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El mirador del indiano

El timón populista

Hoy esta entrada va de navegación, ese arte de surcar los mares que me encanta. Es una modesta página de mi cuaderno de bitácora, cuya singladura (para bien o para mal) es la democracia y sus “consecuencias”.

Imaginemos un barco surcando un océano tormentoso, a bordo viajan cientos de pasajeros y una tripulación entregada a sus tareas. De pronto, su capitán sufre un accidente que lo inhabilita para el mando. En lugar de asumir el control el primer oficial, la tripulación decide elegir un nuevo lider por votación popular. El resultado es un empate técnico y, para resolverlo, ambos candidatos deciden repartirse el timón.

Hasta aquí, pese a las anomalías del proceso, daremos por “democrática” la solución y se transferirá el mando a los ganadores: el cocinero que había prometido raciones dobles de comida y el marinero elocuente que ofreció aumentar los sueldos y acortar las jornadas. El resultado previsible es el naufragio.

Esta metáfora, concebida por Platón en La República hace más de dos mil años, describe con escalofriante exactitud el gran punto crítico de nuestras democracias contemporáneas. Hemos convertido el voto en un cheque en blanco donde la falta de preparación y la ignorancia “voluntaria” entregan las riendas del Estado a los incapaces, bajo la falsa premisa de que la simple mayoría otorga derecho.

El diseño democrático generalizado actual asume un supuesto muy peligroso: que cualquier ciudadano, con solo acreditar su nacionalidad y mayoría de edad, está capacitado para decidir sobre la complejidad de la macroeconomía, las relaciones internacionales o el marco jurídico. Exigimos años de estudios a un médico para recetar un fármaco o a un arquitecto para diseñar una vivienda, sin embargo, entregamos el destino de un país entero a decisiones basadas en impulsos, simpatías o, peor aún, en la más absoluta desinformación.

Esta falta de educación política no es un accidente, en muchos casos, es una sutil política de Estado. A las élites en el poder no les interesa un electorado crítico, sino una masa dócil que confunda la participación ciudadana con el mero acto de depositar una papeleta cada ciertos años. Aquí es donde la ignorancia deja de ser una condición involuntaria y se transforma en una “ignorancia cómplice”, donde el votante prefiere la comodidad del relato oficial antes que el esfuerzo intelectual de contrastar ideas y realidades.

Es aquí donde entra en juego el demagogo, ese orador elocuente que detecta las frustraciones de la masa y las transforma en combustible electoral. El demagogo no ofrece programas de gobierno viables ni reformas estructurales profundas, ofrece culpables y soluciones mágicas. Sabe que la masa es fácil de manipular si se apela a emociones primarias como el miedo, el resentimiento, la envidia o la fe ciega.

En este escenario, la verdad utilitaria pierde todo su valor. Las promesas imposibles de cumplir ganan elecciones porque suenan mejor que las verdades incómodas. El votante, atrapado en su propia complicidad, decide creer lo increíble con tal de no asumir su responsabilidad. Se convierte, así, en patrocinador de su propia ruina.

América Latina se ha convertido en el laboratorio ideal para observar las consecuencias de este naufragio colectivo, sus países muestran diferentes etapas de una misma enfermedad.

El caso de Cuba representa el espejo más antiguo y el resultado más perverso de este fenómeno. Hace más de seis décadas, una parte sustancial de la sociedad civil, hipnotizada por la elocuencia de un liderazgo mesiánico, decidió respaldar un proceso revolucionario ignorando las tempranas señales autoritarias a cambio de promesas de justicia social. Aquella complicidad inicial, nacida del entusiasmo ciego y la falta de visión crítica, terminó entregando las llaves del navío a un régimen de partido único. Hoy, con el país sumido en el colapso energético, la escasez crónica y el desespero social, la tragedia cubana demuestra el saldo brutal de la metáfora de Platón.

Siguiendo esa estela, Venezuela representa el caso de contagio más trágico del siglo XXI. Un país con inmensas riquezas que entregó su rumbo a un relato redentor que prometía soberanía, progreso y equidad. El electorado, seducido por la elocuencia de un líder carismático, ignoró las alarmas institucionales y técnicas de intelectuales como Jorge Olavarría y Arturo Uslar Pietri. Décadas después, el resultado es un éxodo masivo y el colapso absoluto de sus estructuras. La ignorancia cómplice inicial se pagó con la pérdida de la propia libertad para rectificar en las urnas.

En esta polarización tóxica, el demagogo de turno solo necesita agitar los fantasmas del miedo y la inmoralidad para agrupar a su rebaño. Queda demostrado que cuando la ignorancia cómplice se contamina de fanatismo, el país deja de ser una república para convertirse en un circo romano imposible de gobernar.

Sería un grave error de diagnóstico considerar este mal como una patología estrictamente latinoamericana. La “culta Europa”, que presume de tradición filosófica, ilustración y altos niveles educativos, padecen el mismo mal, aunque disfrazado de un refinamiento institucional que ya pocos valoran.

El auge de los populismos extremistas en el viejo continente, el manejo de las crisis migratorias y los relatos que prometen regresar a pasados gloriosos inexistentes, son síntomas de la misma enfermedad. El votante europeo medio, hiperconectado pero profundamente desinformado, cae con la misma facilidad que el latinoamericano en las redes de la manipulación.

Estas líneas de hoy, no significan apostar por el naufragio de la democracia, sino buscar la forma de mantenerla a flote. El voto es y debe seguir siendo sagrado e igualitario para todos, pero precisamente por su inmenso valor, no puede ejercerse desde la apatía o el impulso ciego.

No es mi intención querer dinamitar el sistema. A fin de cuentas la única vacuna contra el populismo es una sociedad que elija pensar antes de votar. La democracia no es un sistema infalible dotado de magia divina, es tan buena o tan mala como la suma de sus votantes.

Si el barco se hunde ¡Que nadie lo quiera! el culpable no es el mar, sino quien votó por el capitán.

Continuará…

Cantaclaro

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Sobre Venezuela en estos infaustos tiempos de supuesta revolución...

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