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	<title>Aletheiahistoria &#8211; Aletheia</title>
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		<title>España-Holanda: ojo con mentar la rendición de Breda&#8230;</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Jul 2010 09:42:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen">Desde que se conoció la final del Mundial entre España y Holanda han empezado a aparecer en los medios todo tipo de recordatorios de enfrentamientos entre ambos países. Y cuando digo enfrentamientos me refiero a eso, a enfrentamientos literales, a la guerra pura y dura. No sé si ha sido en Telecinco, La Sexta o Cuatro (he buscado el video, pero no lo he encontrado); el caso es que se ha mentado la rendición de Breda para animar el espíritu de victoria frente a los holandeses. Todo vale, supongo, para alimentar la esperanza. Lo malo es que por este rebuscar donde no se debe se cometen errores. Y mentar la rendición de Breda para ahuyentar los malos augurios no es una buena idea.</p>
<p>Los Países Bajos pertenecían a los dominios del Imperio español por la herencia borgoñona de Carlos V. Hijo de Juana la Loca -de quien heredó los territorios peninsulares, americanos e italianos- y nieto de María de borgoña -de quien obtuvo Borgoña y los citados Países Bajos-, ambas ramas del imperio tenían culturas, formas de entender la religión e intereses económicos incompatibles. La guerra fue la consecuencia de esta falta de entente. Felipe II mandó a los famosos tercios a sofocar la rebelión. Por entonces, la infantería del imperio español era la más potente de Europa. </p>
<p><strong>¿Cómo se reunía a estos hombres?</strong> Había tres vías. La primera era el reclutamiento por comisión. Las autoridades concedían un permiso a los capitanes para recorrer determinadas regiones en busca de aspirantes a soldado, que recibían inmediatamente un pago en mano, albergue gratis, comida diaria y, quizás, un juego de ropa (por cierto, los soldados estaban libres de derechos señoriales, diezmos e impuestos). Para estas levas se establecía un tiempo límite de unas seis semanas y los capitanes no podían demorarse más de veinte días en cada lugar de reclutamiento. Sobrepasado ese lapso, se consideraba que desertaban más reclutas de los que se alistaban.</p>
<p>La segunda vía la conformaban los empresarios (asentistas, se llamaban) militares. A cambio de un pago del gobierno, éste se comprometía a reunir las tropas necesarias en un lapso determinado. La ventaja de este sistema era la rapidez: el empresario solía contar con una reserva de hombres dispuestos inmediatamente para ser movilizados. Según Geoffrey Parker, la comisión se utilizaba más en el territorio propio del gobierno, mientras el asiento se empleaba más fuera de las fronteras.  El último de las vías de reclutamiento es el más obvio: la obligación. Desde 1620 se obligó al servicio a los parados que estuvieran bien físicamente, bandidos y vagabundos. </p>
<p>Un aspecto curioso era el de la <strong>indumentaria</strong>. Nada tenía que ver con la uniformidad actual tan propia de los ejércitos. Por entonces, el gobierno contrataba a un asentista -esto también se hacía, por ejemplo, para cobrar impuestos: el empresario interesado adelantaba la cantidad que tenía previsto ingresar el gobierno y luego se encargaba de la recaudación, que se quedaba para sí- para que proveyera de gabanes, calzones, chaqueta, camisa, ropa interior y medias con dos únicas tallas -grande y pequeña-, pero no tenían por qué ser del mismo color. Bastaba con que los ejércitos contendientes llevasen sus signos distintivos, que en el caso español eran la cruz de San Andrés y una bufanda roja, faja o plumas en el sombrero -fijaos en el cuadro de Velázquez y veréis que cada uno viste como bien le parece-. En cuanto a las armas, el caso es todavía más curioso, pues <strong>¡eran los propios soldados los que tenían que costearse la pólvora y las municiones!</strong> En su desgargo, las autoridades alegaban que los mosqueteros y arcabuceros cobraban más que el resto de soldados (el problema era que no siempre cobraban, de ahí que los motines fueran el pan nuestro de cada día).</p>
