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	<title>Aletheiaordenadores &#8211; Aletheia</title>
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		<title>¿Qué hacía el presidente de IBM de embajador en Moscú cuando los soviéticos invadieron Afganistán?</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Mar 2011 11:51:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando en la Navidad de 1979 la Unión Soviética decidió invadir Afganistán, el embajador  estadounidense en Moscú no era ni un experto diplomático, ni un político prominente, ni un ilustre veterano de la II Guerra Mundial. De hecho, en plena Guerra Fría, el máximo representante norteamericano en la URSS apenas chapurreaba el ruso. Se trataba de <strong>Thomas Watson junior</strong>, el hombre que llevó a IBM a entrar de lleno en el campo de la electrónica y de los ordenadores; el hombre que, en definitiva, hizo de esta empresa centenaria lo que es hoy en día. ¿Cómo llegó este hombre a ser embajador en la URSS?</p>
<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgizqda">Nacido en 1914, Thomas Watson junior era hijo de Thomas Watson senior, otra leyenda de la historia empresarial estadounidense y el responsable de que IBM se llame IBM. Descendiente de emigrantes escoceses, Watson logró, sin llegar a cursar nunca estudios superiores, salir del trabajo en el campo y convertirse en vendedor, entre otras cosas, de máquinas de coser. De ahí pasó al negocio de las máquinas registradoras, donde mostró una inusual habilidad para vender. Y finalmente llegó a una empresa llamado Computing Tabulating Recording Corporation, dedicada al negocio de las máquinas en general, desde cortadoras de carne a relojes y básculas, pero sobre todo a las llamadas punched card machines o máquinas de tarjetas perforadas, que servían para llevar la contabilidad de las empresas. La CTRC, fundada en 1911, pasó a denominarse en 1924, con Watson padre ya al mando, <strong>International Bussiness Machines</strong>, o sea, IBM (así se explica que este año sea el centenario de la empresa).</p>
<p>Siendo uno de los pocos hombres de negocios de tendencia demócrata, Watson siempre peleó por ascender socialmente y codearse con los ‘grandes’. Amigo y consejero del <strong>presidente Roosevelt</strong>, fue recibido por el rey Jorge VI de Inglaterra (la recepción coincidía con la graduación de su hijo, así que no pudo asistir a esta última) y solía organizar recepciones a altos dignatarios que acudían a Nueva York. De hecho, gran parte del éxito de IBM en aquellos años se debe al New Deal impulsado por su amigo el presidente. Aquella nueva forma de organizar la economía en la que el estado tomaría un gran papel exigía una exhaustividad en la recogida de datos tal que la hacía inabarcable al trabajo manual. Y ahí estaba IBM con sus tarjetas perforadas para ganar dinero y más dinero.</p>
<p>Mientras Watson padre se dedicaba a la empresa y a sus quehaceres sociales (llegó a recibir una medalla de Hitler por su contribución a la paz mundial a través del impulso del comercio, medalla que acabó devolviendo cuando el nazismo desveló su verdadero carácter), Watson hijo daba un quebradero de cabeza tras otro. Pésimo estudiante, de carácter irascible y con tendencia a las depresiones, el joven Watson fracasó en su intento de entrar en Harvard (pese a los contactos de su padre). Finalmente fue aceptado, gracias, claro, a su progenitor, en la también prestigiosa Universidad de Brown. Allí llevó una vida de play boy gracias al salario mensual que recibía (300 dólares, mucho si se tiene en cuenta que el salario medio era de 150). Estudiar, estudió poco, pero aprendió a pilotar aviones (su padre le llegó a presentar a <strong>Charles Lindbergh</strong>, sí, el primero en sobrevolar el Atlántico sin escalas. Curiosamente, entre los que fueron a recibir al aviador en París estaba un joven que respondía al nombre de Nehru, el futuro dirigente de la India independiente); privilegios, literalmente, de un niño rico. Terminada, no sin apuros, la carrera y tras fantasear con su independencia en viajes de trabajo a Japón y China, entró en IBM.</p>
