Vivirse de miedo

“Todos quieren cambiar a la humanidad, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo”

León Tolstoi

 Año nuevo, vida nueva.  Al menos así reza el dicho popular. Como si esto fuera parte de algún tipo de acción-reacción. Cambia el año y te cambia la vida. Me como las uvas y me convierto en calabaza.

Hay cosas que cambian por sí solas y nadie puede hacer nada por evitarlo (como los años), y cosas que podemos intentar cambiar nosotros (como nuestra vida)… si nos atrevemos. Vamos, que ha comenzado el 2014 y, aparte de las desenfrenadas muestras de amor y afecto en las redes sociales, todo parece seguir igual que siempre.

¿Os acordáis de aquél anuncio del año Chimpún en el que te decían que si levantabas un dedo te caía un Donut? Pues esto es parecido. Entonces se olvidaron de decirnos que antes de que te caiga el Donut en el dedo tienes que desembolsar un euro; al igual que ahora esos deseos copypasteados del CaraLibro se olvidan de recordarnos que los tornados no surgen por generación espontánea… sino que inicialmente los provoca el aleteo tímido de una mariposa. Vamos, que, hablando en plata, para cambiar tu vida hay que mover el culo.

Pilláis la idea

Uno de mis alumnos de Escritura Creativa leyó en una de nuestras últimas clases un texto sacado de una canción china-pop-molona, que hablaba de la importancia de ser la estrella más brillante del cielo, soñar, esperar al amor eterno… ya sabéis, esas cosas Disney que acaban dando un poquillo de asco. En su inflamado discurso  defensor de esa maravillosa y nunca trillada lírica, resaltó lo inspirado que le hacía sentir la letra y lo motivado que está ahora para perseguir sus sueños (al parecer, corren).

Observo, con cierta tristeza, lo que muchos de mis estudiantes tienen en común con mis contactos de las redes sociales en Navidad: Eligen algo “bonito-chachi-inspirador” que les gusta y lo repiten, sin saber qué dicen, hasta la saciedad; hasta que pierde el significado, hasta que sus pensamientos y sentimientos individuales se convierten en colectivos porque son “los que tienen que tener” y ahí se quedan.  ¡¡Sé feliz!! ¡¡Realiza tus sueños!! ¡¡Es una orden!!

Pero ¿cómo vas a realizar tus sueños si no sabes soñar?

La respuesta puede estar en la curiosa diferencia gramatical entre “Tener un sueño” y “Tener sueño”. Y es que para salir del aletargamiento en el que vivimos sumergidos (y muchos ahogados), sólo tenemos que definir nuestros ideales. UN sueño. Qué curioso que para definirlo usemos un artículo indefinido, e indefinido es también el adjetivo cuando sobran: Muchos sueños. Pero lo difícil es saber enumerarlos y explicar cómo vas a conseguir realizarlos, con tu par de huevos. Dos huevos. Que son muchos.

Hay demasiada gente que parece tener miedo a soñar por si acaso todo sale mal y acaba en pesadilla. Sin embargo… ¿cuál es la diferencia entre un sueño y una pesadilla?

Que en una pesadilla sientes miedo.

¿Veis a dónde quiero llegar?

Tener miedo a tener miedo es tan absurdo como estar enamorado de la visión idílica y bucólico-pastoril del amor. Ambas son emociones reales que afectan nuestro raciocinio, tan difíciles de explicar que están basadas en simples proyecciones sociales de lo que deberían ser, y que aprenderíamos a relativizar haciendo una simple comparativa.

En mi caso, tengo miedo del amor y estoy enamorada del Miedo. Tengo miedo todo el tiempo, pero, como le amo, le mimo y convivo con él; y le hago parte de mí, y permito que me ayude a crecer. Y él crece, a su vez, conmigo. Nos tenemos mucho respeto, nos damos libertad; a veces invade mi espacio – y me asusta, y me agobia, y me estresa. En esos momentos discutimos. Y le grito, y le encaro, y me enfrento a él. Hacemos las paces, y avanzamos un paso más. Juntos. A veces soy yo la que invado su espacio; entonces me abraza por detrás, de repente; se mete en mi pecho, en mi estómago y me frena, y me susurra al oído que he ido demasiado lejos. Pero he aprendido a escucharle. Mi querido Miedo no me doblega; me hace fuerte y sensata.

Se tiene miedo a lo desconocido. Cuando el Miedo te es desconocido, le tienes miedo. Cuando conoces el Miedo, lo utilizas para resolver otros problemas. Para superar un temor, te enfrentas a él, ¿no? Pues para no tener miedo al Miedo, hay que tener miedo.

 

No solo lo digo yo

Yo, que por votación popular estoy un poco mal de la azotea, me psicoanalizo de vez en cuando. Por eso de que mola y tal, ya sabéis, lo de Conócete a ti mismo y toda esa parafernalia.

He sido capaz de discernir dos traumas en mi pasado.

El primero sucedió cuando tenía unos seis o siete años. Mi padre estaba viendo una de esas películas que a mi tierna edad se me antojaban apetecibles únicamente porque las tenía prohibidas. “¡Que da mucho miedo! ¡Vete a tu cuarto!” me espetó. Y yo, que incluso antes de convertirme en profesora ya pensaba que la mejor manera de aprender algo es experimentarlo por uno mismo (¿cómo que pegarse cabezazos contra la pared duele? ¡No me lo creo! PLOF), me pasé por el arco del triunfo sus recomendaciones y repté cual serpiente por el pasillo hasta asomar la cabeza al salón.

En la pantalla del televisor un niño de aproximadamente mi edad estaba acostado en la cama, durmiendo plácidamente. Un ruido le sobresaltaba. Toc. Toc. Mi análogo cinematográfico abría un ojo y las orejas, preguntándose qué podía ser ese sonido. Toc. Toc. Yo también me lo empecé (Toc) a preguntar. Toc. El chiquillo se levantaba. Toc. Miraba por todas partes. Toc. Estaba solo, Toc, en la habitación, Toc, en la semioscuridad. Toc. Se aproximó a la ventana. Toc. La música subió. TOC… y paró de repente cuando descorrió la cortina.

Toc. Toc. Toc.

Un crío con pinta de estar muy muerto flotaba frente a la ventana, sus nudillos blanquecinos golpeando el cristal. Toc… TOC.

Nunca he sido muy buena velocista, pero creo que en ese momento senté un récord aún no batido en mi vida: salí corriendo por patas, acongojada por no decir otra cosa, gritando y agitando los brazos en alto.

He aquí al hijoputa

Durante días enteros me negué a abrir la ventana. Los sonidos más leves me ponían los pelos de punta. Como les había desobedecido, no podía explicarles a mis padres qué me pasaba. Lo pasé fatal y lo sufrí en silencio hasta que me dije “Bueno, Silvia, ya está bien, ¿no? que sólo era una peli”.

Empecé entonces a autotratarme con la semitortura que es la terapia de choque: me forcé a tragarme todas las películas de terror habidas y por haber; a leer libros de Stephen King a hurtadillas, a ver la serie Pesadillas (ya ves tú qué pánico), a contar historias sobre gente que se muere mucho a la luz de una linterna en los campamentos de verano. Durante años no paré. A día de hoy, no recuerdo cuando fue la última vez que me asusté viendo una peli.

Y sigo sin parar. Me curé el vértigo montando en globo sobre la Capadocia, el miedo a quedarme ciega recorriendo mi casa a oscuras y adoptando las sombras como temática fotográfica, la timidez me la tragué presentándome a gente estupenda de todos los puntos del globo y el temor a lo Desconocido se eliminó conociendo.

Ahora veo el Miedo como algo a lo que enfrentarme para adquirir nuevas habilidades. Y es genial. Es tan genial que asusta.

La oscuridaaaaaad se cierne sobre miiiiiiiiiií (y las sombras quedan chulas)

Pondré otro ejemplo. Una de mis alumnas quiere tomarse un año sabático antes de ir a la Universidad e ir a España a estudiar castellano. Me pidió consejo para resolver algunas de sus dudas, porque esto de salir de tu zona de confort es difícil para las personas de todas las nacionalidades.

-Mis padres están preocupados por mi seguridad. – me explicó.

-Es normal. Viene con el carnet de padre.

-Sobre todo tienen miedo a las mafias italianas, no me vayan a raptar.

- (tras atragantarme y quitarme el hacha de la cabeza) A ver, cariño… ¿Sabes que la mayor mafia ahora mismo en España es la China?

-…¿en serio?

-¿Tus padres han estado alguna vez en Europa?

-No, nunca han salido de China. Bueno, mi padre ha ido a Corea del Norte.

-…a Corea… ¿DEL NORTE?.

-Sí.

-…¿y tiene miedo a las mafias italianas…?

(Si os habéis reído con el anterior diálogo tengo algo que contaros: los chinos se descojonan cuando un guiri piensa que su dieta se basa en rollitos de primavera y grillos fritos)

- ¿Y a ti? – le seguí preguntando – ¿te da miedo algo en particular?

-Sí – reconoció – Tengo miedo a que me discriminen por ser diferente. ¿A dónde me recomiendas ir?

Suspiré.

-…a Shanghai.

(Si os habéis reído con el anterior diálogo tengo algo que contaros: seguramente, en vuestra vida, hayáis dejado de hacer algo por este mismo temor. Esto NO va a parar a mi alumna. ¿Y a vosotros?)

 

http://www.chino-china.com/hablar/tema/cat_18_tengo.miedo.html

 

El segundo trauma fue con un caballo.

Tenía yo, no sé cuántos, pero pocos años también, cuando me dio por pintar garabatitos y enorgullecerme por ello. Algunos no estaban mal para mi edad, quiero pensar. Un día dibujé una granja primorosa con animalitos felices y corrí a enseñárselo a mi madre.

-¡Oh, qué bonito!- me mintió, rezumando amor maternal por mí – pero ¿por qué está la mesa atada al árbol?

…no era una mesa. Era un caballo. Me llevé tal berrinche que decidí dejar de dibujar, y dedicarme a otras cosas que se me dieran mejor, como a la aplicación del surrealismo a una vida plena.

Y el primer surrealismo de 2014 ha sido abrir la puerta del baño de la oficina y ver un gato. Sí, sí, un gato. Yo lo miré. Él me miró. Hizo “Miau”. Yo no dije nada. Se aburrió de mi cara atónita y mi falta de conversación y se fue. Había ganado la primera batalla.

Antes de venir a China, comenté con una de mis mejores amigas que en el horóscopo chino (que se rige por el calendario lunar), yo soy la Rata de Madera.

-Sí, venga- contestó – y yo el Gato de Escayola.

En realidad ella es el Buey, creo que de madera también, pero de eso no me enteré hasta llegar aquí y empaparme un poco de la cultura local. Su comentario fue gracioso porque el Gato es el decimotercer animal del horóscopo chino, no incluido en la selección final, y amargado por ello.

Cuenta la leyenda que el Emperador de Jade convocó a todos los animales y les prometió una recompensa a los doce primeros. La Rata, sabiéndose no muy veloz, se aprovechó de la bondad del Buey y le pidió que por favor les llevara a su amigo el Gato y a ella en el lomo. El Buey accedió y se encaminaron hacia el Palacio.

Sin embargo, en el camino, tuvieron que atravesar un río. La Rata, astuta, saltó del morro del Buey cuando estaban casi en la orilla, y corrió y corrió hasta llegar la primera. Pero no se dio cuenta de que al saltar empujó a su amigo y éste cayó al agua, no consiguiendo llegar a tiempo.

Quedó así el Gato fuera del horóscopo, jurando odio eterno a la Rata (a la que ataca sin piedad cada vez que ve) y con pánico al agua.

¿Qué hacía aquel Gato en el baño? ¿Quizá enfrentarse a sus temores, cerca de los grifos y las cisternas? ¿Quizá esperarme, a mí, Rata, para atacarme cuando más indefensa estoy, y vengarse?

