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	<title>Aletheiatrabajo &#8211; Aletheia</title>
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		<title>Lo que hace Google se hacía ya ¡en 1900!</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 09:12:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[Google se ha hecho una empresa de renombre mundial por muchas razones. Una de ellas es la opción que tienen sus trabajadores de dedicar parte de su tiempo -entre el 15 y el 20%- a proyectos propios. Google News u Orkut son el resultado de estas ‘ocurrencias’ de sus empleados, por no hablar de las [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Google se ha hecho una empresa de renombre mundial por muchas razones. Una de ellas es la opción que tienen sus trabajadores de dedicar parte de su tiempo -entre el 15 y el 20%- a proyectos propios. Google News u Orkut son el resultado de estas ‘ocurrencias’ de sus empleados, por no hablar de las novedades que presentan en Google Labs. La idea ya la había utilizado 3M con un resultado impresionante, los famosos post-it. Lo sorprendente del caso es que esta práctica de involucrar a los trabajadores en el funcionamiento y mejora de la propia empresa <strong>se encuentra ya en Estados Unidos en ¡1900!</strong></p>
<p><strong>Werner Sombart</strong> (1863-1941) fue un reconocido sociólogo alemán que dedicó buena parte de su vida al estudio de la clase burguesa y al funcionamiento del sistema capitalista. Atraído como Max Weber, su discípulo más célebre, por los Estados Unidos, viajó a este país a comienzos del siglo XX. El resultado fue una pequeña obra, ‘¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos?’. En ella trata de desentrañar un enigma todavía no resuelto: cómo es posible que en la nación capitalista por excelencia no se haya desarrollado un movimiento de oposición socialista. La pregunta es de lo más pertinente: se entiende que el socialismo surge como oposición a la explotación que el capital hace del trabajador. De ser así, es justamente en EE UU donde más fuerte debería ser la resistencia socialista. Pero no es así y eso es lo que intrigó a Sombart.</p>
<p>Su tesis es que tanto la estructura de los partidos políticos (dos partidos ‘únicos’, carentes de ideología, que controlan el acceso a los cargos); como el espíritu democrático norteamericano (se elige desde el presidente de la nación hasta el juez del distrito o el sheriff, con lo cual cualquiera puede formar parte de un sistema que no puede ser visto como enemigo); el bienestar económico de los trabajadores, equivalente al de cualquier burgués europeo (la cita más célebre del libro resume esta idea de forma magistral: “El roastbeef y la tarta de manzana acabaron con todas las utopías socialistas”), o la posibilidad que tenían de emigrar al Oeste para emprender una nueva vida como propietarios rurales (el precio de la tierra era ridículamente barato) acabaron con toda posibilidad de socialismo. </p>
<p>Algunos de estos argumentos han sido rebatidos con posterioridad. Por ejemplo, el bienestar económico no imposibilita el socialismo, ya que las revueltas de mayo del 68 no estuvieron protagonizadas precisamente por obreros pobres de solemnidad. Para lo que interesa en este post, esto no es relevante. Sí lo es una de las observación de Sombart sobre las prácticas de los empresarios estadounidenses. En todos los sectores, desde los altos hornos a la construcción naval pasando por las fábricas de cuchillos o la peletería, se invitaba a los trabajadores a depositar sus propuestas en las llamadas <strong>‘suggestion box’</strong>, que eran justamente lo que indica su nombre: cajas donde los trabajadores introducían sus propuestas de mejoras. Especialmente llamativo era el caso de las plantas modelo de Cash Register Co. en Dayton (Ohio), donde a las sugerencias dignas de mención se les otorgaban diplomas y premios en metálico, unos premios que se entregaban en actos solemnes que incluían música y discursos ante los más de 2.000 empleados congregados. En 1897 se recibieron 4.000 sugerencias y se siguieron 1.078; en 1898 hubo 2.500 más y en 1901, 2.000 más, de las cuales se aceptaron una tercera parte.</p>
