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	<title>Aletheiafriedman &#8211; Aletheia</title>
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		<title>¿Sabéis quién se beneficia más del capitalismo? No, no son los ricos</title>
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		<pubDate>Thu, 27 May 2010 09:47:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una de las críticas más repetidas al capitalismo es el dichoso consumismo, la fiebre por gastar y gastar que se alimenta de la publicidad y de la frustración que genera en el consumidor no disponer del último gadget tecnológico o de ropa a la última moda. “El capitalismo genera seres humanos infelices”, dicen con razón [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una de las críticas más repetidas al capitalismo es el dichoso consumismo, la fiebre por gastar y gastar que se alimenta de la <A href="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2009/8/26/-un-mundo-sin-publicidad-" title="http://blogs.elcorreo.com/aletheia/2009/8/26/-un-mundo-sin-publicidad-" id="link_0">publicidad</a>  y de la frustración que genera en el consumidor no disponer del último gadget tecnológico o de ropa a la última moda. “El capitalismo genera seres humanos infelices”, dicen con razón muchos críticos de izquierda. (Hay en esta crítica una notable paradoja: ensayistas como Zygmunt Bauman o Vicente Verdú subrayan este defecto del capitalismo actual y lo confrontan con los valores del capitalismo “sólido”, el de la primera modernidad, el que apelaba al trabajo duro, al ahorro,  a un estilo de vida pacato&#8230; Curiosamente fue ese primer capitalismo el que denunció Marx, con lo que el resultado es el siguiente: los escritores de izquierdas acaban echando de menos el mundo denunciado por su maestro).</p>
<p>Ahora bien, ¿qué es lo que ha hecho el capitalismo al convertir el natural consumo en consumismo? A lo largo de la historia, sólo unos pocos, los ricos, han podido disfrutar de bienes de consumo suntuarios, es decir, de productos no necesarios para la supervivencia pero muy estimados por su rareza, belleza o cualquier otro rasgo fuera de lo común. El resto tenían que conformarse con vivir en el nivel de subsistencia, es decir, con la comida y el abrigo. Y esto, cuando lo conseguían. </p>
<p>Sin embargo, desde 1870 algo cambió: el capitalismo norteamericano, con su sistema de producción en serie que permite estandarizar la producción y rebajar el precio, hizo que la gente corriente pudiese acceder a esos productos superfluos que sólo los ricos tenían hasta entonces. El profesor de Harvard, David S. Landes, lo expresa así en ‘La riqueza y la pobreza de las naciones’: “El mundo había aprendido a convivir con la prodigalidad y los caprichos de los ricos y acomodados, pero ahora, por primera vez en la historia, hasta la gente corriente podía aspirar a poseer bienes de consumo duraderos que las sociedades tradicionales consideraban justo patrimonio exclusivo de unos pocos” (pág. 285). Y hablamos de objetos ahora tan comunes como un reloj de pulsera, una bicicleta, un teléfono o un automóvil. Para completar el círculo, sólo faltaba que surgieran las fórmulas económicas para poder pagar estos caprichos consumistas: compra a plazos, créditos al consumo, derecho a devolver la mercancía o cambiarla&#8230;</p>
<p>La pregunta entonces es la siguiente: ¿a quién ha beneficiado más el capitalismo? En las sociedades en las que se ha implantado, a la gran mayoría de la población. Milton Friedman -sí, el gran defensor del capitalismo sin trabas- lo argumenta de forma contundente en ‘Libertad para elegir’: “En la antigua Grecia a un hombre rico le hubiera beneficiado bien poco la fontanería moderna: los criados que corrían reemplazaban al agua corriente; en cuanto a la televisión y la radio, los patricios romanos podían disfrutar de los principales músicos y actores en su casa y podían disponer de los artistas más importantes a modo de criados domésticos. Adelantos como la ropa de confección o los supermercados podían añadir poco a su vida. Esta clase adinerada sí hubiera acogido bien los perfeccionamientos de los transportes y la medicina, pero los grandes logros del capitalismo occidental hubieran beneficiado primordialmente al hombre cotidiano” (p. 234).</p>