Ha terminado nuestro año 2013, pero el año chino aún durará un par de semanas. Se despide la Serpiente y empieza el Año del Caballo. ¿No será tiempo de enfrentarme a mis demonios y mis traumas no resueltos? ¿No será tiempo de encararme una vez más al Miedo, besarle en la frente, sonreír y seguir viviendo?

Sí. Creo que ésos serán mis propósitos de Año Nuevo.

Xin Nian Kuai Le, Feliz año nuevo

Salí a buscar al Gato, mi mitológico potencial enemigo; lo cogí en brazos – a veces cargar con tus temores es más fácil y agradable de lo que se cree. Pregunté por las oficinas.

-Oh, es el amigable Gato que merodea por el colegio. – Me aclaró un compañero, porque, claro, eso tiene sentido.

Choca esos cinco, joé.

Desde entonces el animal, que es más cariñoso que nada, se pasea por los pasillos, recibiendo mimos y comida de los estudiantes y los profesores por igual. Tenía hambre simplemente, el pobre. Sí, claro que ésa es una explicación mucho más lógica que la mía horoscopal. Pero quizá es porque soy capaz de hacer analogías entre seres mitológicos y mascotas callejeras, ver historias mágicas en acontecimientos simples y oportunidades de crecer como persona en retos diarios por lo que enseño Escritura Creativa. Quizá porque sé soñar y muevo el culo me gusta tanto mi vida, por muy asustada que esté y muy cuesta arriba que se me haga muchas veces.

Yo voy a seguir soñando de manera sana. Voy a seguir luchando por cambiar lo que no me gusta, sin esperar que un nuevo año venga, por antonomasia, a cambiarme la vida.

“Ojalá vivas todos los días de tu vida”

 Jonathan Swift

PD: Ha sido terminar de escribir esto y tratar de dibujar un caballo. Me queda un largo camino por delante…

Un amigo siempre me dice que dibujo bien, pero creo que me miente.

 

PD2: Claro que éste es el peluche de “Caballo de Año Nuevo” que me han regalado unos compañeros de trabajo… no voy taaaaaaan mal :)

为什么不, por qué no :)

Aprendiendo a hostias

Lo que nos hace personas normales es saber que no somos normales

- Haruki Murakami

 

El otro día conocí a un tipo que me hizo un comentario que jamás hubiera esperado. Su aparición en mi vida no es siquiera digna de mención; un amigo de unos conocidos al que acabé queriendo abofetear con la mano abierta y al que, con suerte, no volveré a ver.

Pero, como alguna creencia dice, “todo ocurre por alguna razón” y…

(Breve pausa para informarme de a qué religión se le podría atribuir dicha frase; rezo a San Google, me responde con muchos links sugiriendo la existencia de una novela escrita por Justin Bieber sobre la cual, hasta ahora, gracias a dios no había oído hablar en mi vida… espera, empiezo a entender la “Gracia de Dios”)

(Segundo intento, añadiendo mi teoría: “todo ocurre por alguna razón”+ budismo, voy a tener suerte… primera respuesta de San Google: “Técnicas de ética sexual budista”. Desisto. Ya. Ya lo pillo. Tiene gracia. Ja-ja)

…quizás necesitara que alguien me lo dijera. Eso sí, no sé si fue por el karma o como castigo al grandísimo pecado de ser una mala hembra y estar bebiendo cerveza en un bar un sábado a las 3 de la mañana.

Desde que vivo en el extranjero – y sobre todo en China, he conocido a los más variopintos personajes con las más erráticas profesiones. Desde un mejicano cuyo sueño es abrir una granja de grillos para montarse en el dólar fabricando harina de insectos machacados, hasta un diseñador de sillas de montar francés; pasando por un jugador de póker online profesional australiano y un belga que exporta palomas mensajeras (¡¡hasta tres mil euros el bicho, señores!!).

El sujeto que mencionaba antes está escribiendo su tesis sobre Budismo en el siglo VI, es decir; seguramente sepa mucho más que yo de religiones. De hecho, yo de este tema no sé un carajo: ¿Por qué en el siglo VI? ¿Por qué Budismo y no cualquier otra doctrina? ¿Por qué vivir en Beijing y no en otra zona con mayor reminiscencia budista?.

Yo no me veo escribiendo una tesis de aquí a un futuro cercano por el simple hecho de que mi curiosidad insaciable me impediría dedicar tres – cuatro años de mi vida a la investigación de un tema específico. ¡Uno solo! ¡Dios mío (y de mucha gente más)! De ahí que dedujera que independientemente de, como resaltó uno de mis mejores amigos al contarle esta historia, el maravilloso momento que tuvo que ser llegar a su casa y decir “¡Mamá, ya sé lo que quiero estudiar!”, el concepto “Budismo en el siglo VI” tenía que ser mucho más fascinante de lo que resultaba de entrada. Así que le pregunté qué era eso que yo no estaba viendo, qué le motivaba a investigar este asunto en particular, qué era lo que le apasionaba de ello.

Quizá fuera que era tarde, que tenía sueño, que iba algo pedo, que tenía más ganas de debatir temas cárnicos que “kármicos” conmigo, no sé. La cosa es que contestó con un bufido, mientras se encogía de hombros. “Yo que sé. No es tan interesante. No me irás a decir que a ti te fascina tu trabajo, ¿no?”

Ojiplática ante la perspectiva de la inversión de tiempo ¡y ganas! que debe requerir un doctorado en un tema que no te hace la más mínima ilusión (y al que seamos sinceros, no le veo muchas salidas laborales si es que ese es su objetivo), le contesté que sí, que mi trabajo me fascina. Que me flipa. Que aprendo cada día algo nuevo, que me gusta tanto que a veces me sorprende que me paguen por ello. Y que soy consciente de la gran suerte que tengo de poder decir eso, y que me siento muy agradecida por ello. Y ante su cara de incredulidad añadí: “Porque considero importante estar agradecido por las cosas que tienes. ¿Tú no?”.

Y aquí viene la respuesta:

“Cómo se nota que eres cristiana.

Zas. En toda la boca. Como la hostia (sagrada) que me comí a los nueve años porque me dijeron que mi tía me iba a regalar un televisor.

Que se me nota que soy cristiana. ¿A mí? ¿A mí, que cuando me preguntan que qué religión profeso, contesto que cuando tenía un mes  un señor me mojó la cabeza en una pila? ¿A mí, que a los siete años me sacaron del catecismo por dibujar a un periodista consternado al ver que el Papa se da un bañito en su piscina privada cuando quiere olvidarse de los problemas del mundo? ¿A mí, que en mi primera (y última) confesión, destinada a llegar a la comunión en estado de gracia, me inventé (¡qué gracia!) pecados porque los reales eran aburridos? ¿A mí, que el día de mi Comunión insistí en vestirme de calle porque “no quería parecer un paracaídas repolludo”? ¿A mí, que a la edad de trece le saqué los colores al profesor de Religión pidiendo explicaciones sobre pasajes de la Biblia que incitan a lapidar mujeres que hayan sido violadas en la ciudad “porque podrían haber gritado pidiendo ayuda y no lo hicieron”, y equipara el suceso al adulterio? ¿A mí, que estoy a favor del aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual, los anticonceptivos y el sexo prematrimonial? ¿En serio? ¿A MÍ?

(Releyendo esto, yo apuntaba maneras desde pequeñita, ¿eh?)

Pues sí, oye, a mí. Al parecer doce años en un colegio religioso pasaron factura, yo que sé. Igual tengo más de cristiana de lo que yo creía. Porque me pongo a pensar y me sé el Padre Nuestro en español, en Batua y en Bizkaeraz. Porque me pongo a pensar y celebro la Navidad y todo eso. Porque me pongo a pensar y nunca he matado a nadie, santifico todas las fiestas que puedo (el cómo ya es otro asunto) y mi sinceridad me ha metido en más de un problema.

Porque me pongo a pensar y… un momento.

Um.

El otro día, en la oficina, sufrimos una conmoción. Una de mis compañeras, americana, estaba corrigiendo los errores gramaticales de un trabajo que había escrito una de nuestras mejores alumnas. Al revisar la sintaxis de una de las frases, señaló que se había olvidado de añadir un “no”. Sin el “no”, parecía que lo quería decir es que la educación dañaba la creatividad.

Pero no era un error.

“No, la educación daña la creatividad. Educación es que otra gente te diga lo que tienes que pensar, creatividad es decidir por ti mismo lo que quieres pensar”

Creo que si nos hubieran lanzado al lago helado de BeiHai no nos hubiéramos quedado más fríos. ¿Y qué respondes a eso?¿Cómo decirle que el significado de “educación” no es ese, sin decirle lo que debe pensar? ¿Considerará que la estamos educando? ¿Y si no es así, qué estamos haciendo?

Otra estudiante, describiendo en chino su experiencia en la escuela secundaria a otro compañero que habla el idioma, utilizó un término que él desconocía. Tras buscarlo en el diccionario, resulta que el significado principal era “Irrigar”. Pero no, no, la alumna se refería a otro significado de la misma palabra, “Educar”.

Es decir, que en chino “Educar”

(Del lat. educāre).

1. tr. Dirigir, encaminar, doctrinar.

2. tr. Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.. Educar la inteligencia, la voluntad.

3. tr. Desarrollar las fuerzas físicas por medio del ejercicio, haciéndolas más aptas para su fin.

4. tr. Perfeccionar, afinar los sentidos. Educar el gusto.

5. tr. Enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía.

 

es lo mismo que “Irrigar”

(Del lat. irrigāre, regar, rociar).

1. tr. Dicho de una arteria: Llevar sangre a un órgano o parte del cuerpo.

2. tr. Aplicar el riego a un terreno.

3. tr. Med. Rociar o regar con un líquido alguna parte del cuerpo.

 

Es decir, que en la idiosincrasia china, cuando escuchan la palabra “Educar”, entienden que alguien te riega con conocimiento y tú lo tienes que absorber, y crecer con él, y no ser una mala hierba ni una fistra pecadora creativa que elige qué pensar.

Creo que ésa es la diferencia. Porque me pongo a pensar y me doy cuenta de que SÉ pensar. Por mí misma. Que en algún momento aprendí. Que si tengo una serie de valores y costumbres como dar las gracias, ayudar al prójimo, solo pedir perdón cuando lo siento de verdad, luchar por lo que quiero, amar con todo mi alma y decir claramente lo que pienso es porque YO misma con mi mecanismo he decidido que sea así.

¿Pero es todo decisión mía?

Estos días el gallinero virtual se está calentando bastante gracias a un anuncio que dice que “Uno puede irse, pero no hacerse”, y que curiosamente pertenece a una empresa cuyos principales inversores son chinos. Yo diría más bien que “Uno puede hacerse… pero no cambiarse a propósito” pues hay cosas como el cachondeo, la distancia personal y el significado social de una mesa llena de comida que te las “irrigan” desde pequeñito y no puedes evitar echarlas de menos.

El ser buena persona no creo que venga solo de tu religión sino de los distintos aspersores que hayas tenido en tu infancia, y personalmente me quedo con una frase que escribí estando en Kenia: “Creía estar preparada para un choque cultural, pero no esperaba que en vez de un choque fuera una hostia en la boca”. Y es que con esa hostia aprendí mucho más que con la que el cura me metió en la boca a los nueve años. A veces, aparte de dejarte “irrigar“, tienes que comerte algo de mierda, por eso del abono.

Una vez me preguntaron: “¿Qué enseñas?” e instintivamente mi respuesta fue “No tengo ni idea. Te puedo decir lo que me gustaría estar enseñando. Pero lo que en realidad están aprendiendo se me escapa”. La responsabilidad de los profesores (¿educadores?) es mucho mayor de lo que la mayoría reconoce, porque, hostias, es la hostia que algunos piensen, con su mala hostia, que una hostia a tiempo hace la hostia a toda hostia. Que cada uno interprete lo que quiera.

En China, donde no hay religión oficial, he aprendido, a hostias, mucho más de lo que creía. Mucho más de lo que esperaba. Pero creo que esos golpes, más que malearme, me han pulido.