<p>Con la llegada de la II Guerra Mundial, este poco prometedor muchacho pensó que podría ayudar a su país como piloto. Pero ni así podía seguir adelante sin los contactos de su padre, con quien, por cierto, siempre tuvo una relación tirante. Resulta que Watson junior no estaba demasiado a gusto con su superior, de manera que pidió ayuda a papá. Éste, para casos así, tenía un lema: “Apunta siempre a lo más alto”. ¿Qué hizo? ¡Ponerse en contacto con el Jefe del Estado Mayor del Ejército, el célebre <strong>George Marshall</strong>, para que a su hijo le cambiaran de destino!!!!!!! Ni que decir tiene que lo consiguió. Logrado su su objetivo, durante la guerra fue ayudante del general Follet Bradley, con quien viajó a Rusia y ayudó a trasladar la ayuda norteamericana a los soviéticos.</p>
<p><strong>Presidente de IBM</strong></p>
<p>Terminado el conflicto y ya pasados los treinta, Watson junior volvio a la empresa. Según cuenta en sus memorias (<strong>‘Father, Son &#038; Co. My life at IBM and beyond’</strong>), había madurado y se encontraba ya preparado para asumir responsabilidades en la empresa. Había que tener en cuenta que a pesar de su gran vitalidad, su padre era ya un anciano. La coexistencia no fue en absoluto fácil tanto por el irascible carácter del hijo como por la personalidad del padre, que prácticamente había instaurado un culto hacia su persona en toda la empresa. En esos años los ordenadores comenzaron a mostrar parte del potencial que los hace hoy imprescindibles. Y aunque al principio no lo vieran claro, Watson hijo decidió apostar el todo por el todo por esta nueva tecnología pese a la opinión de su padre, apegado a las viejas tarjetas perforadas.</p>
<p>El relevo definitivo llegó en 1956. Tan solo seis semanas después, Thomas Watson senior falleció. Y lo hizo prácticamente por inanición. Un problema en su estómago prácticamente le impedía alimentarse, pero su fobia a las intervenciones (tan fuerte como su aversión al alcohol, cuyo consumo prohibió terminantemente en la empresa) fue más fuerte. <strong>“Era el hombre más aterrorizado de Estados Unidos”</strong>, reconoce Watson junior al comienzo mismo de sus memorias. Estaba al frente de una empresa enorme y tenía que suceder a una leyenda que además era su padre. A pesar de sus miedos, lo hizo con mucho éxito. Entre 1956 y 1971, cuando sufrió un ataque al corazón que le hizo reflexionar y empujó a dejar la dirección, IBM multiplicó varias veces su tamaño y se convirtió en un coloso de la informática. Su trabajo al frente de la compañía le sirvió para que la revista <A href="http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,991227,00.html" title="http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,991227,00.html" id="link_0">Time le incluyera entre las 100 personalidades más relevantes del siglo XX</a> .</p>
<p>Finalizada esta etapa, Waston junior se dedicó a viajar en barco; volar; salvar su matrimonio, en peligro por su erronea convicción de que podía llevarlo de la misma forma, dictatorial, en la que había dirigido la empresa;&#8230; hasta que le llegó una oferta de la Administración Carter para presidir un comité dedicado al desarme nuclear de las dos superpotencias. Establecido sus contactos con el Gobierno (también tenía una estrecha relación con los Kennedy), su siguiento ocasión para brillar en la esfera pública fue ni más ni menos que la embajada de Moscú, todavía más importante si se tiene en cuenta que allá por 1979 todavía el mundo se hallaban inmerso en la Guerra Fría. Para su desgracia, al poco de su llegada, los soviéticos decidieron invadir <strong>Afganistán</strong>. No hizo falta mucho tiempo para saber que aquel trabajo le superaba y sólo restaba que Reegan ganase en las elecciones a Carter para que su estancia en Moscú tocase a su fin.</p>
<p>A partir de entonces, Watson se dedicó a dar discursos y en los últimos años de su vida, a ayudar a IBM a superar la profunda crisis que atravesó a principios de los noventa. Su vida terminó un 31 de diciembre de 1993. Una vida de los más interesante.</p>
<p>P.D. Lee <A href="http://www.nytimes.com/1994/01/01/obituaries/ibm-s-computing-pioneer-thomas-watson-jr-dies-at-79.html?src=pm" title="http://www.nytimes.com/1994/01/01/obituaries/ibm-s-computing-pioneer-thomas-watson-jr-dies-at-79.html?src=pm" id="link_1">aquí</a> el obituario que apareció en el The New York Times el 1 de enero de 1994</p>
