La teoría del embudo y la inesperada catársis

Ayer tuve una sensación muy extraña. Estaba sentada en las escaleras que dan acceso a la cafetería del Instituto Afiliado a la Universidad de Pekín (donde actualmente trabajo dando clases de Literatura, Comunicación y Español), tomando el sol y un café, saboreando ambos a partes iguales, cuando, de repente, me sentí en paz.

Ocurrió así, sin más. Estaba relajada, sintiendo los rayos de un sol que aquí en Beijing tiende a jugar al escondite con la contaminación en vez de calentar, feliz de que mi Dark Mocha supiera a café y no a hierba revenida colada con un calcetín sucio como habitualmente, viendo a los chavales pasar. Varios me saludaron. Y comencé a preguntarme si realmente les aporto tanto como yo siento que ellos me aportan a mí.

Tuve mi primer choque generacional hace una semana, a mis 28 años. Pensé que esas cosas no ocurrían hasta los, no sé, 50 o así. Pero cuando terminé de escribir los deberes en la pizarra y vi como todos mis alumnos sacaban el móvil y le sacaban una foto en vez de copiarlos en un cuaderno o similar, me sentí muy vieja de repente. Zas, en toda la boca, que le dicen.

…un amigo me dijo una vez que tengo un embudo encima de la cabeza. Siguiendo esta teoría, todas las “marcianadas” (término, sospecho, también acuñado por mi amigo) que deberían ocurrirle a las personas de mi alrededor caen rodando por dicho embudo y acaban sobre mi persona, provocando que de algún modo acabe… no sé, dando clase en China, se me ocurre.

Mucha gente trata de adoctrinarme ordenándome que mate mi espíritu infantil. Yo paso por su lado con disimulo, jugando a ser mayor, preguntándome aún qué tiene de malo disfrutar de cada instante de esta vida. Me preguntaba eso mismo mientras observaba café en mano y sol en cara  a mis alumnos, y me di cuenta de varias cosas:

Ya no tengo su edad. He superado la etapa en la que se encuentran. Eso no me hace mejor que ellos – sólo diferente.

No soy china. Mi adolescencia fue otra. Me cuesta entender cómo funciona su mente. Eso no significa que la mía no funcione bien.

Soy profesora. Ellos, alumnos. Pero yo aprendo y ellos me enseñan, y me fascina este cambio de roles simbiótico. Eso no quiere decir que todos los profesores se sientan así.

Comencé en ese momento a plantearme si no sería hora de cambiar las normas de mi juego, de hacer cosas normales (aunque nunca he sabido muy bien qué significa eso), de dejar a un lado los chistes malos y volverme seria.

Y entonces ocurrió la magia. Dos chicos pasaron lo suficientemente cerca como para que pudiera oírles. Uno dijo “Horse Horse Tiger Tiger”, y el otro se rio. Yo también me reí. Me reí porque entendí la broma: “Ma” es “Caballo” (Horse) en chino, y “Hu” es “Tigre” (Tiger), pero “Ma ma hu hu”, en chino, significa “Más o menos”.

De repente lo entendí todo (literalmente). Saqué el móvil y me puse a escuchar música, en inglés, en castellano, en euskera; disfruté de cada nota, de ser capaz de entender las letras, de estar viva, de seguir aprendiendo cada día, del sol, del café, de ese momento de felicidad  íntima tan difícil de explicar. Y recordé que un día una de mis personas favoritas, tras enseñarme a montar en bicicleta unos 20 años más tarde de lo “normal” (aprendí a los 26) me dijo: “Ni se te ocurra avergonzarte de haber aprendido “tarde”. Has aprendido ¿no? Y lo has hecho muy bien. ¿Ves? Otro logro…”

Porque los logros, la valentía, la sabiduría, la experiencia, no se miden con una regla, ni en kilómetros, ni en Masters, ni en ningún baremo conocido. Este último año en China ha sido para mí como estudiar un Master de Vida, aunque no sé muy bien cómo encajarlo en mi currículum.

Un año ya… ¿y cómo he llegado aquí? ¿Cómo he acabado viviendo experiencias catárticas invisibles e incomprensibles en la puerta de un instituto chino? ¿Cómo empiezo a contarlo todo?

Por el principio, supongo. Y supongo que el principio lo puedo establecer en el momento en el que llegué a China y descubrí lo que realmente significa “choque cultural”, en un país donde mil culturas convergen en una sola y nunca dejas de sorprenderte. Admito tener mucho que aprender todavía, así que voy a coger mi embudo y lo voy a lucir con orgullo, del derecho y del revés, a ver qué ocurre.

Próximamente: Guarderías chinas, problemas comunicacionales, Little Pussy y Happy Beaver.

 

 

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