<p>Google también es conocida por las comodidades que sus empleados tienen en sus puestos de trabajo. Consolas, futbolines, comida&#8230; Pues bien, y salvando las distancias, también estas políticas se encuentran un siglo atrás. Sombart así lo asegura: “El empresario norteamericano, a pesar de no instalar en sus fábricas los dispositivos de protección más sencillos, de no ocuparse en lo más mínimo de que las instalaciones estén objetivamente en buen estado (&#8230;), hace complaciente todo lo que el trabajador pueda notar subjetivamente como comodidad”. Y esto incluye bañeras, duchas, armarios para cerrar con llave, aire acondicionado en verano y calefacción en invierno e incluso <strong>¡máquinas expendedoras de cigarrillos!</strong></p>
<p>Sorprende la habilidad que mostraron desde fechas tan tempranas los empresarios estadounidenses para hacer más productivos a sus trabajadores. El management no conoce límites. Por cierto, la práctica de pagar con acciones también se remonta a aquellos tiempos. Asombroso.</p>
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		<title>La historia de las 2.000 prostitutas negras que trabajaron para General Motors</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jul 2010 09:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[Quien piense que este post va de sexo, tranquilamente puede dejar de leerlo. Siento la decepción, pero no tiene nada que ver con asuntos carnales. Eso sí, de hacerlo, se perderá una increíble historia: la de dos mil prostitutas negras que fueron contratadas por General Motors ¡para construir miras electrónicas destinadas a los bombarderos de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quien piense que este post va de sexo, tranquilamente puede dejar de leerlo. Siento la decepción, pero no tiene nada que ver con asuntos carnales. Eso sí, de hacerlo, se perderá una increíble historia: la de dos mil prostitutas negras que fueron contratadas por General Motors ¡para construir miras electrónicas destinadas a los bombarderos de la II Guerra Mundial!</p>
<p>Para entender cómo pudo suceder un hecho tan sorprendente, hay que dar unos pasos atrás. General Motors era ya por entonces el principal fabricante de automóviles del mundo. De la mano de su legendario presidente, <strong>Alfred P. Sloan</strong>, había logrado lo que parecía imposible: derrocar a la todopoderosa Ford, que llegó a monopolizar el mercado de los coches gracias al Ford T. El caso es que cuando estalló la II Guerra Mundial, el gobierno estadounidense pidió a GM que colaborara en el esfuerzo de guerra. Y lo hizo. Vaya que si lo hizo. Según cuenta Sloan en ‘Mis años en la General Motors’, el valor de los producido por su empresa en estos años ascendió ¡a 12 billones de dólares! También permitió que su presidente, William S. Knudsen, abandonase la empresa para planificar la producción de guerra del gobierno. El esfuerzo fue tal, que entre febrero de 1942 y septiembre de 1945 la empresa no fabricó ningún automóvil. Y para lo que aquí interesa, 113.000 de sus empleados -llegó a tener más de 600.000- fueron llamados a filas durante este tiempo.</p>
<p>Es en estas circunstancias cuando <strong>Nick Dreystadt</strong>, el director de Cadillac (la división de lujo de General Motors) decidió aceptar el reto que les planteó el gobierno estadounidense. Deberían fabricar las primeras miras electrónicas que utilizarían los bombarderos en la guerra en curso. La dirección de GM se oponía a ello. En ese momento no había en Detroit, sede de esta división, mano de obra disponible y menos todavía con ese nivel de cualificación. Sin embargo, Dreystadt insistió: “Hay que hacerlo, y si no podemos hacerlo en Cadillac, ¿quién podrá?”.</p>
