Lo normal, lo nolmal y lo “no-mal”

Estas últimas dos semanas ha estado visitándome uno de mis mejores amigos. Esto, que en sí no tiene nada de “especial” (es decir, que a vista previa no parece extraño o sorpresivo que una persona visite a una amiga que vive lejos, independientemente de lo maravilloso que me pueda parecer el hecho de que alguien se venga hasta la otra punta del mundo para verme) me ha hecho darme cuenta, entre otras cosas, de algo muy importante.

Viajar, vivir en el extranjero, que en tu grupo de amigos sean todos de un padre y una madre etc es, como decía Mark Twain, fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechura de mente. Pero tiene otros efectos colaterales: te mina la capacidad de sorprenderte.

¿No os ha pasado que nunca os habíais fijado en ciertos detalles de vuestra ciudad hasta que no ha venido a visitaros alguien de fuera? ¿…y creéis que eso es algo normal?

En mis clases de Medios de Comunicación y Escritura Creativa no dejo de repetir y/o enfatizar los peligros de la palabra “normal”. “Normal” es, en el fondo, una de mis palabras favoritas. Nada te permitirá conocer mejor a una persona como analizar las cosas que considera “normales”; te dará una idea generalizada de su trasfondo, antecedentes, cultura, familia, manera de pensar, modo de opinar, ideología, preferencias, miedos, inhibiciones, moral. Por eso les insto a nunca usarla cuando escriban para un medio, y utilizarla solo, de manera comedida, cuando escriben ficción (y es usada para definir una personalidad o entorno idiosincrásico).

Como, por ejemplo, esto de que una de las asignaturas que imparto se llame “Medios de Comunicación y Escritura Creativa”. A mí la unión de estos dos conceptos no me parece muy acertada. Los chinos, sin embargo, lo ven normal.

Prensa seria

Por eso, cosas que a mí ya me parecen normales, a mi amigo le causaron un shock cultural tras otro. El primer día contamos treinta y ocho. Creo. Bueno, las contó él, porque yo ni me cosqué. Después de dos semanas el pobre había perdido la cuenta.

Intentaré recapitular algunas de las más jocosas y “normales” situaciones por las que yo a estas alturas ni me inmuto:

1)  La vasta mayoría de los chinos no saben lo que es el desodorante, y en caso de saberlo muchos no lo usan porque “Eso es para laowais (extranjeros), que como los pobres huelen mal, se lo tienen que echar todos los días. Los habitantes del Reino Central no olemos”.

Ahora, que alguien me explique el olor a compañerismo del metro, porque los laowais somos los menos.

¡Ah! Al parecer, los blancos olemos “a leche”.

2)  ¡Buenas noticas a todas aquellas personas que parece que se duchen con lejía! En este país la palidez es sinónimo de belleza. Las cremas chinorris tienen todas efecto blanqueante. Los chinos huyen del sol y los bronceados como de la peste. Los Solariums 24h de Budapest aquí serían una tortura china.

Paraguas cabecil, para un chino o para mil

3)  Por la calle te puedes encontrar cualquier cosa. Literalmente, cualquier cosa. Y siempre habrá un chino que intentará vendértela.

Sí, es un ciervo disecado.

5)  La comida china, la de verdad, es alucinante y no tiene nada que ver con la que tenemos en Europa.

El censor del porno se ha olvidado de ésto.

6)  El queso es un producto elitista muy difícil de encontrar. Un paquete de Tranchetes de diez te puede costar lo mismo que cenar fuera (y según dónde cenes, lo mismo que cenar fuera 2 veces). De ahí que una pizzería sea de lo más caro que te puedes echar en cara.

7)  Una amiga, al volver de España, nos trajo unas maravillosas barras de chocolate. Cho-co-la-teeeeee. Del bueno. En ese momento estábamos sentadas en círculo, la emoción nos embargó, y empezamos a hacer rular la barrita rica. Una a una saboreamos, poco a poco, el gusto del cacao, antes de pasarlo a la siguiente persona. Empezamos a emitir sonidos de placer y aprobación.  Y es que el chocolate no es sustitutivo del sexo, sino de los porros.

