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Durante los últimos quince años, el consenso en Washington parecía claro: Estados Unidos debía abandonar las “guerras interminables” de Oriente Medio para centrarse en su propia reconstrucción industrial y en el desafío sistémico que representa China.
Tres administraciones distintas coincidieron en este diagnóstico. Sin embargo, la realidad actual muestra precisamente lo contrario. El país vuelve a estar profundamente involucrado en la reorganización de una región que históricamente ha sido, un rompecabezas devorador de cuantiosos recursos sin ofrecer victoria alguna definitiva.
Para entender este fenómeno, no hay que mirar a los mapas actuales, sino a la historia del Imperio Británico entre 1880 y 1920. Por aquel entonces, Londres era el centro financiero del mundo y contaba con una posición casi idéntica a la que ocupa Estados Unidos hoy. Gran Bretaña había diseñado el orden internacional a su antojo, tras derrotar a Napoleón y frenar el eterno expansionismo de Rusia, parecía invencible.
Sin embargo, el colapso británico fue inevitable, y ocurrió por las hemorragias económicas y militares constantes en los dominios que suponía “estables”. Mientras Londres enviaba a miles de soldados y millones de libras a sofocar rebeliones en Sudán, Somalia, Irak, Palestina, Egipto, Turquía etc. algo estaba cambiando en otras latitudes del planeta.
Mientras los líderes británicos se perdían en interminables debates, dos potencias (entonces emergentes) jugaban a otra cosa: EEUU construía la maquinaria industrial más avanzada de la historia y Alemania mecanizaba su ejército y potenciaba su ciencia. Gran Bretaña estaba ganando escaramuzas en la periferia, pero estaba perdiendo la carrera por la supremacía industrial, tecnológica y económica.
Hoy, Estados Unidos se enfrenta a la misma tentación. Si bien es cierto que existe una lógica política y militar para cada intervención en Oriente Medio, la gran estrategia no debe ser la de tener razón en cada crisis, sino la de priorizar recursos que son agotables.
Cada dron interceptor disparado en el Mar Rojo, cada ataque aéreo contra Irán y cada hora del gabinete gringo dedicada al qué hacer con los fanáticos persas, es energía, dinero y talento que se resta a la carrera de los semiconductores, la inteligencia artificial y la industria manufacturera de China.
El siglo XXI no se decidirá por quién controle las arenas de Oriente Medio, sino por quién domine las tecnologías que definen el poder moderno. Si Washington no aprende a ignorar lo secundario para salvar lo que realmente importa, el resultado será el mismo que el de aquella superpotencia Británica que se olvidó de lo que la hacía poderosa.
Continuará…
Cantaclaro
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