<p>La decisión de Dreystadt causó sensación. Las lenguas viperinas dijeron que había instalado en Cadillac “<strong>un barrio de luces rojas”</strong>. A él, que años atrás se había ganado la admiración de Sloan al salvar Cadillac con la ayuda de los clientes negros (Peter Drucker cuenta en sus memorias que en una reunión en la que se discutía la desaparición de esta división por sus malos resultados, un joven y desconocido Dreystadt pidió diez minutos para explicar su plan de viabilidad. Éste pasaba por potenciar la venta de estos lujosos coches entre los negros ricos, que lo habían adoptado como símbolo de estatus. Una vez terminó su alocución, un alto ejecutivo le espetó que de fracasar, sería despedido. Entonces intervino Sloan, que dijo lo siguiente: “Señor Dreystadt, si usted fracasa, no tendrá trabajo en Cadillac. Cadillac no existirá. Pero mientras yo dirija General Motors, siempre habrá trabajo para un hombre que asuma responsabilidades, que tiene iniciativa, que posee coraje e imaginación. <strong>Señor Dreystadt, usted ocúpese del futuro de Cadillac. Yo me ocuparé de su futuro en General Motors</strong>.” Sloan había hablado y no había más que decir. Volvamos a la narración principal) no le hacía ninguna gracia: “Estas mujeres son nuestras compañeras de trabajo. Trabajan bien, y nosotros respetamos su labor. Sea cual fuere su pasado, tienen derecho al mismo respeto que dispensamos a todos nuestros colaboradores”.</p>
<p>Dreystadt, acusado por los sindicatos de “amar a los negros y defender a las prostitutas”, se salió con las suya. Las mujeres, sin saber leer, lograron fabricar las miras encargadas por el ejército. ¿Cómo fue posible? No había tiempo material para que aprendieran a leer y enseñarles el manual de instrucciones, de manera que el mismo Dreystadt aprendió a fabricarlas, se grabó a sí mismo en el proceso y elaboró un sencillo sistema para que las trabajadoras supieran si estaban haciéndolo correctamente. Así fue como 2.000 prostitutas negras trabajaron en la General Motors fabricando miras para el ejército.</p>
<p>Pero la historia <strong>no tiene un final feliz</strong>. Al terminar la guerra, los trabajadores movilizados regresaron y Dreystadt no pudo evitar los despidos. “Que Dios me perdone; he fallado a estas pobres mujeres”, se lamentó en su oficina con la cabeza entre las manos y a punto de romper a llorar. Su final tampoco fue feliz. Todos esperaban que terminaría siendo presidente de la empresa, pero un cáncer de garganta acabó con su vida cuando sólo tenía 48 años.</p>
<p>P.D. El grueso de este relato procede del capítulo que Peter Drucker dedica a Alfred Sloan en su libro ‘Mi vida y mi tiempo’. El propio Sloan escribió un libro sobre su experiencia en la empresa, ‘Mis años en la General Motors’, pero en sus más de 500 páginas no menciona esta asombrosa historia.</p>
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		<title>O cambiamos o nos cambian</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Apr 2010 09:45:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Domingos, fiesta; agosto, de vacaciones, y trabajo, ocho horas presenciales. Tres formas de comportamiento socialmente aceptados que creo (y espero) que cambiarán a no mucho tardar. ¿La razón? Que pertenecen a un mundo que no existe, a un mundo de economía secundaria, de fábricas. Los países más avanzados son desde hace años sociedades terciarias, aquellas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Domingos, fiesta; agosto, de vacaciones, y trabajo, ocho horas presenciales. Tres formas de comportamiento socialmente aceptados que creo (y espero) que cambiarán a no mucho tardar. ¿La razón? Que pertenecen a un mundo que no existe, a un mundo de economía secundaria, de fábricas. Los países más avanzados son desde hace años sociedades terciarias, aquellas que en lugar de producir “cosas” (coches, neveras&#8230;), producen servicios; aquellas en que las cadenas de montaje han sido sustituidas por médicos, abogados, dependientes, peluqueros, terapeutas u oficinistas. Estados Unidos es el ejemplo de todo ello: según Richard Florida (Las ciudades creativas), los empleos en fábricas representaban el 49% de todo el empleo en Estados Unidos en 1950; para 2005, se habían reducido al 24% y seguía cayendo. Dicho de otra forma, y siguiendo a <A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/1/20/-tienen-algun-sentido-hipotecas-subprime-" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/1/20/-tienen-algun-sentido-hipotecas-subprime-" id="link_1">Alan Greenspan</a>  (La era de las turbulencias), la economía estadounidense es siete veces mayor que en 1946, pero el peso literal de lo producido sólo es un poco mayor que entonces, es decir, que más que ‘cosas’ -que pesan- produce ideas -que no pesan-.</p>