Ahora, espero y deseo que si mis estudiantes aprenden algo de mí (ya sea por irrigación creativa, choque cultural o de cualquier otra manera) sea el modo de tallar las aristas de los diamantes que yo veo que pueden llegar a ser. Y que la joya en la que se engarcen sea decisión suya.

 

Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos

– Eduardo Galeano

Oda a mi visado Z

“Son ya tres semanas y un día

los que he pasado contigo;

provocas paz y armonía,

e irradio gran alegría

al proclamarte mi amigo.

Por ti he luchado y aún lucho

pues la burocracia me lía

y hay algún chino muy ducho

en liarlo todo muy mucho

por casi cualquier tontería.

Pero ¡bienvenido a mi vida!

Grito y proclamo – y revelo:

¡No miento, ni tengo sida!

Y excesiva es la medida,

Y excesivo es el recelo.”

 

Estoy TAN contenta de ser la orgullosa poseedora de un Visado de Trabajo que he estado a punto de currarme un soneto alejandrino. De verdad. O de sacarle una foto de estudio, ponerle nombre y hacerle una página en Facebook solo para darle al “me gusta”.  O de reinterpretar la primera secuencia de “El Rey León”, levantando mi documentación en alto y gritando Waaaaaaaaaachuweñaaaaaaaaa en la cima de un risco al atardecer mientras cientos de criaturas inferiores (es decir, aquellos que aún ostentan visados business o de estudiante o similar) miran con admiración cómo un rayo de sol ilumina la letra Z de la nueva pegatina que, tras largos meses de lucha desmedida, llena de orgullo y satisfacción mi pasaporte.

Todos sabemos que las Zetas lo Petan

Y es que la versión china de “World War Z” versa sobre el periplo iniciado por unos guiris que intentan obtener un Visado de Trabajo (a.k.a. una vacuna que, al volverles invisibles a las autoridades del Reino Central, les permite seguir con su vida normal sin temer un día ser reducidos por policías y expulsados del país) y mueren en el intento ya que los zombies, es decir, chinos aletargados que sólo saben poner sellos y más sellos, les persiguen pidiendo cosas aleatorias y acaban comiéndoles el cerebro.

Todos aquellos que creéis que la burocracia española es peor que un grano en el culo es porque no os habéis enfrentado a “La BuLocLacia”. No existen palabras para describirla. No al menos de forma resumida. Por eso voy a dedicarle un post.

Intentaré explicar el proceso de obtención del Visado Z de la forma más clara posible. Para ello utilizaré ejemplos reales.

De primeras, expliquemos qué tipos de Laowais (extranjeros) pueden mostrar interés en entrar en China y no salir antes de 72 horas.

  • El Laowai Turista: Sus objetivos son comprensibles. China es un país inmenso lleno de bellezas paisajísticas y culturales; recorrerlo puede ser apasionante.
  • El Laowai Estudiante: Reconozcámoslo, el Reino Central es uno de los países del futuro. Ya vengan a estudiar el idioma o a añadir experiencia internacional a sus estudios, las perspectivas de tener cosas chachis escritas en el currículum (por un lado) y la de tener gente extranjera que dé prestigio y deje muchos yuanes en la economía local (por el otro) hace de esta relación simbiótica una win-win situation, que le llaman.
  • El Laowai con familia en China: Aprendimos todos con El Padrino que la familia es un tema muy serio y que lo que pase dentro de la casa de cada cual es asunto suyo y de sus parientes. De ahí que haya oído (aunque no haya confirmado las fuentes) que existe una ley en China que reza que los casos de parricidio u homicidio similar acaecidos dentro del seno familiar han de ignorarse pues son “asuntos de familia”. Tócate los Jï Dàn y chúpate esa, Marlon Brando.
  • El Laowai que pasa por aquí: Ya sea por negocios, por tránsito, por un espectáculo comercial, por lo que sea. Viene y no se va a quedar mucho. Se supone.

Todas estas categorías de Laowai tienen algo en común: obtener un visado es un procedimiento tedioso, pero si se es lo bastante avispado y meticuloso puede conseguirse a la primera. Voy a centrarme en la última categoría:

  • El Laowai Trabajador

(Se oye música de terror de fondo que va in crescendo hasta acabar en un espeluznante Chan-chan-chááááááááááánnnnnnnnnnnnnnnnn)

Supongamos que, por cualquier motivo, quieres trabajar en China. Que tú, de motu propio, quieres trabajar en China. Obviemos los casos en los que: te trasladan a China, te envían a una sucursal china por un tiempo, haces negocios con China, tienes que viajar a China a menudo por trabajo… hablo de trabajar EN China. Porque quieres. Vamos, que como sea YA estás en China y quieres trabajar. Y querer es poder… pero a veces es jodido.

Problemas potenciales: Que tu situación no se ajuste a ninguno de los puntos anteriores y nadie sepa qué hacer contigo.

Soluciones sugeridas: Be water, my friend. Paciencia…

De primeras tienes que encontrar una empresa que quiera contratarte. Parece una perogrullada, pero no lo es. Convencer a una empresa china de que eres lo suficientemente molón como para ser honrado con el hecho de trabajar en su compañía (esto no es sarcasmo, es humildad asiática) no es fácil, y habitualmente los consejos de Lanbide no sirven para nada – léase en entradas anteriores cómo conseguir un trabajo pidiendo al entrevistador que haga la croqueta por el suelo.

¿Por qué es importante (aparte de para que te den trabajo)? Porque uno de los documentos que vas a necesitar es un Certificado de la empresa diciendo que quiere contratarte.

Documentos que te pueden ayudar y que es recomendable llevar en un pendrive en el llavero: CV completo en varios idiomas. Copia del Título Universitario, con cuantos más colorines mejor. Traducción al, al menos, inglés. Copia de tu pasaporte y visado actual. Copia de todos los documentos que puedas encontrar que acrediten tu experiencia laboral. Fotos tuyas luciendo profesional. Muchas. No es coña.

¿Por qué es importante? Una vez superado este paso, es la empresa la que ha de convencer al Gobierno de que eres lo suficientemente molón como para que te permitan trabajar en el país legalmente. Para ello, aparte de todos los documentos especificados, HAS de tener carrera, dos años o más de experiencia en el campo en el que vayas a trabajar ¡Y! de alguna manera demostrar que puedes desempeñar ese trabajo mejor que un chino. Este último juicio, por cierto, pertenece al Gobierno.

Problemas potenciales: Si eres profesor de español es más o menos fácil que se crean que puedes hacerlo mejor que un chino… lo siento por los tornero-fresadores. Curiosamente, las profesiones más comunes entre los extranjeros son, aparte de los docentes, los arquitectos…

¿Alguien más ve algo raro aquí?

Soluciones sugeridas: Activa tu verborrea. Al fin y al cabo, eres un Laowai molón. Créetelo. Haz que se lo crean. Y paciencia.

Cuando tu empresa haya convencido al Gobierno de que molas, te hayan expedido un Permiso de Trabajo y creas que ser calificado como “Laowai Molón” es suficiente… ¡te equivocas! La gran mayoría de las veces investigan tu pasado para averiguar si los documentos aportados son auténticos y te piden certificados penales de todos los países donde hayas vivido en los últimos x años.

Problemas potenciales:

  • Que uno de los países donde has residido en los últimos años sea, no sé, Hungría… y te las tengas que ingeniar para contactar con la policía húngara, habitualmente políglota y con ganas de ayudar (ja), para que certifiquen que durante tu estancia en Budapest no te dedicaste a delinquir.
  • Que sufras un infarto del susto que te da una empresa americana, subcontratada para investigar tus datos, cuando empiezas a recibir emails amenazadores diciendo que tu universidad no ha oído hablar nunca de ti. Cuando descubres, después de muchas llamadas, e-mails y tranquilizantes, que han contactado con la Universidad Politécnica de Valencia en vez de con la EHU-UPV, es posible que vuelvan a sospechar de ti al no encontrar “el campus de Leioa”, sólo “el campus de Bizkaia”. Suda hasta que consigas demostrarles que es lo mismo.

Soluciones sugeridas: Pacieeeeeeenciaaaaaaaaa…

Una vez han comprobado tu pasado, evolucionas de “Laowai Molón” a “Laowai Molón, Bueno y Sincero”, que, lo siento, aún no es suficiente. Tienes que subir otro nivel.

…tienes que pasar un examen médico.

Que no te engañen como a un chino. Si tienes fiebre, no te dejan entrar en el país.

Esto, que a primera instancia no parece difícil, crece en dificultad cuando le añades pruebas de SIDA, venéreas, hepatitis, electrocardiogramas, placas de pecho, test de vista… varios hospitales en Beijing ofrecen a los Laowais, en solo una mañana, superar todas estas pruebas – rollo Hércules y sus 12 trabajos para alcanzar el Olimpo, pues esto debería ser deporte Olímpico. El concepto en sí es como una yincana; al entrar te dan una ficha con varias casillas donde, al realizarte el control pertinente, te ponen un sello. Es decir, que tú entras, te preparas, listos, ya, y corres de una habitación a otra donando sangre, orina, mirando a lo lejos, pesándote, haciéndote radiografías, poniéndote electrodos en el pecho y haciendo otras mamarrachadas hasta conseguir completar la colección de estampitas que, previo pago, se convertirá en un bello Certificado.  El Certificado Médico que te acredita como Laowai digievolucionado en “Laowai molón, bueno, sincero y sano” que desea trabajar en la China Capuchina.

¿Por qué es importante? Es el último documento necesario antes de abandonar el país. ¿Qué? Sí, sí. Sigue leyendo, que no se acaba aquí.

Problemas potenciales:

  • Que estés en Bilbao cuando te comuniquen que a la secretaria de tu colegio se le han “traspapelado” varios documentos y tengas que conseguir otro Certificado médico. En Agosto. En la Seguridad Social. En tres semanas. EN CHINO.
  • Que cuando vuelvas a China con tu certificado médico en español al encargado burocrático no le guste y te haga repetir la yincana (pagando, por supuesto).

Soluciones sugeridas: Paciencia y mirar el lado bueno; una de las consecuencias jocosas, a la par que agradable, de esta situación es entrar en tu ambulatorio de toda la vida y que las enfermeras y médicos te señalen por los pasillos, se digan “¡Mira! ¡La que vive en China!”, se acuerden de tu nombre, te traten como a un héroe (bueno, al fin y al cabo lo eres…) y te quedes charlando con todos ellos sobre la vida en general a la hora del hamaiketako.

 

Recapitulemos. Hasta este punto has conseguido:

  • Un Certificado en el que una empresa dice que te quiere contratar;
  • Un Permiso de Trabajo – Certificado en el que el Gobierno dice que la empresa que te quiere contratar puede contratarte y
  • Un Certificado médico que garantiza que tu salud te va a permitir ser contratado por la empresa que quiere contratarte y a la que el Gobierno permite contratarte.

 

(Cojo aire y sigo)

 

Una vez tengas estos tres documentos en tu poder tienes que salir de China y volver a tu país de origen (o volver a tu país de origen y esperar allí a que te lleguen por correo) para entregarlos en el Consulado chino, después de rellenar la solicitud pertinente.

He oído historias de un Consulado en Barcelona donde a veces son muy eficaces y otras veces son unos petardos que sólo tramitan papeleo si eres catalán, así que si te da igual un sitio que otro recomiendo ir a Madrid y preguntarle a Miguel, el guardia de seguridad, que es la persona más simpática y eficaz que he tenido el placer de encontrarme en mucho tiempo.

Tras todo esto y previo pago, te devolverán tu pasaporte con una bonita pegatina que te autoriza a quedarte en China por 30 días.

¿¿Solo 30?? ¡Sí, majo! Se trata de un visado temporal. ¿O creías que se acababa aquí la cosa?

¿Por qué es importante? Bueno, simplemente, no puedes volver a China sin él. Ahora que ya eres un “Laowai Molón, Bueno, Sincero, Sano y al que oficialmente se le permite trabajar en el Reino Central”, has de volver al antiguo Imperio.

