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El calendario político de América Latina suele estar marcado por efemérides que representan alusiones a glorias patrias o a horrendos fracasos.
El pasado 13 de agosto de 2026, en la conmemoración del centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz, no fue la excepción. Lo que en La Habana se planificó como fecha solemne de su revolución comunista, terminó convirtiéndose, una vez más, en el esperpento que desnuda la catastrófica realidad que vive la isla.
El detonante fue un encendido mensaje publicado en redes sociales por la vicepresidenta del régimen que sigue martirizando al país, Delcy Rodríguez. Con la cursilería retórica que caracteriza al aparato de propaganda de los herederos del chavismo-madurismo, Rodríguez reivindicó al fallecido dictador cubano como un …”faro de dignidad imperecedera”…
La metáfora del “faro” resulta casi un chiste de humor negro, una burla cruel para los cubanos de a pie en este 2026. La isla hoy sobrevive atrapada en una pesadilla diaria de apagones crónicos de doce y catorce horas que paralizan ciudades enteras, colapsan la poca industria restante y destruyen la vida cotidiana. El único faro que queda en Cuba es el de algunos intelectuales extranjeros interesados o románticos de sofá. El resto del país malvive en la oscuridad material y existencial.
La respuesta del norte esta vez llevó la firma del Secretario de Estado de EEUU., Marco Rubio. Con su conocida contundencia y el peso de su herencia familiar, Rubio despachó el elogio de Caracas calificando a Castro como …”un completo fracaso en todo, excepto en la destrucción de Cuba y en empobrecer, encarcelar y asesinar a su propia gente”…
Para comprender el melodrama de Delcy Rodríguez no hay que leer manuales de marxismo, sino mirar el bolsillo y la cuenta de resultados del régimen venezolano. Tras años de asfixia económica provocada por el colapso que ellos mismos generaron, el discurso oficial se encuentra en una encrucijada mortal entre la supervivencia financiera y esa pureza dogmática que hoy tratan de ocultar.
Mientras ensayan una apertura económica, abrazan la dolarización sin ningún pudor y pactan con capitales privados nacionales e internacionales para no profundizar más el estado de quiebra, la cúpula necesita demostrarle a sus bases radicales que no ha vendido su “alma revolucionaria”.
Fidel Castro se convierte así en el escudo simbólico perfecto. Es una marca de fábrica, una reliquia ideológica que los jerarcas que siguen en Miraflores utilizan para autodefinirse como antiimperialistas ante el espejo, mientras que en riguroso secreto imploran licencias del Departamento del Tesoro norteamericano (OFAC) y de otras entidades económicas de Occidente.
En la acera opuesta, la reacción de Marco Rubio no fue un desaire improvisado. Es la materialización de la doctrina actual del Departamento de Estado. Para Rubio, la figura de Castro no es un debate académico para aulas universitarias, es el origen del mal que padece la democracia y su consecuete inestabilidad del hemisferio occidental. Al demoler el relato interesado de Rodríguez, Rubio envió un mensaje muy claro a dos destinatarios.
Hacia dentro, reafirmó su compromiso inquebrantable con el influyente electorado hispano del sur de la Florida, una base que entiende perfectamente que el castrismo no es una ideología, sino un método para capturar el poder dictatorial.
Hacia fuera, la advertencia fue directa al Palacio de Miraflores caraqueño, cualquier intento de profundizar el control social en Venezuela calzando las botas cubanas clausurará definitivamente los canales de interlocución con la Casa Blanca.
Desde la perspectiva internacional en este 2026, el balance del legado castrista es estrictamente trágico. Frente al desgastado mito de la salud y la educación gratuitas (con hospitales desabastecidos donde hay que llevar el hilo de sutura y las bombillas desde casa), la realidad ofrece la mayor crisis humanitaria y el mayor éxodo migratorio de la historia contemporánea de la isla.
El único éxito real que se le puede atribuir a Fidel Castro es un perfecto aparato de inteligencia y represión interna, capaz de perpetuar a una élite parasitaria a costa del colapso absoluto de su propia nación.
Desde Europa, en diversos foros parlamentarios sobre América Latina, voces democráticas recuerdan constantemente que el modelo exportado por el dictador (perfeccionado hoy a través del Foro de São Paulo y su hermano Foro de Puebla) no ha creado ningún gobierno próspero ni soberano. Solo ha generado fracturas institucionales crónicas y castas burocráticas criminales. No se puede construir el futuro de una nación basándose en la nostalgia de un líder que clausuró el pluralismo y subordinó la comida a la lealtad con un comunismo fracasado.
Como era de esperar ante el centenario de 2026, el aparato de propaganda de La Habana, refrendado por Miguel Díaz-Canel, intentó escurrir el bulto acusando a Marco Rubio de …”macartista tardío”… y desempolvó el gastado comodín del embargo. Es la excusa de siempre para justificar un sistema totalitario que no genera riqueza y bienestar ni por error.
A cien años del nacimiento de Fidel Castro, el balance real cabe en una sola línea: un país entero sin luz, sin comida y sin juventud.
La retórica de sus herederos ya no alimenta a nadie ni oculta la quiebra material y moral del sistema. La historia no absolvió al dictador, lo condenó a ser recordado como el hombre que apagó una nación para encender su propio falso mito.
Continuará…
Cantaclaro …