<p>Desde el punto de vista económico, ya no somos productores, sino consumidores, y los hábitos de unos y otros son muy diferentes. Aunque lo dudo, quizás en el tiempo de las fábricas tuviese sentido el trabajo presencial o los descansos homogeneizados (<A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2008/3/19/vacaciones-y-sociedad-servicios" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2008/3/19/vacaciones-y-sociedad-servicios" id="link_0">vacaciones en agosto</a> , fines de semana libres e incluso las <A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2008/1/28/horarios-y-vacaciones" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2008/1/28/horarios-y-vacaciones" id="link_0">dos horas para comer</a> ), pero ahora ya no es así. El consumidor quiere poder satisfacer sus deseos en cualquier momento, no importa si es domingo o si es agosto. Cuando viaja a una ciudad, quiere poder comprar en sus tiendas o comer en sus restaurantes. Cuando se le estropea la pantalla del ordenador, quiere que se la reparen aunque sea agosto -lo digo por experiencia: Sony, la gran multinacional, esgrimió este motivo para su tardanza de un mes en arreglarme la pantalla-. Internet tiene una gran responsabilidad en todo ello: en cualquier momento uno puede acceder a la Red para comprar unos zapatos o un disco duro, consultar un mapa o la cuenta bancaria, seguir las noticias o ver qué están haciendo sus amigos. Aquí y ahora.</p>
<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen"> </p>
<p>El problema de los caprichos del consumidor es que requiere que otros satisfagan los mismos. Para cada pizza que uno pide a domicilio, al menos ocupa a dos personas, quien la hace y quien la lleva. Para cada vez que uno acude al supermercado, bastantes más personas son necesarias para mantener el establecimiento abierto. Así funciona la economía de los servicios. El problema viene con la rigidez de los horarios y vacaciones. ¿Por qué justo cuando muchos trabajadores libran, es decir, cuando más oportunidades de consumo tienen, no pueden acudir a los centros comerciales? ¿No es un sinsentido para las ciudades terciarias cerrar justo en aquellos días de mayor afluencia de turistas?  ¿Qué sentido tiene que todo un país se paralice en agosto?</p>
<p>Fijémonos en lo que hacen los bares, uno de los servicios por excelencia. ¿Se imaginan que cerrasen los domingos por la tarde, justo cuando los aficionados se avalanzan para ver los partidos de fútbol? ¿Por qué no siguen su estrategia las tiendas y abren en aquellos momentos en que más clientes pueden recibir y descansan, como las tascas, los lunes o cualquier otro día? ¿Qué piensan cuando van a una ciudad de vacaciones y se encuentran con todo cerrado? Como mínimo, que los comerciantes están perdiendo la ocasión de hacer un buen negocio. </p>
<p> <IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgizqda"></p>
<p>El trabajo “intelectual”, el de la elite económica, es fácilmente flexibilizable. Las nuevas tecnologías permiten crear en cualquier sitio que no sea el despacho profesional o la oficina. Desde casa o desde la playa puede uno crear igual de bien que en cualquier otro lugar. Es probable que para estos, la frontera entre el trabajo y el ocio se haga cada vez más difusa y uno trabaje de vacaciones y descanse durante el trabajo. Lo importante es crear, no importa si es de noche o de día, si es en la oficina o en la bañera. Trabajan en Internet y la Red no entiende de descansos, es un todo continuo de ocio y trabajo, trabajo y ocio. Hoy, que no hay periódicos, ¿saben quién no descansa? La Red. </p>
<p>En cuanto a los “currantes” (la distinción entre intelectuales y currantes es del economista Edward Leamer), los dependientes de supermercados, Telepizza, masajistas, pequeños negocios&#8230;, tendrán que adaptarse a las apetencias de los consumidores y adaptar sus tiempos de trabajo. Servir significa estar a disposición de los demás, con lo que tendrán que abrir sus negocios cuando más clientes pueden acudir a los mismos. Un buen ejemplo de servicio son los propios periódicos, que sólo &#8216;libran&#8217; tres veces al año. Se trata de establecer turnos y adecuarse a necesidades distintas. Es lógico: cuando existe una demanda, surge inmediatamente la posibilidad de negocio. </p>
