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Le toca turno en este rincón de irreverencias a otro espécimen felino de la política venezolana, un sujeto merecedor de un especial de National Geographic sobre parásitos oportunistas: el incombustible Jorge Arreaza Montserrat.
Mientras otros “pesos pesados” del chavismo terminaban en el destierro, en las celdas del Helicoide o convenientemente borrados de la foto, Arreaza gozó y goza de la asombrosa anatomía de los gatos: no importa de qué piso lo lancen, siempre cae de pie, y por lo general donde haya algo que afanar.
La historia de Jorge es la del hombre que llegó al poder por la vía del registro civil con braguetazo incluido de dimensiones épicas. Su mayor mérito curricular no fue su formación académica, sino el asalto al corazón de Rosa Virginia Chávez, hija mayor de Hugo Chávez. Aquel matrimonio lo cubrió con un manto impermeable que ha sabido utilizar con una eficacia envidiable.
Cuando el amor se extinguió, su hambre de dinero y poder le sirvió de incentivo eterno. Tras su divorcio en 2022, los incautos pensaron que Arreaza sería un pie de página en los libros de historia. ¡Se equivocaron! el tipo resulto el perfecto trapecista de las crisis: pasó de ser el despreciado “hijo político” del Comandante a “jala mecate” preferido de Maduro, para terminar siendo hoy el asistente de cámara de la dupla Delcy-Jorge Rodríguez.
Si algo define la gestión de Arreaza es su eficiencia como ganador de supuestos imposibles. Su paso por la Cancillería fue un desfile de retórica trasnochada mientras el país se aislaba día a día. El haber sido yerno despreciado del Comandante eterno lo condenaba al ostracismo total, pero no fue así. Este trepador a tiempo completo logro lo que ni la oposición más optimista jamás imaginó: sobrevivir a la propia familia real de Sabaneta de Barinas.
Si quieres que un presupuesto desaparezca sin dejar rastro, dáselo a Jorge en su Ministerio de las Comunas. Bajo su gestión, el “socialismo territorial” se convirtió en otro agujero negro financiero. Mientras se llenaba la boca hablando de “empoderamiento popular”, decenas de proyectos que llamaba productivos, morían en el papel, pero el dinero, ese sí que fluía hacia cuentas secretas que nadie auditaba.
Otro de sus descaros, es el cometido actual en la Comisión de Seguimiento de la Ley de Amnistía. Resulta que el hombre que durante años aplaudió la persecución desde su pulpito de Canciller, el que justificó con su tono afligido cada atropello en la ONU, ahora es el “árbitro” de la reconciliación. Es el colmo del cinismo: el mismo verdugo que te apretaba la soga al cuello ayer, hoy te ofrece un pañuelo para las lágrimas y encima te pide que le agradezcas el detalle.
Lo de Arreaza no es eficiencia, es la extrema supervivencia parasitaria en acción. Es el burocratismo perfecto que habita en una burbuja de privilegios mientras vende el cuento del “gobierno comunal” con un vivir de potentado. Su peso político es nulo, pero su habilidad para orbitar donde está la chequera (primero los Chávez, luego Maduro y ahora los Rodríguez) es digna de admiración.
Hoy, bajo la tutela de Delcy Rodríguez, Arreaza es el “rostro amable” del reciclaje político. Es el encargado de darle un barniz de institucionalidad a un régimen de chapuceros que ni a comunistas llegan, pero que siguen al mando, y él mantiene esa postura de intelectual incomprendido en los cócteles diplomáticos que tanto le gustan, aunque ya nadie le sirve ni un vaso de agua.
Jorge Arreaza es la prueba viviente de que en la Venezuela de los Rodríguez, el nepotismo no muere, solo se transforma. Es el “elemento” que sobrevive porque no brilla, no estorba y, sobre todo, porque sabe mucho de lo que se decía en el dormitorio de la hija del paracaidista comandante Chávez.
Este es el hombre que ha logrado lo que ningún mortal: sobrevivir a un divorcio con la “familia real chavista”, más el ocaso de su ex jefe Maduro, para terminar cayendo de pie sobre la falda de Delcy Eloína Rodríguez.
En la nueva Venezuela que nos quieren meter con calzador, Arreaza es otro recordatorio de que el pasado no se ha ido, simplemente se ha puesto una corbata nueva y ha cambiado de despacho para seguir viviendo de lo que queda de país.
Ya basta de ver y tolerar a esas camarillas de canallas como la del reseñado hoy aquí, como simples “tecnócratas inofensivos”. De inocentes criaturas nada, son operadores políticos culpables de todo tipo de delitos por más de 26 años, que han sabido cambiar de piel según sople el viento.
Ayer fueron actores o cómplices directos del crimen y desastre, hoy son otro brazo ejecutor de los hermanos Rodríguez, y mañana serán los primeros en negociar su impunidad a cambio de confesar todo lo que saben.
Continuará…
Cantaclaro
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