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El mirador del indiano

La transición eterna

Se acabó el discurso de la libertad. Se cayeron las caretas y quedó, de la forma más cruda y cínica posible, la nefasta realidad. El reciente anuncio de la administración de Donald Trump, reconociendo oficialmente a Delcy Rodríguez como la única presidenta de Venezuela, es el tiro de gracia a la esperanza de Venezuela. Un pueblo que lleva más de dos décadas padeciendo la ruina, los muertos y el exilio.

Para quienes todavía creían en las promesas de la Casa Blanca de rescatar la institucionalidad y devolverle el poder al ciudadano a través del voto, este giro de timón es una bofetada sin contemplaciones. Tras la espectacular intervención estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro a principios de año, muchos pensaron que el camino hacia la transición democrática estaba despejado. 

Pero en lugar de abrirle las puertas a un proceso de elecciones libres bajo el liderazgo de las fuerzas legítimamente democráticas de la oposición, Washington ha preferido pactar con la continuidad del mismo aparato criminal que saqueó y destruyó al país. Lo he dicho y repetido hasta la saciedad, cambiaron algo para que nada cambie.

La política exterior de EEUU que encabeza su presidente, Donald Trump, ha utilizado una balanza donde los derechos humanos, la libertad y la decencia pesan menos que los intereses económicos y estratégicos. Hoy, ese peso es más evidente que nunca. Al “coronar” a la vicepresidenta del régimen depuesto como la máxima autoridad “legítima”, Trump ha elegido el camino corto, el más cómodo y, sobre todo, el más rentable.

Lo que estamos viendo hoy es un blindaje judicial escandaloso. La notificación del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, apoyando formalmente la inmunidad judicial para Delcy Rodríguez en los tribunales federales es un insulto al estado de derecho mundial. Una figura clave de la cúpula criminal, que ha sido señalada por atentar contra todos los valores habidos y por haber, ahora recibe una carta blanca legal firmada por Washington. Con este movimiento, los delitos del pasado y las investigaciones en suelo estadounidense quedan congeladas bajo el manto protector de la “inmunidad de jefe de Estado”.

¿Cuál es el precio de este perdón judicial? El propio Donald Trump se ha encargado de dejarlo claro sin ningún pudor, el suministro de petróleo. Los canales de negociación comercial directa ya están abiertos y las grandes corporaciones energéticas vuelven a frotarse las manos. El mensaje enviado al resto del continente y al mundo es nefasto. No importa qué tan cuestionables sean tus leyes ni cuántos derechos hayas pisoteado, si tienes suficiente petróleo bajo el suelo y estás dispuesto a sentarte a negociar de rodillas, tus pecados serán perdonados y serás bautizado como el “socio ideal”.

Mientras tanto, los millones de venezolanos que arriesgaron sus vidas votando, marchando y exigiendo un cambio real se quedan mirando atónitos un escenario donde los mismos que pisotearon la dignidad y desertizaron el país siguen siendo los que mandan. La oposición democrática, que durante años construyó legitimidad y lideró la resistencia civil, ha sido groseramente despreciada con este tejemaneje de intereses fraudulentos. Se les ha dejado claro que sus votos y sus luchas importan muy poco cuando hay miles de millones de barriles de crudo sobre la mesa de negociaciones de la Oficina Oval.

La justificación para este atropello roza el ridículo. Afirmar, como lo ha hecho recientemente la administración Trump, que Venezuela “no reúne los condicionantes” para celebrar elecciones presidenciales en un plazo, si no inmediato al menos cercano, es el argumento más condescendiente y antidemocrático posible en favor del interinato. Es aplicar la misma narrativa clásica y paternalista que los dictadores usan para perpetuarse en el poder. Decirle al ciudadano que es demasiado inmaduro para decidir y que, por lo tanto, necesita un tutor impuesto a dedo.

Elogiar la gestión de Delcy Rodríguez y definir su labor como “fantástica” es una burla monumental. Lo que Washington llama “progreso y estabilidad” es en realidad la pacificación forzada de un país al que le han arrebatado la última ventana de esperanza electoral del futuro. Esta presidencia encargada y sobrevenida amenaza con convertirse en una transición eterna, una dictadura de facto tutelada desde el exterior donde las prioridades estratégicas van primero y el bienestar y la libertad de los venezolanos al final de la lista.

No nos llamemos a engaño. El apoyo de los Estados Unidos a los Rodríguez no es incondicional ni gratuito. Es un cheque que se cobra mensualmente en los puertos de embarque de crudo y en la obediencia absoluta. Las advertencias de Trump han sido directas y sin matices. El respaldo se mantendrá mientras cumplan las órdenes, se colabore en el desmontaje selectivo de las facciones del chavismo que no interesan, y se mantenga la paz social a cualquier costo. Si se desvían un milímetro del guion dictado desde el norte, la maquinaria que hoy la protege la desechará de la misma forma en que sacaron a su antiguo jefe.

Este nuevo panorama deja una lección terrorífica para América Latina. La democracia ha dejado de ser un requisito para la legitimidad internacional. Si un gobierno interino, impuesto mediante la intervención y el pacto opaco, es reconocido como la “única autoridad”, entonces el concepto mismo de soberanía popular ha sido muerto y enterrado boca abajo. 

El pragmatismo salvaje ha sustituido al derecho internacional, y las alianzas ya no se forjan sobre la base de valores morales y decencia compartida, sino de contratos refrendados por intereses económicos y control territorial.

El pueblo venezolano se enfrenta ahora a un escenario de profunda orfandad política. Por un lado, el remanente del régimen se lava la cara y se oxigena gracias al reconocimiento del imperio que tanto criticaban. Por el otro, la comunidad internacional cierra los ojos porque el negocio petrolero ha vuelto a funcionar con normalidad.

Venezuela ha pasado a ser un protectorado energético atrapado en los peores augurios. La historia recordará este momento como la gran traición de las potencias supuestamente democráticas a una sociedad que solo pedía el derecho de elegir su propio futuro en paz y libertad.

Ganó el petróleo, ganó el dinero y una vez más, la democracia se quedó esperando el ascensor.

Continuará…

Cantaclaro…                                           …

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Sobre Venezuela en estos infaustos tiempos de supuesta revolución...

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