<p>En definitiva, todo está cambiando a nuestro alrededor y tendremos que adaptarnos a ello. Lo que antes hacíamos nosotros, los coches, los electrodomésticos o los ordenadores, ahora lo hacen otros porque cobran menos y la calidad es similar. Ventaja competitiva, que se llama. Si no creamos y no nos adaptamos a las nuevas circunstancias del tiempo de los servicios, otros lo harán. Es competencia pura y dura. Los domingos serán un día más de la semana y el lunes se trabajará tanto como se descansará. El país no se paralizará en agosto como no lo hace en febrero. Los periódicos (hoy no salen los de papel, pero Internet, como digo, no entiende de descansos). Cuestión de hábitos, como escribir este largo post en sábado.</p>
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		<title>¿Puede el trabajo dejar de ser un infierno?</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Apr 2009 09:50:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[“Trabajar es tan malo, que hasta pagan por hacerlo”, escribió un día alguien con un fino sentido del humor y gran agudeza. Y es que la forma que tenemos de afrontar el trabajo queda reflejado perfectamente en esta afirmación: trabajo es aquella actividad que nos obliga a madrugar, que implica hacer algo que no nos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> <IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen">“Trabajar es tan malo, que hasta pagan por hacerlo”, escribió un día alguien con un fino sentido del humor y gran agudeza. Y es que la forma que tenemos de afrontar el trabajo queda reflejado perfectamente en esta afirmación: trabajo es aquella actividad que nos obliga a madrugar, que implica hacer algo que no nos gusta y que nos obliga a estar gran parte del día fuera de casa. Si a eso se le suma que casi nadie está satisfecho con su salario, no es de extrañar que el trabajo se convierta en lo peor de la vida. Pero hay más: esto que es lo peor de la vida es indispensable para la misma. Ya lo dijo Lenin con el ‘comunismo de guerra’: “el que no trabaja no come”.</p>
<p>Fue Max Weber quien señaló que el capitalismo se había servido de la ética protestante para crecer de la forma en que lo hizo desde el siglo XVI. ¿En qué consistía esa ética que se convirtió en el auténtico espíritu del sistema? En la concepción del trabajo como una vocación, como el cumplimiento de un deber designado por Dios. De esta forma, el trabajador protestante (en concreto, calvinista) se entregaba al trabajo haciendo de éste el leitmotiv de su vida. Trabajar era todo lo contrario que un infierno; era el destino de su vida.</p>
<p> En nuestro días, esta mentalidad es inconcebible; nada más lejos del ocio que el trabajo. Todas las empresas lo saben, pero sólo algunas tratan de cambiar la imagen que sus empleados tienen de su tarea. Hacer de su ocupación algo agradable e integrado en su vida es el objetivo. Nike tiene en su sede de Oregon piscinas, pistas de atletismo, canchas de baloncesto, etcétera que pueden ser utilizadas por sus empleados; Microsoft también permite a sus empleados llevar un modo de vida mucho más flexible para que puedan conciliar la vida laboral con la familiar, y Google se ha hecho célebre por lo relajado de su campus. El ambiente laboral importa, y mucho, en la productividad de los trabajadores. Seguro que para ellos no es tan sacrificado acudir al trabajo ni sus caras reflejan el hastío que todos los días se puede ver en el metro.</p>
<p> Un paso más allá lo dio hace años 3M y lo ha adoptado la propia Google: permitir a los empleados dedicar parte de su tiempo laboral a proyectos personales. Un 15-20% de su jornada lo &#8220;gastan&#8221; en sus &#8220;ocurrencias&#8221;. Los post-it, esos papelitos que se usan para escribir notas y pegarlas en cualquier sitio, son resultado justo de eso, de ese tiempo que aparentemente no resulta productivo para la empresa. Google News es otro. ¿Lo mejor de esta política? Que el trabajador contribuye a los resultados de la empresa disfrutando de lo que hace; al fin y al cabo, es idea suya.</p>
