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	<title>Los otros &#039;ochomiles&#039; de Edurne Pasaban | Basabide - Blog elcorreo.com</title>
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	<description>Por Fernando J. Pérez e Iñigo Muñoyerro</description>
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		<pubDate>Mon, 28 Mar 2011 11:03:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando J. Pérez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Ochomiles]]></category>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="p" id="story-texto">
<div class="p">Edurne Pasaban es la primera mujer que ha subido todos  los ‘ochomiles’, las catorce montañas más altas del planeta. En sus  paredes, aristas y glaciares, la alpinista tolosarra ha mostrado una  fortaleza y una determinación dignas de la gesta conseguida. Sin  embargo, mientras Edurne escalaba con decisión esas grandiosas montañas  físicas, en lo más profundo de su ser y de su mente, otras cumbres más  íntimas y personales se le mostraban casi infranqueables: las montañas  de la vida. Desamores, descensos al límite, depresiones, intentos de  suicidio o la muerte de amigos muy cercanos han sido los ‘ochomiles’ más  difíciles para Edurne Pasaban, como revela en su biografía  recientemente publicada, ‘Catorce veces ochomil’ (Planeta), de la que se  han recogido las citas textuales reproducidas a continuación.
</div>
<div class="p"> <strong class="strong">Al Himalaya por amor</strong> </div>
<div class="p">1998. El Dhaulagiri supone su primera toma de contacto  con los techos más altos del planeta. Va con unos amigos de Tolosa, pero  allí conoce al alpinista italiano Silvio Mondinelli. Se enamoran e  inician un idilio del que solo disfrutan en las expediciones, ya que él  está casado.
</div>
<div class="p">«Habíamos vivido unos días de pasión intensa, y desde  luego ninguno de los dos quería que aquello terminara allí. (…) Yo no  fui al Dhaulagiri pensando que aquello sería el principio de una carrera  ‘himalayista’ (…). Pero sucedió lo impensable: conocí a aquella  persona con la que me encontraba tan bien, que vivía para esto, para la  escalada y la montaña, una ficción, mejor dicho, una pasión que yo  también compartía, aunque todavía no fuera muy consciente de ello. (…)</div>
<div class="p">Era la persona adecuada en el momento adecuado. (…)  Aquello fue, pues, una oportunidad única en mi vida, fue la puerta que  me llevó a plantearme seguir escalando. (…) Lo único que puedo decir,  lo único que responde a la verdad, es que mi relación con Silvio  significó no dejar el alpinismo y no dejar de frecuentar el Himalaya.  Esto es un hecho. ¿Puedo decir, pues, que toda esta historia, mi  ‘hazaña’ de los ochomiles, nació con una historia de amor? Sin duda, por  mucho que entonces no fuera consciente de ello».
</div>
<div class="p">Pero todo cuento de hadas tiene un final y éste llegó en  2002: (…) «La cuestión es que, cuando al cabo de unos días nos  despedimos en Katmandú, como todos los años, como en cada expedición,  nos dimos un hartón de llorar. No pronunciamos siquiera una palabra que  aludiera a la ruptura, al fin de la relación. No, aparentemente todo  estaba como siempre, pero en realidad aquellas lágrimas tenían el sabor  de algo que termina, del desconsuelo, un regusto amargo que era  imposible dejar de notar. Y esta sensación persistió en las llamadas  telefónicas que nos prodigamos en las semanas siguientes, hasta que en  una de ellas, casi en verano, me dijo que su mujer estaba embarazada,  que debía tomar una decisión y que, en realidad, ya lo había hecho».
</div>
<div class="p"> <strong class="strong">Contacto con la muerte</strong> </div>
<div class="p">1999. Su primer intento en el Everest. Silvio y Edurne  llegan al campo 3 de la vertiente norte camino de la cumbre. Buscan un  lugar para la tienda de campaña. </div>
<div class="p">«(…) Cuando yo llegué Silvio aún estaba buscando el  sitio adecuado para plantar la tienda. Yo misma empecé también a mirar a  un lado y otro.</div>
<div class="p">-Fíjate, aquí estará bien, ¿no?- le dije.</div>
<div class="p">Y ya se iba andando, como si no me hubiera oído. Fue uno de los ‘sherpas’ quien me dio la información necesaria:</div>
<div class="p">-No, Edurne, aquí no, vamos con Silvio. Aquí hay un cuerpo, ¿no lo ves?</div>
<div class="p">En efecto, allí había un cadáver. Era la primera vez que  veía a un persona muerta. A 8.300 metros de altura. (…) Cuando ves un  cuerpo, de hecho no quieres mirar, por respeto, por miedo, porque te  estás enfrentado a algo que no sería tan extraño que pudiera sucederte a  ti. Pero hay una fuerza que atrae la mirada, algo que no sabría cómo  calificar, y que no encaja con el significado de la palabra morbo».
