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El mirador del indiano

Un fantasma que ya no asusta

El imperio del miedo acaba de perder a su rey. Héctor Ruthenford Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero”, el cerebro y líder absoluto del Tren de Aragua, está muerto. Es una verdad oficial, confirmada con bombos y platillos por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y por el interinato alcahuete de Venezuela. El hombre más buscado del continente, el criminal que convirtió una banda de presos en una multinacional del crimen, cayó abatido en el sur de Venezuela.

Esta no es solo la crónica de la caída de un capo. Es el relato de una cacería internacional que unió a dos enemigos políticos con un solo objetivo: borrar del mapa al criminal que se atrevió a desafiar las fronteras de toda América. Pero, por encima de todo, es la prueba de cómo el hampa y la alta política bailaron al mismo ritmo hasta que el negocio se les fue de las manos. Durante más de tres años, el “Niño Guerrero” fue un fantasma que era preciso eliminar. 

Desde que escapó por un túnel de la cárcel de Tocoron en 2023 (su base de operaciones, que tenía piscina, discoteca y zoológico), nadie sabía dónde estaba. Se decía que se ocultaba en las favelas de Brasil, en los cerros de Lima o en las calles de Nueva York. Pero el capo cometió el error de subestimar la tecnología y la fijación de quienes le pisaban los talones.

El desenlace ocurrió en Las Claritas, en el estado Bolívar, una zona minera y selvática al sur de Venezuela. No fue una redada común y corriente. Fue un ataque quirúrgico y de alta precisión ejecutado por el Comando Sur de EEUU.  Lo tenían cercado, cuando se dio la orden, no le dio tiempo ni de darse un bañito reconfortante en aguas del Caroní. El líder del Tren de Aragua cayó en el sitio, terminando así con una recompensa de 5 millones de dólares que el Departamento de Justicia de EEUU. ofrecía por su cabeza.

Pero para entender cómo un preso común llegó a manejar un ejército transnacional, hay que dejar la hipocresía de lado. El “Niño Guerrero” no construyó este monstruo solo en una cueva, lo financiaron y le permitieron crecer las cúpulas políticas de todos los bandos en Venezuela.

Por un lado, el llamado “gobierno interino” pecó de una complicidad vergonzosa por omisión y conveniencia. Mientras discurseaban en el extranjero, permitieron que las estructuras mafiosas se consolidaran, mirando hacia otro lado mientras el hampa tomaba el control territorial de zonas clave a cambio de mantener una supuesta “paz social” que les evitara problemas.

Por el otro lado, la alianza fue directa y descarada. Nicolás Maduro junto a los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez convirtieron al Tren de Aragua en el brazo armado de facto del sur del país. El chavismo les entregó las llaves del Arco Minero del Orinoco, la gallina de los huevos de oro de mucho criminal del Socialismo del siglo XX. En el estado Bolívar, donde justamente fue abatido el capo, el Tren de Aragua no operaba a escondidas, controlaba los yacimientos de oro, cobraba vacunas a los mineros artesanales y manejaba el contrabando de minerales bajo la mirada complaciente de los militares y los altos jerarcas Chavistas-Maduristas de Caracas. 

El “Niño Guerrero” pasó de ser un preso a un socio comercial del régimen, encargándose del trabajo sucio en las minas para inyectar dinero fresco a las arcas de Miraflores. Con el dinero del oro de Bolívar financiando la expansión, Guerrero Flores rediseñó el negocio del crimen organizado en el continente.

Desde la prisión de Tocorón, construyó un estado paralelo. Pero su verdadero “éxito” empresarial fue aprovechar la mayor crisis migratoria de la historia de la región. El Tren de Aragua se camufló entre los millones de venezolanos que salieron de su país. La banda criminal cruzó las fronteras y montó franquicias criminales en Colombia, Perú, Chile y los Estados Unidos.

El modelo de negocio era de espanto: trata de personas, explotación sexual de mujeres migrantes, extorsión a comerciantes locales y sicariato. Quien no pagaba, moría. La situación se le escapó de las manos a los capos locales cuando el Tren de Aragua empezó a operar con fuerza en ciudades estadounidenses como Nueva York, Chicago y Miami. La justicia de EE. UU. no se lo perdonó y le clavó cargos federales por terrorismo, narcotráfico y extorsión masiva. 

El “Niño Guerrero” pasó de ser un socio útil en las minas de Venezuela a convertirse en una amenaza de seguridad nacional para la primera potencia militar del mundo. Su destino estaba sellado, su muerte es un golpe definitivo para la marca, pero la gran pregunta que queda en el aire es: ¿se acabó la banda?

La respuesta que doy es que no, el negocio va a cambiar de jefe, lo más probable es que veamos una guerra interna sangrienta por el control del trono. Además, abre una incógnita enorme sobre quién se va a quedar con el control de las minas de oro en Bolívar. ¿No será el Zapatero de marras, que ya tiene su “minita” en el sitio?, no lo creo ni de broma, allí las vainas no son de hablar paja y llenarse, allí utilizan el “plomo parejo” y el expresi ibérico no tiene ese “guáramo” en la entrepierna. 

Las células que operan en Santiago de Chile, Lima o Bogotá ya no tienen un jefe supremo al cual rendirle cuentas. Esto puede provocar la fragmentación de la megabanda en pequeños grupos locales independientes, igual de peligrosos, pero sin ese brutal poder de coordinación internacional.

La caída de este criminal deja una lección muy clara. Cuando el crimen organizado toca la puerta de los intereses de las grandes potencias y desestabiliza la política de varios países a la vez, la respuesta no tarda en llegar.

El “Niño Guerrero” pensó que la selva venezolana, el oro de Bolívar y su red de protección política con el Madurismo e Interinato lo harían inmortal. Pero al final, se convirtió en una pieza prescindible y en el objetivo principal de una maquinaria militar gringa que ha demostrado no saber fallar. 

El hombre que manejaba la vida y la muerte de miles de personas terminó sus días en el fango de una zona minera. Su imperio se desmorona y América respira, al menos por hoy, un poco más tranquila.

Continuará…

Cantaclaro

 

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Sobre Venezuela en estos infaustos tiempos de supuesta revolución...

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