<p>Así las cosas, lo imposible podría no ser tal: trabajar y disfrutar al mismo tiempo. En estos tiempos de ERE, los empresarios deberían darse cuenta de que los trabajadores (los buenos trabajadores, se entiende) nunca son un gasto, sino una inversión. Y aunque parezca contradictorio, dar rienda suelta a los intereses de los mismos podría servir para mejorar la propia empresa. De esta manera ganaría el patrón y ganaría el marinero.</p>
<div>
</div>
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		<title>El gran tema</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Feb 2008 14:32:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[Ya ha entrado en campaña el gran tema de los próximos años: la inmigración. Hasta este momento, la economía había acaparado la precampaña electoral (dejando a un lado la escisión evidente del PP entre Aguirre y Gallardón. Por cierto, ¿cómo es posible que una persona tan aborregada como Aguirre -recordemos su paso por el ministerio [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya ha entrado en campaña el gran tema de los próximos años: la inmigración. Hasta este momento, la economía había acaparado la precampaña electoral (dejando a un lado la escisión evidente del PP entre Aguirre y Gallardón. Por cierto, ¿cómo es posible que una persona tan aborregada como Aguirre -recordemos su paso por el ministerio de Cultura- tenga semejante poder?); pero la propuesta de contrato para el inmigrante de Rajoy ha levantado la liebre.</p>
<p> Las respuestas han sido las que cabían esperar: xenofobia, racismo, insolidaridad&#8230;, respuestas típicas de la izquierda. En un post anterior aposté por tratar de estudiar las ideas sin atender a un posible origen en la izquierda o en la derecha; pero está visto que los políticos prefieren aferrarse a su sistema doctrinario. Desde mi punto de vista, habría que analizar si verdaderamente podemos aceptar más inmigrantes, si nuestro fabuloso sistema sanitario puede absorberlos, si nuestro estado de bienestar puede asumir más costes de los que ya tiene&#8230; De nada sirve hablar de insolidaridad, de infraclase, de desechos humanos (véanse los libros de Z. Bauman, el conocido sociólogo polaco) en el vacío.</p>
<p> Ojalá que el mundo no fuera como es y pudiésemos encontrar respuestas globales a problemas igualmente globales (pobreza, desigualdad&#8230;). Sin embargo, la distancia entre poder (global) y política (local; sigo aquí al citado Bauman), es decir, entre fenómenos que afectan a todo el globalizado planeta y lo que podemos hacer cada uno de nosotros o de nuestras pequeñas comunidades; es cada vez mayor. ¿Qué hacer entonces? Difícilmente puede impedir la acción local la desigualdad que arrasa, por ejemplo, África y que origina esa marea de refugiados; pero eso no significa que sea beneficioso abrir las puertas sin cortapisas, porque nos llevaría a la ruina a nosotros y a ellos (situación en la que, por otra parte, ya están, por lo que sería ahondar en tan horrible situación). Y esta ruina es la que enciende los ánimos de la población, que ve cómo vienen gentes de todos los lugares, reciben ayudas, son atendidos en hospitales&#8230; Es aquí donde empiezan verdaderamente los problemas, cuando se ve a los inmigrantes como parias y aprovechados. </p>
<p>Tenemos que ver que países con una larga tradición multicultural como Holanda han comenzado a exigir el conocimiento de su lengua y algunos otros requisitos que podríamos denominar &#8220;de sentido común&#8221;. Dejemos a un lado la estupidez del contrato y pidamos un mínimo de integración: idioma, respeto a las normas por nosotros compartidas (consideración respecto a la mujer, por ejemplo), trabajo&#8230;<br />
Quienes quieran aferrarse a un país monocolor, mejor que vayan olvidándose; pero aquellos (Zapatero lo hizo ayer) que proclaman el respeto a la diferencia han de responder entonces a cuestiones como la ablación del clítoris, maltrato, etcétera. Imagino que no estarán de acuerdo y si no queremos juzgarlo moralmente (los autoproclamados multiculturalistas no tienen base para ello), podemos decir que aquí esas prácticas son, como poco, ilegales. Guste o disguste.</p>
