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Lo que leerán a continuación no es algo que descubra mis creencias, pensamientos y pesares, es la repetición de lo dicho infinidad de veces, hoy escribo lo mismo pero con tanta decepción como preocupación.
Creo que el caso más grave de desequilibrio mental por parte de presidente alguno de los EEUU es el de Donald J. Trump. No estamos ante un diagnóstico reservado a especialistas, el nivel de inestabilidad es de tal magnitud que puede ser advertido fácilmente hasta por un ignorante total en la materia como es uno.
Es hasta admitido que un líder político o un empresario de éxito posea un ego considerable, pero el caso de Trump sobrepasa lo “normalmente anormal” para instalarse en el terreno de lo patológico. Es la soberbia convertida en enfermedad, es el obsesivo quererse a sí mismo personificado en el jefe de Estado de la mayor potencia militar del planeta.
Trump es un hombre enamorado de su propia imagen que subordina la seguridad nacional y mundial a su propia adoración. Su manía de hablar siempre en primera persona no es una falta de tacto, sino un síntoma. Se declara el mejor calificado en cada asunto que toca: la cura del cáncer, el COVID, la economía, el clima, etc.
Esa fijación “del yo” lo retrata, es lo que los profesionales del comportamiento humano definen como narcisismo. Es la causa que lo lleva a un autoelogio desmesurado, pretendiendo que es mejor Papa que el Papa, mejor estratega que sus generales y el mayor merecedor del premio Nobel. Para Trump, el mundo es un espejo donde solo él debe reflejar su grandeza, de lo contrario, el espejo debe ser destruido.
Para alimentar el impacto mediático, el presidente utiliza el desprecio sistemático como herramienta. Sus expresiones descalificantes y ofensivas no conocen límite, los europeos son cobardes, los latinos son violadores, los africanos son inferiores y los haitianos, según su última fantasía, “comen perros”.
Esa degradación del otro se extiende a su propio equipo. Sus colaboradores son presentados como “los mejores del mundo” al ser nombrados, pero al momento de ser despedidos o renunciar por desacuerdo, se convierten en objeto de su crítica más feroz.
Este diagnóstico que señalo, no obedece a mi deseo de desprestigiarlo (quien seré yo para hacer semejante cosa) ese desprestigio proviene de parte de su partido Demócrata. Proviene de ciudadanos sin identificación partidista, de militares retirados y de gente que compartió su intimidad profesional con él. Su ex abogadoTyrus Cobb, y Stephanie Grisham, su ex secretaria de prensa, han sido claros: …”Trump revela un nivel de desequilibrio mental que lo incapacita para la responsabilidad y dignidad requeridas por la condición presidencial”…
La petición de aplicar la 25ª enmienda constitucional (invalidación por incapacidad mental) ya no es solo un debate, sino una necesidad de seguridad nacional que flota en el ambiente. Según encuestas recientes de REUTERS, un 66% de los ciudadanos nota esta conducta errática y un 49% lo percibe ya demasiado viejo y desgastado para el cargo.
Pero el peligro real radica en que Trump ha rodeado su desequilibrio de un gabinete a su imagen y semejanza. Si el líder está fuera de la realidad, sus ministros están fuera de la ética. El vicepresidente J.D. Vance es el ejemplo más desolador de esta degradación, vendió su alma al diablo y hoy justifica los desafueros de su jefe como un “excelente sentido del humor”, acepta las “anomalías” con tal de mantener vivas sus propias aspiraciones presidenciales. Y Marco Rubio tres cuartos de lo mismo, señal inequívoca del déficit ético de ambos.
Su servicio exterior es un calco exacto del “efecto Trump”. Con embajadores como el de Israel Mike Huckabee, predicador bautista de TV que preguntado sobre los límites territoriales de Israel, dijo el pasado febrero que el país tiene un “derecho bíblico” para extenderse por gran parte de Oriente Medio, desde el Nilo hasta el Éufrates. Ya me dirán que es lo que se puede esperar de esta manada de amorales.
En definitiva, Estados Unidos y el mundo se enfrentan a una administración donde la integridad ha sido sustituida por el servilismo y la cordura por el delirio destructor.
Si el sistema no es capaz de activar los mecanismos constitucionales para frenar a un hombre con estas características, la historia no juzgará a Trump por su estado mental, sino a su gabinete por su tolerancia y al sistema por su ceguera, o lo que es peor… por su complicidad.
Continuará…
Cantaclaro
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