Una vez allí, con el contrato de tu piso y/o tu casero, tienes que ir a la comisaría más cercana a registrarte, y conseguir un Certificado de Residencia.

Problemas potenciales: Que tu casero no quiera acompañarte, que no hables chino y que los policías tengan el día hablador y / o sospechen de ti. Que no tengas contrato del piso porque estás subalquilando una habitación y a tu casero se la pele que estés en situación ilegal. Que la comisaría solo abra en horario laboral, cuando no puedes ir. Todas las anteriores a la vez.

Soluciones sugeridas: Aprender chino. Y paciencia. O paciencia para aprender chino.

Con dicho certificado, copia del Certificado médico en chino y varias fotos de carnet con fondo azul, hablas con tu empresa (que seguramente, para tu exasperación, ya esté haciéndote trabajar a tiempo completo) para que le solicite al Gobierno tu Certificado de Experto Foráneo (Foreign Expert Certificate), que tardará unos quince días laborables en llegar.

Problemas potenciales: Que se te acaben los 30 días antes de recibir este último documento y tengas que salir del país y conseguir otro visado. Que necesites salir de China durante esos 30 días (con el visado temporal no puedes, y si lo haces, no puedes volver). Que te dé un ataque de nervios.

Soluciones sugeridas:  …¡adivina!

Película sobre Laowais tramitando visados

 

 

¿Por qué es importante? Llegados a este punto seguramente estés arañando las paredes y preguntándote qué gäo wán haces entre tanto chinorris, pero ¡tranquilo! ya sólo queda un paso. Cuando tu visado temporal esté a punto de expirar, tus nervios no puedan estar más crispados y apenas te queden uñas, recibirás tu Certificado de Experto Foráneo.

¡¡Pantalla final!! Agárralo y corre al centro de emisión de visados más cercano con todos los documentos que puedas encontrar por casa, en chino, inglés, español, polaco, lo que sea;  varias fotocopias de TODO; muchas fotos tuyas con el fondo en distintos colores, sonriendo, sin sonreír, con el pelo suelto, amarrado, con y sin gafas, de frente y de lado (vete a saber de qué humor estarán ese día); según entres vete pasando por todas las ventanillas que veas porque en una van a coger algunas de tus fotos y fotocopias y te van a dar una spegatinas con unos códigos de barras que van a pegar aleatoriamente en varios de tus documentos – y si te descuidas en tu frente, no te vayas a sentir como un ser humano.

Finalmente, llega donde una persona (el gran Jefe Final) y plántale TODO delante. Contén la respiración. Tranquilo… si lo has hecho todo bien escogerá ciertos papeles, mirará otros al trasluz, pondrá sellos en todos ellos, elegirá las fotos que le gustan, te sacará más fotos con una webcam y te dará un Recibo final.

Problemas potenciales: Que NO hayas hecho todo bien o que la legislación haya cambiado 15 minutos antes (lo hace con una frecuencia de 824.3 veces al mes) y que el Jefe Final te grite cosas en chino que no entiendes.

Soluciones sugeridas: No pierdas la calma. Siempre hay alguna solución.

¿Por qué es importante? Una semana después, puedes canjear ese Recibo por tu pasaporte y emular la siguiente escena:

 

Aaaaaaaaachuweñaaaaaaaaaaaa...

¡¡Felicidades!! Ya eres el Rey Laowai de la Jungla. A no ser que quieras cambiar de trabajo y te la cancelen, claro,  y tengas que salir del país y planees comprar un visado que unos enanitos verdes pegarán en tu pasaporte y acabes atrapado en Hong Kong sin documentación y… y… ya sabes. Todo eso.

Paciencia. Al final, merece la pena :)

Aquello que nunca fue escrito

Dicen que la energía no se crea ni se destruye; sólo se transforma. Dicen que la única cosa que se mantiene inalterable en tu vida es el cambio. Dicen que no importa lo alejadas que dos personas estén: si miran al cielo verán las mismas estrellas.

Estas verdades populares constituyen ejemplos de cómo interactúan los  campos de la Física, la Astronomía, la Filosofía, la Literatura. Y es que todo está relacionado. Como educadora, identifico las carencias en mi propia educación: durante muchos años me enseñaron pedazos de conocimiento; cápsulas de saber que harían mejorar mi salud intelectual pero sin explicarme ni cuál era mi problema, ni por qué había que corregirlo. Ni, por supuesto, qué tenía que ver Geografía 250mg con Química Plus, o si Historia 2.0 era dispensada igual en todos lados.

Recuerdo que en el colegio tenía un cuaderno enorme, de esos de… no sé, 500 páginas divididas en 100 páginas de cada color. Distinto tono, distinta asignatura. No fue hasta años después que me di cuenta de que los árboles me impedían ver el bosque; o mejor dicho, que la separación de las hojas por colores me impedían ver que las ramas – Ciencias, Humanidades, Arte… – formaban parte de un mismo libro. Que TODO puede relacionarse y estar en un solo libro.

Siempre que les doy a mis alumnos total libertad para hacer algo, parecen perderse en la inmensidad del concepto. ¿Qué reglas hemos de seguir?, me preguntan siempre.  Dar clases en China me ha enseñado muchas cosas, y una de las más importantes es que la imaginación, bien aplicada, es algo que nunca sobra, que a muchos les falta y que nunca ha de ser coartada. ¿Por qué no incluir términos médicos en un cuento? ¿O dibujar un retrato con palabras? ¿De dónde salen los patrones que nos ordenan cómo hemos de contar nuestras historias?

A veces de nosotros mismos, y de nuestra educación, diría yo.

 

Página de mi cuaderno Dibujos hechos con palabras

Un día les hice una pregunta a mis estudiantes de Medios de Comunicación. “¿De dónde viene absolutamente todo lo que sabéis?”. Por supuesto, mencionaron fuentes la mar de fiables, como sus amigos e internet. Y sus profesores, claro está, que nada influenciados estamos por nuestra cultura, ideología o procedencia.

La siguiente cuestión fue simple (recordemos que simple no es sinónimo de fácil). “¿Quién eres?” les espeté, de uno en uno. En vez de registrar sus respuestas en la pizarra, fui escribiendo las preguntas a las que realmente me estaban contestando. “¿Cómo te llamas?”, “¿A qué te dedicas?”, “¿Cuántos años tienes?”, “¿De dónde eres?”, “¿A qué género perteneces?”, “¿Cuál es tu origen étnico?”, “¿Cuál es tu religión?”, “¿Cómo te describes física y psicológicamente?”, “¿Quiénes son tus familiares y amigos?”, y un largo etc.

Cuando se agotaron sus ideas, repartí láminas de plástico transparentes y rotuladores. Les pedí que escribieran las contestaciones  a todas las preguntas que acababan de surgir. “La historia de quiénes somos es algo tan difícil de explicar que la respuesta es la unión de todas estas preguntas” – les dije. “Y muchas veces, ya que ni siquiera somos conscientes del origen de nuestros conocimientos, nos olvidamos que quiénes somos influye en lo que creemos saber”.

A continuación les pedí que me explicaran las diferencias entre tres fotografías muy parecidas. “Han usado distintos filtros”, dijeron todos casi al unísono. “Muy bien”, corroboré yo “ahora levantad las láminas con vuestras respectivas respuestas escritas en ellas, ponedlas delante de vuestros ojos y decidme si todos sois capaces de ver las clase de la misma manera a través de las letras”.

Se mostraron un poco reticentes y confundidos, no entendiendo a dónde quería llegar. “Cada vez que adquirís una nueva pieza de información” – expliqué – “la interpretáis desde vuestro punto de vista… usando vuestros diferentes filtros. Al comunicar algo, lo hacéis coloreando lo que decís con los matices de vuestras experiencias, de lo que para vosotros significa ser hombre, o mujer, o estudiante, o rubio, o hermano, o chino, o tímido. Podríais todos decir lo mismo y lograr que, al pasar por vuestros filtros individuales, la información fuera completamente diferente una de otra.”

“En lo que quiero que penséis”-concluí – “es que cada vez que escuchéis algo, que leáis algo, que os hagan saber algo, que estudiéis algo… todo eso ha pasado por los filtros personales de un individuo o un colectivo, y que os corresponde a vosotros y sólo a vosotros decidir si elegís creerlo o no, y por qué”.

“Porque, si ni siquiera nos conocemos bien a nosotros mismos… ¿cómo nos atrevemos a decir que conocemos a alguien más?”

Hoy, en clase de Escritura Creativa, he recomendado a mis alumnos que escriban lo que consideren buenas frases en un cuaderno o similar. No les quise dar ejemplos porque, a pesar de que no me importaría que copiaran mis ideas, preferiría que desarrollaran las suyas propias.

Yo, ahora, en vez de una, tengo muchas libretas. La de las cosas feas, con la portada medio rota resultado de mi infructuoso intento de arrancar la etiqueta con suavidad; pero es que nada profundamente arraigado puede arrancarse sin dejar huella. O la de los sueños olvidados, donde garabateo rápidamente los últimos jirones de una visión onírica cuyo final he de inventar en estado consciente, pues o no lo recuerdo o nunca llegué a verlo. La de las Ideas, cuyo aspecto no llama la atención, porque en una idea hay que trabajar antes de que llame la atención de nadie. Mi favorita es, no obstante, la de las cosas bonitas, las cosas que me hacen reír a carcajadas y las cosas que aprendo cuando viajo, porque es muy reconfortante releerla de vez en cuando.

 

Algunas de mis libretas

 

Sin embargo, hay una libreta que me encantaría tener entre las manos. Una que jamás ha existido, pues nunca pudo, logísticamente, ser escrita. Una que llevaría parte de lo que me enseñaron y parte de quién soy, de mis filtros, en ella.

Unos compañeros de trabajo de los Estados Unidos me preguntaron a ver si en España se le da a la Guerra Civil tanta importancia, en la asignatura de Historia, como ellos a la de la Independencia. Contesté que vaya, que eso creía, que al fin y al cabo lo tenemos aún más o menos reciente. Les expliqué, he de reconocer que con cierto orgullo (más que nada porque no hay como estar lejos de casa, en un contexto diferente, para darse cuenta de que las historias que tenemos para contar son mucho más interesantes de lo que creemos) que mi propio abuelo había estado encarcelado y estuvo a punto de ser fusilado.

“¿Y no escribió ningún diario? ¿Cartas a tu abuela, quizás?”

…nunca había pensado en ello. Entonces me di cuenta y sentí una punzada en el estómago.

Aquí estoy yo, aprendiendo chino, en la otra punta del mundo, dando clases de Comunicación y Escritura, diciéndoles a mis alumnos que piensen en quiénes son, sin acordarme de que mis abuelos NO SABÍAN ESCRIBIR.

En ese momento un recuerdo me vino a la cabeza. Unas manitas pequeñas, de niña de seis o siete años, mis manitas, sosteniendo un bolígrafo entre los dedos de la arrugada mano de mi abuela. Y mi voz infantil, diciéndole que no se preocupara, que le prometía que iba a aprender a escribir muy, muy bien y le iba a enseñar cómo juntar la M con la A, que eso era MA y que con NUELA completaba su nombre.

Mi abuela falleció cuando yo tenía nueve años. ¿Cuántas historias de mi propio pasado me he perdido?. Enterré aquella promesa entre mis recuerdos de ella, que empecé a evocar cada vez con menos frecuencia. Pero ahora caigo en cuenta de que nunca la rompí; de que escribir es la respuesta a quién soy, de dónde vengo y adónde voy; de que las palabras son mi don y el narrar lo que da sentido a mi vida.

Hace poco encontré la libreta que escribí cuando estuve en Kenia. Recogía una compilación de frases que no podrían llegar a llamarse diario, la mayoría inconexas porque me forcé a escribir cada vez que sintiera una emoción violenta.

Una me llamó mucho la atención.

