Año tras año,las tradiciones se oponen al paso del tiempo y
luchan por no caer en el olvido.Muchas de ellas son anodinas y han perdido su significado; sólo se repiten porcostumbre. Otras, sin embargo, sí pueden ser más útiles. Si nos centramos enlos medios de comunicación, entre las primeras destacaría –lo veremos estosdías- los reportajes sobre los nuevos propósitos de cara al año entrante, quéhacer para sobrellevar los excesos de la Navidad (lo mejor es no cometerlos,por cierto), el inglés que se nos sigue resistiendo… Entre las segundas mequedaría con los resúmenes del año que acabamos de dejar. En rigor, situviéramos mejor memoria, sería algo prescindible y encajaría perfectamente enla primera categoría, pero no es así. La propia cascada de noticias, el hambrede novedad que tenemos, nos hace olvidar aquello que sucedió meses atráspareciendo que sólo existiese lo ocurrido en diciembre. Y no es así. Por esoson interesantes los anuarios.
Si no llega a ser por el aniversario recientemente ¿recordado?,parecería que el atentado de la T-4 sucedió hace 3 ó 4 años. Es más, ¿alguiense acuerda de los incendios en Grecia o en las Canarias, de las inundacionesprovocadas por el Monzón en Asia, de la represión en Birmania o de los soldadosespañoles muertos en el Líbano? Yo, no. Sorprendentemente, todos estos hechosacontecieron el año que acabamos de cerrar y todos –creo- lo habíamos olvidado.Tenemos una capacidad asombrosa para devorar novedades y digeriracontecimientos pasados. No sería malo tener unas digestiones más reposadas devez en cuando, atenernos a los hechos (consolidados) y dejar a un lado lasexperiencias (siempre efímeras). Sé que supone nadar contracorriente en unasociedad hedonista y amnésica por necesidad, pero el agua pasada, a veces, símueve molinos. No lo olvidemos.
Aletheia