Edurne coronó el pasado domingo el Manaslu, su undécimo ochomil (con lo que sólo le quedan tres para completar Los Catorce). Pero parece que a algunos la noticia no ha gustado demasiado. Al día siguiente, Oscar Gogorza director de la revista Campo Base, escribía un duro comentario en el diario El País bajo el título ‘El mérito estirado’ en el que criticaba el empeño de Edurne de conseguir los catorce ochomiles, su forma de escalar montañas y le restaba al hecho todo valor alpinístico. Incluso la información que encabezaba la página y que relataba la ascensión al Manaslu de Edurne, escrita por el periodista Rafael Carbonell, concluía con la frase “Es un duelo, sin embargo, carente de valor alpinista”, referido a la lucha que mantienen la tolosarra, Gerlinde Kaltenbrunner y Nives Meroi por ser la primera mujer en ascender las catorce montañas de más de ocho mil metros que hay en el planeta.
Oscar me conoce y sabe que estoy de acuerdo con él cuando afirma que “el alpinismo moderno camina por escenarios distintos, atento a una ética y una dificultad mucho más sólida que la que viste las ascensiones de Edurne“. Por supuesto. Sin duda alguna, la ascensión que este verano ha logrado al G-IV una expedición comandada por Alberto Iñurrategi (por poner un ejemplo cercano) tiene mucho más mérito alpinístico que la del Manaslu (en la que por cierto estuvieron dos alpinistas que también ascendieron al G-IV). Pero de ahí a descalificar lo conseguido por Edurne va un mundo.
Su principal error es comparar la carrera femenina con la épica lucha que protagonizaron a principio de los ochenta Reinhold Messner y Jerzy Kukuczka por convertirse en el primer ser humano en ascender los catorce ochomiles. Absolutamente nadie lo ha hecho. Sería una temeridad. Ellos fueron unos pioneros, además de probablemente los dos mejores alpinistas de la historia, y por eso lo que hicieron es irrepetible. Pero también es un hecho irrefutable que entre la quincena de alpinistas que lo han conseguido desde Messner los completase en 1986 no hay ninguna mujer (no es el momento en extenderse en las consideraciones sociales y culturales que han motivado esta carencia; ése es otro debate). Sólo por eso, el que una mujer consiga ascender los catorce ochomiles tiene ya un mérito indudable.
Como bien dice más adelante, Edurne nunca ha afirmado que sus ascensiones sean un “ejercicio vanguardista” de alpinismo. Ella lo sabe perfectamente, como sabe perfectamente cuales son sus limitaciones técnicas. Pero a continuación Oscar Gogorza matiza en condicional que “tampoco podría negar que todo lo conseguido hasta la fecha se debe tanto a su voluntad, sí, como al trabajo ingente de una cohorte de especialistas (anónimos) que han difuminado todas las carencias técnicas y la dependencia de la guipuzcoana“. Y es que, efectivamente, Edurne nunca lo ha negado. Si Edurne se ha caracterizado por algo hasta ahora es por reconocer siempre los méritos de sus compañeros de cordada y la importancia que siempre ha tenido para ella el hecho de rodearse de un buen equipo humano (tanto en el aspecto personal como en el técnico). Nunca han sido anónimos (nombres como Mikel Zabalza, Ferran Latorre, Iván Vallejo o Juan Vallejo tienen la suficiente importancia en el mundo alpinístico para que no lo sean), aunque si han permanecido en un segundo plano, al menos mediáticamente. Pero eso es algo inevitable en un mundo en el que priman los titulares. ¿O es que en la expedición al G-IV (por seguir con el ejemplo) el nombre que acaparaba los titulares no era Alberto Iñurrategi y el resto de sus compañeros (Mikel Zabalza, José Carlos Tamayo, Juan Vallejo y Ferran Latorre) quedaban para ser citados en la letra pequeña?
Toda expedición tiene un líder (por méritos alpinísticos, por capacidad organizativa o por importancia mediatica) y sus compañeros son conscientes de que va a ser quien de la cara (en la firma del permiso o ante los medios), porque, seguramente, gracias a él (a su calidad alpinística, a su capacidad de organización o a su poder mediático para conseguir patrocinadores) ellos está ahí. La clave no está en que mediáticamente el resto del grupo sea situado al nivel del líder, sino que dentro del grupo cada uno sea consciente de su rol y sea valorado (y reconocido) por el líder en esa función. Mi experiencia cubriendo expediciones ‘in situ’ me ha llevado a comprobar más de una vez que es de ese ‘feeling’ entre los miembros de una expedición del que depende en buena medida el éxito o fracaso de la misma. Muchas veces incluso por encima de otros factores como la climatología o las condiciones en las que esté la montaña.
Algo similar ocurre con los sherpas, esos trabajadores anónimos del Himalaya sin cuyo concurso la conquista de las montañas más grandes del planeta hubiese sido imposible. Y hoy lo seguiría siendo, salvo muy honrosas excepciones. Y es que conviene tener en cuenta que de las cerca de mil ascensiones que se hacen cada año a los 14 ochomiles, más del 90% son posibles gracias al trabajo que realizan los sherpas equipando la montaña y los campamentos de altura y abriendo la ruta. Las ascensiones logradas en el Himalaya sin la ayuda de sherpas (como la del ya citado G-IV) tienen un plus de mérito y de fidelidad a la esencia más pura de alpinismo que las sitúa en un nivel muy por encima del resto. Pero al margen de esos casos, hoy en día el himalayismo sería inconcebible sin los sherpas. Y pese a quien pese, todos los alpinistas que han completado los 14 ochomiles han recurrido a ellos alguna vez.
Otra aformación que no comprendo, ni comparto es que “el alpinismo nunca se ha contemplado como una actividad deportiva“, para a continuación definirlo como “una forma de relacionarse con el medio natural en atención a unas reglas éticas que rigen el afán humano de superación“. ¿Y acaso esta última frase no es una perfecta definición de deporte?
En definitiva, pienso que para destacar un tipo de alpinismo -que creo que todos estamos de acuerdo en que es más auténtico y meritorio-, no hay por qué descalificar al otro, más popular, por llamarlo de alguna forma. Sobre todo cuando la protagonista tiene perfectamente asumidas tanto sus limitaciones como las reglas con las que afronta el reto de acabar los catorce ochomiles, ni ha pretendido nunca engañar a nadie apropiandose de méritos ajenos u ocultando las condiciones en las que ha afrontado cada ascensión.