“Desde la ONG intentamos vender que todos somos iguales, pero yo miro arriba y no reconozco ninguna constelación. Y eso me jode porque veo que no nos parecemos ni en eso. Ni siquiera estamos bajo el mismo cielo”.

No sé qué impulsaba, antes de transformarse, la energía que ahora me hace escribir. Sólo sé que, mientras yo cambiaba, maduraba, evolucionaba, la escritura se mantenía inalterable en mi vida. Escribir siempre me ha ayudado a relacionarlo todo, a ver paralelismos… y diferencias.

La mano de mi tía Paqui y la de su primer nieto, Eneko, el día que nació

 

Entrevistas para currar como un chino

Casi todos los extranjeros residentes en el Reino Central hemos pasado por la fase “profes de inglés de guardería”. Es decir, la fase de ser monos de feria que bailan, brincan y dan palmas mientras cantan que el viejo McDonals tenía una granja, iaiaooooo, mientras los profesores chinos nos ignoran y docenas de pequeños seres infernales de ojos rasgados te trepan, se sacan un moco y te dicen en chino que no te entienden y que se hacen pis.

En el campo la vaca hace muuuuuu... el granjero le da un sartenazo en la cabezaaaa y así se hacen las hamburguesaaaas... ¡y ahora el pollo!

Mencionaba en un post anterior mi particular odisea hacia una entrevista de trabajo; hoy me gustaría hablar de la entrevista en sí.

Con la que está cayendo en España, cuando nos imaginamos una entrevista de trabajo nos viene a la cabeza una oficina impoluta, un señor que te escudriña por encima de las gafas mientras mira de reojo tu CV y tú ahí sentado vestido de pitiminí intentando, a la vez, mostrar tus manos para que no parezca que ocultas algo mientras que cuidas de no moverlas mucho para no parecer superfluo o fuera de control, manteniendo la mirada pero sin llegar a intimidar, con la corbata roja de dar confianza, tu sonrisa de diez mil vatios y tratando de oprimir los poros y el ojete, no vaya a ser que la cagues en tu única entrevista del año. Mil cursillos proliferan sobre el tema, enseñándote técnicas, preparándote mental, física y fisiológicamente y recomendándote frases a decir y aptitudes a destacar.

Pero nada te prepara para una entrevista chinorris para ser profesor de inglés de kinder garden (guardería) en China. Bueno, sí: este post.

Llegué a mi primera entrevista cinco horas después de haberles mandado el currículum, de las cuales una y media me las pasé completamente perdida intentando encontrar el lugar donde sin duda se encontraba una ordenadísima agencia con miles de recursos educativos, caras profesionales y limpias instalaciones.

Ja.

Me abrieron la puerta de lo que parecía un piso particular, pero a lo chino: todo estaba en todas partes. Cuando digo todo, es todo: me ofrecieron un vaso de agua caliente de un hervidor que se encontraba encima de una pila de papeles variados, sacaron un boli de debajo de una mesa de aspecto sospechoso y unos documentos de una balda que hacía las veces de pilar de una escalerilla, quitaron unos juguetes de una silla de playa plegable para que me sentara y con un lenguaje corporal obtuso me indicaron que respondiera a las preguntas de dicho papel.

Pensé que todo ello era un prueba de aptitud, pero no; una cámara oculta, pero tampoco; acto seguido me pasaron un montón de postalitas con dibujos horteras variados y me dijeron que tenía cinco minutos para preparar una clase demo. ¿Una demo? ¿Con unos dibujos de… a ver… un cocodrilo, un señor gordo, un pie, un río, un objeto no identificado y una niña que se llama Emily?

...o me dices cómo se dice esto en inglés o se tira por el tobogán Lita la pollera

En ese punto el surrealismo ya se había apoderado de mi vida y, como se dice en ciertos círculos e incluso en ciertos triángulos isósceles ya me la picaba todo un pollo; así que tras rellenar los papeles de rigor (¿mi dirección en China? Vivo en un albergue… ¿Qué si voy a renovar mi visado? Bueno, dame trabajo y me lo pienso… ¿Mi nivel de chino? Tarzán…) subí las escaleras temiendo por mi vida, ya que la balda que la sujetaba empezó a bailar el bamboleo, para encontrarme de frente con tres orientales: dos chicas vestidas de manera absurda chinosensuarrr y un señor de traje , “Sandy”, que no parecía distinguir bien los nombres masculinos de los femeninos o de los helados del McDonalds iaiaioooooo. Los tres me miraban con una expresión inescrutable de admiración o inquina que se ve bastante por este país.

Así que quieres trabajar en mi kinder garden, extranjero

“Teach english”, me dijeron, como si fuera un casting.  Les pregunté a ver cuántos años se suponía que tenían. Al decirme que tres, decidí seguir su juego y les ordené que se sentaran en el suelo. Me obececieron, boquiabiertos.

A continuación les hice revolcarse, cantar a voces, bailar, hacer gestos, tirarse del pelo, retorcerse, pegarse entre ellos con un martillo inflable, hacer el corro de la poteito y un sinfín de maldades más. Al acabar, Sandy, emocionadísimo, estaba aún dando palmas. “Do you know And Bingo is his name-O”??”, o lo que vendría a ser lo mismo, a ver si me sabía Mi barba tiene tres pelos.

Creo que es la entrevista más surrealista que he hecho después de aquella que hice en Madrid completamente dopada de cafeína, porque iba de gaupasa tras pasarme toda la noche conduciendo, donde acabé contándoles con muchos aspavientos que a mi exnovio casi le pica una avispa en la punta del cipote (pero con palabras más bonitas y en inglés). Todo esto antes de ir para Santander en coche, cantando canciones de Marea a grito pelado para no quedarme dormida, hacer noche en el aeropuerto porque mi novio volaba desde allí a primera hora, y sobrevolar una zanja que había aparecido allí literalmente de la noche a la mañana, seguramente para que la gente no aparcara en la zona gratuita. Pero ésta es otra historia (atjum).

Ambas experiencias vitales, pues no hay mejor manera de describirlas, tienen algo en común. En las dos me ofrecieron pasar a la siguiente fase.

Es por ello que, en caso de tener que dar un consejo sobre cómo comportarse en una entrevista de trabajo, yo recomendaría simplemente ser tú mismo. Ahora, la decisión de si realmente querríais trabajar en un sitio donde contraten gente así la dejo en vuestras manos.

Yo no tenía nada mejor que hacer, así que acepté la oferta. Al día siguiente hice exactamente lo mismo con un grupo de cuarenta y dos niños del averno made in China y me contrataron.

Todos estos todos juntos

Recapitulemos: éste era mi octavo día en el Reino Central. Y mi situación se resumía en “Voy a empezar a trabajar en una guardería china como profesora de inglés, apenas conozco a nadie en Pekín y vivo en un albergue juvenil, en una habitación de ocho personas”.

…y en mi primer día en la guarde, al abrir la puerta de la sala de profesores y presentarme como “la nueva”, dos de los que iban a convertirse en mis compañeros de trabajo me miraron de arriba abajo, sin decirme nada; se miraron entre ellos, sorprendidos; y finalmente dijeron, a modo de bienvenida: “oh, guau. Pareces normal”.

¿Oh guau?

…animalicos.

Lo normal, lo nolmal y lo “no-mal”

Estas últimas dos semanas ha estado visitándome uno de mis mejores amigos. Esto, que en sí no tiene nada de “especial” (es decir, que a vista previa no parece extraño o sorpresivo que una persona visite a una amiga que vive lejos, independientemente de lo maravilloso que me pueda parecer el hecho de que alguien se venga hasta la otra punta del mundo para verme) me ha hecho darme cuenta, entre otras cosas, de algo muy importante.

Viajar, vivir en el extranjero, que en tu grupo de amigos sean todos de un padre y una madre etc es, como decía Mark Twain, fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechura de mente. Pero tiene otros efectos colaterales: te mina la capacidad de sorprenderte.

¿No os ha pasado que nunca os habíais fijado en ciertos detalles de vuestra ciudad hasta que no ha venido a visitaros alguien de fuera? ¿…y creéis que eso es algo normal?

En mis clases de Medios de Comunicación y Escritura Creativa no dejo de repetir y/o enfatizar los peligros de la palabra “normal”. “Normal” es, en el fondo, una de mis palabras favoritas. Nada te permitirá conocer mejor a una persona como analizar las cosas que considera “normales”; te dará una idea generalizada de su trasfondo, antecedentes, cultura, familia, manera de pensar, modo de opinar, ideología, preferencias, miedos, inhibiciones, moral. Por eso les insto a nunca usarla cuando escriban para un medio, y utilizarla solo, de manera comedida, cuando escriben ficción (y es usada para definir una personalidad o entorno idiosincrásico).

Como, por ejemplo, esto de que una de las asignaturas que imparto se llame “Medios de Comunicación y Escritura Creativa”. A mí la unión de estos dos conceptos no me parece muy acertada. Los chinos, sin embargo, lo ven normal.

Prensa seria

Por eso, cosas que a mí ya me parecen normales, a mi amigo le causaron un shock cultural tras otro. El primer día contamos treinta y ocho. Creo. Bueno, las contó él, porque yo ni me cosqué. Después de dos semanas el pobre había perdido la cuenta.

Intentaré recapitular algunas de las más jocosas y “normales” situaciones por las que yo a estas alturas ni me inmuto:

1)  La vasta mayoría de los chinos no saben lo que es el desodorante, y en caso de saberlo muchos no lo usan porque “Eso es para laowais (extranjeros), que como los pobres huelen mal, se lo tienen que echar todos los días. Los habitantes del Reino Central no olemos”.

Ahora, que alguien me explique el olor a compañerismo del metro, porque los laowais somos los menos.

¡Ah! Al parecer, los blancos olemos “a leche”.

2)  ¡Buenas noticas a todas aquellas personas que parece que se duchen con lejía! En este país la palidez es sinónimo de belleza. Las cremas chinorris tienen todas efecto blanqueante. Los chinos huyen del sol y los bronceados como de la peste. Los Solariums 24h de Budapest aquí serían una tortura china.

Paraguas cabecil, para un chino o para mil

3)  Por la calle te puedes encontrar cualquier cosa. Literalmente, cualquier cosa. Y siempre habrá un chino que intentará vendértela.

Sí, es un ciervo disecado.

5)  La comida china, la de verdad, es alucinante y no tiene nada que ver con la que tenemos en Europa.

El censor del porno se ha olvidado de ésto.

6)  El queso es un producto elitista muy difícil de encontrar. Un paquete de Tranchetes de diez te puede costar lo mismo que cenar fuera (y según dónde cenes, lo mismo que cenar fuera 2 veces). De ahí que una pizzería sea de lo más caro que te puedes echar en cara.

7)  Una amiga, al volver de España, nos trajo unas maravillosas barras de chocolate. Cho-co-la-teeeeee. Del bueno. En ese momento estábamos sentadas en círculo, la emoción nos embargó, y empezamos a hacer rular la barrita rica. Una a una saboreamos, poco a poco, el gusto del cacao, antes de pasarlo a la siguiente persona. Empezamos a emitir sonidos de placer y aprobación.  Y es que el chocolate no es sustitutivo del sexo, sino de los porros.

¿Qué por qué? En China hace muy poco que conocen los pecaminosos efectos que puede provocar esta droga tan dulce. Lo que tienen por aquí es una pasta de alubias dulce.

Comida que te insulta: "Pensabas que era de chocolate, ¿eh? Ay... melona" -me dice este helado.

Sí, sí, habéis leído bien. Una pasta de alubias dulce, que le añaden a todo lo que llaman repostería (muchas veces también con una especie de polvo estilo cabello de ángel hecho con ternera seca y azúcar). No está del todo mal. Pero les queda mucho para saber lo que es (kínder) bueno. Es mejor pasarse a la fruta, buena y natural.

Esta manzana me dice en chino que es feliz

8)  En el mundo del marketing lo importante es diferenciarse del resto. Y si para eso has de llamar a tu tienda “Clown-fresh flowers” y disfrazar a tus repartidores de payaso… pues se hace.

