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Amigo/a lector, el texto que sigue no es un análisis de coyuntura rápida, sino una crónica extensa y pormenorizada. Un recorrido necesario por la memoria histórica de Venezuela, su esplendor civilizador y las causas de su abismo actual. Te invito a tomarte unos minutos para leerla con calma.
Cuando se habla de Venezuela lo primero que se dice es que fue un regalo de la naturaleza o una obra de procedencia divina. Pero la verdad histórica es mucho más rigurosa y, sobre todo, mucho más cercana. Venezuela no la parió nadie, la hicieron próspera, ordenada y amena un puñado de hombres y mujeres con una visión inquebrantable del porvenir.
Hubo un tiempo, entre mediados de la década de 1940 y finales de los años 70, en el que el país experimentó algo más que crecimiento económico, fue una verdadera epopeya de modernismo civilizador. Un admirable empuje del incipiente empresariado local que fundido con el rigor, la disciplina y la cultura del trabajo de notables olas migratorias que creó una nación moderna desde sus cimientos. Aquella gente no esperaba que el Estado les resolviera la vida, salían a la calle a construir el país que querían legar a sus hijos. Un “imperio del buen hacer ciudadano”.
La lista sería larga, solo mencionaré un par de aquellos titanes. En la cúspide de esta generación de emprendedores brilló con luz propia un nombre: Eugenio Mendoza Goiticoa. Sus apellidos ya delataban esa herencia vasca orientada a la acción de los granses retos. Don Eugenio entendió antes que nadie que una empresa privada carece de sentido si su entorno vive en la miseria. Por eso creó su imperio industrial, pero bajo una estricta ética de responsabilidad social.
Algunas de sus empresas:
Materiales Mendoza: empresa de ferreteria y materiales de construcción, con la que inició sus actividades.
Maquinarias Mendoza: importadora de maquinaria pesada y tractores agricolas.
C.A Venezolana de Cementos (Vencemos): con sus tres plantas (Maracaibo, Barquisimeto y Guanta) llegó a ser la productora de cemento más grande del país.
Productora Mixto Listo: cuatro plantas de hormigon premezclado.
Protinal: la empresa productora de alimentos para animales más importante del país.
Proagro: cria y procesamiento de aves.
Venezolana de Pinturas: en asociación con la empresa norteamericana Sherwin Williams fue la fábrica lider en el sector.
C.A. Venezolana de Pulpa y Papel (Venepal): papelera industrial para la producción nacional de papel y cartón.
Ensamblaje Automotriz: vehículos en general, autobuses y camiones Ford, Chrysler, Jeep y Wagoneer.
Banco Hipotecario de la Vivienda Popular: financiadora inmobiliaria nacional.
Fundación Hospital Ortopédico Infantil: creado para atender a niños con problemas de movilidad y demás dolencias infantiles.
Fundación Eugenio Mendoza: enfocada en la cultura, la ayuda personalal y la microempresa.
Dividendo voluntario para la Comunidad (DVC): iniciativa pionera que agrupó a más de 100 empresarios para destinar un porcentaje de las ganancias corporativas a proyectos de desarrollo social de sectores vulnerables.
Fundación Vivienda Popular: construcción de urbanizaciones de bajo costo para erradicar viviendas precarias.
Universidad Metropolitana (UNIMET): un templo para formar a los gerentes que el país requería.
Pero si el centro de la república se modernizaba a pasos agigantados, el sur de Venezuela se convirtió en el escenario de la mayor audacia industrial del continente: el Desarrollo de Guayana.
Este despliegue colosal se instaló sobre la honestidad y brillantez técnica de un hombre irrepetible, el General Rafael Alfonzo Ravard. Al frente de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG), Ravard gestionó miles de millones de dólares con una transparencia que hoy parece de ciencia ficción. Se dice que auditaba las cuentas centavo a centavo y que jamás permitió que la política partidista contaminara la gerencia técnica.
Bajo su mando se planificó desde cero Ciudad Guayana en 1961, uniendo los esfuerzos urbanísticos de las universidades de Harvard y el MIT para crear una urbe moderna donde los ingenieros y los obreros convivieran en urbanizaciones organizadas, con escuelas de primera y parques integrados.
La consigna era clara, “sembrar el petróleo” siguiendo las directrices del Dr. Arturo Uslar Pietri para diversificar la economía y no depender solo del petróleo. El militar retirado y su grupo de visionarios miró hacia la confluencia salvaje de los ríos Caroní y Orinoco y, en lugar de ver selva, vio el futuro industrial de América Latina.
Allí brotaron las joyas de la corona industrial: Sidor (Siderúrgica del Orinoco), Venalum y Alcasa. Impulsadas por ingenieros de la talla de Guillermo Machado y cuadros técnicos formados en el exterior, estas empresas convirtieron el mineral de hierro y la bauxita en exportaciones globales de altísima pureza. Y para encender todo este motor, se construyó la Central Hidroeléctrica de Guri, una obra de ingeniería tan masiva y perfecta que dotó a Venezuela de una de las energías eléctricas más limpias y baratas del planeta. Guayana no era un proyecto político, era un monumento al orgullo técnico nacional.