<p>El sociólogo Peter L. Berger -otro acérrimo capitalista pero en ningún caso idiota- escribió una vez que la gran ventaja del socialismo sobre el capitalismo es su &#8216;capacidad mitopoyética&#8217;. ¿Qué significa esto? Que el capitalismo no enamora, no se gana el corazón de nadie, porque &#8216;sólo&#8217; da dinero. El socialismo, por el contrario, promete una sociedad perfecta, un paraíso que por lejano que parezca, es alcanzable. Y esto sí enamora. ¿A quién no le atrae el paraíso? En definitiva, ambos sistemas no compiten en el mismo plano, porque mientras el capitalismo ofrece realidades (mirad a vuestro alrededor y decidme lo que veis), el socialismo ofrece promesas, una utopía a la que la realidad no puede derrotar. Ya se sabe que la esperanza es lo último que se pierde.</p>
<p>P.D. Se podría argüir que los países subdesarrollados son las víctimas del bienestar capitalista. Lo nosotros tenemos se debe a que se lo hemos quitado a ellos. En un próximo post hablaré sobre ello, pero el asunto no es tan sencillo. La economía no tiene por qué ser un juego de suma cero -un partido de fútbol es un juego de suma cero: si uno gana es porque el otro pierde y viceversa- y es posible que uno sea más rico sin que otros sean más pobres. La clave es el crecimiento económico, hacer más grande el pastel a repartir </p>
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		<title>¿Es posible que se tarde menos en ensamblar un Boeing 737 que en conseguir un libro?</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Apr 2010 10:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Thomas Friedman escribió en 2005 un influyente y brillante libro titulado ‘La tierra es plana. Breve historia de la globalización en el siglo XXI’. Su tesis principal es que el proceso de la globalización, propiciado, entre otros acontecimientos, por la caída del muro de Berlín, el triunfo del capitalismo o la universalización de Internet  han hecho caer todas las barreras; ahora, dice el autor, las reglas son las mismas para todos y todos disponemos de los mismos medios, no importa si uno está en la India, en Nueva York o en China. En definitiva, pasamos de un mundo vertical separado por barreras infranqueables a un mundo horizontal donde todos tendríamos las mismas opciones para colaborar en un mundo plano. Una empresa financiera norteamericana, por ejemplo, puede perfectamente subcontratar los servicios de contables indios sin que estos tengan que emigrar a Estados Unidos. Mientras la primera potencia duerme, la India le hace sus declaraciones de la renta a un precio muy económico. Por la mañana, el trabajo estaría hecho. Es la globalización. Otro ejemplo de colaboración horizontal son las cadenas de montaje. Según Friedman, Boeing ha conseguido en los últimos años reducir el tiempo de ensamblaje del 737 a once días, mientras espera acortar este lapso a tres días con la nueva generación de aparatos. Espectacular.</p>
<p><IMG src="/aletheia/wp-content/uploads/sites/7" id="img_0" class="imgcen"></p>
<p>Sin embargo, en este mundo teóricamente plano -Richard Florida, en ‘Las ciudades creativas’, ha rebatido convincentemente esta tesis subrayando la importancia que tiene todavía la localización- se encuentran, digamos, “discontinuidades” de lo más llamativas. Resulta que si uno desea adquirir un libro que no está en ese momento en tienda, le dicen que tardará entre 10-15 días en tenerlo en sus manos. Y no hablo ni de un incunable ni de una pequeña tienda. Me refiero a un libro editado en el 2000 y encargado en ‘La casa del libro’. Desde luego, el hecho de que se tarde más o menos lo mismo en articular los 42,1 metros de longitud y 44 toneladas de peso del avión de pasajeros más popular del mundo que en conseguir un libro debería hacer ver al sector editorial que algo no están haciendo bien.</p>