Payaso floral

Por cierto, no capto muy bien el nombre. ¿Son las flores tan frescas como un payaso? ¿Es el payaso el fresco? ¿Es “Clown” un adjetivo y yo no lo sabía?
8)  Otro espécimen pequinés (y me atrevería a decir que existente en toda China) son las señoras con altavoz. Están por todas partes, y te gritan cosas que no entiendes. Y como no entiendes, gritan más, porque por supuesto así vas a entender todo MUCHO MEJOR.

Añada aquí "Wachiwaaaaa wachiwaaaaaa...!!!" sonido enervante a muchos decibelios.

En todo autobús hay una señora con altavoz que grita cosas. En muchísimas tiendas hay una señora con altavoz que, por eso del marketing directo, te grita cosas directamente a ti – y sabes que es a ti porque te hace muchos aspavientos y entre sus balbuceos te parece discernir las palabras Jelouu jelouuu luka, luka.

Hay una sub-raza de señoras con altavoz, las señoras con altavoz políglotas, que además de Jelouu y Luka se han aprendido el nombre del producto que te intentan encasquetar. Aquí encontramos a Jelouu Taxi??, Jelouu, Water??, Jelouu, Panda??, Jelouu, Kitty?? Y demás. Si son de nivel avanzado, pueden llegar a añadir un Beri guuuud, lets gouu!!

A veces no está ni la señora, y sólo hay un altavoz que te grita cosas que no entiendes. Yo he llegado a la conclusión de que en China puedes hacer lo que se te salga de los ji dàn, y si alguien te grita es que no se puede hacer. O que te quieren vender algo.

 

8)  El Tetris (al menos el primero que yo tuve, el de la Game Boy) se inventó en1989, y todo el mundo sabe que ese año en Beijing no ocurrió ab-so-lu-ta-men-te nadaaaaaa, así que como no tenían naaaaaada más que hacer, en China en vez de a apilar cubitos y palitos de colores aprendieron a apilar muchas cosas en muchos sitios, como por ejemplo camiones, motos, tiendas donde todo está en todas partes, etc.

Cabe más que en un 600

La mayor diversión es encontrar la belleza en el desorden, el orden dentro del caos. O eso le decía yo a mi madre cada vez que calificaba mi habitación de “leonera”.
9)  Los chinos bailando por los parques son una de las cosas que más me gustan. Por lo que me han contado, la cosa viene de tiempos más comunistas en los que todos debían estar sanos para poder ser soldados del país y estar fuertes y cachas para luchar por la nación y blablablá. Ahora se ha quedado en un método gimnástico y social precioso.

Flash Mob con Mao de fondo

Ya en cartelera, en sus plazas más cercanas.
10)  …y como continuación del punto anterior: Gimnasios callejeros. Simplemente maravillosos, socializas, te pones en forma y además ahorras dinero. Gran medida anticrisis.

Marujas chinas hacen deporte mientras discuten la subida del precio de los tomates en el JiaLaFu

Pues sí, MáLìPûlí, los tomates a tres kuai el ting...

11) La gente se saca fotos contigo. Si quieres sentirte en el candelabro, viaja a una zona rural china. En las ciudades están ya algo acostumbrados, pero en cuanto sales un poco notarás cómo hay chinos que se deslizan en tus fotos mientras posas para tu amiga, chinos que te piden emocionadísimos que poses con ellos, chinos que disimuladamente apuntan el móvil en tu dirección y chinos que sin pudor alguno te plantan un Ipad en la cara y te retratan.

Todo esto, digo yo,  para rememorar esos maravillosos tres segundos que pasaron en tu compañía.

Foto chorra aleatoria

 

Chino aleatorio se aproxima

...y así acaba tu pose aleatoria en las redes sociales chinas.

12) Si estás planeando viajar por China, especialmente si planeas viajar solo, has de ser consciente de que, en cuanto te bajes del bus / tren / camioneta / burro-taxi, te encontrarás con chinos deseosos de llevarte a donde sea, habitualmente por un precio (para ellos) desorbitado.

Afortunadamente, sobre todo si sonríes mucho y sabes farfullar un poco de su idioma, también es fácil encontrar  chinos maravillosos que se paran por la calle para llamar a su suegra y ayudarte. Te ven con cara de laowai, te cogen de la mano, te llevan a sitios, te enseñan cosas, discuten con el taxista malvado que te quiere cobrar 100 yuanes por llevarte al centro (a veces tienen un altavoz y te gritan cosas que no entiendes) y averiguan con sólo 5 llamadas a qué bus tienen que acompañarte para que sólo te gastes tres. Y después te dicen adiós con la mano.

 

Añadiría muchas más cosas super- normales, pero es que entonces la lista tendría 13 puntos y ese número da mala suerte. Como el 14. Por eso me he saltado el 4, y he puesto tres 8s, para contrastar.  Todo muy normal. No está mal.

Gato de la suerte, la felicidad, las flores de loto y todo eso. Made in Bilbao.

“Travel is fatal to prejudice, bigotry, and narrow-mindedness, and many of our people need it sorely on these accounts. Broad, wholesome, charitable views of men and things cannot be acquired by vegetating in one little corner of the earth all one’s lifetime.”
Mark Twain, The Innocents Abroad/Roughing It

El origen perdido de los pantalones chinos

Ah, China. Cuando crees que lo has visto todo… ¡Solplesa! Algo ocurre que te deja con la boca abierta.

La primera vez que el mentado pensamiento cruzó mi mente miré hcia abajo y ví un perro disfrazado de abeja, con zapatos y pestañas postizas. Desde entonces he perdido la cuenta de todas las cosas que he visto que me impiden decir “Ya no me sorprende nada”. Porque siempre, siempre, SIEMPRE hay algo más.

La última, ayer por la tarde, cuando un chino aleatorio me pasó por delante mientras esperaba a cruzar la carretera, en patines y tocando las castañuelas. De estos momentos en los que te replanteas la vida, y te preguntas porqué nunca se te ocurrió hacer eso antes. Esa elegancia, ese ritmo, esa lógica trascendental. Quizá, de haberlo probado, hoy sería una castañuepatinadora profesional, y me llevarían a campeonatos donde rivalizaría en talento con diseñadores de pestañas postizas caninas.

Otra cosa. Hablando de perros. Sí, es cierto que en muchas partes de China los comen (lo que tampoco me sorprende en demasía, dada la pobreza que asoló el país hace no tantos años; la gente tenía más hambre que Carpanta y hacían guisos hasta con las cortezas de los árboles). Y sí, la mitología china indica que si comes ciertos animales o partes del cuerpo, adquieres diversas cualidades que caracterizaron al bicho o la víscera. Por ejemplo, si comes sopa de aleta de tiburón no sufres de impotencia. ¿Habéis visto alguna vez a un tiburón impotente? No, ¿verdad? Pues al parecer los chinos tampoco, oye.

Ha sido sólo después de unir estas dos ideas cuando he entendido la moda local. De tanto comer perro… ¡¡los chinos ven en blanco y negro!!

Es la única explicación posible que le veo a ese exacerbado intento de hacer combinar colores que se dan de ostias, formas imposibles, texturas diversas, estampados sospechosos, frases inconexas y gramaticalmente incorrectas, complementos supercute del todo a cien, gafas sin cristales, rellenos de nalgas y pijamas primorosos. A la vez. Sospecho que Picasso pasó una temporada en el Reino Central para pillar inspiración.

Pongamos ejemplos gráficos.

"Vaya tela, Mali Loli"

Con mi chandal y mis tacones, arreglá pero informal...

 

Estos seres están perfectamente aceptados por la sociedad

He oído que, allá por 2008, por eso de no perder cara en las Olimpiadas, el Gobierno lanzó varias campañas de publicidad a fin de intentar impedir que la peña fuera en pijama por la calle o comieran perros, en plan “Venga, va, chicos, que a los guiris les parece extraño y ya sabéis, hay que hacerles sentir bien para luego poder invadirles sin que se den cuenta”.

¡Oh! Y cuántas veces nos habremos preguntado ¿qué me pongo? Pues bien, si tienes pareja pero te falta personalidad, no tienes de qué preocuparte. Sólo tienes que ponerte e-xac-ta-men-te lo mismo que tu media naranja de la China. ¿Cómo? ¿Qué eso tiene que ser muy difícil? ¡Qué va! Los chinos has pensado en todo para que no pienses tú.

 

Los foráneos disfrutan del descubrimiento de estos especímenes

 

"El amor no es mirarse el uno al otro... es vestir igual de horteras y caminar en la misma dirección"

Fijémonos en que también hay ropa para bebé. ¿Harto de seguir estereotipos sociales y vestir a tu criatura de azul o rosa según el sexo? ¡Vístele como tú!

Bazar Familia Feliz

Y por supuesto, no te olvides de adquirir esos maravillosos pantalones para niños chinos que no usan pañales, que llevan una raja en la entrepierna que ni hecha con escalpelo, y que facilita su evacuación intestinal. Las instrucciones de uso son simples: póngale este pantalón a su retoño. Déjele corretear a su libre albedrío. Permita que se agache cuando tenga un apretón: la apertura es del tamaño perfecto como para no tener que preocuparse de nada. Vuelva a dejarle corretear a su libre albedrío. ¡Todo son ventajas!

...imagen tomada a -10º...

Ahora, imagínate que tienes una banda de música. Da igual el estilo. Bueno, digamos que es algo retro-jazz-alternativo salpicado con notas de tango, heavy metal y soft-core-blues, que es el género musical que tocan todas las formaciones chinas poco comerciales (es decir – quitando las que cantan retahílas laudatorias hacia el comunismo o ñoñerías de las que te hacen sangrar los oídos… el 0.00000000000000001 de los grupos).

La pregunta ahora es: ¿Qué look elegirías?

Te dejo 10 segundos para pensar.

10

9

8

7

6

5

4

3

2

1

…veamos si tu imaginación te ha llevado a esto.

Analicemos la siguiente imagen:

 

"Le dedicamos esta canción a nuestro estilista, a ver si recupera la vista"

Empezamos por el primo chino de Luis Piedrahita en el bajo, que mira al resto con inquina; el cantante en el centro luciendo un bello atuendo con gorro a conjunto ideal para la moda que se acerca esta primavera-verano y a la derecha tenemos al que toca el djembe ocultándose detrás del micrófono para que no le relacionemos con el resto de los sex-symbols del escenario.

No, nos hemos olvidado del cuarto ser. Ese símil oriental de Marianico el Corto con gafas de buceo / soldador tiene una importantísima misión.

 

Sí, está comiendo pistachos.

Obviamente, el ruido de las cáscaras de los pistachos al chocar contra el suelo crea una melodía única e irrepetible, mejor que la de cualquier batería, txalaparta, o instrumento de percusión similar.

De hecho, hay un tipo de personas en este país a los que yo denomino “Chinos musicales”. Tú les ves que se acercan, cada vez más, habitualmente despacio, con ese bamboleo de caderas que se estila por aquí. Y de ellos emana música. No se sabe de dónde. Dice la leyenda que, en alguno de sus bolsillos, hay un pequeño transistor, pero tú nunca llegas a verlo. Caminan como un caracol reumático, rezumando las habitualmente altísimas notas de la ópera de Pekín, canturreando a la par cosas que no entiendes, envolviendo su presencia con un mantra misterioso que les saca del tiempo y el espacio. Después, literalmente, se van con la música a otro lado.

Otros directamente cantan sin más en parques públicos.

"El milenalismo va a llegáááááááá..."

Lo bueno de todo esto es que, te pongas lo que te pongas en este país, nunca vas a dar el cante.

Bajo el cielo (co)chino

Me ha preguntado mucha gente a ver si es verdad que aquel fin de semana de enero la contaminación alcanzó unos niveles brutales. A ver si es verdad que las escuelas cerraron dos días, si salimos todos con mascarilla, si vamos a morir, si se acercan los cuatro jinetes chinos del apocalipsis con sus cuatro coches de marca de muchos caballos soltando humo por sus tubos de escape.

