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El mirador del indiano

El golpe a cámara lenta (A propósito del Grupo de Puebla)

Decía en nota anterior, que en mi opinión el llamado Grupo de Puebla es un “lobby” ideológico que busca debilitar las instituciones y gobiernos democráticos regionales y proteger a regímenes cuestionados por sus condiciones o tendencias totalitarias. Hoy completo el círculo con este ramito de flores con el que termino el tema.

Los autócratas de hoy ya no necesitan tanques en la calle para matar la democracia, les basta con una sonrisa, un discurso incendiario y mucha cara dura.

El truco es viejo, pero efectivo: fingir ser demócratas para llegar al poder y, una vez acomodados, usar las mismas leyes que los hicieron llegar para romper el sistema desde dentro, o sea, un autogolpe de Estado a cámara lenta.

Un golpe clásico es un terremoto militar, violento y ruidoso que solo funciona desde la fuerza de los fusiles. El autogolpe, en cambio, es una enfermedad degenerativa. Es el líder elegido en las urnas que decide que la Constitución le estorba y empieza a desmontar las instituciones que juró proteger.

Es un tema muy viejo pero recurrente: Alberto Fujimori (Perú 1990) logró llevarlo a cabo porque tenía muchos “amigos” dentro de su gobierno. Pedro Castillo (Perú 2022) intentó cerrar el Congreso y terminó en la cárcel por falta de “amistades” internas.

Más reciente, es Yoon Suk-yeol (Sur Corea 2024) a quien vimos fracasar porque se quedó solo, es decir, nadie en la casa estaba por la labor. Y ya en estos tiempos, Erdogán en Turquía lo ha hecho con tal maestría que muchos todavía creen que es un demócrata de pies a cabeza. No menciono Venezuela ni Cuba por ser ese tema más conocido que la tortilla de patatas.

Lo preocupante de este asunto no es solo la ambición de estos personajes, sino la efectividad del método que emplean. Los datos estadísticos son claros, mientras los golpes tradicionales fallan la mitad de las veces, cuatro de cada cinco autogolpes triunfan. ¿Por qué? Porque el lobo ya estaba dentro de la conejera.

Además, estos superdemócratas de hoy cuentan con una fórmula química perfecta: Polarización, Populismo y Posverdad (la triple P). La polarización divide al país entre buenos y malos. El populismo convierte al vecino en un enemigo que hay que eliminar, y la posverdad marea la perdiz con mentiras hasta que ya no sabemos qué creer, si lo uno, lo otro o todo lo contrario.

Esta combinación es un anestésico social perfecto. Logra que ciudadanos bien educados y con valores ciudadanos comprobados callen cuando su mandatario pisotea la legalidad, convencidos de que es “por un bien mayor” o para evitar que gane el otro bando, que siempre es el malo de la película.

Lo preocupante es, si países que se supone “democráticos” podrán esquivar esta bala. Con “personalidades” como las que vemos a diario y estando claros en que la democracia no se pierde solo el día de las elecciones, todo lo dicho queda como posible y tal vez hasta inevitable.

Al final, queda demostrado que la democracia no siempre muere en la oscuridad de un madrugonazo, muere a plena luz del día, entre vítores y aplausos de los que creen que la están salvando.

A buen entendedor…

Continuará…

Cantaclaro

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Sobre Venezuela en estos infaustos tiempos de supuesta revolución...

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