<p>Acostumbrados como estamos a la velocidad de Google, a las descargas directas y al streaming, parece difícil que la industria del libro tradicional logre sobrevivir al empuje de la digitalización. Es cuestión de tiempo.</p>
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		<title>Os invito a cenar (a ver quién paga)</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Feb 2010 09:32:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jon Garay</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[En el post anterior traté de exponer que las especiales condiciones de trabajo de los funcionarios no incentivaban a estos a dar lo mejor de sí mismos en sus labores. No deja de ser contradictorio que acceder a tales empleos sea terriblemente competitivo por el sistema de oposiciones y una vez en el cargo, tal [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el post anterior traté de exponer que las especiales condiciones de trabajo de los funcionarios no  incentivaban a estos a dar lo mejor de sí mismos en sus labores. No deja de ser contradictorio que acceder a tales empleos sea terriblemente competitivo por el sistema de oposiciones y una vez en el cargo, tal exigencia desaparezca por completo, precisamente en el momento que más interesaría a la sociedad que rindieran al máximo.</p>
<p>Toca ahora dar un paso más y ver por qué la gestión pública de los recursos tiende a ser ineficiente. Para ello, citaré la explicación -con alguna variante- que ofrece Milton Friedman en el libro &#8216;Libertad de elegir&#8217;, escrito junto a su esposa Rose en 1979. Se puede argüir en contra del ejemplo que procede del mayor enemigo de la intervención estatal en los últimos treinta años e inspirador de las políticas económicas de Pinochet, Reegan o Tatcher, pero ello no implica que su explicación carezca de validez. Imaginemos que tenemos por costumbre salir a cenar todas las noches. Teniendo en cuenta la elección del menú y quién paga la cuenta,  se nos presentan cuatro posibilidades:</p>
<p>1- Cada uno elige lo que quiere comer y paga por ello. En este caso, el incentivo es tratar de sacar el máximo partido a cada euro que invertimos. Puede que alguna noche nos demos un capricho, pero a la larga tenderemos a tratar de sacar el máximo partido a nuestro dinero.</p>
<p>2- Uno paga la cuenta y elige para los demás. En este caso, persiste el incentivo de tratar de economizar al máximo, pero puede que no tanto el de elegir el mejor producto. De ser así, la mejor opción sería dejar elegir a los comensales su propio menú.</p>
<p>3- Uno elige lo que quiere y paga un tercero, por ejemplo, la empresa para la que trabaja. Aquí el incentivo parece claro: yo me puedo olvidar del gasto y optar por aquello que más me apetezca sin importar lo que cueste.</p>
<p>4- Yo elijo el menú del resto de comensales y paga la empresa. Se trata de un caso parecido al anterior, sólo que ahora no tengo el incentivo de elegir los mejores productos, pues yo no participo en la misma.</p>
<p>¿A qué categoría pertenece el gasto público? Parece claro que a las posibilidades 3 y 4. Los ciudadanos poco pueden decir sobre la forma en que  el Estado gasta el dinero de los impuestos; es éste quien hace las veces del comensal que elije el menú de los demás a cargo de un tercero. He aquí la clave para entender una de las razones por las que se tiene tan poco cuidado a la hora de gestionar el gasto público: se gestiona el dinero ajeno para fines que te pueden beneficiar o no. </p>
<p>Toca ahora pensar si la solución a la crisis pasa por aumentar el gasto público. Si a lo recién expuesto le sumamos el interés de los políticos por aumentar el gasto social para ganarse al electorado y los pocos incentivos que tienen los funcionarios para dar lo mejor de sí mismos, deberíamos meditar un poco más sobre ello. Quizás la solución keynesiana pueda servir como vía de emergencia -la II Guerra Mundial es ejemplo de ello-, pero es bastante más problemática si se piensa en ella como forma de administración en etapas de normalidad.</p>
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