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La guerra, por definición, es el reino de la incertidumbre, pero en la administración de Ronald Trump, esa incertidumbre parece haber sido anulada por decreto. El problema de intentar solucionar los conflictos a golpe de titulares de prensa, es que la realidad no lee los guiones que se le quiere imponer.
Mientras el presidente Trump insiste en que la campaña contra Irán avanza de forma “increíble” y su Secretario de Guerra, Pete Hegseth, derrocha optimismo en redes sociales calificando la ofensiva como una humillación total para Teherán, los restos de un par de “avioncitos” esparcidos en suelo persa cuentan una historia distinta. No se puede tapar el sol con un dedo, ni esconder el humo de un avión derribado con un comunicado de prensa.
Se dice siempre que en la guerra, la primera víctima es la verdad, pero aquí la han ejecutado directamente. El derribo de un F-15E y un A-10 en menos de una semana ha abierto un boquete en la narrativa oficial que ninguna oficina de relaciones públicas puede parchear.
Hegseth lleva semanas vendiendo la tesis del “control total del espacio aéreo”, lo que en lenguaje militar significa superioridad absoluta. Sin embargo, el hecho de que los pilotos deban volar a más de 10.000 metros para evitar ser cazados por misiles portátiles sugiere que esa supremacía es, en el mejor de los casos, una mentira piadosa, por no decir una verdad dolorosa.
Si tienes que esconderte en la estratosfera para que no te derriben con un arma que un soldado carga al hombro, no tienes el control de nada, lo que tienes es un problema morrocotudo.
El dedo ya no solo apunta hacia el Golfo Pérsico, sino hacia el propio Hegseth. Según revela el Washington Post, el Secretario de Guerra Peter Hegseth no le está diciendo la verdad al presidente. La preocupación se ha extendido porque es evidente que Hegseth ha confundido la destrucción de objetivos fijos (radares y hangares de hormigón) con la aniquilación de un enemigo que sabe jugar al escondite entre sus misiles y drones. No es lo mismo reventar un edificio que neutralizar un oponente que te espera agazapado.
Mientras el jefe del Estado Mayor Conjunto mantiene un silencio que huele a cautela, Hegseth inunda las pantallas de TV con vídeos de ataques que proclaman una victoria total inminente. Pero hay contraste notable: por un lado, las 13.000 incursiones aéreas de las que alardea la portavoz Anna Kelly, y por el otro la imagen de una operación de rescate al límite para extraer a dos aviadores derribados en un territorio que se suponía “pacificado”.
Este triunfalismo ciego ignora que la tecnología no es infalible contra la persistencia fanática, venga de donde venga. La historia militar es implacable con el exceso de confianza en ese sentido, y si alguien lo duda, solo tiene que mirar hacia Afganistán.
No puedes declarar la aniquilación de un enemigo que todavía tiene la capacidad de poner en jaque al personal estadounidense con armamento que se carga al hombro. La retórica oficial de Trump despacha cualquier duda como “propaganda”, pero los agujeros en el fuselaje de los aviones derribados no fueron hechos con tiragomas.
Al final, las guerras no se ganan en las conferencias de prensa televisadas ni acumulando “me gusta” en redes sociales. Se ganan reconociendo el terreno que se pisa y lo que el oponente es capaz de lanzarte.
El ego residente en el Despacho Oval puede estar muy satisfecho con los titulares de hoy, pero los que están jugándose el pellejo en el frente saben que el optimismo de Hegseth no detiene la metralla. Seguir negando la evidencia solo garantiza que el próximo informe de bajas sea todavía más difícil de disfrazar como otra victoria.
Continuará…
Cantaclaro
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