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	<title>Aletheiapapel &#8211; Aletheia</title>
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		<title>El Día Mundial del&#8230; Ordenador</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Apr 2010 10:33:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[Hoy se celebra el Día del Libro. Shakespeare y Cervantes, dos de las grandes referencias universales de la Literatura, unen sus fuerzas para intentar que esa mitad de la población que admite no leer nunca de un paso y dedique parte de su tiempo a estar en la compañía de los más dispares compañeros de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy se celebra el Día del Libro. Shakespeare y Cervantes, dos de las grandes referencias universales de la Literatura, unen sus fuerzas para intentar que esa mitad de la población que admite no leer nunca de un paso y dedique parte de su tiempo a estar en la compañía de los más dispares compañeros de viaje, pensadores, cronistas, historias&#8230; Pues bien, en un día tan señalado como hoy para el libro, propongo hablar de uno de sus grandes enemigos: el ordenador y su gran familia, compuesta por la electrónica e Internet. ¿Sería posible celebrar el Día del Ordenador?¿Es posible proferir hacia estos aparatos algo más que un sentimiento de utilidad?¿Tiene, con su medio siglo de vida, sus propios dioses a los que adorar, sus propios Cervantes o Shakespeare?</p>
<p>Es curioso comprobar el uso que se hace de la palabra ‘culto’. Según la RAE, ´culto’ es alguien ‘dotado de las calidades que provienen de la cultura o instrucción”, entendiendo por cultura ‘el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”. En otras palabras, es ‘culto’ quien demuestra un buen conocimiento de la literatura, la historia, el arte, la música o la literatura. ¿Pero qué decimos de un experto en Física o Medicina? Por lo general, que es un gran científico, pero no que es ‘culto’. Sólo si al conocimiento de su especialidad se le une un interés por las áreas antes mencionadas decimos de esa persona que es ‘culta’. Esto implica un juicio de valor que pone por encima  las Letras sobre las Ciencias, pero ¿por qué es cualitativamente mejor conocer las obras de Cervantes o Shakespeare y no las de Einstein o Gödel? ¿Porque la Física o las Matemáticas no azuzan el pensamiento crítico? Lo dudo, porque también estos tienen que echar abajo teorías dadas por ciertas hasta su llegada; lo dudo porque crear algo nuevo implica poner en cuestión lo preestablecido, con la carga crítica respecto a lo heredado que ello conlleva. Y cuando uno desarrolla su capacidad para poner en duda los conocimientos de su especialidad, es perfectamente posible que lo haga más allá de su ámbito.</p>
<p>Otro rasgo de una persona ‘culta’ es su amor por los libros, su defensa del ‘calor’ casi humano que emana del papel frente a la ‘frialdad’ de las máquinas. Los tres soportes fundamentales de la escritura han sido el papiro, el pergamino y el papel. El primero, usado por los egipcios, se usaba, sí, para escribir, pero también para hacer calzado; el segundo se hace a partir de reses no natas, es decir, que los grandes y respetados códices de la Edad Media encerraban lindos terneros que no llegaron a ver la luz, y el papel se hace a partir pulpa de celulosa, es decir, a base de talar árboles. Visto de esta forma, ¿son estos soportes más nobles, más humanos, que el aluminio, el plástico o el silicio? (En cuanto a la escritura cuneiforme, se hacía sobre tablillas de barro, que tampoco es considerado precisamente un material noble. ¿Acaso alguien siente especial fervor por los ladrillos?).</p>
<p> Cuando los libros se acumulan, dan lugar a bibliotecas. Pero no todas son iguales. Si uno hace referencia a la ‘biblioteca de Babel’, se ve inmediatamente rodeado de un aura de ‘cultura’. Borges es uno de los dioses de la cultura y su mera mención le hace a uno culto. ¿Qué sucede con la ‘biblioteca’ ideada por Tim Berners-Lee? Quien conozca la gigantesca obra de este inglés no es considerado ‘culto’, sino más bien ‘freaky’, un bicho raro. La diferencia real entre Borges y Berners-Lee es que mientras el primero imaginó una biblioteca universal, el segundo la creó. Cada vez que escribimos en un navegador las célebres www, estamos haciendo mención a esa ‘biblioteca’ que nació en el CERN para poner en común los conocimientos de los científicos allí reunidos y acabó extendiéndose a  todo el mundo.<IMG src='/aletheia/wp-content/uploads/sites/7' id='img_0' class='imgcen'/></p>
