Bajo el cielo (co)chino

Me ha preguntado mucha gente a ver si es verdad que aquel fin de semana de enero la contaminación alcanzó unos niveles brutales. A ver si es verdad que las escuelas cerraron dos días, si salimos todos con mascarilla, si vamos a morir, si se acercan los cuatro jinetes chinos del apocalipsis con sus cuatro coches de marca de muchos caballos soltando humo por sus tubos de escape.

Bueno, pues sí, es verdad. Lo que no sé es si los números difieren mucho de los resultados que se alcanzarían si se analizaran correctamente y a diario los efectos de los efluvios comerciales en pro del progreso. Porque la txapela sobre este barrio colindante de Bilbao que es Beijing no es nueva. Hace más de un año que yo la llevo sobre mi cabeza cual espada de Damocles, sufriéndola en silencio, oliéndola con desagrado, viéndola estupefacta, respirándola resignada.

Respondiendo a todas las preguntas punto por punto, veamos… sí, cerraron las escuelas dos días: el sábado y el domingo. Sí, muchos salieron y salen con mascarilla, pero un amplio porcentaje de ellos lo hacen porque es lo que les dicen que tienen que hacer o por moda (hay que ver las preciosísimas máscaras fashion que llevan algunas de mis “plimas” por aquí…). Sí, vamos a morir todos, pero no necesariamente hoy o por causa de la contaminación. Al fin y al cabo, vivir en Beijing y practicar el arriesgado deporte de respirar a la vez es como fumar un paquete de Ducados al día, y conozco mucha gente que hace eso a menudo y goza de buena salud (¡Hola mamá!).

¿Por qué que ese fin de semana fue peor? Bueno. A lo de tener los mocos negros ya me he acostumbrado, por lo que ya no me parece nada fuera de lo normal. A que haya días en los que no soy capaz de ver los rascacielos cercanos a mí casi que también. Pero hay cosas que NO son habituales, como: bajar a la estación de metro y ver una nube negruzca que flota en el ambiente, o a estar sólo media hora en la calle y pasarse una semana tosiendo.

Me han comentado que el gobierno chino ha reconocido la existencia de los llamados “pueblos del cáncer”, y no creo que se refieran a que muchos de sus habitantes nacieran por Julio o esas fechas. ¿Cómo tienen que ser los índices de polución para que se hayan bajado los pantalones? Y… ¿se los habrán bajado sólo para ponérselos alrededor de la cara y reforzar la máscara anti-mierda?

Al parecer, en 2008, cuando las olimpiadas, el sol brilló más que nunca gracias a unos (amigos de ciencias, perdonen mi ignorancia) cohetes con sustancias químicas aleatorias dentro, que disiparon la contaminación como el Fairy la grasa en Villabajo y provocaron que las chinas se echaran más productos blanqueantes en la cara y sacaran los paraguas para no ponerse morenas. Y resulta que han seguido haciéndolo, no sé si por hacerle la competencia al país del sol naciente con el que tan bien se llevan, provocando que todo el mundo crea que la cosa no está tan mal. Pero el problema es que esto no se arregla ni lanzando lejía.

Mirando el lado positivo, y parafraseando a un amigo, con la polución conseguimos que Beijing sea una de las ciudades más románticas del mundo, con servicio de luna llena 24h – y es que muchos días se puede mirar directamente al sol sin hacerse daño en los ojos.

Reconozcámoslo, a veces Beijing es bonito

Ahora bien, ni se te ocurra ponerte enfermo, ni por esto ni por nada. Ir al hospital aquí es como una gincana, tengas lo que tengas. Las veces que he tenido que ir yo me lo he pasado pipa.

Una vez, mientras recibía tratamiento, una de las enfermeras me cogió de las manos, me las miró, soltó varias onomatopeyas exclamativas, ohhhh, ahhhhh, me las acarició, llamó a otra enfermera y se pusieron a hablar entre ellas pasándose mis manos entre ellas hasta que entendí que me estaban leyendo las palmas. Si esto me pasara en España, pensaría que con los recortes en Sanidad tienen que sacarse un dinero extra vendiendo romero a los pacientes, pero esto es la China Capuchina, señores, y lo hacen por placer.