<p>Dicho esto, volvamos al caso de <strong>Breda</strong>. Diez meses duró el asedio de las tropas comandadas por Ambrosio Spínola. La ciudad holandesa capituló el 5 de junio de 1625, una conclusión que, supongo, no agradaría en exceso a los soldados, que se llevaban parte del botín si una ciudad caía al asalto, pero no si simplemente se rendía -parece lógico que a mayor riesgo, mayor recompensa; esto ya lo hacían los romanos-. Velázquez inmortalizó el momento en su famoso cuadro. Los que traten de animar a España frente a Holanda tienen aquí un motivo de inspiración. O no. Lo que no inmortalizó Velázquez es que la ciudad volvió a manos holandesas en 1637 y que la corona española tuvo finalmente que reconocer la independencia de los Países Bajos. Por eso comentaba al comienzo de este post que la rendición de Breda no era el mejor de los ejemplos para levantar el ánimos de los forofos de ‘La Roja’.</p>
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		<title>¿Puede una civilización olvidarse de la rueda? Pues sí</title>
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		<pubDate>Mon, 31 May 2010 10:13:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El ordenador, la electricidad, los coches, la televisión, los móviles, Internet&#8230;, son logros tecnológicos que damos por hecho, están ahí y sólo desaparecerán si surge una tecnología superior, pensamos. Tenemos grabada a fuego la idea de que el progreso es lineal, acumulativo, continuo, irreversible; quinientos años de civilización occidental a la cabeza del mundo nos dan esa seguridad. Louis Le Comte, un misionero jesuita que viajó a China en 1687, dejó un testimonio claro de la diferencia radical entre la cultura china y la europea: “Los chinos valoran más el objeto más defectuoso de la antigüedad que el más perfecto de los modernos, siendo en ello muy diferentes a nosotros -los europeos-, que sólo amamos lo que es nuevo”. Pues bien, esta seguridad es falsa. Mucho más de lo que nos podemos imaginar.</p>
<p>Empecemos por la propia China. A ella le debemos el papel, la pólvora, la imprenta, los compartimentos estancos de los barcos y un sinfín más de innovaciones. Hacia el año 1400 tenían los conocimientos más que suficientes para lanzarse al mar y adelantarse a los europeos en la llegada a América. Su civilización era tan rica, que incluso quienes les conquistaban (caso de los mongoles) acababan siendo asimilados. Eran el ‘imperio celeste’, el centro mismo del universo. Pues bien, tanta superioridad hizo que se durmieran en los laureles de la gloria y se olvidaron de algo tan básico para un imperio como los <strong>cañones</strong>. Los conocían desde el siglo XIII, pero dado que sus enemigos no los tenían, dejaron de utilizarlos. Las murallas de las ciudades tenían emplazamientos para ellos, pero estaban vacíos. Así de simple. Cuando los europeos, que sí que los tenían y los utilizaban mejor que bien, llegaron a sus puertas, los chinos vieron la dimensión del problema: en 1621 los portugueses de Macao regalaron al emperador cuatro cañones para granjearse su favor. ¿Sabéis qué sucedió? Que tuvieron que enviar a cuatro artilleros para enseñarles cómo funcionaban. </p>
<p>Los mamelucos egipcios protagonizaron un caso todavía más llamativo: estos <strong>olvidaron el uso de la rueda</strong> (por si os interesa la referencia, la información procede del libro de <A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/5/27/-es-tan-malo-consumismo-" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2010/5/27/-es-tan-malo-consumismo-" id="link_0">David S. Landes</a>  ‘La riqueza y la pobreza de las naciones. Por qué unas son tan ricas y otras tan pobres’, pág. 368.) El colmo de los colmos para una elite de guerreros que no utilizaban el carro de combate en una tierra en donde éste se conocía desde tiempos bíblicos. Si una sociedad es capaz de olvidar el uso de un adelanto tan fundamental como la rueda, es claro que no podemos dar por sentado el progreso lineal.</p>
<p>Pero es en Europa donde se encuentra quizás la prueba más palpable de lo que supone un atraso civilizatorio: aquí se (nos) <strong>olvidó incluso el hablar bien</strong>. Sucedió con la caída del Imperio romano. El latín clásico comenzó a empobrecerse de manera espectacular; simplemente a la mayor parte de la gente le comenzaba a resultar cada vez más difícil entender los textos de Cicerón, César o Polibio. La Edad Media trajo de la mano una caída tal de la vida urbana, del comercio y de la cultura, que simplemente se les olvidó el buen latín. Así, como suena. Las glosas, las primeras palabras escritas en castellano, no son más que las explicaciones que los monjes hacían al margen de los textos latinos, que ya no se entendían. Con la Biblia pasó algo similar. Las autoridades consideraban -seguramente con razón- que era un texto demasiado difícil para leerlo directamente. Por eso proliferaron las colecciones de citas y fragmentos -siempre en latín, claro-. Y también proliferaron <strong>preguntas de los más curiosas</strong>: ¿el sudor del cuero cabelludo huele más que el de otras partes del cuerpo?, ¿es verdad que se tienen los ojos vueltos hacia arriba cuando uno se acuesta son una mujer o cuando se muere, pero se vuelven hacia abajo cuando se duerme?, ¿los imbéciles son todavía más bestias con luna llena? o ¿las orejas caídas son signo de nobleza? </p>
