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	<title>Aletheiamarta &#8211; Aletheia</title>
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		<title>Aquella entrevista a Indurain sobre el dopaje&#8230;</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Dec 2010 09:57:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>A finales de los noventa, en una fecha que no puedo precisar, José María García hizo una entrevista en la radio a Miguel Indurain. “Señor Indurain -le preguntó- contésteme la verdad, si no va a contestar la verdad, no me conteste: ¿Ha usado usted alguna vez sustancias dopantes?”. La respuesta del campeón navarro, por entonces ya retirado, dejó helado al periodista y a los que estábamos a la escucha en aquellos momentos: “Pasemos a otra pregunta”. García, estupefacto, insistió. “Si no quieres hablar, das a entender que sí te dopabas”. “Siguiente pregunta”, persistó, pugnaz, el navarro. Y aquello pasó como si nada, como pasan los días. (Quizás sea por eso por lo que es tan difícil encontrar la fecha y más detalles sobre aquella epatante entrevista; sólo hay menciones en foros de oyentes que las recuerdan anonadados.)</p>
<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgizqda">Por supuesto, no es éste el único caso de respuestas que aclaran sin pretenderlo. Dando un pequeño salto en el tiempo llegamos a 2003. Alberto García, segundo en los campeonatos del Mundo en pista cubierta de ese mismo año tras Gebresselasie y campeón de Europa de 5.000 metros al aire libre en 2002, se vio envuelto en un caso de dopaje. Su agente, como es habitual en estos casos, comenzó un peregrinaje por los medios para defender a su atleta, por entonces uno de los líderes del deporte español. Cuando le preguntaban si García se había dopado, su respuesta sonaba esquiva, huidiza: “Alberto no ha dado positivo en ningún control”. “Bien, pero yo no te he preguntado eso -debería haber argüido el periodista-. Yo te he preguntado si se ha dopado”. Como es sabido, Alberto García fue sancionado dos años por consumo de EPO. Cumplida la sanción, retomó su carrera sin alcanzar las cotas de su primera etapa. </p>
<p>El caso es que este ya ex atleta también ha estado involucrado en la ‘Operación Galgo’, la misma que ha sacado a la luz los trapos sucios del atletismo español con Marta Domínguez a la cabeza. Para estos menesteres, es muy interesante escuchar las declaraciones de los deportistas afectados: siempre dicen lo mismo. Tras negar su implicación, el acusado acusa a la sociedad de una hipocresía galopante al exigirles éxito tras éxito y terminan por asegurar que otros deportes están tan sucios o más que el atletismo o el ciclismo y que por ‘intereses’(¿?) no son denunciados. Es justo lo que hizo Alberto García ayer al salir de los juzgados.</p>
<p><strong>Ídolos caídos</strong><br />
Al margen de lo que esto tiene de autoexculpación (“la culpa no la tengo yo, individuo, sino una sociedad que sólo admite las medallas”), habría que reconsiderar algunos aspectos sobre lo que puede y no puede ser. Tomemos el ejemplo de los Mundiales de atletismo de París de 2003. Disputados en Francia, país especializado en la tunda contra el dopaje, recuerdo la valoración que hizo Santiago Segurola de las pruebas de velocidad disputadas entonces. <A href="http://www.elpais.com/articulo/deportes/Mundiales/poco/musculo/elpepidep/20030901elpepidep_1/Tes" http:="" www.elpais.com="" articulo="" deportes="" mundiales="" poco="" musculo="" elpepidep="" 20030901elpepidep_1="" tes""="" title="http://www.elpais.com/articulo/deportes/Mundiales/poco/musculo/elpepidep/20030901elpepidep_1/Tes" id="link_0">“Mundiales con poco músculo”</a>, tituló para cerrar su seguimiento de aquel certamen. En el artículo, este respetado periodista deportivo achacaba la pobreza de las marcas conseguidas en las pruebas de velocidad al miedo de los atletas a dar positivo en suelo galo (y a la sempiterna crisis del atletismo, deporte sacrificado que no atrae a los jóvenes&#8230;). “El atletismo regresó en los Mundiales de París a épocas casi olvidadas, con marcas que, en algunos casos, remiten directamente a los años sesenta o setenta. Y eso no es necesariamente malo, si ello significa una pureza en la competición, que estaba bajo sospecha”.</p>
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Actitud comprensiva, podría pensarse, si días antes no hubiese descrito los 10.07 segundos con los que Kim Collins ganó los 100 metros de <A href=" http://www.elpais.com/articulo/deportes/metros/tienen/rey/elpepidep/20030826elpepidep_5/Tes" title=" http://www.elpais.com/articulo/deportes/metros/tienen/rey/elpepidep/20030826elpepidep_5/Tes" id="link_1">“marca discretísima”</a> ; o no hubiese escrito que Evelyn Asford, allá por los ochenta, <A href="http://www.elpais.com/articulo/deportes/White/aprovecha/vacio/Jones/elpepidep/20030825elpepidep_10/Tes" title="http://www.elpais.com/articulo/deportes/White/aprovecha/vacio/Jones/elpepidep/20030825elpepidep_10/Tes" id="link_2">ya corría más rápido que los 10.85 con que Kelli White ganó los 100 femeninos</a>. Siendo más escéptico que lo que podía permitirse el entonces cronista de El País, el problema de esta comparación con los años ochenta es que por esos tiempos corrían Ben Johnson, Florence Griffith, las alemanas del este, el propio Carl Lewis (<A href="http://www.terra.com.mx/deportes/articulo/113277/Escandalo+mancha+a+Carl+Lewis.htm" title="http://www.terra.com.mx/deportes/articulo/113277/Escandalo+mancha+a+Carl+Lewis.htm" id="link_3">dio positivo antes de los Juegos de Seúl, hecho que se encargaron de ocultar las autoridades estadounidenses</a>)&#8230; Con la ventaja que da conocer lo que ocurrió después, la propia White fue ‘cazada’ en un control antidopaje. Sorprendentemente, todavía hoy, cuando Usain Bolt corre en 9.90, se habla de ‘discreta actuación’. En otras palabras, quizás se esté exigiendo demasiado a los atletas. Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, que dijo Domingo Ortega (o Talleyrand, que parece que no es el torero el padre de la tautología).</div>
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‘La edad de oro del deporte español’. Así se suele referir Marca y otros medios a los éxitos conseguidos por el deporte español en los últimos años. El origen de todos estos triunfos estaría en los Juegos Olímpicos de Barcelona y el Plan ADO, que desde entonces ayuda económicamente a los atletas olímpicos para que puedan dedicarse a eso, al deporte. El matrimonio perfecto: un Estado que se moderniza a buen ritmo y unos deportistas que ayudan a exportar la imagen del país. Una bonita historia&#8230; si no fuera porque la realidad se está encargando de purgarla a marchas forzadas.