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		<title>Horarios y vacaciones</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jan 2008 15:49:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[Los horarios laborales que tenemos en España me parecen descabellados. Sin tener datos generales, partamos de la típica jornada de oficina: entrada a eso de las 8 ó 9, comida a las 14, reentrada a las 15.30 ó 16 y salida a partir de las 18 horas. Todo el día en el trabajo. Productividad más [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los horarios laborales que tenemos en España me parecen descabellados. Sin tener datos generales, partamos de la típica jornada de oficina: entrada a eso de las 8 ó 9, comida a las 14, reentrada a las 15.30 ó 16 y salida a partir de las 18 horas. Todo el día en el trabajo. Productividad más que cuestionable ¿Y la familia? ¿Y las amistades? ¿Y el ocio?</p>
<p>No me cabe duda de que las cosas van a cambiar. Y lo va a hacer porque el propio sistema lo requiere. Éste necesita a los individuos para cubrir los puestos de trabajo (que proporciona los ingresos necesarios para posibilitar el vital consumo) y nuestra demografía cae en picado. En esta coyuntura, sólo quedaría el recurso a los inmigrantes o facilitar a los &#8220;nacionales&#8221; un horario que permita conciliar la vida laboral y la familiar. </p>
<p>Dejando a un lado la primera, que remite a otras muchas cuestiones; la segunda no es tan difícil (Iberdrola ya lo ha implantado): ¿para qué demonios queremos una hora y media o dos horas para comer? ¿Por qué no reducir ese tiempo (sin llegar, por supuesto, a tener que comer en el coche mientras conducimos o a calmar nuestra necesidad con un triste pincho en la barra de una tasca) y salir antes para poder compartir un tiempo con nuestros bambinos? Desde luego, yo, si sé que no voy a tener suficiente tiempo para atender a mis hijos, ni siquiera me planteo la posibilidad de traerlos al mundo. La educación es algo fundamental y me gustaría ser yo quien llevara las riendas; no es de recibo delegar este quehacer exclusivamente en el colegio.</p>
<p>En una línea similar se sitúan las vacaciones. Desconozco la razón, pero en este santo país todo el mundo está harto de las aglomeraciones y, sin embargo, ese mismo mundo se va en agosto a Benidorm. Como consecuencia, el sistema queda bajo mínimos: tiendas cerradas, empresas paralizadas (mejor que a nadie se le estropee nada en agosto) &#8230; ¿Por qué no escalonar el asueto, consiguiendo con ello menores aglomeraciones y un funcionamiento relativamente normal del país?<br />
Y lo mismo cabe decir de los domingos. España ya es un país de servicios, es decir, de ofrecer a sus ciudadanos una oferta para cubrir sus &#8220;necesidades&#8221;. Contradictoriamente, el mismo día que la mayor parte de la gente libra, todo está cerrado. ¿Por qué no cerrar otro día? ¿Por qué cada sector no elige un día diferente para descansar o establece en su mismo seno un calendario en el que un día cierren unos y otro, otros? No me cabe duda de que, como sucede en Madrid, se acabará por abrir los domingos. La razón es obvia: el peso de la economía y la ventaja que ello supone para los &#8220;trabajadores semanales&#8221;. Sí, están los pequeños comerciantes y tienen que descansar. Sin embargo, en Navidades, cuando mayor es el negocio, sí que abren, lo que significa que son razones económicas (de conveniencia propia) las que les llevan a negarse a la liberalización de horario. Dado que argumentos económicos y el apoyo social están de la otra parte, la suerte está echada. Al tiempo.</p>
<p>En definitiva, debemos ser más razonables, porque nuestra vida nos lo agradecerá. Estamos muy lejos de sentir el trabajo como una vocación (Max Weber&#8230;), así que habremos de hacer más llevadera esa &#8220;tortura&#8221;: entrar un poco antes, no dormirse con los cubiertos en la mano, ser más productivo en el trabajo&#8230;, todo ello en beneficio de nuestra familia, de nuestra natalidad y de nuestra educación. Incluso el propio sistema lo verá (no lo dudemos) bien y acabará por impulsarlo: un trabajador contento es mejor trabajador.</p>
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