Bueno, pues sí, es verdad. Lo que no sé es si los números difieren mucho de los resultados que se alcanzarían si se analizaran correctamente y a diario los efectos de los efluvios comerciales en pro del progreso. Porque la txapela sobre este barrio colindante de Bilbao que es Beijing no es nueva. Hace más de un año que yo la llevo sobre mi cabeza cual espada de Damocles, sufriéndola en silencio, oliéndola con desagrado, viéndola estupefacta, respirándola resignada.

Respondiendo a todas las preguntas punto por punto, veamos… sí, cerraron las escuelas dos días: el sábado y el domingo. Sí, muchos salieron y salen con mascarilla, pero un amplio porcentaje de ellos lo hacen porque es lo que les dicen que tienen que hacer o por moda (hay que ver las preciosísimas máscaras fashion que llevan algunas de mis “plimas” por aquí…). Sí, vamos a morir todos, pero no necesariamente hoy o por causa de la contaminación. Al fin y al cabo, vivir en Beijing y practicar el arriesgado deporte de respirar a la vez es como fumar un paquete de Ducados al día, y conozco mucha gente que hace eso a menudo y goza de buena salud (¡Hola mamá!).

¿Por qué que ese fin de semana fue peor? Bueno. A lo de tener los mocos negros ya me he acostumbrado, por lo que ya no me parece nada fuera de lo normal. A que haya días en los que no soy capaz de ver los rascacielos cercanos a mí casi que también. Pero hay cosas que NO son habituales, como: bajar a la estación de metro y ver una nube negruzca que flota en el ambiente, o a estar sólo media hora en la calle y pasarse una semana tosiendo.

Me han comentado que el gobierno chino ha reconocido la existencia de los llamados “pueblos del cáncer”, y no creo que se refieran a que muchos de sus habitantes nacieran por Julio o esas fechas. ¿Cómo tienen que ser los índices de polución para que se hayan bajado los pantalones? Y… ¿se los habrán bajado sólo para ponérselos alrededor de la cara y reforzar la máscara anti-mierda?

Al parecer, en 2008, cuando las olimpiadas, el sol brilló más que nunca gracias a unos (amigos de ciencias, perdonen mi ignorancia) cohetes con sustancias químicas aleatorias dentro, que disiparon la contaminación como el Fairy la grasa en Villabajo y provocaron que las chinas se echaran más productos blanqueantes en la cara y sacaran los paraguas para no ponerse morenas. Y resulta que han seguido haciéndolo, no sé si por hacerle la competencia al país del sol naciente con el que tan bien se llevan, provocando que todo el mundo crea que la cosa no está tan mal. Pero el problema es que esto no se arregla ni lanzando lejía.

Mirando el lado positivo, y parafraseando a un amigo, con la polución conseguimos que Beijing sea una de las ciudades más románticas del mundo, con servicio de luna llena 24h – y es que muchos días se puede mirar directamente al sol sin hacerse daño en los ojos.

Reconozcámoslo, a veces Beijing es bonito

Ahora bien, ni se te ocurra ponerte enfermo, ni por esto ni por nada. Ir al hospital aquí es como una gincana, tengas lo que tengas. Las veces que he tenido que ir yo me lo he pasado pipa.

Una vez, mientras recibía tratamiento, una de las enfermeras me cogió de las manos, me las miró, soltó varias onomatopeyas exclamativas, ohhhh, ahhhhh, me las acarició, llamó a otra enfermera y se pusieron a hablar entre ellas pasándose mis manos entre ellas hasta que entendí que me estaban leyendo las palmas. Si esto me pasara en España, pensaría que con los recortes en Sanidad tienen que sacarse un dinero extra vendiendo romero a los pacientes, pero esto es la China Capuchina, señores, y lo hacen por placer.

En otra ocasión en la que fui a urgencias, tuve la gran suerte de coincidir con un médico majetón que chapurreaba algo de inglés, y con el que mantuve la siguiente conversación:

-Where you from? (¿De dónde eres?)

-Spain.

-¡¡¡Españaaaaaa!!!

-Ehhhh… dui (Correcto, en chino)

-You allergic medicine? (¿Eres alérgica a algún medicamento?)

-Bù shi (No)

-¡¡Iniestaaaaaa!!

-Ehhhh…

-¡¡Gasol!!

-They might be, I don’t know. (Quizá ellos lo sean, no sé)

- You pregnant? (¿estás embarazada?)

-No.

-¡¡Fernando Alonso!!

-No, él tampoco. Creo, vamos.

-Shén me? (¿Qué?)

-Mei guan xi (No tiene importancia)

-Married? (¿Estás casada?)

-No.

-Xi Ban yá dòu niú!!! (¡¡Corridas de toros!! – en chino)

-A…já.

-Boyfriend? (¿Novio?)

-No…would that affect my health? (No… ¿Afectaría eso a mi salud? Autorespuesta: Sí, a la mental)

-Ohhhh. This wo de phone hao. You problem, you call. Ok le? (Ohhhh, éste es mi número de teléfono… llámame si tienes algún problema, ¿ok? – en chinglish)

Dudaba yo entre si estaba siendo agradable o si me estaba metiendo fichas cuando me guiñó un ojo, y yo salí corriendo, poL si acaso.

Pero la experiencia más extenuante fue ayer. Tuve que ir al hospital a que me limpiaran una herida, cosa que llevaría cinco minutos en cualquier lugar del mundo donde reinara la lógica. En el Reino Central, sin embargo, debería considerarse deporte olímpico.

Llego al hospital. Voy a la ventanilla donde hay que pagar para que te den un ticket para pedir hora. Voy a la otra ventanilla a pedir hora. Pago por que me la den. Me dicen algo en chino, entiendo el piso al que tengo que ir pero no la hora. Acabo perdiendo 45 minutos de mi vida esperando a que llegue una enfermera, recoja todos los papelitos y nos separe a todos en distintas colas enfrente de distintas puertas tras las cuales se ocultan distintos médicos chinos. Me ve un médico. Me habla en chino. No me entero de nada. Sonrío. Al explicar, con mi chino del todo a cien, el diccionario del móvil y lo que me ha escrito una amiga en caracteres lo que me ocurre, me da un papelito con el que debo ir a otra ventanilla a pagar por otro papelito que me acredita como persona que necesita tratamiento médico. Tras 15 minutos de cola, voy a la sala de tratamiento, donde me hablan en chino más rato y en vez de hablar despacio o usar lenguaje corporal se desesperan y llaman a una amiga mía china para decirles que no puedo comer marisco (¿Que qué tiene eso que ver con limpiar una herida? Si lo sabéis explicádmelo, por favor). Tras eso, me dan otro papelito con el que debo ir a una ventanilla a pagar por que me pongan un sello en otro papelito para que me den OTRO papelito con el que ir a OTRA ventanilla a que me den las medicinas.

Cuando salí de ese edificio maldito que me acababa de recorrer casi por completo, me sentí triste por el Amazonas y demás bosques que estén siendo destruidos para que los puñeteros chinos tengan suficientes puñeteros papelitos que pasear por las puñeteras tropecientas ventanillas de los puñeteros cuatro pisos de los puñeteros centros médicos que han de patearse cada vez que necesitan una puñetera aspirina.

Que, pensándolo bien, quizá sea simplemente otra estrategia gubernamental para mantenerles a todos en forma. Lo que yo saco en claro de todo esto es que he de digievolucionar en un ser de mocos negros que no pille neumonías ni faringitis debido a la contaminación porque visto lo que pasa cuando vas al médico con algo simple no me quiero ni imaginar cómo es si vas con un pulmón en la mano.

Direcciones en China, o cómo sudar tinta ídem

Releyendo las frases sueltas que escribí hace más de un año para acordarme de los acontecimientos principales de mi confusa vida pekinesa, me he topado con la siguiente frase: “Los niños me tocan las tetas y yo les cuento el cuento de la Happy Beaver”.

… supongo que hay cosas que no cambian, ni cambiarán nunca.

(Cabe destacar que “Beaver”, en inglés, puede significar “Castor” o “Conejo”…el segundo significado de conejo… y no, no me refiero a Bugs Bunny…)

En esas casi tres semanas que viví en un albergue donde me encontré a mí misma precisamente por estar completamente perdida, tuve, por alguna extraña razón, la firme creencia de que sería capaz de escribir al menos dos líneas por día narrando mis aventuras.

Obviamente, eso no sucedió nunca. Siempre estamos todos muy ocupados intentando decidir qué hacer con el resto de nuestras vidas, como si eso fuera completamente incompatible con vivirlas, o con compartirlas. Ello lleva a que tenga ahora que hacer un duro ejercicio de memoria, y mi memoria es erráticamente selectiva. Sobre todo en esos días, en los que todo era muy confuso, y los martes cualquiera se convertían en martes especiales, mis cenas en bolas de pan extraño gomoso rellenas de carne y los mochileros que conocía en el bar en mis mejores amigos y confidentes.

Pero no solo eso: lo lejano se convertía en cercano, lo gigantesco en simplemente grande, la derecha en el norte, la izquierda en el sur, el Carrefour en JiaLeFú, los ojos que sospechan en ojos normales, los ojos asustados en ojos extranjeros y a mis ojos lo extravagante se volvía normal y lo serio jocoso. Todos mis conceptos cambiaban mientras Epi y Blas lloraban. “Estar cerca” aquí es estar a 20 minutos andando y “No muy lejos” es una hora de metro con cuatro cambios de línea.

El JiaLeFú

Los chinos cuando quieren son claros y concisos. Martes en chino se dice “Semana Dos”. Decidí quedarme en Pekín un Semana Uno, empecé a trabajar un Semana Tres, pero antes de llegar a ese punto viví una experiencia cuasi-religiosa. De hecho, varias.

La primera fue bajar al metro e intentar averiguar cuanto tiempo podía tardar hasta el lugar donde tenía la entrevista de trabajo. Miré al mapa de las estaciones, él me miró a mí, nos miramos ambos dos, yo entré en trance y estuve a punto de caer de rodillas ante tal aparición.

 

Parecidos razonables

 

 

Tras percatarme (no sin cierta decepción) de que no estaba en presencia de sus tallarinescos apéndices, procedí a examinar las líneas con fruición.

He de explicar algo: los chinos son muy supersticiosos con esto de los números. El número 4 suena parecido a “Muerte”, el 8 a “Buena fortuna”, el 5 a “Yo”, el 2 a “Amor”, el 1 a “Querer”, etc. De ahí que a la hora de comprar una tarjeta SIM, un número de teléfono con muchos ochos o una buena combinación de números es infinitamente más caro que uno con muchos cuatros. Cuando compré la mía me sorprendí de lo barata que era. Luego me di cuenta de tiene varios cuatros, lo cual quiere decir que cualquier día me come un caimán. Bueno, un día me persiguió un centollo que se había escapado de un restaurante, pero no sé si cuenta.

Algunos números recuerdan a miembros de tu familia, como madre, tío, suegra… Así, la gente evita el 5 cerca de la suegra y le añade un 14, que puede sonar a “Quiero morir”. También hay combinaciones amorosas, como el 520, que parece un “Te quiero”. De hecho, este pasado cuatro de enero se celebró una especie de “San Valentín” chinorris al ser la fecha “201314” (aquí ponen el día al final y el año al principio), que viene a ser “te querré por siempre”. Y es que esta sociedad está tan obsesionada con el tema matrimonio obligatorio u ostracismo social que tienen hasta un día oficial de “Prevención de Soltería” para aquel que esté como la una, o como el uno, el 11 de Noviembre (11/11). En esa fecha se celebran festejos por toda la ciudad para solteros entrados en años (es decir, mayores de 27), muchos de ellos con alcohol de por medio para ahogar las penas y el inconformismo.