<p>¿Y qué decir de la industria? Las grandes editoriales y librerías se autolegitiman afirmando ser los soportes de la cultura. Por el contrario, HP, Dell, Samsung o LG venden ordenadores, discos duros y televisones, cacharros sin el valor civilizatorio de los libros. En otras palabras, las primeras hacen negocio, sí, pero nos proporcionan un bien muy valorado, mientras las segundas sólo nos proporcionan productos de usar y tirar. Ante esta percepción, recuerdo unas palabras de José Manuel Lara Bosch (no he podido encontrar la referencia, así que os tendréis que fiar de mi memoria), presidente de la editorial Planeta, en las que decía que lo que le importaba de su célebre premio no era la obra en sí, sino lo que vendiera. Para hacernos una idea de esta mentalidad industrial, un ejemplo: pasadas sólo unas horas del fallecimiento del historiador Manuel Fernández Álvarez, La Casa del Libro incluyó en su página web un “emotivo” homenaje a este superventas de la historia. Hábil maniobra, sin duda, especialmente cuando se acaba de publicar su última obra. Y por si el prejuicio contra el afán de lucro que impulsa la industria sigue presente, Tim Berners-Lee rechazó hacer de su creación, la World Wide Web, una empresa de la que lucrarse.</p>
<p>A la vista de todo ello, ¿no es posible sentir algo más que un sentimiento de utilidad hacia esos ‘fríos’ aparatos que nos entretienen y nos hacen el trabajo más llevadero? Si los libros se convierten en fetiches aceptados socialmente para los bibliófilos y amantes de la cultura, ¿qué impide que lo sean los ordenadores sean fetiches tan nobles como aquellos y no algo propio de ‘freakies’? ¿Por qué no si nos permiten no sólo escribir un libro, sino ver y montar películas, escuchar y hacer música, o ver y hacer pases de fotos de forma increíblemente fácil? Ni el material del que están hechos es menos noble que el papel, el pergamino o el barro; ni sus contenidos tienen que ser esencialmente ‘peores’ que los librescos; ni la industria que los produce es esencialmente diferente de las editoriales. Y en sólo medio siglo de vida, ya tienen sus propios Shakespeare y Cervantes: Alan Touring, John von Neuman, Gordon E. Moore, Vincent Cerf, Tim Berners-Lee  o Marc Andreessen. Quizás no os ‘suene’ ninguno, pero sus ideas y creaciones son tan geniales y dignas de elogio como las de los dioses de la literatura.</p>
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		<title>elmundo.es</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Nov 2009 09:55:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[El periódico El Mundo ha dado un paso interesantísimo en el 20º aniversario de su fundación: renombrar su cabecera y apostar por su denominación online, el mundo.es. Se trata de un paso simbólico que, creo, deja ver que sus dirigentes van un paso por delante respecto al resto de grandes periódicos en España. Desde mi [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El periódico El Mundo ha dado un paso interesantísimo en el 20º aniversario de su fundación: renombrar su cabecera y apostar por su denominación online, el mundo.es. Se trata de un paso simbólico que, creo, deja ver que sus dirigentes van un paso por delante respecto al resto de grandes periódicos en España. Desde mi punto de vista, el gran problema de los diarios impresos es la velocidad, que mina no sólo aquello que los distinguía en su origen, sino que lo hace también contra otros de sus pretendidos valores como la profundidad. Me explico.</p>
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<div><strong>La radio y la televisión</strong></div>
<div>Durante mucho tiempo, fue la prensa escrita la primera en ofrecer la información a sus interesados lectores. Amparada en la exclusividad y en una rapidez notable para aquellos días de fines del siglo XVIII y siglo XIX, se hizo con el monopolio de la información y, por ende, de la credibilidad (o esto o lo que dice el poder, no había más alternativa). El primer &#8216;golpe bajo&#8217; lo recibió por parte de la radio, capaz de dar cuenta de lo que acontece prácticamente en tiempo real. Sin embargo, esta última tiene en su fuerza su debilidad; es tan rápida como efímera, no permite la reflexión. Dado que las noticias del periódico siguen estando ahí por más que pasen las horas y que el mundo todavía no vivía con la premura actual (ahora vivimos en la era del tiempo Google, es decir, la era de la inmediatez prácticamente absoluta. Pensemos en lo irritante que resulta el tiempo que tarda en arrancar un ordenador obsoleto, el más mínimo retardo en cargar una página web, las colas en el supermercado o en el banco, el retraso del metro&#8230;), los periódicos continuaron con el monopolio, no de la velocidad, pero sí de la reflexión.</div>