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		<title>¿Está tu portátil cociéndote los testículos?</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Nov 2010 10:18:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[Todo varón que ha tenido un ordenador portátil durante un buen rato sobre las piernas sabe que al poco tiempo una creciente sensación de incomodidad comienza a hacerse notar en esa parte tan delicada de la anatomía masculina. Pues bien, esto, que suena a broma, resulta que puede que no lo sea tanto. Reuthers Health [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen">Todo varón que ha tenido un ordenador portátil durante un buen rato sobre las piernas sabe que al poco tiempo una creciente sensación de incomodidad comienza a hacerse notar en esa parte tan delicada de la anatomía masculina. Pues bien, esto, que suena a broma, resulta que puede que no lo sea tanto. Reuthers Health publica un artículo titulado ‘<A href="http://www.reuters.com/article/idUSTRE6A457320101108" title="http://www.reuters.com/article/idUSTRE6A457320101108" id="link_0">¿Está tu portátil cociéndote los testículos?</a>’ (‘Is your laptop cooking your testicles?’) en el que se subrayan los peligros que para la calidad del esperma tiene esta, en aparente, inocente actividad de tener el portátil sobre el regazo.</p>
<p>Según un estudio de la revista ‘Fertility and Sterility’ llevado a cabo con 29 hombres jóvenes que han utilizado el ordenador de esta forma, la temperatura de sus escrotos subió rápidamente. Es más, basta con 10-15 minutos para que este ascenso supere la temperatura que se considera segura. En un hora, el ascenso alcanza los 2,5 grados, bastante más de lo considerado peligroso, calculado en 1º (para hacerse una idea del calor que genera un ordenador, un par de datos: simplemente conectado a Internet y con un editor de texto abierto, la temperatura del aparato ronda los 40º, pero si le exigimos más, fácilmente puede superar los 70º). </p>
<p>Al parecer, el hecho de que los testículos estén fuera del cuerpo sirve para que su temperatura se mantenga más baja, lo cual permite la producción de esperma. Cuando usamos un portátil de la forma referida, estamos haciendo justo lo contrario. ¿Sirven para algo los pads para apoyar los portátiles? Según este artículo, no. “Puedes poner una almohada entre tus piernas y el ordenador y no servirá de nada”, aseguran categóricos. Belkin, que en entre otras muchas cosas fabrica estos accesorios, no ha querido pronunciarse sobre este estudio.</p>
<p>¿Se puede decir entonces que el utilizar el portátil de esta manera causa infertilidad? Los especialistas mencionados en el artículo dicen que no se ha demostrado esta relación causa-efecto e incluso aseguran que los efectos de la ‘hipertermia testicular’ son pasajeros. No obstante, si a uno le preocupa la calidad de su esperma -concluyen-, debería comer sano, hacer ejercicio y evitar exposiciones dañinas como puede ser ésta de utilizar el portátil sobre las piernas.</p>
<p>P.D. ¿Y los pantalones ajustados? Al parecer, no son tan perjudiciales como dice el tópico, al menos respecto a la temperatura del escroto, porque al contrario que con el uso del portátil, uno puedo moverse y permitir así la disipación del calor.</p>
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		<title>29 de junio de 1975, una fecha para el recuerdo</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Sep 2010 10:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Echando un vistazo a un anuario del año 1975 uno se encuentra con varios acontecimientos destacados: el fin de la guerra en Vietnam, el ascenso al poder del partido conservador británico de Margareth Thatcher, la irrupción de los Jemeres Rojos en Camboya, la celebración del I Año de la Mujer&#8230;, y, en España, claro, la muerte de Franco. Sin embargo, el 29 de junio de aquel año, lunes, se produjo un hecho que pasó inadvertido entre la maraña de acontecimientos: Steve Wozniak logró por primera vez ver en una pantalla lo que había escrito con su teclado. Era el Apple I. El ordenador personal, con teclado y pantalla, acababa de ver la luz. Y funcionaba. Poco después, el propio Wozniak construía el Apple II, que ya incluía color en la pantalla, sonido, carcasa de plástico, gráficos de alta resolución, la posibilidad de utilizar la primera hoja de cálculo -el revolucionario VisiCalc-&#8230;, en definitiva, el primer ordenador con éxito entre el gran público (poco después, en 1984, el MacIntosh introdujo la interfaz gráfica y el ratón, ambos desarrollados en los laboratorios PARC de Xerox, abriendo el mundo de la informática a los no iniciados).</p>
