Cincuenta sombras chinas

Siempre he querido ser escritora. Quizá sea de ahí de donde me viene esta tan intensa intriga que tengo sobre el comportamiento humano. Encuentro sobrecogedora la manera en la que mucha gente intenta comprender los motivos subyacentes tras los actos de personajes ficticios de la (tele)novela de turno y sin embargo se atreven a (pre)juzgar, y consecuentemente, ignorar con la mayor falta de sutileza, los porqués de lo que hace y lo que de verdad hace su vecino.

Ejemplo:

Persona aleatoria: ¿A China? ¡Qué loca! ¿A comer rollitos de primavera? ¡¡Jajaja!!

(Por algún motivo extraño que no alcanza a mi entendimiento, todos creen ser los primeros en hacer esta broma, y todos la encuentran graciosa)

Yo: En realidad, no he visto rollitos de primavera por ningún lado, resulta que…

(La persona aleatoria deja de escuchar cuando oye la primera palabra que amenaza su statu quo, es decir, “realidad”)

Aunque, en realidad, lo que me asusta son esos patrones por los que veo que se cortan los comportamientos humanos, intentando encajarlos todos en una serie de cajones cuadrados donde, para caber, han de limarse las puntas de las estrellas. O esa incapacidad, o desinterés, de leer entre líneas si éstas no están escritas en algún lado, no percatándonos de que todos somos, en mayor o menor medida, personajes literarios llenos de letras muy a menudo desordenadas, entes nivolescos que decía Unamuno, utensilios de escritura con tinta invisible que pocos ponen esfuerzo en descifrar.

De todo esto pueden verse muy fácilmente ejemplos leyendo los poéticos pensamientos y frases lapidarias que algunos lectores de periódicos online dejan cincelados en ciertas noticias. Los hay tan estrechos de miras que el ejemplo del burro y la zanahoria se queda corto y tan “abiertos de mente” que a algunos se les cae el cerebro.

Ejemplo: todos aquellos que cometen barbaridades en contra de los derechos humanos básicos y defienden sus actos evocando paradigmas que ni ellos entienden, y todos aquellos que lo permiten “porque es su cultura, y hay que respetarlo”.

Sin entrar en esos temas, comento esto tras leer una encarnizada lucha semántica despertada por unos no muy acertados argumentos expuestos sobre los motivos por los que los jóvenes nos marchamos al extranjero: cierta señora, cuyo nombre no viene al caso pero merecedora de titular y entradilla, comentó que si nos estamos largando todos es por nuestro espíritu aventurero y nuestras ganas de aprender inglés – a lo que muchos contestaban muchas palabras que en inglés empezarían por la letra “F”, además de las retahílas de siempre sobre fascismos varios, muchas cómodas quejas de esas que ahí se van a quedar calentando el gallinero virtual y silenciosos gritos DE ÉSTOS alegando que si las cosas fueran bien, nos quedaríamos.

Pues he de discrepar con ambos. Entre lo blanco y lo negro siempre ha habido un millón de grises, y lo que deberíamos aprender en el colegio es a distinguirlos. Claro que, como se siga recortando en educación, vamos a acabar todos pensando (perdón, eso no, que es muy difícil) asumiendo que Unamuno es un lugar donde drogarse y que los análogos españoles del “To be” son el Ser, el Estar y el “A ver”. Bueno, eso si es que se sigue enseñando inglés, ya que según las últimas estadísticas sólo un 12% de la población española se siente capaz de mantener una conversación en la lengua de Sekspir (no especificando si dicha conversación ha de versar sobre el tiempo o sobre física cuántica). Si es que ya lo expresaba maravillosamente nuestro poliglotísimo presidente, “is very difficult todo esto”.

También SE GRITA mucho sobre los idiomas que han de aprenderse, por lo que leo. Porque si bien las lenguas vernáculas invitan a quedarse en tu lugar de origen, al parecer las foráneas animan a lo contrario, sobre todo si quieres hablarlas bien, y las tonalidades de grises sobre los motivos que urgen a la gente a aprender unas u otras son tan variadas y versátiles como las sombras de un teatro chino.

¿Qué te trajo a China? Un avión, suelo responder. ¿Y qué haces en China? A veces yo me pregunto lo mismo, contesto. Son preguntas simples, pero con el tiempo se aprende que “Simple” no es precisamente sinónimo de “Fácil”, y si no que se lo pregunten a todos aquellos que como objetivo en esta vida tienen “ser felices”.

Algún día relativizaremos y nos daremos cuenta de que el único lenguaje universal y lógico es el C++, que a veces es necesario observar desde lejos para ver todo mejor y que cuando miras las cosas del revés descubres hechos alucinantes. Por no ir más lejos (China ya lo está bastante), y hablando de extremos,  yo he tenido que venirme al otro extremo del mundo para aprender que por el otro extremo es más sencillo abrir los plátanos. Aprietas un poco y ya, no necesitas ni cuchillos  ni nada. En serio. Y jamás se me había ocurrido probarlo. Fascinante.

De todas formas, no voy a quejarme de los idiomas, ya que enseñar inglés y español me da de comer. Y si he de explicar por qué estoy aquí, mencionaría primero la gloriosa frase que dijo una de mis alumnas hace unos días: “Cuando algo no tiene sentido, puede tener cualquier significado, en cualquier lengua”. Y de segundo, recordaría que los paradigmas tratan de adoctrinarnos sobre como “son” las cosas, siendo que el verbo Ser es tremebundamente irregular.

 

 

“No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió…! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima…”

Niebla, Miguel de Unamuno

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