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<div>La televisión fue el segundo de sus grandes rivales en hacer acto de presencia. Como la radio, es más rápida que la palabra escrita y cuenta con el plus capital de la imagen. Sin embargo, sigue siendo un medio demasiado volátil; viaja demasiado rápido para poder detenerse en todas y cada una de las noticias. Uno ve la televisión fundamentalmente para entretenerse, con prisa o haciendo otras cosas; a lo sumo, interesan los titulares. De nuevo resurgen los periódicos como ese remanso de paz que permite leer con tranquilidad lo que acontece en el mundo. Al fin y al cabo, cuando uno lee el periódico, no suele hacer otras cosas al mismo tiempo (y si las hace, son complementarias con una lectura más o menos provechosa).</div>
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<div><strong>Internet</strong></div>
<div>El último (y creo que definitivo) enemigo es Internet. Como la radio y la tele, cuenta con la ventaja de la velocidad, pero no sucumbe ante su propia fortaleza. Aunque es cierto que el cambio es básico en este soporte, no lo es menos que la información no se pierde como en los anteriores. Todo lo que ha sido publicado en la red puede consultarse en el momento que se desee y aprestarse a su lectura como uno lo hace (o hacía) con el periódico.</div>
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<div>Ante esto, los dos únicos argumentos que le quedan a la prensa escrita parecen ser el de la credibilidad, ligado a la profundidad, y el de la nostalgia. ¿Quién produce la información que enmaraña Internet? ¿Qué es eso de Wikipedia? ¿Periodismo ciudadano? El periodista &#8216;tradicional&#8217; se agremia con fiereza ante estos &#8216;aficionados&#8217; y se escuda en su profesionalidad. Lo cierto, empero, es que el periodista sólo obtiene información de primera mano en contadísimas ocasiones y no se dan tantas entrevistas o se acude a las suficientes ruedas de prensa como para llenar un periódico. En el resto de casos, son las agencias y la propia Internet las que nutren las páginas de los periódicos. ¿No se dan aquí los saltos de fe que se critican tanto en los periodistas no profesionales? Y si se arguye que el periódico ofrece un nivel de profundidad mayor, ha de entenderse como profundo lo que el periodista puede &#8216;investigar&#8217; en las horas que van desde que se conoce una noticia hasta que se cierra la edición del día. Ningún otro gremio (póngase por caso el de los historiadores) entendería por profundidad el estudio de unas pocas horas o incluso de unas semanas en el mejor de los casos cuando se trata de reportajes. La rapidez, esencial en este campo, se vuelve en contra aquí de los periodistas, que por definición no pueden ser profundos.</div>
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<div>Queda por tanto el argumento de la nostalgia, pulsión compartida por los amantes del libro de papel. Es éste un argumento completamente válido&#8230; para una generación, pero ¿cómo echar de menos lo que no se conoce? ¿Acaso los niños que comienzan ahora a educarse con ordenadores en las escuelas echarán de menos algo que no han manejado? ¿Quién nacido a partir de la década de 1980 echa de menos la máquina de escribir?</div>
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<div><strong>Destrucción creadora</strong></div>
<div>Sin embargo, un hecho conocido estos últimos días parece echar por tierra todos estos argumentos: el cierre de soitu.es, un proyecto de periódico exclusivamente digital creado por Gumersindo Lafuente, el creador, paradójicamente, de la sección digital de El Mundo. No lo creo así. ¿Cuántos periódicos no desaparecerían en el tiempo de los pioneros? ¿Acaso los cambios económicos son un camino de rosas? El principal problema que tienen estos nuevos medios es el de la idea de gratuidad que se asocia a Internet. Mientras los ingresos por publicidad no se incrementen (y lo harán, porque Internet permite a los patrocinadores medir con mucha mayor fiabilidad el impacto que generan además de poder dirigir con precisión sus anuncios al público deseado), será difícil que se puedan mantener tal y como están ahora. Rupert Murdoch ya ha comenzado a dar los pasos en este sentido.</div>
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<div>En cualquier caso, la destrucción creadora que caracteriza al capitalismo deja siempre tras de sí numerosas víctimas, tanto del pasado que queda sometido a lo nuevo, como de lo nuevo todavía no suficientemente maduro. Habrá que esperar todavía un tiempo -sospecho que no demasiado- para saber quién tiene la razón, &#8216;El Mundo&#8217; o &#8216;elmundo.es&#8217;.</div>
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