¿Qué por qué? En China hace muy poco que conocen los pecaminosos efectos que puede provocar esta droga tan dulce. Lo que tienen por aquí es una pasta de alubias dulce.

Comida que te insulta: "Pensabas que era de chocolate, ¿eh? Ay... melona" -me dice este helado.

Sí, sí, habéis leído bien. Una pasta de alubias dulce, que le añaden a todo lo que llaman repostería (muchas veces también con una especie de polvo estilo cabello de ángel hecho con ternera seca y azúcar). No está del todo mal. Pero les queda mucho para saber lo que es (kínder) bueno. Es mejor pasarse a la fruta, buena y natural.

Esta manzana me dice en chino que es feliz

8)  En el mundo del marketing lo importante es diferenciarse del resto. Y si para eso has de llamar a tu tienda “Clown-fresh flowers” y disfrazar a tus repartidores de payaso… pues se hace.

Payaso floral

Por cierto, no capto muy bien el nombre. ¿Son las flores tan frescas como un payaso? ¿Es el payaso el fresco? ¿Es “Clown” un adjetivo y yo no lo sabía?
8)  Otro espécimen pequinés (y me atrevería a decir que existente en toda China) son las señoras con altavoz. Están por todas partes, y te gritan cosas que no entiendes. Y como no entiendes, gritan más, porque por supuesto así vas a entender todo MUCHO MEJOR.

Añada aquí "Wachiwaaaaa wachiwaaaaaa...!!!" sonido enervante a muchos decibelios.

En todo autobús hay una señora con altavoz que grita cosas. En muchísimas tiendas hay una señora con altavoz que, por eso del marketing directo, te grita cosas directamente a ti – y sabes que es a ti porque te hace muchos aspavientos y entre sus balbuceos te parece discernir las palabras Jelouu jelouuu luka, luka.

Hay una sub-raza de señoras con altavoz, las señoras con altavoz políglotas, que además de Jelouu y Luka se han aprendido el nombre del producto que te intentan encasquetar. Aquí encontramos a Jelouu Taxi??, Jelouu, Water??, Jelouu, Panda??, Jelouu, Kitty?? Y demás. Si son de nivel avanzado, pueden llegar a añadir un Beri guuuud, lets gouu!!

A veces no está ni la señora, y sólo hay un altavoz que te grita cosas que no entiendes. Yo he llegado a la conclusión de que en China puedes hacer lo que se te salga de los ji dàn, y si alguien te grita es que no se puede hacer. O que te quieren vender algo.

 

8)  El Tetris (al menos el primero que yo tuve, el de la Game Boy) se inventó en1989, y todo el mundo sabe que ese año en Beijing no ocurrió ab-so-lu-ta-men-te nadaaaaaa, así que como no tenían naaaaaada más que hacer, en China en vez de a apilar cubitos y palitos de colores aprendieron a apilar muchas cosas en muchos sitios, como por ejemplo camiones, motos, tiendas donde todo está en todas partes, etc.

Cabe más que en un 600

La mayor diversión es encontrar la belleza en el desorden, el orden dentro del caos. O eso le decía yo a mi madre cada vez que calificaba mi habitación de “leonera”.
9)  Los chinos bailando por los parques son una de las cosas que más me gustan. Por lo que me han contado, la cosa viene de tiempos más comunistas en los que todos debían estar sanos para poder ser soldados del país y estar fuertes y cachas para luchar por la nación y blablablá. Ahora se ha quedado en un método gimnástico y social precioso.

Flash Mob con Mao de fondo

Ya en cartelera, en sus plazas más cercanas.
10)  …y como continuación del punto anterior: Gimnasios callejeros. Simplemente maravillosos, socializas, te pones en forma y además ahorras dinero. Gran medida anticrisis.

