la tragedia del asesinato de su padre en una plataforma de lanzamiento ideológico, político y moral, para actuar hoy como los carceleros más despiadados y criminales de Venezuela.
La distancia temporal entre julio de 1976 y mayo de 2026 parece abismal, pero la tragedia carcelaria y la impunidad estatal los conectan de manera macabra. Hoy hablaré de historia y de memoria, esa que tanto les gusta invocar a los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez.
En 1976, su padre, Jorge Antonio Rodríguez, fue detenido por los cuerpos de seguridad de la llamada Cuarta República presidida por Carlos Andrés Pérez, tras el secuestro por casi 4 años del directivo William Frank Niehous de la empresa norteamericana Owens-Illinois. El desenlace es harto conocido, del que me he referido ampliamente con anterioridad.
Rodríguez padre murió bajo custodia, víctima de brutales torturas. Aquel crimen provocó una profunda conmoción nacional, posterior juicio y condena de los autores directos: Juan Bautista Bello Díaz, Ramón Antonio Guareguán y Jesús Rafael Villamizar. El director del cuerpo policial DISIP Arístides Lander fue obligado a dimitir y también fue juzgado y condenado a largos años de prisión.
La viuda del asesinado Delcy Gómez y sus hijos Delcy Eloína y Jorge recibieron, además de un capital político incalculable, amplias muestras de perdón y la verdad jurídica de lo que había ocurrido en aquellos calabozos. Pero el pesar legítimo se transformó, con el tiempo, en el mito del odio, resentimiento y deseo vengativo que hoy ostentan ambos hermanos. Saltemos cincuenta años hacia adelante.
Llegamos a la Venezuela actual, en el país que ellos mismos dirigen y moldean, la historia se repite de la forma más espantosa posible en la figura de Víctor Hugo Quero Navas y su madre, la señora Carmen Teresa Navas, una anciana de 82 años que se convirtió, a la fuerza, en el símbolo del amor de madre, perseverancia y resistencia nacional. Las similitudes entre ambos casos saltan a la vista, dos ciudadanos detenidos por motivos políticos bajo la custodia absoluta del Estado, dos familias desesperadas fuera de los muros, y un desenlace fatal dentro de las celdas.
Pero allí terminan las coincidencias y empieza el abismo moral que retrata a la actual cúpula en el poder. Cuando Jorge Rodríguez padre murió en 1976, el Estado (presionado u obligado por las leyes) identificó el cuerpo, entregó las actas y encarceló a los responsables. En el caso de Víctor Hugo Quero, detenido a inicios de 2025, el ensañamiento consistió en una tortura continuada no solo contra el prisionero, sino contra su entorno familiar.
La señora Carmen Navas pasó 16 meses caminando por pasillos de tribunales, fiscalías y las cercanías del penal El Rodeo I. Llevaba fotos, cartas, peticiones de fe de vida, tocaba puertas institucionales que se le cerraban en la cara con un desprecio burocrático total. Le decían que “no sabían”, que “estaba bien”, o simplemente guardaban silencio.
La verdad, desenterrada finalmente por la presión y el escándalo en mayo de 2026, era atroz. Su hijo había fallecido en julio de 2025. El gobierno venezolano lo enterró en secreto, en una tumba anónima, alegando con total desfachatez que “no encontraban a los familiares”, mientras su madre de más de ochenta años desgastaba su vida dentro y fuera de los despachos oficiales exigiendo saber de él.
La crueldad institucional no conoció límites. A la señora Carmen le notificaron el deceso de su hijo casi diez meses después de ocurrido. La obligaron a presenciar una exhumación para comprobar si los restos en el fango correspondían al hijo que ella recordaba vivo. El corazón de esta madre no resistió tanta perversión. Falleció apenas diez días después de recibir la trágica noticia.
El dolor y la mentira oficial la mataron. Fue un doble asesinato moral ejecutado por el secretismo y el descarnado cinismo de las autoridades. Lo verdaderamente paradójico (éticamente nauseabundo) es el comportamiento de quienes hoy toman las decisiones en los niveles más altos de la política nacional. Los hermanos Rodríguez, que basaron toda su narrativa de justificación revolucionaria en el sufrimiento de su padre, en el derecho a la justicia de las víctimas y en el repudio a los crímenes de Estado de la Cuarta República, hoy guardan un silencio cómplice putrefacto y criminal.
Ni una palabra de empatía. Ni una instrucción pública para investigar la cadena de mando que ocultó un cadáver durante casi un año a una madre anciana. Ningún pronunciamiento para destituir a los directores penales o a los custodios que observaron a una mujer morir de mengua y dolor buscando a un hijo que ellos ya habían sepultado en secreto. ¿Dónde quedó la sensibilidad de los hijos del Jorge Rodríguez de 1976 ?
Aquellos que juraron vengar los excesos del pasado terminaron perfeccionando el manual del horror. En aquella denostada democracia, los asesinos de su padre fueron a la cárcel. En la Venezuela que ellos comandan hoy, los responsables de la desaparición forzada y muerte de Víctor Quero Navas gozan del cobijo, de la opacidad y del secretismo institucional.
Este caso ha despertado una indignación que trasciende las posiciones políticas. Toca la fibra más íntima de la sociedad venezolana: el respeto a la madre y el derecho humano básico a enterrar a los muertos con dignidad. El drama de Carmen Navas es el espejo donde se miran cientos de familias de prisioneros políticos que hoy temen recibir una notificación similar, un papel que diga que su ser querido murió por “problemas de salud” meses atrás.
La lección que deja esta terrible comparativa es histórica. El poder absoluto no solo corrompe las instituciones, corrompe el recuerdo del propio dolor. Quienes convirtieron la muerte de su progenitor en una patente de corso para justificar cualquier atropello en el presente, hoy demuestran que nunca les dolió la injusticia en sí misma, sino el hecho de no ser ellos quienes controlaban el calabozo.
El sacrificio de Carmen Navas y la muerte en el olvido de Víctor Hugo Quero quedarán grabados en la memoria colectiva como el testimonio definitivo de un sistema que perdió toda noción de humanidad.
Al final, el silencio de los poderosos ante esta tragedia los condena más que cualquier discurso. Los expone como lo que realmente son, corruptos burócratas del sufrimiento ajeno.
Continuará…
Cantaclaro
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