Mi lutina matinal y desplopósitos de año nuevo

Tengo mucho sueño.

Chanchancháaaaaan, vaya manera de empezar una entrada. Pero es que es verdad. Levantarme a las seis y media de la mañana me mata mucho, muchísimo, sobre todo las ganas de trabajar.

Bueno, en realidad las primeras ganas que mata esta rutina madrugadora son las de salir de la cama. Todos los días el mismo proceso: suena el despertador, lo paro, me cago en los chinos y sus horarios, saco tímidamente un pie de la cama, se me congela, temo el riesgo de gangrena, lo vuelvo a meter. Por proteger mi salud y temperatura corporal decido dormir cinco minutos, solo cinco minutos más.

Repito el proceso anterior unas 6 veces. Menos mal que ya son muchos años con una misma y empezamos a conocernos, y tengo como dieciocho alarmas puestas, por si acaso.

Esa bola en el cielo es el sol. Sí. En serio.

Tras este bello modo de comenzar el día, intento cual practicante de yoga saludar al sol, pero habitualmente no puedo: una capa de mier… digoooo ligera contaminación me lo impide. Y los días en que puedo me echo a temblar. Literalmente. El sol de invierno pekinés trae consigo olas siberianas de frío del que debería estar prohibido por muy terso que deje el cutis.

Vistas desde mi antigua oficina en un día claro

Vista desde mi antigua oficina en un día con contaminación

Todavía con el ojillo medio pegao’ comienzo la ya famosa Operación Cebolla.

¿Que qué es eso? Pues un término que me he inventado. Soy de la opinión de que un idioma crea (o adopta) palabras para describir los conceptos que necesita describir la sociedad que lo habla, y observar las diferencias entre lenguas me fascina. En español tenemos “Sobremesa”, en euskera “Gaupasa”, en inglés tienen “Commute” (el tiempo que se tarda en ir al trabajo), en alemán “Schadenfreude” (encontrar placer en la desgracia ajena) y en japonés Bukkake. ¿Que qué viene esto a contar de las diferentes culturas? Yo que sé. O como dicen en mandarín, no me preguntes, yo sólo estoy comprando salsa de soja.

En cuanto al chino, ese jeroglífico inexplicable en el que para decir que molas mogollón te sueltan un “tú – demasiado – palo – partícula de acción completada” (y se quedan tan anchos), he de comentar que ya sé por qué no tienen religión oficial: no hay Diox que lo entienda. Así que yo, que intento hablar todas las lenguas (hasta las inexistentes) continúo con mi Operación Cebolla, es decir: ese ritual mañanero de adoración pagana a toda prenda que pueda proporcionarme algo más de calor.

Abro el armario. Miro dentro. Lo normal es preguntarse “¿Qué me pongo?”. En vez de eso, yo me pregunto “¿Qué MÁS me pongo?”. Mi atavío habitual se compone de: camiseta de tirantes, camiseta de manga larga, chaqueta o jersey (o quizá ambos), pantalones, calzado, abrigo, buff, bufanda, orejeras, guantes, gorro, a veces calentadores. Porque solo cuando te has hecho con este traje homenaje al muñeco Michelín, te sientes más o menos preparado (que no deseoso) de salir a la calle.

Como comentaba en anteriores entradas, una de mis mayores pasiones es el contar historias. Recuerdo que cuando me aburría en el metro de Bilbao, cogía algún creditrans gastado, comprobaba los días, las horas, las estaciones marcadas, intentaba hilar una línea de acontecimientos medianamente lógicos entre ellos y observaba a una persona al azar. Me intentaba empapar de su aura, su vida, su apariencia. ¿Cómo es esta persona? ¿Por qué fue a Sarriko el jueves 22 a las 6 de la tarde? El siguiente viaje fue desde Santutxu, al día siguiente por la mañana. ¿Qué le llevo allí, y cómo llegó?

Pues todos podemos ser personajes de cuento, cada alma contiene miles de experiencias, y millones de almas se concentran en Beijing. El problema es cuando todas esas almas, con sus infinitas historias, intentan entrar en el metro al mismo tiempo. El pasado 21 de Diciembre unos amigos me preguntaron, ya que vivo siete horas en el futuro, a ver si el fin del mundo había llegado por aquí. Les dije que sí, y les mandé fotos del metro en hora punta.

Hablaba de mi commute. Básicamente consiste en: camino al metro (10 min), viaje en metro (30 min), camino al trabajo (5 min).