Marujas chinas hacen deporte mientras discuten la subida del precio de los tomates en el JiaLaFu

Pues sí, MáLìPûlí, los tomates a tres kuai el ting...

11) La gente se saca fotos contigo. Si quieres sentirte en el candelabro, viaja a una zona rural china. En las ciudades están ya algo acostumbrados, pero en cuanto sales un poco notarás cómo hay chinos que se deslizan en tus fotos mientras posas para tu amiga, chinos que te piden emocionadísimos que poses con ellos, chinos que disimuladamente apuntan el móvil en tu dirección y chinos que sin pudor alguno te plantan un Ipad en la cara y te retratan.

Todo esto, digo yo,  para rememorar esos maravillosos tres segundos que pasaron en tu compañía.

Foto chorra aleatoria

 

Chino aleatorio se aproxima

...y así acaba tu pose aleatoria en las redes sociales chinas.

12) Si estás planeando viajar por China, especialmente si planeas viajar solo, has de ser consciente de que, en cuanto te bajes del bus / tren / camioneta / burro-taxi, te encontrarás con chinos deseosos de llevarte a donde sea, habitualmente por un precio (para ellos) desorbitado.

Afortunadamente, sobre todo si sonríes mucho y sabes farfullar un poco de su idioma, también es fácil encontrar  chinos maravillosos que se paran por la calle para llamar a su suegra y ayudarte. Te ven con cara de laowai, te cogen de la mano, te llevan a sitios, te enseñan cosas, discuten con el taxista malvado que te quiere cobrar 100 yuanes por llevarte al centro (a veces tienen un altavoz y te gritan cosas que no entiendes) y averiguan con sólo 5 llamadas a qué bus tienen que acompañarte para que sólo te gastes tres. Y después te dicen adiós con la mano.

 

Añadiría muchas más cosas super- normales, pero es que entonces la lista tendría 13 puntos y ese número da mala suerte. Como el 14. Por eso me he saltado el 4, y he puesto tres 8s, para contrastar.  Todo muy normal. No está mal.

Gato de la suerte, la felicidad, las flores de loto y todo eso. Made in Bilbao.

“Travel is fatal to prejudice, bigotry, and narrow-mindedness, and many of our people need it sorely on these accounts. Broad, wholesome, charitable views of men and things cannot be acquired by vegetating in one little corner of the earth all one’s lifetime.”
Mark Twain, The Innocents Abroad/Roughing It

El origen perdido de los pantalones chinos

Ah, China. Cuando crees que lo has visto todo… ¡Solplesa! Algo ocurre que te deja con la boca abierta.

La primera vez que el mentado pensamiento cruzó mi mente miré hcia abajo y ví un perro disfrazado de abeja, con zapatos y pestañas postizas. Desde entonces he perdido la cuenta de todas las cosas que he visto que me impiden decir “Ya no me sorprende nada”. Porque siempre, siempre, SIEMPRE hay algo más.

La última, ayer por la tarde, cuando un chino aleatorio me pasó por delante mientras esperaba a cruzar la carretera, en patines y tocando las castañuelas. De estos momentos en los que te replanteas la vida, y te preguntas porqué nunca se te ocurrió hacer eso antes. Esa elegancia, ese ritmo, esa lógica trascendental. Quizá, de haberlo probado, hoy sería una castañuepatinadora profesional, y me llevarían a campeonatos donde rivalizaría en talento con diseñadores de pestañas postizas caninas.

Otra cosa. Hablando de perros. Sí, es cierto que en muchas partes de China los comen (lo que tampoco me sorprende en demasía, dada la pobreza que asoló el país hace no tantos años; la gente tenía más hambre que Carpanta y hacían guisos hasta con las cortezas de los árboles). Y sí, la mitología china indica que si comes ciertos animales o partes del cuerpo, adquieres diversas cualidades que caracterizaron al bicho o la víscera. Por ejemplo, si comes sopa de aleta de tiburón no sufres de impotencia. ¿Habéis visto alguna vez a un tiburón impotente? No, ¿verdad? Pues al parecer los chinos tampoco, oye.