En otra ocasión en la que fui a urgencias, tuve la gran suerte de coincidir con un médico majetón que chapurreaba algo de inglés, y con el que mantuve la siguiente conversación:

-Where you from? (¿De dónde eres?)

-Spain.

-¡¡¡Españaaaaaa!!!

-Ehhhh… dui (Correcto, en chino)

-You allergic medicine? (¿Eres alérgica a algún medicamento?)

-Bù shi (No)

-¡¡Iniestaaaaaa!!

-Ehhhh…

-¡¡Gasol!!

-They might be, I don’t know. (Quizá ellos lo sean, no sé)

- You pregnant? (¿estás embarazada?)

-No.

-¡¡Fernando Alonso!!

-No, él tampoco. Creo, vamos.

-Shén me? (¿Qué?)

-Mei guan xi (No tiene importancia)

-Married? (¿Estás casada?)

-No.

-Xi Ban yá dòu niú!!! (¡¡Corridas de toros!! – en chino)

-A…já.

-Boyfriend? (¿Novio?)

-No…would that affect my health? (No… ¿Afectaría eso a mi salud? Autorespuesta: Sí, a la mental)

-Ohhhh. This wo de phone hao. You problem, you call. Ok le? (Ohhhh, éste es mi número de teléfono… llámame si tienes algún problema, ¿ok? – en chinglish)

Dudaba yo entre si estaba siendo agradable o si me estaba metiendo fichas cuando me guiñó un ojo, y yo salí corriendo, poL si acaso.

Pero la experiencia más extenuante fue ayer. Tuve que ir al hospital a que me limpiaran una herida, cosa que llevaría cinco minutos en cualquier lugar del mundo donde reinara la lógica. En el Reino Central, sin embargo, debería considerarse deporte olímpico.

Llego al hospital. Voy a la ventanilla donde hay que pagar para que te den un ticket para pedir hora. Voy a la otra ventanilla a pedir hora. Pago por que me la den. Me dicen algo en chino, entiendo el piso al que tengo que ir pero no la hora. Acabo perdiendo 45 minutos de mi vida esperando a que llegue una enfermera, recoja todos los papelitos y nos separe a todos en distintas colas enfrente de distintas puertas tras las cuales se ocultan distintos médicos chinos. Me ve un médico. Me habla en chino. No me entero de nada. Sonrío. Al explicar, con mi chino del todo a cien, el diccionario del móvil y lo que me ha escrito una amiga en caracteres lo que me ocurre, me da un papelito con el que debo ir a otra ventanilla a pagar por otro papelito que me acredita como persona que necesita tratamiento médico. Tras 15 minutos de cola, voy a la sala de tratamiento, donde me hablan en chino más rato y en vez de hablar despacio o usar lenguaje corporal se desesperan y llaman a una amiga mía china para decirles que no puedo comer marisco (¿Que qué tiene eso que ver con limpiar una herida? Si lo sabéis explicádmelo, por favor). Tras eso, me dan otro papelito con el que debo ir a una ventanilla a pagar por que me pongan un sello en otro papelito para que me den OTRO papelito con el que ir a OTRA ventanilla a que me den las medicinas.

Cuando salí de ese edificio maldito que me acababa de recorrer casi por completo, me sentí triste por el Amazonas y demás bosques que estén siendo destruidos para que los puñeteros chinos tengan suficientes puñeteros papelitos que pasear por las puñeteras tropecientas ventanillas de los puñeteros cuatro pisos de los puñeteros centros médicos que han de patearse cada vez que necesitan una puñetera aspirina.

Que, pensándolo bien, quizá sea simplemente otra estrategia gubernamental para mantenerles a todos en forma. Lo que yo saco en claro de todo esto es que he de digievolucionar en un ser de mocos negros que no pille neumonías ni faringitis debido a la contaminación porque visto lo que pasa cuando vas al médico con algo simple no me quiero ni imaginar cómo es si vas con un pulmón en la mano.

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