La Venezuela civil entendía que el progreso debía ser tangible, rápido y estético. En tiempo récord, las constructoras nacionales y sus ingenieros rompieron la complicada geografía selvática del país para trazar una red vial que causaba envidia en la región.
Se terminó e inauguró la Autopista Caracas-La Guaira, una obra de ingeniería audaz iniciada por el gobierno anterior. Se tendió el Puente sobre el Lago de Maracaibo, y se unió el sur con el imponente puente colgante sobre el caudal del Orinoco. El país estaba conectado, en movimiento, paz, democrácia y prograso.
Ese mismo ímpetu se trasladó a la salud y a la educación. Arquitectos universales como Carlos Raúl Villanueva y médicos sanitaristas de la talla de Arnoldo Gabaldón (el hombre que saneó el territorio erradicando la malaria de las zonas rurales) diseñaron una red de salud pública monumental, pensada para resguardar la dignidad humana.
El Hospital Universitario de Caracas, el Hospital J.M. de los Ríos o el Complejo Ruiz y Páez en el estado Bolívar no tenían nada que envidiar a las clínicas del primer mundo. Eran centros de investigación científica, dotados de tecnología médica de vanguardia, donde los mejores especialistas del país atendían de forma gratuita y con estándares de excelencia.
Se expandieron y fortalecieron las grandes casas de estudio y cultura:
La Universidad Central de Venezuela (UCV) con su deslumbrante Ciudad Universitaria (hoy Patrimonio de la Humanidad). La Universidad Simón Bolívar (USB) como un faro del conocimiento avanzado, y la Universidad de Oriente (UDO) para democratizar la cultura en las provincias.
El país vibraba en las salas del Teatro Teresa Carreño, en los pasillos de los museos de arte contemporáneo impulsados por la gestión indomable de Sofía Imber, y en los locales comunales donde nacía un sistema de orquestas infantiles que terminaría por asombrar al planeta entero. Era una Venezuela culta, de clases medias ascendentes, sin desempleo crónico ni deuda exterior, cosmopolita y agradable.
La distancia entre aquella Venezuela civil y la realidad contemporánea no se mide en años naturales, se mide en años luz de distancia. Aquellos hombres y mujeres de mediados de siglo practicaban la capitalización. Cada dólar que entraba por el petróleo se transformaba en una turbina para el Guri, en una escuela técnica, en un pabellón quirúrgico o en un kilómetro de asfalto. La plaga contemporánea practicó la evaporación total. La mayor bonanza petrolera de la historia humana se disipó en sobrefacturaciones, maletines de efectivo, empresas de maletín y cuentas secretas en paraísos fiscales.
Aquellas empresas de la CVG o la propia PDVSA se gestionaban bajo una estricta meritocracia. Los cargos no se heredaban ni se entregaban por lealtad ideológica, se ganaban con años de experiencia, postgrados y eficiencia demostrada. Los saqueadores instalaron el paracaidismo militar y político, sustituyendo el conocimiento por la adulación. Como resultado convirtieron a Sidor y Venalum, que antes competían en los mercados mundiales, en tristes cementerios de chatarra improductiva, donde las chimeneas están apagadas y los patios vacíos.
Mientras los fundadores diseñaban sistemas eléctricos y acueductos con proyecciones de crecimiento a cincuenta años, la desidia actual destruyó la red por falta de mantenimiento elemental, es la ironía más trágica de la historia venezolana. El país que construyó Guri hoy sobrevive a oscuras, y la población de las barriadas debe recolectar leña para cocinar porque el suministro de gas del siglo pasado se convirtió en un lujo inaccesible o en un negocio de contrabando.
Aquellos constructores crearon riqueza multiplicando el empleo formal, los saqueadores instauraron el “capitalismo de cómplices”, donde la única forma de prosperar es estar cerca del presupuesto público o participar en la economía subterránea de las adjudicaciones a dedo.
Escribir sobre Eugenio Mendoza, sobre el general Alfonzo Ravard o sobre las discretas y eficientes firmas que las hay y muchas, no es un ejercicio de nostalgia, que también, es un acto de legítima defensa contra el olvido. Es recordar que la miseria, la escasez y el caos no son el estado natural de Venezuela, sino una anomalía inducida por la codicia y la incompetencia de una dirigencia que devoró el país en lugar de gobernarlo.
Cuando uno recorre hoy las autopistas agrietadas, cuando contempla las universidades desiertas y asfixiadas presupuestariamente, o cuando observa las fachadas desconchadas de aquellos hospitales que alguna vez fueron orgullo continental, es imposible no sentir un nudo en la garganta. Hay un pesar profundo en la mirada del venezolano actual, una melancolía que no se cura con promesas.
Nos queda, sin embargo, la memoria de la herencia del ADN de aquel trabajo bien hecho. Esos grandes hombres y mujeres nos dejaron algo más importante que las industrias o los puentes, nos dejaron los planos de la dignidad. Nos demostraron que Venezuela sí puede ser un país del primer mundo, porque ya lo fue.
Y en esa certeza, grabada en las estructuras que la desidia aún no ha podido derribar, descansa la única semilla de nuestro futuro regreso.
Continuará…
Cantaclaro
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