<p>Visto en perspectiva, la aparición del ordenador personal fue todo un ‘milagro’.En 1944 la universidad de Harvard había construido el MARK I, un ordenador de 15 metros de largo y cinco toneladas de peso. Tres años después, la universidad de Pennsylvania construía el ENIAC, que ocupaba 167 metros cuadrados y pesaba 27 toneladas. Ambos tenían como misión hacer cálculos para el ejército estadounidense. Imposible vislumbrar por entonces un futuro en el que cada usuario pudiera disponer de un ordenador personal (o varios, y menos todavía los portátiles) en su propia casa y a un precio accesible.</p>
<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen"></p>
<p>Steve Wozniak, el excéntrico cofundador de Apple, tenía once años cuando supo del ENIAC. Siendo un niño extremadamente tímido, con un padre ingeniero electrónico y armado de un cociente intelectual superior a 200, ‘The Woz’ devoró las revistas de la época buscando todo lo relacionado con la informática. Su sueño, cuenta en su autobiografía ‘iWoz. The autobiography of the Man Who Started the Computer Revolution’, fue el de conseguir que aquellos titanes entrasen en todas las casas y facilitara la vida de la gente del común.</p>
<p>Una de las tareas más asombrosas de aquellos años fue la reducción del tamaño de los ordenadores. En una fecha tan temprana como 1959, el célebre físico Richard Feynman impartió una conferencia que tituló ‘Hay mucho sitio al fondo’ en la que abrió un nuevo campo de investigación: la nanotecnología. En aquella conferencia, <A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/5/3/el-nobel-fisica-deficiente-mental-comia-bares-de" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/5/3/el-nobel-fisica-deficiente-mental-comia-bares-de" id="link_0">el futuro premio Nobel que comía en bares de striptease y tocaba estupendamente el bongo</a> aseguraba  que ninguna ley física impedía pensar en escribir todos los volúmenes de la Enciclopedia Británica en la cabeza de un alfiler o reducir enormemente el tamaño de los componentes. “Sé que los computadores son muy grandes; ocupan habitaciones enteras. ¿Por qué no podemos hacerlos muy pequeños, hacerlos con cables pequeños, elementos pequeños (&#8230;) No hay nada que yo pueda ver en las leyes de la física que diga que los elementos del computador no pueden hacerse enormemente más pequeños de lo que son ahora”. Por ‘pequeño’ Feynman entendía cables de un ancho de no más de cien átomos, de ahí que le sobrara el espacio por todos lados.</p>
<p>Aquel inadvertido 29 de junio de 1975 comenzó la asombrosa carrera de los ordenadores personales. A los Apple I y II les siguieron el PC de IBM, el MacIntosh y toda la ristra de gadgets electrónicos que han revolucionado no sólo la forma de trabajar, sino también de comunicarse y de pasar el tiempo libre. Un fecha, sin duda, para recordar.</p>
<p>P.D. Como curiosidad, cuando aquella revolución daba sus primeros pasos, Steve Wozniak, todavía sin terminar la carrera, trabajaba para HP haciendo calculadoras. Era la empresa de sus sueños y obligado moralmente a comunicarles lo que estaba haciendo -utilizó de hecho sus instalaciones para hacer diversas pruebas-, la empresa no mostró mayor interés por su proyecto. Tampoco Atari o Commodore lo hicieron. Cuando emprendieron sus propios proyectos, el resultado no fue el mismo. Lo habían tenido en sus manos y lo dejaron escapar.</p>
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		<title>¿Puede una civilización olvidarse de la rueda? Pues sí</title>
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		<pubDate>Mon, 31 May 2010 10:13:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El ordenador, la electricidad, los coches, la televisión, los móviles, Internet&#8230;, son logros tecnológicos que damos por hecho, están ahí y sólo desaparecerán si surge una tecnología superior, pensamos. Tenemos grabada a fuego la idea de que el progreso es lineal, acumulativo, continuo, irreversible; quinientos años de civilización occidental a la cabeza del mundo nos dan esa seguridad. Louis Le Comte, un misionero jesuita que viajó a China en 1687, dejó un testimonio claro de la diferencia radical entre la cultura china y la europea: “Los chinos valoran más el objeto más defectuoso de la antigüedad que el más perfecto de los modernos, siendo en ello muy diferentes a nosotros -los europeos-, que sólo amamos lo que es nuevo”. Pues bien, esta seguridad es falsa. Mucho más de lo que nos podemos imaginar.</p>
