El Gobierno vasco acaba de abrir uno de los melones más esperados en lo que a la gestión de sus proveedores se refiere: la adjudicación del contrato de telecomunicaciones de la Administración vasca. El número de años del contrato –cuatro y dos adicionales de prórroga-, así como la factura que está en juego –122,5 millones de euros- resultan suficientemente importantes y jugosos. Incluso, la factura puede ser muy superior, ya que adjudicado el contrato, el Gobierno siempre puede solicitar ampliaciones de servicios y, con ello, engordar los ingresos de sus proveedores. Así, al menos, ha sucedido en los últimos años.
La primera duda está despejada: Euskaltel, que ahora tiene el 100% de lo que se somete a nueva adjudicación, no conseguirá retener ese porcentaje. El Gobierno ha decidido establecer tres lotes (voz, datos y acceso a internet) y además garantizar que habrá varios operadores en algunos de ellos. Así, habrá dos en datos y tres en acceso a internet.
Me da en la nariz que Euskaltel lo tiene difícil para retener incluso el 50% de la participación que tiene en estos momentos y que su papel estará más cerca de la cuota de mercado que tiene en la actualidad en el mercado vasco de las telecomunicaciones, sensiblemente inferior a esa tasa. Algo me dice que el espíritu protector y militante de los gabinetes del PNV –al fin y al cabo fueron ellos los que parieron la empresa y la hicieron nacer- va a dejar paso a una nueva etapa.
Afortunadamente para Euskaltel, la compañía ha conseguido tener éxito en la esfera privada, especialmente en el ámbito domiciliario y tiene aún un gran trecho por recorrer en el empresarial. Desafortunadamente, su reducido tamaño le ha impedido recorrer parte del camino. Doy fe de que su servicio de telefonía fija y de acceso a internet es impecable. La relación calidad, precio, servicio, colocan a la empresa, cuando menos, entre los mejores de los mejores. No opino sobre la transmisión de datos porque no lo conozco, aunque tengo buenas referencias.
El suspenso está en la telefonía móvil. Barack Obama, por ejemplo –para eliminar del análisis cualquier rasgo distorsionador de polítiquería casera-, jamás contrataría los servicios de Euskaltel. ¿Por qué? Muy simple, porque no estaría en disposición de ofrecerle el servicio de Blackberry, que el presidente de los Estados Unidos y quien esto firma consideran “insustituible” en los tiempos que corren. “Tendrán que arrancármela de las manos”, dijo en referencia a su “black” cuando conoció que a los presidentes de USA les está vedada la posibilidad de mandar emails. Yo no llego a tanto, pero casi.
Pero también hay secuelas del monocultivo político que ha vivido Euskadi en las últimas décadas que ponen su granito de arena a la hora de enturbiar las cosas. Sólo un ejemplo. El presidente de la compañía no ha conseguido desengancharse de la política y aterriza en la arena de vez en cuando, incluso para apoyar a la competencia de quienes ahora adjudican. Quizá tengan razón quienes consideran que Euskaltel es una empresa pública. En una privada, esa estrategia por parte de su máximo representante sería incomprensible, salvo que te llames Emilio Botín y tengas casi tanto poder o más que el mismísimo presidente del Gobierno. “Hay que estar orientado hacia el cliente”, dicen todos los manuales de la gestión empresarial moderna. Sí, pero no tanto como para llegar a chocar contra él.