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A más de tres meses de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, Venezuela vive una contradicción inaceptable. Mientras la economía intenta asomarse a una nueva era, el aparato represivo del régimen sigue intacto. El país celebra una libertad a medias, pero en las sombras, más de 500 presos políticos continúan secuestrados en centros de detención que siguen operativos, custodiados por verdugos que hoy se pasean ante sus víctimas con la soberbia de quien se siente ganador.
Esta situación no es un detalle menor, es un insulto para las víctimas y una alarma para las democracias del mundo. El sistema de terror que el chavismo perfeccionó durante décadas (con desapariciones y castigos sin precedentes) no ha desaparecido con la caída de la cabeza.
La geografía del sadismo
Desde El Helicoide y La Tumba hasta la infame “Casa de los Sueños” en la sede de la DGCIM, la red del horror permanece activa. Son centros clandestinos donde el derecho no existe y donde cualquiera puede terminar encerrado por el simple hecho de ser cercano a un “enemigo” del sistema. Los métodos siguen siendo los mismos: descargas eléctricas, asfixia, colgamientos y celdas de aislamiento extremo diseñadas para que el detenido pierda la noción del tiempo y la humanidad hasta el punto del suicidio.
Los rostros de la impunidad
Es necesario ponerle nombre a quienes sostienen este engranaje. En la Dirección de Contrainteligencia Militar (DGCIM), figuras como Iván Hernández Dala, Rafael Franco Quintero y Alexander Granco Arteaga (el torturador personal de Maduro) siguen activos. Junto a ellos, el coronel Hannover Guerrero Mijares, señalado por el asesinato del capitán Acosta Arévalo en 2019.
En el SEBIN, la lista continúa con Ronnie González Montesinos y Carlos Alberto Calderón Chirinos. Sin embargo, el caso más cínico es el de Gustavo González López, exdirector del SEBIN y actual Ministro de la Defensa. A pesar de ser uno de los funcionarios más sancionados del mundo por violaciones a los derechos humanos, hoy pretende reciclarse como aliado de conveniencia de la administración Trump con la esperanza de salvar su propio pellejo.
La herencia de los Rodríguez
Todo este horror ocurrió bajo la mirada y complicidad de los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez. Ella, desde la vicepresidencia, y él, como cerebro del régimen, tenían acceso a cada informe secreto.
Por más que hoy existan gestos diplomáticos o suspensiones de sanciones por intereses políticos y económicos, la sangre de las 40,000 víctimas documentadas por la ONU y el Foro Penal no se borra. De esta responsabilidad criminal no se sale ileso. Delcy pudo entrar y salir de Madrid Barajas entre abrazos, besos, flores y maletas, pero de esta acusación no se libra ni con pactos políticos ni con milagro que valga.
En esta nueva etapa, la impunidad no puede ser el precio de la transición. La justicia es una deuda grabada en la memoria de los venezolanos.
Y eso también está escrito, en el ADN de todos los que lo harán posible.
Continuará…
Cantaclaro …