Ha sido sólo después de unir estas dos ideas cuando he entendido la moda local. De tanto comer perro… ¡¡los chinos ven en blanco y negro!!

Es la única explicación posible que le veo a ese exacerbado intento de hacer combinar colores que se dan de ostias, formas imposibles, texturas diversas, estampados sospechosos, frases inconexas y gramaticalmente incorrectas, complementos supercute del todo a cien, gafas sin cristales, rellenos de nalgas y pijamas primorosos. A la vez. Sospecho que Picasso pasó una temporada en el Reino Central para pillar inspiración.

Pongamos ejemplos gráficos.

"Vaya tela, Mali Loli"

Con mi chandal y mis tacones, arreglá pero informal...

 

Estos seres están perfectamente aceptados por la sociedad

He oído que, allá por 2008, por eso de no perder cara en las Olimpiadas, el Gobierno lanzó varias campañas de publicidad a fin de intentar impedir que la peña fuera en pijama por la calle o comieran perros, en plan “Venga, va, chicos, que a los guiris les parece extraño y ya sabéis, hay que hacerles sentir bien para luego poder invadirles sin que se den cuenta”.

¡Oh! Y cuántas veces nos habremos preguntado ¿qué me pongo? Pues bien, si tienes pareja pero te falta personalidad, no tienes de qué preocuparte. Sólo tienes que ponerte e-xac-ta-men-te lo mismo que tu media naranja de la China. ¿Cómo? ¿Qué eso tiene que ser muy difícil? ¡Qué va! Los chinos has pensado en todo para que no pienses tú.

 

Los foráneos disfrutan del descubrimiento de estos especímenes

 

"El amor no es mirarse el uno al otro... es vestir igual de horteras y caminar en la misma dirección"

Fijémonos en que también hay ropa para bebé. ¿Harto de seguir estereotipos sociales y vestir a tu criatura de azul o rosa según el sexo? ¡Vístele como tú!

Bazar Familia Feliz

Y por supuesto, no te olvides de adquirir esos maravillosos pantalones para niños chinos que no usan pañales, que llevan una raja en la entrepierna que ni hecha con escalpelo, y que facilita su evacuación intestinal. Las instrucciones de uso son simples: póngale este pantalón a su retoño. Déjele corretear a su libre albedrío. Permita que se agache cuando tenga un apretón: la apertura es del tamaño perfecto como para no tener que preocuparse de nada. Vuelva a dejarle corretear a su libre albedrío. ¡Todo son ventajas!

...imagen tomada a -10º...

Ahora, imagínate que tienes una banda de música. Da igual el estilo. Bueno, digamos que es algo retro-jazz-alternativo salpicado con notas de tango, heavy metal y soft-core-blues, que es el género musical que tocan todas las formaciones chinas poco comerciales (es decir – quitando las que cantan retahílas laudatorias hacia el comunismo o ñoñerías de las que te hacen sangrar los oídos… el 0.00000000000000001 de los grupos).

La pregunta ahora es: ¿Qué look elegirías?

Te dejo 10 segundos para pensar.

10

9

8

7

6

5

4

3

2

1

…veamos si tu imaginación te ha llevado a esto.

Analicemos la siguiente imagen:

 

"Le dedicamos esta canción a nuestro estilista, a ver si recupera la vista"

Empezamos por el primo chino de Luis Piedrahita en el bajo, que mira al resto con inquina; el cantante en el centro luciendo un bello atuendo con gorro a conjunto ideal para la moda que se acerca esta primavera-verano y a la derecha tenemos al que toca el djembe ocultándose detrás del micrófono para que no le relacionemos con el resto de los sex-symbols del escenario.