No sé si la numeración de las líneas de metro tiene algo que ver con sus supersticiones, pero la primera en ser abierta fue la 1 (bien), luego vino la 2 (vale), después la 13 (o…k) y no estoy muy segura pero creo que la siguiente fue la 10 y más tarde la 5 seguida de la 4… o algo así. La cosa es que la semana pasada abrieron la 9 y la 6, así que ahora mismo tenemos la 1, la 2, 3 no hay, la 4, la 5, la 6, 7 no hay, la 8, la 9, la 10, 11 y 12 no hay, la 13 que es una carraca, 14 no hay y la 15 que lleva al culo del mundo.

…si has sido capaz de leer el último párrafo sin preguntarte ni una vez “¿Pero qué coj…?”, puedes vivir en China, porque todo es así.

¿Ve alguien más algo raro en los botones de este ascensor?

Así que me lancé a la aventura, aterricé en Zhongguancun, una parada de nombre impronunciable cerca de HaidianHuangZhuang, pero que no supera a Huixinxijienankou (forever in my heart) y tras salir al exterior me dispuse a encontrar la oficina con las precisas indicaciones otorgadas.

Los chinos, cuando NO quieren, no son ni claros ni concisos. Atención:

“Sal por la salida (x), gira al oeste, llega hasta la tienda llamada (chinchinfuncosaenchinolalala), ve hacia el edificio grande, camina unos dos minutos y estamos detrás de los dos árboles viejos, en el piso doce”

…ajá. Y todo esto en chinglish. He aquí la segunda experiencia cuasi-religiosa; me empiezo a cagar en la Virgen y en todos los Santos.

Por supuesto, la salida (x) no estaba al alcance de la vista, opto por salir por otra; craso error. Nunca he sabido ni por dónde viene el viento, identificar el Oeste sin ver cowboys me es imposible; por no mencionar que todo lo que sabía decir en chino en aquella época era “Hola” y “Te quiero” (es decir, nivel básico pa’ cer amigos), por lo que no sé leer los caracteres donde pone chinchinfuncosaenchinolalala. En cuanto a lo del “edificio grande”… ¿¿cuál?? Estaba rodeada de rascacielos que me impedían ver el ídem, y nadie me especificó a qué velocidad caminan en este país como para saber hasta donde he de llegar en dos minutos. ¿En plan “Caracol reumático” o “Voy con prisa porque tengo una entrevista de trabajo y estoy más perdida que un pulpo en un garaje”?. Y lo que es más, ¿¿qué coño árboles de doce plantas tienen aquí??

Tras un ratazo en el que no sé yo si caminaba o bailaba la yenka en chino izquieldaizquielda delechadelecha delante, detlás,  yi, er, san, logré dar con el dichoso edificio que albergaba la “oficina”, o habitáculo donde hice la entrevista. Llegué más de media hora tarde, muy apurada, roja, avergonzada y con la boca llena de disculpas. Me contestaron “No pasa nada, asumíamos que te perderías”.

…ajá.

Y así, con este facepalm, comencé mi primera entrevista de trabajo en China. He pasado ya por varias, y son otro mundo, por no decir otra galaxia, u otro universo que sobrevuela el dragón de oro azul sobre la flor de loto dorada que se abre en primavera. Como todo, todo y todo en éste el “Reino Central”.

Mi lutina matinal y desplopósitos de año nuevo

Tengo mucho sueño.

Chanchancháaaaaan, vaya manera de empezar una entrada. Pero es que es verdad. Levantarme a las seis y media de la mañana me mata mucho, muchísimo, sobre todo las ganas de trabajar.

Bueno, en realidad las primeras ganas que mata esta rutina madrugadora son las de salir de la cama. Todos los días el mismo proceso: suena el despertador, lo paro, me cago en los chinos y sus horarios, saco tímidamente un pie de la cama, se me congela, temo el riesgo de gangrena, lo vuelvo a meter. Por proteger mi salud y temperatura corporal decido dormir cinco minutos, solo cinco minutos más.

Repito el proceso anterior unas 6 veces. Menos mal que ya son muchos años con una misma y empezamos a conocernos, y tengo como dieciocho alarmas puestas, por si acaso.

Esa bola en el cielo es el sol. Sí. En serio.

Tras este bello modo de comenzar el día, intento cual practicante de yoga saludar al sol, pero habitualmente no puedo: una capa de mier… digoooo ligera contaminación me lo impide. Y los días en que puedo me echo a temblar. Literalmente. El sol de invierno pekinés trae consigo olas siberianas de frío del que debería estar prohibido por muy terso que deje el cutis.

Vistas desde mi antigua oficina en un día claro

Vista desde mi antigua oficina en un día con contaminación

Todavía con el ojillo medio pegao’ comienzo la ya famosa Operación Cebolla.

¿Que qué es eso? Pues un término que me he inventado. Soy de la opinión de que un idioma crea (o adopta) palabras para describir los conceptos que necesita describir la sociedad que lo habla, y observar las diferencias entre lenguas me fascina. En español tenemos “Sobremesa”, en euskera “Gaupasa”, en inglés tienen “Commute” (el tiempo que se tarda en ir al trabajo), en alemán “Schadenfreude” (encontrar placer en la desgracia ajena) y en japonés Bukkake. ¿Que qué viene esto a contar de las diferentes culturas? Yo que sé. O como dicen en mandarín, no me preguntes, yo sólo estoy comprando salsa de soja.

En cuanto al chino, ese jeroglífico inexplicable en el que para decir que molas mogollón te sueltan un “tú – demasiado – palo – partícula de acción completada” (y se quedan tan anchos), he de comentar que ya sé por qué no tienen religión oficial: no hay Diox que lo entienda. Así que yo, que intento hablar todas las lenguas (hasta las inexistentes) continúo con mi Operación Cebolla, es decir: ese ritual mañanero de adoración pagana a toda prenda que pueda proporcionarme algo más de calor.

Abro el armario. Miro dentro. Lo normal es preguntarse “¿Qué me pongo?”. En vez de eso, yo me pregunto “¿Qué MÁS me pongo?”. Mi atavío habitual se compone de: camiseta de tirantes, camiseta de manga larga, chaqueta o jersey (o quizá ambos), pantalones, calzado, abrigo, buff, bufanda, orejeras, guantes, gorro, a veces calentadores. Porque solo cuando te has hecho con este traje homenaje al muñeco Michelín, te sientes más o menos preparado (que no deseoso) de salir a la calle.

Como comentaba en anteriores entradas, una de mis mayores pasiones es el contar historias. Recuerdo que cuando me aburría en el metro de Bilbao, cogía algún creditrans gastado, comprobaba los días, las horas, las estaciones marcadas, intentaba hilar una línea de acontecimientos medianamente lógicos entre ellos y observaba a una persona al azar. Me intentaba empapar de su aura, su vida, su apariencia. ¿Cómo es esta persona? ¿Por qué fue a Sarriko el jueves 22 a las 6 de la tarde? El siguiente viaje fue desde Santutxu, al día siguiente por la mañana. ¿Qué le llevo allí, y cómo llegó?

Pues todos podemos ser personajes de cuento, cada alma contiene miles de experiencias, y millones de almas se concentran en Beijing. El problema es cuando todas esas almas, con sus infinitas historias, intentan entrar en el metro al mismo tiempo. El pasado 21 de Diciembre unos amigos me preguntaron, ya que vivo siete horas en el futuro, a ver si el fin del mundo había llegado por aquí. Les dije que sí, y les mandé fotos del metro en hora punta.

Hablaba de mi commute. Básicamente consiste en: camino al metro (10 min), viaje en metro (30 min), camino al trabajo (5 min).

Ampliemos esta información adecuándola al invierno:

1)      Camino al metro (-10 grados centígrados de media); 10 minutos de mi vida en los que intento andar lo más rápido posible para entrar en calor, esquivando niños cojoneros que van al colegio y padres puñeteros que los llevan en bicicleta o vehículo a motor similar. ¿Por qué es esto enervante? Porque en China el conductor tiene preferencia, los pasos de cebra están para hacer bonito y los semáforos en rojo te los puedes saltar si vas hacia tu derecha en coche. He de añadir que vivo en un Hutong (pequeña callejuela estrecha típica pekinesa), lo que agrava la situación. Viva el caos con niños y carricoches de por medio.

Mi calle en un día claro. ¿Tú meterías el coche por aquí? Yo tampoco.

Menos mal que he aprendido a andar de lado cual cangrejo por encima de los bordillos, a esquivar placas de hielo y a encontrar oportunidad de paso por los más estrechos rincones.

¿Tú te meterías por aquí con el coche? Los chinos sí.

2)      Viaje en metro (como mil grados centígrados de media); 30 minutos de mi vida divididos en dos trenes donde me aso como un pollo y aquel que eche de menos el contacto físico puede llegar a sentirse feliz. La gente va tan apachurrada que no se quita ni el abrigo (ni el gorro, ni las orejeras, ni los guantes, aunque eso no lo entiendo) – tanto, que no tengo espacio para levantar las manos y leer un libro, o algo. A veces ni el móvil.

En estos trayectos se aprende a apreciar el espacio vital y distinguir los espacios donde poder mantener tus constantes vitales. Si te vas a bajar en menos de dos paradas, es recomendable que emprendas un avance hacia las puertas de salida. El problema es que todas las almas de cántaro chinas piensan en lo mismo y se apelotonan de tal manera que es mucho más cómodo ponerse un poco en la retaguardia y ser capaz de respirar.

Si vas a pasar un tiempo relativamente largo en el vagón, puedes jugar al wondefuloso juego de las sillas. Consiste en tratar de averiguar a dónde se dirige (como en mi juego del creditrans) la gente sentada, posicionarte delante de los que creas que se van a bajar antes y mirarles mal hasta que alguno se levante. Entonces te abalanzas sobre el espacio vacío y lo ocupas con tu ser, ignorando codos, piernas y abuelas reumáticas. Dada la alta competencia y experiencia de años de todos tus rivales, es difícil ganar en esta dura competición.

Otros divertidos pasatiempos son: Mirar fijamente a los ojos de todo aquel que te clave la mirada y abra la boca como si nunca hubiera visto un extranjero; permitir que las personas que se apelotonan a tu alrededor lean por encima de tu hombro; hacer tú lo mismo; echarte colonia (huyen despavoridos); iniciar conversaciones en Chinglish con pasajeros aleatorios; hablar por teléfono en un idioma que no sea Chino (lengua que hablan los chinos) o Inglés (lengua que hablan los extranjeros según dice la leyenda) para parecerles un alien; practicar complicadas posturas de Tai Chi para esquivar la barrera humana que te impide apearte; ver los entrañables vídeos que dan por la tele, en su mayoría tonterías de Youku (youtube chino) y parafernalias pro-civismo comunistas; elaborar complicadas teorías sobre qué llevan los chinos en esas bolsas gigantes en las que vienen los edredones y que llevan por doquier dando bastante por culo; infinito etc.

El fin del mundo ha comenzado

3)      Camino al trabajo (-10 grados centígrados de media; sensación térmica al salir de la estación: -285764028670938745 grados): 5 minutos de mi vida en los que digo “Bah, si está ahí al lado, no merece la pena que me vuelva a poner todas estas capas de mi Cebolla operacional, si total en la oficina hace un millón de grados”, y se me congelan las orejas y el culo.

Así he venido empezando todos los días de la semana pasada, sí, todos, porque ya que libro lunes 31 y martes 1 hay que recuperar los días perdidos. A veces los estereotipos son ciertos, y me hacen trabajar como un chino. No me quejo porque me gusta muchísimo mi trabajo, pero siete días seguidos de madrugón y metro en hora punta le hacen a cualquiera desear que se acabe el año. Y ¡caramba! Se acaba ya.

De propósitos de año nuevo, que en mi caso suelen acabar siendo despropósitos, me había comprometido conmigo misma a actualizar el blog al menos una vez a la semana, preferiblemente los jueves, por eso de que a veces me siento identificada con ellos. ¿Lo lograré? No lo sé. Ahora mismo solo sé que el día 1 tengo libre, y tras la fiesta de año nuevo y una estimada sensación térmica de -22 grados, me van a tener q sacar de la cama con grúa o picahielos.

 

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