<p>Otra prueba de regresión se encuentra en el <strong>arte</strong>. Aproximadamente desde el siglo III d.C., la escultura comienza a hacerse tosca, esquemática, ajena por completo a la realidad. Algunos especialistas han pensado que se trataba de una elección estética -abandonar el realismo-, pero si tenemos en cuenta que se habían olvidado ya de su propia lengua, no parece difícil pensar que simplemente ya no sabían hacerlo. Si os cabe alguna duda, comparad el Augusto de Prima Porta y el busto de Constantino, o los frisos del Partenón con los capiteles del Prerrománico o del Románico<br />
<IMG src="/aletheia/files/bueno.jpg" id="img_0" class="imgcen"></p>
<p>Por imposible que parezca, podría suceder que nos olvidásemos de los ordenadores, de la electricidad, de las técnicas médicas, de todo eso que llamamos progreso tecnológico. Es difícil saber por qué, pero también parecía imposible olvidarse de la rueda y sucedió.</p>
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		<title>Y Aimé Jacquet aguó la fiesta</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Sep 2009 10:45:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen">Tras ganar el doblete en 1984, el Athletic de Clemente se dispuso a afrontar una nueva participación en la Copa de Europa. Sólo había participado dos veces en esta competición. La primera, en la temporada 1955-56, fue la más exitosa, pues derrotó al Porto y al Honved de Puskas, Cibor y compañía, y sólo el Manchester United pudo con los rojiblancos en cuartos de final. La segunda, en la temporada 1983-84, sólo se superó una ronda y se cayó ante el Liverpool en octavos. En esta ocasión, el rival era el Girondins de Burdeos, un equipo en el que militaban internacionales franceses como el portero Dropsy, el central Battiston, el artista Giresse (Tigana estaba lesionado) o el delantero Lacombe. Todos ellos eran conocidos por su papel con la selección francesa, al alza desde el Mundial de 1982 y la Eurocopa de 1984. Lo que pasó más desapercibido fue que en el banquillo galo estaba Aimé Jacquet, el padre de la Francia exitosa de los últimos años. Él fue quien erigió el equipo de los Zidane, Blanc, Thuram, Angloma, Barthez y compañía.</p>
<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_3" class="imgizqda">La ida, dicen las crónicas, fue una ocasión perdida por el Athletic. El 3-2 final fue, a lo que parece, injusto. Pero quedaba la vuelta, un día especial porque los de Clemente iban a recibir los trofeos del doblete conseguido la temporada anterior. Carlos Garaikoetxea, por entonces lehendakari, fue el encargado de hacer los honores. Sin embargo, el &#8220;ambiente de super-gala&#8221; que se creó para la ocasión no sirvió de mucho y los rojiblancos no pudieron alterar el 0-0 inicial. Aimé Jacquet, siempre seguro de sí mismo, calificó la apuesta del Athletic por la fuerza como &#8220;naive&#8221; y declaró que habían pasado con todo merecimiento: &#8220;Hemos demostrado tener mayor clase, cohesión, táctica, entusiasmo y motivación que el Athletic de Bilbao. Les hemos superado en todos los terrenos y lógicamente hemos superado esta primer eliminatoria de la Copa de Europa. Nosotros hemos jugado con inteligencia, ellos en cambio nos han opuesto una fuerza que yo calificaría de &#8216;naive'&#8221;. </p>
<p>Clemente no lo vio tan claro y aseguró que habían sido eliminados por un equipo inferior.&#8221;El Girondins no ha demostrado nada. Tienen una técnica de salón y ante un pressing como el que hemos hecho no juegan nada&#8221;. El caso es que la fiesta había acabado mal. Años después, en otra fiesta, la de la inauguración del Estadio de Francia, los dos técnicos volvieron a enfrentarse. Francia 1 &#8211; España 0. Jacquet acababa de romper la larga racha de imbatibilidad de la selección española y meses después se proclamaría campeón del mundo.</p>
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