No, nos hemos olvidado del cuarto ser. Ese símil oriental de Marianico el Corto con gafas de buceo / soldador tiene una importantísima misión.

 

Sí, está comiendo pistachos.

Obviamente, el ruido de las cáscaras de los pistachos al chocar contra el suelo crea una melodía única e irrepetible, mejor que la de cualquier batería, txalaparta, o instrumento de percusión similar.

De hecho, hay un tipo de personas en este país a los que yo denomino “Chinos musicales”. Tú les ves que se acercan, cada vez más, habitualmente despacio, con ese bamboleo de caderas que se estila por aquí. Y de ellos emana música. No se sabe de dónde. Dice la leyenda que, en alguno de sus bolsillos, hay un pequeño transistor, pero tú nunca llegas a verlo. Caminan como un caracol reumático, rezumando las habitualmente altísimas notas de la ópera de Pekín, canturreando a la par cosas que no entiendes, envolviendo su presencia con un mantra misterioso que les saca del tiempo y el espacio. Después, literalmente, se van con la música a otro lado.

Otros directamente cantan sin más en parques públicos.

"El milenalismo va a llegáááááááá..."

Lo bueno de todo esto es que, te pongas lo que te pongas en este país, nunca vas a dar el cante.

Bajo el cielo (co)chino

Me ha preguntado mucha gente a ver si es verdad que aquel fin de semana de enero la contaminación alcanzó unos niveles brutales. A ver si es verdad que las escuelas cerraron dos días, si salimos todos con mascarilla, si vamos a morir, si se acercan los cuatro jinetes chinos del apocalipsis con sus cuatro coches de marca de muchos caballos soltando humo por sus tubos de escape.

Bueno, pues sí, es verdad. Lo que no sé es si los números difieren mucho de los resultados que se alcanzarían si se analizaran correctamente y a diario los efectos de los efluvios comerciales en pro del progreso. Porque la txapela sobre este barrio colindante de Bilbao que es Beijing no es nueva. Hace más de un año que yo la llevo sobre mi cabeza cual espada de Damocles, sufriéndola en silencio, oliéndola con desagrado, viéndola estupefacta, respirándola resignada.

Respondiendo a todas las preguntas punto por punto, veamos… sí, cerraron las escuelas dos días: el sábado y el domingo. Sí, muchos salieron y salen con mascarilla, pero un amplio porcentaje de ellos lo hacen porque es lo que les dicen que tienen que hacer o por moda (hay que ver las preciosísimas máscaras fashion que llevan algunas de mis “plimas” por aquí…). Sí, vamos a morir todos, pero no necesariamente hoy o por causa de la contaminación. Al fin y al cabo, vivir en Beijing y practicar el arriesgado deporte de respirar a la vez es como fumar un paquete de Ducados al día, y conozco mucha gente que hace eso a menudo y goza de buena salud (¡Hola mamá!).

¿Por qué que ese fin de semana fue peor? Bueno. A lo de tener los mocos negros ya me he acostumbrado, por lo que ya no me parece nada fuera de lo normal. A que haya días en los que no soy capaz de ver los rascacielos cercanos a mí casi que también. Pero hay cosas que NO son habituales, como: bajar a la estación de metro y ver una nube negruzca que flota en el ambiente, o a estar sólo media hora en la calle y pasarse una semana tosiendo.

Me han comentado que el gobierno chino ha reconocido la existencia de los llamados “pueblos del cáncer”, y no creo que se refieran a que muchos de sus habitantes nacieran por Julio o esas fechas. ¿Cómo tienen que ser los índices de polución para que se hayan bajado los pantalones? Y… ¿se los habrán bajado sólo para ponérselos alrededor de la cara y reforzar la máscara anti-mierda?

