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El mirador del indiano

Cuando se quitan la máscara

Hay momentos en la historia en los que los tiranos se cansan de actuar. Se cansan de las farsas, de los discursos diplomáticos y de montar teatros electorales para convencer al mundo de que son la crema y nata de los demócratas. En Nicaragua, ese momento exacto ocurrió hace un par de días con Daniel Ortega, el pequeño “gran hombre” octogenario que lleva martirizando a su país desde 2007.

Subió al estrado y soltó la frase que sepulta, de una vez por todas, cualquier esperanza de libertad para su pueblo: “…Aquí no volverá a haber elecciones para que por ahí intenten ellos atrapar el gobierno…”.

Así, sin anestesia. Con una sola frase, el líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) mandó al basurero de la historia los restos de la fachada democrática que venía sosteniendo con trampas, fraudes y asesinatos. Ya no hay necesidad de robarse las urnas ni de inventar historias falsas, a partir de ahora, sencillamente no habrá urnas. Ortega, visiblemente envejecido (los excesos de ron nicaragüense pasan factura) pero con el mismo tono despótico de siempre, dejó claro que prefiere pasar a la historia como un dictador absoluto antes que arriesgarse a perder el poder en una votación limpia.

La declaración no fue un ataque de rabia ni un error de discurso. A su lado, aplaudiendo, estaba su esposa y copresidenta, Rosario Murillo. Ortega detalló que ya está trabajando con la Asamblea Nacional, un parlamento lleno de diputados que solo sirven para firmar lo que la pareja ordena.

Desde el exilio, la oposición reaccionó de inmediato. Líderes políticos y activistas refugiados en Estados Unidos y Costa Rica señalaron que esto no es una sorpresa, sino la confirmación oficial de lo que venían denunciando desde hace años. Para figuras como Félix Maradiaga, aspirante presidencial que fue encarcelado, despojado de su nacionalidad y desterrado por el régimen, Ortega solo ha formalizado lo que ya operaba en las calles: un sistema que gobierna única y exclusivamente a través del miedo, la policía y las armas.

Esto no ocurrió de la noche a la mañana, fue un plan fríamente calculado que tuvo su punto de inflexión en febrero de 2025. En ese momento, el régimen aprobó una reforma brutal a la Constitución Política del país. Esa reforma, que fue condenada por la ONU, la OEA y la Unión Europea, transformó a Nicaragua en una propiedad privada de la familia Ortega-Murillo.

Aquel cambio constitucional no fue ningún capricho, preparó el terreno a través de dos trampas revolucionarias de marca registrada castro-chavista: Rosario Murillo dejó de ser una simple vicepresidenta y fue elevada al rango de copresidenta. Hoy tiene el mismo poder legal que Ortega, asegurando que el mando no salga de la familia si el dictador llega a faltar. Además, se aprobó una ley que permite quitarle la nacionalidad y confiscarle todos los bienes a cualquier nicaragüense que señale al gobierno como una dictadura.

Fuentes cercanas a la política centroamericana aseguran que esta prisa por cerrar el sistema se debe a la frágil salud del dictador, quien padece de serios problemas renales y de lupus. Sabiendo que a Ortega no le queda mucho tiempo, Rosario Murillo ha iniciado una purga interna dentro del propio sandinismo, barriendo con militares y funcionarios históricos para asegurarse de que nadie le dude o dispute el trono cuando su esposo muera. Eliminar las elecciones es el último candado para que Murillo pueda gobernar sola sin que nadie la moleste.

El portazo de Ortega al voto popular ha desatado otra tormenta internacional. La respuesta más dura llegó desde Washington. El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, lanzó un comunicado titulado …”Una llamada a la acción”… donde calificó la decisión del régimen como un acto de cobardía extrema. Rubio afirmó que el gobierno de Donald Trump no se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo se instala una tiranía totalitaria en el continente, y advirtió que vendrán sanciones económicas destructivas contra la cúpula militar y financiera que sostiene a la familia Ortega.

Lo verdaderamente alarmante de la situación actual es que el sandinismo ya no se molesta en buscar excusas legales. Antes usaban tecnicismos o argucias jurídicas para justificar sus abusos, hoy les importa un carajo. Al prohibir el voto, Nicaragua se convierte oficialmente en el país más cerrado y autoritario de la América Latina continental, ganándose a pulso el título del “Corea del Norte tropical”. Un territorio blindado donde el Estado no existe para ayudar a los ciudadanos, sino para proteger las cuentas bancarias y la impunidad de una dinastía familiar.

Para la oposición en el exilio, las palabras de Ortega crean un cierre de etapa definitivo. La vía pacífica y electoral está muerta y enterrada por el propio dictador. Ahora, la disidencia se enfrenta al enorme reto de reorganizarse desde fuera del país para presionar a un régimen que no escucha razones.

Mientras tanto, la comunidad internacional tiene la difícil tarea de ahogar económicamente a la dictadura sin terminar de hundir en la miseria al pueblo nicaragüense, un pueblo que hoy se ha quedado sin voz, sin derechos, y al que le acaban de robar el futuro.

Continuará…

Cantaclaro                                                                                                           

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