Ampliemos esta información adecuándola al invierno:

1)      Camino al metro (-10 grados centígrados de media); 10 minutos de mi vida en los que intento andar lo más rápido posible para entrar en calor, esquivando niños cojoneros que van al colegio y padres puñeteros que los llevan en bicicleta o vehículo a motor similar. ¿Por qué es esto enervante? Porque en China el conductor tiene preferencia, los pasos de cebra están para hacer bonito y los semáforos en rojo te los puedes saltar si vas hacia tu derecha en coche. He de añadir que vivo en un Hutong (pequeña callejuela estrecha típica pekinesa), lo que agrava la situación. Viva el caos con niños y carricoches de por medio.

Mi calle en un día claro. ¿Tú meterías el coche por aquí? Yo tampoco.

Menos mal que he aprendido a andar de lado cual cangrejo por encima de los bordillos, a esquivar placas de hielo y a encontrar oportunidad de paso por los más estrechos rincones.

¿Tú te meterías por aquí con el coche? Los chinos sí.

2)      Viaje en metro (como mil grados centígrados de media); 30 minutos de mi vida divididos en dos trenes donde me aso como un pollo y aquel que eche de menos el contacto físico puede llegar a sentirse feliz. La gente va tan apachurrada que no se quita ni el abrigo (ni el gorro, ni las orejeras, ni los guantes, aunque eso no lo entiendo) – tanto, que no tengo espacio para levantar las manos y leer un libro, o algo. A veces ni el móvil.

En estos trayectos se aprende a apreciar el espacio vital y distinguir los espacios donde poder mantener tus constantes vitales. Si te vas a bajar en menos de dos paradas, es recomendable que emprendas un avance hacia las puertas de salida. El problema es que todas las almas de cántaro chinas piensan en lo mismo y se apelotonan de tal manera que es mucho más cómodo ponerse un poco en la retaguardia y ser capaz de respirar.

Si vas a pasar un tiempo relativamente largo en el vagón, puedes jugar al wondefuloso juego de las sillas. Consiste en tratar de averiguar a dónde se dirige (como en mi juego del creditrans) la gente sentada, posicionarte delante de los que creas que se van a bajar antes y mirarles mal hasta que alguno se levante. Entonces te abalanzas sobre el espacio vacío y lo ocupas con tu ser, ignorando codos, piernas y abuelas reumáticas. Dada la alta competencia y experiencia de años de todos tus rivales, es difícil ganar en esta dura competición.

Otros divertidos pasatiempos son: Mirar fijamente a los ojos de todo aquel que te clave la mirada y abra la boca como si nunca hubiera visto un extranjero; permitir que las personas que se apelotonan a tu alrededor lean por encima de tu hombro; hacer tú lo mismo; echarte colonia (huyen despavoridos); iniciar conversaciones en Chinglish con pasajeros aleatorios; hablar por teléfono en un idioma que no sea Chino (lengua que hablan los chinos) o Inglés (lengua que hablan los extranjeros según dice la leyenda) para parecerles un alien; practicar complicadas posturas de Tai Chi para esquivar la barrera humana que te impide apearte; ver los entrañables vídeos que dan por la tele, en su mayoría tonterías de Youku (youtube chino) y parafernalias pro-civismo comunistas; elaborar complicadas teorías sobre qué llevan los chinos en esas bolsas gigantes en las que vienen los edredones y que llevan por doquier dando bastante por culo; infinito etc.

El fin del mundo ha comenzado

3)      Camino al trabajo (-10 grados centígrados de media; sensación térmica al salir de la estación: -285764028670938745 grados): 5 minutos de mi vida en los que digo “Bah, si está ahí al lado, no merece la pena que me vuelva a poner todas estas capas de mi Cebolla operacional, si total en la oficina hace un millón de grados”, y se me congelan las orejas y el culo.

Así he venido empezando todos los días de la semana pasada, sí, todos, porque ya que libro lunes 31 y martes 1 hay que recuperar los días perdidos. A veces los estereotipos son ciertos, y me hacen trabajar como un chino. No me quejo porque me gusta muchísimo mi trabajo, pero siete días seguidos de madrugón y metro en hora punta le hacen a cualquiera desear que se acabe el año. Y ¡caramba! Se acaba ya.

De propósitos de año nuevo, que en mi caso suelen acabar siendo despropósitos, me había comprometido conmigo misma a actualizar el blog al menos una vez a la semana, preferiblemente los jueves, por eso de que a veces me siento identificada con ellos. ¿Lo lograré? No lo sé. Ahora mismo solo sé que el día 1 tengo libre, y tras la fiesta de año nuevo y una estimada sensación térmica de -22 grados, me van a tener q sacar de la cama con grúa o picahielos.

 

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