</div>
<div class="p">Entra mal tiempo y deciden esperar un día allí arriba a  ver si mejora. Entonces, otra expedición les avisa de que uno de sus  miembros, que ha hecho cumbre, baja con problemas. Cogen una botella de  oxígeno de una tienda cercana y salen a buscarle. «Estuvimos caminando  casi tres horas, y veíamos que nos íbamos acercando lentamente, a unos  doscientos metros empezamos a gritar y a levantar los brazos. No sé si  nos vio, ya que iba arrastrándose a ratos y de vez en cuando se  levantaba.
</div>
<div class="p">-¡Ya lo tenemos, está a tiro de piedra!- avisamos por ‘walkie’.</div>
<div class="p">(…) Cuando estábamos quizá a sólo cien metros se volvió  a levantar, tropezó y se precipitó montaña abajo, sin remisión, delante  de nosotros. Me quedé sin habla, noté que me faltaba la respiración,  comencé a sollozar con violencia y al fin me puse a llorar con todas mis  fuerzas. Silvio, que había quedado en principio inmóvil, tan pasmado  como yo, comenzó a sacudirme, pero yo no estaba todavía por la labor de  reaccionar, no me daba cuenta de nada, era como si un nudo hubiera  estallado dentro. Hasta que me dio un par de bofetadas, aunque tuvo que  quitarse los guantes para que yo las sintiera de verdad. Y, en efecto,  entonces me calmé».
</div>
<div class="p"> <strong class="strong">El descenso del K2</strong> </div>
<div class="p">26 de julio de 2004. Edurne y sus compañeros de  expedición, Juanito Oiarzabal, Juan Vallejo y Mikel Zabalza, además de  otro grupo de italianos entre los que está Silvio Mondinelli, llegan a  la cumbre del K2 a las seis de la tarde, poco antes de anochecer. Está  agotada. Silvio se encorda a ella y le ayuda a bajar hasta las cuerdas  fijas. Allí se adelanta. Ya es noche cerrada y Edurne se queda sola.  «(…) Seguí bajando y llegué hasta el punto en el que, al subir,  habíamos esperado a que Juan atravesara la placa de nieve. Enganché la  cuerda para comenzar a pasar y, en aquel momento, seguramente por lo  agotada que estaba, sin darme cuenta se me cayó la luz frontal montaña  abajo y me quedé a oscuras. Por si fuera poco, como no podía soltar el  mosquetón, me había sacado un guante que se me perdió también en la  oscuridad. En ese punto me quedé sola, de noche, sin frontal y sin  guante. ‘Qué voy a hacer?’, pensé, e inmediatamente, de forma  instintiva, la cabeza se me fue hacia Juan y Juanito, que venían justo  detrás. No podía hacer otra cosa que esperar.
</div>
<div class="p">Me senté y en aquel instante no sentía ni angustia ni  miedo, porque tenía la tranquilidad de pensar que venían mis compañeros.  El caso es que, sin darme cuenta, me adormecí, ni siquiera recuerdo  cuánto tiempo debí pasarme sentada allí, hasta que Juan me encontró  exhausta, dormida. Llevaba 21 horas a más de 8.000 metros, sin oxígeno,  sin parar de caminar, con apenas medio litro de agua y habiendo comido  tan sólo una barrita energética. Cuando alguien me pregunta si he estado  a punto de perder la vida alguna vez, le digo que sí; en esa ocasión,  por ejemplo, pero no fui consciente de ello. Estoy convencida de que  mucha gente se ha quedado en el Himalaya sin darse cuenta de que se  estaba muriendo.
</div>
<div class="p">(…) En cuanto Juan me vio, me sacudió y me despertó  todo lo que pudo, pero me parece que mi cuerpo se había relajado ya del  todo al dormirme, y me costaba una barbaridad ir avanzando. A cada paso  tenía la tentación re renunciar, y terminé por decirle a Juan:</div>
<div class="p">-No puedo más.
</div>
<div class="p">Darle la vuelta a esta dinámica es muy difícil sin ningún  medicamento o estímulo adicional. Entonces Juan me agarró, le pasé los  brazos por el cuello y me bajó literalmente a rastras. Hizo un esfuerzo  sobrehumano y, sin lugar a dudas, me salvó la vida».
</div>
<div class="p"> <strong class="strong">«¡Quiero morirme!» </strong> </div>
<div class="p">Meses antes de escalar el K2, Edurne había iniciado una  nueva relación sentimental con un alpinista andorrano, que se prolonga  hasta finales de 2005. La ruptura provoca en la tolosarra un íntimo  debate sobre si continuar con su vida alpinística o convertirse en una  personal ‘normal’ y formar un familia. Las dudas le corroen y acaba por  caer en una profunda depresión. El día de Reyes de 2006, algo se rompe  dentro de su cabeza «A las siete de la tarde, después de una larga  sobremesa, pedí a mis padres que me llevaran a casa y me fui a la cama  directamente. Y con mi madre sentada a mi lado estallé al fin, empecé a  llorar con todas mis fuerzas, mientras le decía:</div>
<div class="p">-¡Ama, no puedo más! ¡Yo quiero morirme! ¡Yo quiero morirme!