<p>Empecemos por la propia China. A ella le debemos el papel, la pólvora, la imprenta, los compartimentos estancos de los barcos y un sinfín más de innovaciones. Hacia el año 1400 tenían los conocimientos más que suficientes para lanzarse al mar y adelantarse a los europeos en la llegada a América. Su civilización era tan rica, que incluso quienes les conquistaban (caso de los mongoles) acababan siendo asimilados. Eran el ‘imperio celeste’, el centro mismo del universo. Pues bien, tanta superioridad hizo que se durmieran en los laureles de la gloria y se olvidaron de algo tan básico para un imperio como los <strong>cañones</strong>. Los conocían desde el siglo XIII, pero dado que sus enemigos no los tenían, dejaron de utilizarlos. Las murallas de las ciudades tenían emplazamientos para ellos, pero estaban vacíos. Así de simple. Cuando los europeos, que sí que los tenían y los utilizaban mejor que bien, llegaron a sus puertas, los chinos vieron la dimensión del problema: en 1621 los portugueses de Macao regalaron al emperador cuatro cañones para granjearse su favor. ¿Sabéis qué sucedió? Que tuvieron que enviar a cuatro artilleros para enseñarles cómo funcionaban. </p>
<p>Los mamelucos egipcios protagonizaron un caso todavía más llamativo: estos <strong>olvidaron el uso de la rueda</strong> (por si os interesa la referencia, la información procede del libro de <A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/5/27/-es-tan-malo-consumismo-" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/5/27/-es-tan-malo-consumismo-" id="link_0">David S. Landes</a>  ‘La riqueza y la pobreza de las naciones. Por qué unas son tan ricas y otras tan pobres’, pág. 368.) El colmo de los colmos para una elite de guerreros que no utilizaban el carro de combate en una tierra en donde éste se conocía desde tiempos bíblicos. Si una sociedad es capaz de olvidar el uso de un adelanto tan fundamental como la rueda, es claro que no podemos dar por sentado el progreso lineal.</p>
<p>Pero es en Europa donde se encuentra quizás la prueba más palpable de lo que supone un atraso civilizatorio: aquí se (nos) <strong>olvidó incluso el hablar bien</strong>. Sucedió con la caída del Imperio romano. El latín clásico comenzó a empobrecerse de manera espectacular; simplemente a la mayor parte de la gente le comenzaba a resultar cada vez más difícil entender los textos de Cicerón, César o Polibio. La Edad Media trajo de la mano una caída tal de la vida urbana, del comercio y de la cultura, que simplemente se les olvidó el buen latín. Así, como suena. Las glosas, las primeras palabras escritas en castellano, no son más que las explicaciones que los monjes hacían al margen de los textos latinos, que ya no se entendían. Con la Biblia pasó algo similar. Las autoridades consideraban -seguramente con razón- que era un texto demasiado difícil para leerlo directamente. Por eso proliferaron las colecciones de citas y fragmentos -siempre en latín, claro-. Y también proliferaron <strong>preguntas de los más curiosas</strong>: ¿el sudor del cuero cabelludo huele más que el de otras partes del cuerpo?, ¿es verdad que se tienen los ojos vueltos hacia arriba cuando uno se acuesta son una mujer o cuando se muere, pero se vuelven hacia abajo cuando se duerme?, ¿los imbéciles son todavía más bestias con luna llena? o ¿las orejas caídas son signo de nobleza? </p>
<p>Otra prueba de regresión se encuentra en el <strong>arte</strong>. Aproximadamente desde el siglo III d.C., la escultura comienza a hacerse tosca, esquemática, ajena por completo a la realidad. Algunos especialistas han pensado que se trataba de una elección estética -abandonar el realismo-, pero si tenemos en cuenta que se habían olvidado ya de su propia lengua, no parece difícil pensar que simplemente ya no sabían hacerlo. Si os cabe alguna duda, comparad el Augusto de Prima Porta y el busto de Constantino, o los frisos del Partenón con los capiteles del Prerrománico o del Románico<br />
<IMG src="/aletheia/files/bueno.jpg" id="img_0" class="imgcen"></p>
<p>Por imposible que parezca, podría suceder que nos olvidásemos de los ordenadores, de la electricidad, de las técnicas médicas, de todo eso que llamamos progreso tecnológico. Es difícil saber por qué, pero también parecía imposible olvidarse de la rueda y sucedió.</p>
