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El mirador del indiano

El milagro de Poyais y la faja del Orinoco

Hoy esto va de historia, petróleo y risas. En la década de 1820, un general escocés llamado Gregor Mac Gregor (que había pasado por las guerras de independencia hispanoamericanas oliendo el dinero) llegó a los salones de Londres con un mapa bajo el brazo.

El tipo se había inventado un país entero y hasta le dio nombre: “República de Poyais”. Prometía a sus paisanos británicos tierras fértiles donde los ríos llevaban oro e incluso imprimió billetes y vendió bonos soberanos en la Bolsa de Londres.

El personal se pegaba por comprar su trozo de aquel paraíso. ¿El resultado? Cientos de colonos ingleses cruzaron el charco solo para descubrir que Poyais era una selva inhabitable llena de mosquitos de tres kilos, garrapatas de 6 y culebras de 80. La mayoría murió, y Mac Gregor también murió, pero de risa muchos años después, se retiró con los bolsillos llenos.

Más dos siglos después, el espíritu del viejo Gregor sigue vivo, pero ya no vende selvas con oro en Londres. Ahora se ofrecen barriles de petróleo en la Faja del Orinoco.

Llevamos décadas escuchando el mismo cantar: “¡Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, más de 300.000 millones de barriles!”. Te lo pintan como si solo hiciera falta clavar una pajita en el suelo de los estados Monagas o Anzoátegui para que empiece a brotar dinero a chorros. Pero cualquiera que sepa cómo funciona la vaina petrolera en Venezuela sabe que están sumando peras con manzanas. O mejor dicho, petróleo liviano con petróleo pesado.

Para entender el chiste, hay que saber qué es lo uno y lo otro:

Petróleo Liviano (Zulia) – Petróleo Extrapesado (Faja del Orinoco). 

El primero (casi agotado) es muy apetecido por su fácil extracción y transporte por oleoductos. 

El segundo más sólido requiere inyectar en cada pozo disolvente, vapor o el mismo petróleo liviano. Es decir, si no se “rebaja” su densidad no fluye de forma natural ni permite su transporte por oleoductos. 

Durante el siglo XX, el histórico Lago de Maracaibo malacostumbró a las petroleras. De allí salía un crudo ligero y mediano, líquido como la Coca-Cola, que fluía fácil y se refinaba casi sin esfuerzo. Pero en la Faja del Orinoco la historia es otra. Allí no es líquido, lo que hay es crudo extrapesado que se asemeja mucho al betún que se usa en el pulido del calzado. 

Cuando los organismos oficiales calculan esas reservas milagrosas de 300.000 millones de barriles, lo que hacen es medir el Petróleo Original en Sitio (POES). Es decir, calculan todo el chapapote que haya atrapado entre las rocas a kilómetros de profundidad. El problema es que una cosa es lo que hay y otra muy distinta es lo que puedes sacar y, sobre todo, lo que es comercialmente rentable extraer bajo criterios internacionales reales.

Aquí es donde aparece la película que los políticos prefieren ignorar, el factor de recuperación. Si aplicamos las matemáticas de la calle y bajamos el factor de recuperación a la verdad técnica de lo que es económicamente viable extraer hoy en día, esas reservas “probadas” se desinflan más rápido que un suflé. Siguen siendo gigantescas, sí, pero ya no ganan el trofeo mundial del bajo costo de extracción y transporte, lo que de alguna manera las “deprecian”.

Para sacar ese petróleo en pasta necesitas tres cosas que hoy escasean más que un político honesto. Tecnología de punta, miles de millones de dólares en inversión continua y diluyentes. Si no tienes capital para mantener las plantas de mejoramiento (que convierten ese asfalto en algo que las refinerías del mundo realmente quieran comprar), lo que tienes es un hermoso inventario de nada.

Decir que todo ese petróleo es “extraíble” y sumarlo a la contabilidad nacional como si ya estuviera en un barco rumbo a EEUU es exactamente lo mismo que hacía aquel avispado general MacGregor cuando vendía las parcelas de la ribera del río Black River en Poyais. Un plano muy bonito de un terreno que nadie puede pisar.

El petróleo que está a tres mil metros bajo tierra y que cuesta más energía y dinero sacar del que vas a obtener vendiéndolo, no es una reserva, es tierra negra. En un mundo que avanza hacia la transición energética y donde los inversores miran con lupa la huella de carbono (refinar crudo extrapesado contamina el triple que el ligero), pretender que el 100% de la Faja es riqueza líquida e inmediata es pura fantasía.

Venezuela tiene muchísimo petróleo, de eso no hay duda. Pero seguir engordando las cifras para impresionar a los mercados o para alimentar el ego nacional es seguir jugando a la Bolsa de Londres de 1822. 

Al igual que los pobres colonos británicos que llegaron a Poyais buscando riquezas y solo encontraron malaria, los mercados internacionales ya no se tragan los mapas idílicos de ningún nuevo embaucador escocés.

Continuará…

Cantaclaro                                                       …

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Sobre Venezuela en estos infaustos tiempos de supuesta revolución...

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