</div>
<div class="p">Sentía como si me desgarraran por dentro. Simplemente  quería dejar de sufrir, de sentir aquella pena tan intensa. (…) Y así  fue cómo decidieron ingresarme en el hospital. Aquella misma noche  llamaron y me llevaron a la sección de psiquiatría».</div>
<div class="p">Un mes después recibe el alta y vuelve a las clases de un  máster que está cursando en la prestigiosa escuela de estudios  empresariales de Barcelona (ESADE). «(…) Pero no estaba bien, no lo  sabíamos pero no estaba curada todavía, y de hecho un día caí en lo más  profundo del pozo. Un día me sentí sola, tan desgraciada, me desgarraba  una desesperación tan intensa que quise terminar con todo. Cogí los  frascos de antidepresivos, volqué en el hueco de mi mano la máxima  cantidad que pude y me los tragué, mientras, de la manera   más torpe  posible, intentaba cortarme las venas de la mano izquierda.
</div>
<div class="p">Y acto seguido, muy rápidamente, antes de que las  pastillas me hicieran efecto (puesto que mi muñeca apenas sangraba) tuve  tanto miedo que llamé de inmediato al teléfono de urgencias. (…) Y ya  no recuerdo nada más, sólo que me desperté en la cama del hospital».
</div>
<div class="p"> <strong class="strong">Intento de violación</strong> </div>
<div class="p">En el verano de 2006, en pleno proceso de recuperación de  su depresión, Edurne vuelve a las montañas, concretamente al Karakorum,  en un proyecto para el programa ‘Al filo de lo imposible’ mitad  alpinístico y mitad humanitario. Camino de la cordillera hacen noche en  Chilás, un pueblo perdido en mitad de Pakistán, en una región controlada  por los talibanes.  Después de cenar sube a la azotea del hotel para  llamar a casa con el teléfono satélite.
</div>
<div class="p">«Estaba llamando a casa y a punto de comunicar con mis  padres cuando, de repente, oigo un ruido y veo que el hombre que me  había atendido hacía unas horas al llegar, y que era el propietario del  hotel, aparecía por la puerta de la azotea y la cerraba tras de sí. No  entendí bien lo que hacía hasta que, inmediatamente, se me acercó y  comenzó a tocarme. (…) Empecé a pegar manotazos y patadas, pero aquel  canalla no desistía, y entonces comencé a gritar con todas mis fuerzas.  Por suerte mis compañeros de expedición me oyeron en seguida y no  tardaron ni un minuto en subir. Y no le pegaron una paliza porque al fin  y al cabo somos más civilizados (…)».
</div>
<div class="p"> <strong class="strong">La muerte de tres amigos</strong> </div>
<div class="p">13 de enero de 2007. Edurne, su primo Asier Izagirre y  tres buenos amigos suyos, Luis Mari Pikabea ‘Loro’, Xabier Zubieta y  Xabier Saralegi, escalan la cara norte del Taillón, una de las rutas  invernales más clásicas de los Pirineos. Los dos primos formaban una  cordada y los otros tres alpinistas, otra. «En un momento dado nos  alcanzaron hasta el punto en el que estábamos, y yo, que iba la segunda  tras mi primo, empecé a hablar con ‘Loro’, el primero de su cordada.  (…) Y no sé qué debió pasar, si fue Xabi o Zubieta quien perdió pie,  nunca llegaré a saberlo, el caso es que, de repente, los tres se fueron  para abajo. Me quedé sin habla, me agarré a la roca, a todo lo que pude,  pasmada, como también quedó Asier, sin saber qué hacer, qué decir,  dónde mirar. Éramos conscientes de que habían muerto, no podía ser de  otro modo, pues la caída era al menos de trescientos metros. Sin decirno  apenas cuatro palabras, comenzamos a bajar poco a poco, asegurándonos  ahora en cada paso (…). Estuvimos bajando casi dos horas durante las  cuales, periódicamente, nos asaltaba todavía una brizna de esperanza,  aun siendo conscientes de que el desenlace no podía ser otro que el que  se produjo a la postre. En un momento dado le pregunté a Asier si creía  en Dios.</div>
<div class="p">-No lo sé- me constestó, jadeando, sin mirarme, sin detenerse ni un instante».
</div>
<div class="p">Horas más tarde se encuentran con las familias de los  tres amigos. «En aquel momento, Asier y yo nos abrazamos, llorando como nunca lo habíamos hecho, y recuerdo que lo primero que les pedimos fue perdón, mil veces perdón, como si estuvieramos disculpándonos por estar vivos. Pero la verdad es que yo me preguntaba: ‘¿Por qué han sido ellos? ¿Por qué no he sido yo?’ Aquel dolor era insoportable, es un momento en el que lo estás pasando tan mal que no quieres vivir. Y luego, con el tiempo, al rememorar aquel episodio, me he ido dando cuenta de que casi es una reacción de egoísmo, y sin duda de cobardía, la de preferir morir antes que sufrir o que asumir la responsabilidad, por dura que sea. Y al mismo tiempo supongo que es una reacción muy humana.»</div>
</div>
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