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		<title>Las &#8220;bondades&#8221; de la guerra</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Dec 2008 17:51:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;Dulce bellum inexpertis&#8221; (&#8220;Dulce es la guerra para los que no la conocen&#8221;), escribió Erasmo de Rotterdam recogiendo un viejo adagio latino. Razón tenía el sabio holandés del siglo XVI, una centuria preñada de conflictos bélicos. Pocos pondrían en duda esta afirmación, pero sí que es cierto que del esfuerzo que los seres humanos hacemos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG style="width: 210px; height: 138px;" src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_3" class="imgizqda">&#8220;Dulce bellum inexpertis&#8221; (&#8220;Dulce es la guerra para los que no la conocen&#8221;), escribió Erasmo de Rotterdam recogiendo un viejo adagio latino. Razón tenía el sabio holandés del siglo XVI, una centuria preñada de conflictos bélicos. Pocos pondrían en duda esta afirmación, pero sí que es cierto que del esfuerzo que los seres humanos hacemos para aniquilarnos pueden surgir grandes creaciones.</p>
<p>Un primer ejemplo podría ser el propio Estado. Algunos historiadores como Charles Tilly han defendido que fue el creciente esfuerzo que requirió la guerra en los siglos XVII y XVIII (más hombres, más medios económicos&#8230;) el que alimentó un crecimiento espectacular de la burocracia que daría lugar a la increíble estructura alcanzada ya en el siglo XX, especialmente tras la II Guerra Mundial.</p>
<p>Más sorprendente aún es el caso de Internet. En 1969 el ejérci<IMG style="width: 241px; height: 277px;" src="/aletheia/files/113380_neumann.jpg" id="img_0" class="imgdcha">to estadounidense decidió desarrollar un sistema de almacenamiento de información que no dependiera de un solo ordenador. De esta forma, en caso de que esa máquina en concreto sufriera algún problema, la información contenida no se perdería. Es el germen de esa asombrosa red que hoy en día es Internet. También la guerra está detrás de los ordenadores. Sus primeros balbuceos surgieron de la mente del matemático inglés Alan Turing, el hombre que logró descifrar el código &#8216;Enigma&#8217; de los alemanes. Gracias a sus esfuerzos contra los nazis (y a sus teorías para hallar un método que confirmara los teoremas de Kurt Gödel) y a la nueva orientación que le dio John von Neumann nacieron las primeras computadoras.</p>
<p>La II Guerra Mundial también fue fecunda para la carrera espacial, al menos en lo que a los norteamericanos se refiere. Sabedores de los grandes progresos que el nazi Werner von Braun había hecho con las V-2 que caían sobre Londres, reclutaron a este científico para que desarrollara un programa capaz de rivalizar con los avances que los soviéticos estaban realizando en este campo.</p>
<p>Y, cómo no, la medicina también debe importantes avances al esfuerzo bélico. La quimioterapia es un ejemplo de ello. La idea de que los fármacos podían curar el cáncer surgió de observar los efectos del gas mostaza sobre los soldados en la I Guerra Mundial. Los combatientes afectados por esta sustancia presentaban niveles muy bajos de glóbulos blancos, cuya descontrolada acción es responsable, verbi gratia, de la leucemia. Curiosa forma de dar con una solución (por poco refinada que resulte) para el cáncer. </p>
<p><IMG style="width: 144px; height: 129px;" src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_1" class="imgizqda">El caso de la penicilina es hasta cierto punto parecido. Surgió, sí, de la casualidad, que hizo darse cuenta a Alexander Fleming de las capacidades de un hongo (Penecillium notatum) con el que estaba trabajando. Pero el científico británico albergaba muchas dudas de que pudiera producir esta sustancia de forma masiva. Sería el esfuerzo británico en la II Guerra Mundial la que posibilitaría su uso en los soldados y ya en 1946 salió a la venta.</p>
<p>Estos son sólo algunos ejemplos de que cómo la peor de las manifestaciones del espíritu humano -la guerra- puede dar lugar a creaciones trascendentes. Dostoievki, gran conocedor de los entresijos de la mente humana, dejó escrito en los &#8216;Hermanos Karamazov&#8217; una cita memorable: &#8220;el corazón del hombre es el campo de batalla entre dios y el demonio&#8221;. Dicho queda.</p>
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