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El mirador del indiano

Petróleo + Uranio + Odio

Imagínate vivir en un vecindario donde todos tus vecinos te odian, y de pronto, el que más te detesta consigue un arma nuclear. Ese es uno de los panoramas de pesadilla que tenemos hoy. No estamos hablando de política, es supervivencia pura y dura.

Irán no es solo una teocracia lejana y extraña para el llamado Occidente, es una nación histórica que lleva décadas persiguiendo el control total de una región que contiene dos  ingredientes muy explosivos: abundante petróleo y odio a raudales. Para ellos, la bomba (un tercer elemento) no es solo un arma, es la garantía del éxito y su mazo para lograrlo. Pero aquí está el problema: en un barrio tan pequeño, cuando uno saca un arma, los demás no se esconden, se arman más.

Para Arabia Saudí, ver un Irán chií con capacidad nuclear a pocos kilómetros de sus pozos de petróleo es una “preocupación aterradora”. Es una sentencia de muerte. Los saudíes tienen todo el dinero del mundo, pero gobiernan un territorio inmenso y difícil de controlar. El subsistir bajo la sombra de una secular teocracia enemiga armada hasta los dientes, es sencillamente insoportable.

La lógica es básica pero muy peligrosa: “Si ellos tienen la bomba, yo necesito dos”. La presión interna para que el país se convierta en una potencia nuclear se ha vuelto abrumadora. No van a permitir que su enemigo eterno les ponga una pistola en la sien mientras ellos solo tienen billetes (que no es poca cosa) para defenderse.

Pero el problema no acaba en el Golfo. Si Irán y Arabia se arman con nucleares, el Gobierno de Turquía entrará en el terreno de juego. Ankara no va a aceptar ser el “jugador suplente” ni quedarse mirando cómo sus vecinos son los titulares. La presión sobre Erdogan o cualquiera que esté en el poder será asfixiante, o se arman, o pierden su relevancia en el mundo islámico.

El resultado final es un escenario terrible: cuatro potencias nucleares (contando con que Israel ya lo es), todas pegadas unas a otras, respirándose en la nuca y con odios que vienen desde el principio de los tiempos.

Aquí no hay “teléfonos rojos” ni el punto de sensatez que hubo en la Guerra Fría entre Rusia y EEUU. En Oriente Medio, un insulto, un roce en la frontera o un fanático con ganas de gloria celestial puede encender la mecha en cinco minutos. Con tanta potencia de fuego concentrada en manos de enemigos tan viscerales, los riesgos de caer en una tragedia inimaginable son exponenciales.

No estamos hablando de una guerra más que sale en el telediario. Estamos hablando de un error de cálculo que borraría ciudades enteras del mapa en una tarde. El reloj del juicio final está corriendo en el desierto, y parece que todos están compitiendo por ver quién llega antes al cero de la cuenta atrás.

Mientras tanto, Occidente mira el espectáculo desde la barrera, dictando sanciones que ya a nadie asustan y firmando tratados que en el desierto no valen ni el papel en el que se escriben.

Si el mundo no logra frenar esta coyuntura, Oriente Medio dejará de ser la cuna de la civilización para convertirse en su tumba. La tragedia no es que el desastre sea posible, es que a este ritmo, parece inevitable.

Continuará…

Cantaclaro

 

 

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