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El valle pasiego de Rioseco

Rioseco es uno de los cuatro valles pasiegos burgaleses que se abren a partir de Espinosa de los Monteros. Los otros son La Sía, donde el Club Deportivo Bilbao tuvo un refugio; Lunada, el más ancho y que cuenta con un centro de esquí, y Estacas de Trueba, el más luminoso y poblado.
Rioseco comienza en Las Machorras, donde está la iglesia de Las Nieves, patrona de los pasiegos. Debe su nombre a un sumidero que en época de estiaje se traga el agua de su curso fluvial y deja el río como su nombre indica: seco. Era el menos conocido y visitado de los cuatro hasta hace unos pocos años. En la actualidad su ladera derecha, Las Crespas, está erizada de torres eólicas que con sus pistas y casetas afean el conjunto. El camino principal está cementado a tramos y conduce al collado de acceso a cimas tan vistosas y fáciles como La Churra y más alejada, El Nevero del Polluelo.
Por la izquierda, el terreno se mantiene relativamente virgen. La amplia loma que comienza en el mismo Espinosa de los Monteros está ocupada por un amplio cortafuegos que separa los pinares de la vertiente de Sotoscueva de los hayedos de Risoseco. En ella se alzan la cimas, apenas unas pequeñas elevaciones, de La Carrascosa (1.360 metros), con vértice geodésico, y Zurruzuela, que tuvo buzón (no la he visitado desde hace muchos años).
La Carrascosa está cubierta de un espeso hayedo casi hasta la cima. Es un bosque de repoblación natural que el abandono de los pastizales ha permitido regenerarse y progresar. Sirve de escondrijo a todo tipo de animales salvajes: corzos, jabalíes, zorros y lobos, entre otros.
Se alcanza desde Las Machorras por un camino cementado que sube hasta el barrio de cabañas de La Vega. De allí, bien por camino o cuesta arriba por terreno desforestado y cubierto de brezos, llegamos al cortafuegos y luego hasta la cima. En total, dos horas de camino sin forzar el paso para superar casi 600 metros de desnivel. Pues bien, la semana pasada atajamos en el descenso y bajamos hasta las cabañas de El Hoyo, que se refugian a los pies de la cima. Nuestra sorpresa fue tropezar con dos neveras de agua corriente, en perfecto estado de conservación y aparentemente en uso.
En la foto de Mauricio Martín se distingue perfectamente su estructura, de piedra seca perfectamente ensamblada, y su ubicación al borde de un arroyo. Un descubrimiento, especialmente en estos tiempos de cambio, en los que los pasiegos y sus usos llevan camino de pasar a los libros de etnografía.

Por Fernando J. Pérez e Iñigo Muñoyerro

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