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		<title>¿Justicia o venganza?</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Feb 2009 07:29:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8220;¡Asesinos!&#8221;, gritan con ira los reunidos a las puertas de los juzgados cuando aparecen las huidizas figuras de los matarifes de Marta. &#8220;¡Cadena perpetua!,¡que sufran en la cárcel!&#8221;, reclama la madre de la joven. &#8220;¡Queremos justicia!&#8221;, concluyen todos ellos. La reacción de dolor ante casos como el de esta joven sevillana o al de Mariluz [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><DIV style="TEXT-ALIGN: left"><IMG class=imgcen id=img_0 src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7/sevilla.JPG">&#8220;¡Asesinos!&#8221;, gritan con ira los reunidos a las puertas de los juzgados cuando aparecen las huidizas figuras de los matarifes de Marta. &#8220;¡Cadena perpetua!,¡que sufran en la cárcel!&#8221;, reclama la madre de la joven. &#8220;¡Queremos justicia!&#8221;, concluyen todos ellos. La reacción de dolor ante casos como el de esta joven sevillana o al de Mariluz es perfectamente comprensible, pero cabe preguntarse si lo que se pide es justicia o más bien venganza. El sentido de las reformas legales que reclaman más bien hacen pensar en la segunda de las posibilidades, la del ojo por ojo y diente por diente. Trataré de ilustrar lo que quiero decir con una hermosa y trágica historia, la de la estirpe de Agamenón.</p>
<p>Agamenón es el rey mítico que promovió la Guerra de Troya. Este cruel monarca, causante de la cólera de Aquiles por negarle los méritos que se había ganado en el campo de batalla, también dio comienzo a una larga cadena de venganzas a la que sólo la justicia, encarnada en la ley, pudo poner fin. A su regreso tras diez años de guerra, su mujer (Clitemestra) no había olvidado un terrible crimen: había sacrificado a la hija ambos, Ifigenia, para que la expedición hacia Troya pudiera partir. ¿Qué hacer ante tal barbaridad? Vengarse del héroe recién regresado. Ojo por ojo. ¿Acabaría aquí el reguero de sangre iniciado por Agamenón? No. Electra, la trágica Electra, quiere venganza y hace que su hermano Orestes comparta sus sentimientos. La venganza continúa y matan a su madre y a su amante, a la sazón primo de Agamenón.</p>
<p><IMG class=imgizqda id=img_1 src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7">Ahora es Orestes el siguiente paso en este ciclo vicioso de acción y reacción. El hijo vengador teme a las Erinis, las personificaciones femeninas de la vendeta. Son ellas (Alecto -&#8216;Implacable&#8217;, Megera -&#8216;Seductora&#8217;- y, sobre todo, Tisífone -&#8216;Perseguidora de los delitos de sangre&#8217;-) las mejores representantes de esta arcaica forma de justicia, la de la sangre por la sangre. Orestes corre a protegerse en Atenas, donde la ley, la justicia, impedirá que la cadena de venganzas continúe.</p>
<p>Olvidémonos de los nombres y quedémonos con la clave de la historia. Sólo la ley, la justicia, puede poner fin a una cadena infinita de venganzas. Y las leyes no deben cambiarse en momentos de tanto dolor; requieren de un grado de reflexión y sosiego que no se da en estos momentos, especialmente entre los familiares de las víctimas. Como escribiera Ortega y Gasset, lo propio de la civilización es reducir la violencia al último recurso (un matiz: ni la violencia ni la venganza equivalen necesariamente a muerte, sino a castigos sin más fin que el castigo mismo). Así las cosas, cuando Zapatero reciba hoy a los padres de Marta, debería tener en cuenta que, a la larga, la venganza no lleva a ningún sitio. Eso sí, el presidente debería asegurarse de que la Justicia efectivamente funciona para que Tisífone no tenga siquiera la tentación de volver a aparecer en escena.</p>
<p>P.D. Lo mismo podría decirse en los casos de terrorismo. Es perfectamente comprensible el dolor de las víctimas y la casi irreprimible reacción de desear a los asesinos el mismo destino que han dado a sus víctimas, pero esto sólo llevaría a la insoportable espiral de violencia que narra la tragedia de Agamenón. En otras palabras, a la hora de reformar las leyes, la palabra de las víctimas tiene que ser escuchada, sí, pero con mucha prudencia.<br />
</DIV></p>
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