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Lo que comenzó hace casi 70 años como una promesa de justicia social se ha revelado como la estafa política más longeva y cruel del hemisferio occidental. Cuba no es un modelo de resistencia; es el experimento de supervivencia de una élite militar a costa de la miseria de todo un pueblo.
El “mito” de la revolución se ha sostenido sobre una propaganda profesional masiva que logró engañar a muchos intelectuales y políticos del mundo, mientras en la isla se perfeccionaba el arte de la vigilancia y el control absoluto. Hoy, el cubano no vive, sobrevive. La realidad es un Estado fallido que ha renunciado a sus funciones más básicas:
El colapso total:
Con una red eléctrica en ruinas, una agricultura y ganadería destruidas por la burocracia e interesadas decisiones catastróficas, el hambre junto a la miseria extrema generalizada ya no es una amenaza más o menos lejana, sino una presencia real y diaria en cada mesa.
La corrupción de GAESA:
Mientras el pueblo padece apagones de 18 horas, el conglomerado militar GAESA no ha dejado de levantar hoteles con capitales opacos, nadie dice de donde salieron esas inversiones, pero el cubanito “pata en el suelo” sí que sabe con qué trasero se sentó la cucaracha. La economía no está “bloqueada”, está secuestrada por una casta que prioriza el turismo sobre el pan de sus ciudadanos.
Persecución y Tortura:
La represión ha dejado de ser selectiva para ser masiva.Tras el histórico 11 de julio 2.021, donde miles de cubanos salieron a las calles de forma espontánea en más de 50 localidades, el régimen se quitó la máscara de “paternalista” para mostrar su rostro más feroz. Hoy más de mil cubanos languidecen en cárceles por el simple “delito” de gritar libertad.
El Código Penal, junto a la tortura física y psicológica, buscan quebrar la voluntad del futuro, su juventud, forzando un éxodo masivo que actúa como válvula de escape para la tiranía. Las remesas en dólares de familiares que ya emigraron al “Imperio Yanki” o a tantos otros destinos del planeta, son el precario salvavidas de todo cubano para no morir de hambre.
La Complicidad de las Democracias:
Es imposible entender la longevidad de este sistema sin señalar la complicidad internacional. Países que se dicen democráticos han servido de “benefactores financieros” y altavoces diplomáticos del régimen, ya sea por intereses económicos comerciales o por un romanticismo ideológico que solo se puede sostener desde la comodidad de una cafetería con terraza en Madrid, París o Londres. Cuba ha sido el tablero donde potencias como Rusia e Irán juegan a desestabilizar la región, ante la mirada tibia de quienes deberían defender la libertad.
El efecto Trump:
Los rumores de una nueva negociación con la administración de Donald Trump colocan a la isla en una encrucijada crítica. El régimen está en su punto de mayor debilidad histórica. Cualquier diálogo bajo esta nueva administración debe evitar los errores del pasado, la libertad no se negocia por un control de migración.
Si Trump busca realmente “democratizar” la isla, la presión debe ser quirúrgica con los activos de la cúpula militar y no concesiones que oxigenen el sistema. El mundo debe entender que en Cuba no hay nada que reformar, hay todo que reconstruir.
Siete décadas perdidas son suficientes. Cuba no es una postal de autos antiguos y algunas fachadas todavía coloreadas, es el grito sordo de millones que han visto sus vidas consumirse en la espera de un mañana que nunca llegó.
El tiempo de las consignas vacías se ha agotado. El mito ha muerto bajo el peso de la realidad. Ya no queda espacio para el miedo, porque cuando se le quita todo a un pueblo (alimentos, luz, sanidad y futuro) también se le quita el temor.
La libertad de Cuba no vendrá de un despacho en Washington ni de una cumbre en Londres, Madrid o Bruselas, vendrá del reconocimiento final de que el régimen es un cadáver político que solo se sostiene por la fuerza represiva y el engaño.
La historia no absolverá a los tiranos, ni tampoco a quienes, pudiendo alzar la voz, y prefirieron el silencio. Es hora de que la isla deje de ser una cárcel rodeada de mar para convertirse, de una buena vez, en un país con sus aciertos y errores, pero al fin y al cabo en una Nación libre, democrática y feliz.
Continuará…
Cantaclaro
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Nota: Este artículo fue originalmente escrito para ser publicado en otro medio. Dadas algunas circunstancias ajenas a mí como autor, dicha publicación no se llevó a cavo, lo que me otorga el derecho de publicarlo en el lugar que considere apropiado.
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