Al parecer, en 2008, cuando las olimpiadas, el sol brilló más que nunca gracias a unos (amigos de ciencias, perdonen mi ignorancia) cohetes con sustancias químicas aleatorias dentro, que disiparon la contaminación como el Fairy la grasa en Villabajo y provocaron que las chinas se echaran más productos blanqueantes en la cara y sacaran los paraguas para no ponerse morenas. Y resulta que han seguido haciéndolo, no sé si por hacerle la competencia al país del sol naciente con el que tan bien se llevan, provocando que todo el mundo crea que la cosa no está tan mal. Pero el problema es que esto no se arregla ni lanzando lejía.

Mirando el lado positivo, y parafraseando a un amigo, con la polución conseguimos que Beijing sea una de las ciudades más románticas del mundo, con servicio de luna llena 24h – y es que muchos días se puede mirar directamente al sol sin hacerse daño en los ojos.

Reconozcámoslo, a veces Beijing es bonito

Ahora bien, ni se te ocurra ponerte enfermo, ni por esto ni por nada. Ir al hospital aquí es como una gincana, tengas lo que tengas. Las veces que he tenido que ir yo me lo he pasado pipa.

Una vez, mientras recibía tratamiento, una de las enfermeras me cogió de las manos, me las miró, soltó varias onomatopeyas exclamativas, ohhhh, ahhhhh, me las acarició, llamó a otra enfermera y se pusieron a hablar entre ellas pasándose mis manos entre ellas hasta que entendí que me estaban leyendo las palmas. Si esto me pasara en España, pensaría que con los recortes en Sanidad tienen que sacarse un dinero extra vendiendo romero a los pacientes, pero esto es la China Capuchina, señores, y lo hacen por placer.

En otra ocasión en la que fui a urgencias, tuve la gran suerte de coincidir con un médico majetón que chapurreaba algo de inglés, y con el que mantuve la siguiente conversación:

-Where you from? (¿De dónde eres?)

-Spain.

-¡¡¡Españaaaaaa!!!

-Ehhhh… dui (Correcto, en chino)

-You allergic medicine? (¿Eres alérgica a algún medicamento?)

-Bù shi (No)

-¡¡Iniestaaaaaa!!

-Ehhhh…

-¡¡Gasol!!

-They might be, I don’t know. (Quizá ellos lo sean, no sé)

- You pregnant? (¿estás embarazada?)

-No.

-¡¡Fernando Alonso!!

-No, él tampoco. Creo, vamos.

-Shén me? (¿Qué?)

-Mei guan xi (No tiene importancia)

-Married? (¿Estás casada?)

-No.

-Xi Ban yá dòu niú!!! (¡¡Corridas de toros!! – en chino)

-A…já.

-Boyfriend? (¿Novio?)

-No…would that affect my health? (No… ¿Afectaría eso a mi salud? Autorespuesta: Sí, a la mental)

-Ohhhh. This wo de phone hao. You problem, you call. Ok le? (Ohhhh, éste es mi número de teléfono… llámame si tienes algún problema, ¿ok? – en chinglish)

Dudaba yo entre si estaba siendo agradable o si me estaba metiendo fichas cuando me guiñó un ojo, y yo salí corriendo, poL si acaso.

Pero la experiencia más extenuante fue ayer. Tuve que ir al hospital a que me limpiaran una herida, cosa que llevaría cinco minutos en cualquier lugar del mundo donde reinara la lógica. En el Reino Central, sin embargo, debería considerarse deporte olímpico.

Llego al hospital. Voy a la ventanilla donde hay que pagar para que te den un ticket para pedir hora. Voy a la otra ventanilla a pedir hora. Pago por que me la den. Me dicen algo en chino, entiendo el piso al que tengo que ir pero no la hora. Acabo perdiendo 45 minutos de mi vida esperando a que llegue una enfermera, recoja todos los papelitos y nos separe a todos en distintas colas enfrente de distintas puertas tras las cuales se ocultan distintos médicos chinos. Me ve un médico. Me habla en chino. No me entero de nada. Sonrío. Al explicar, con mi chino del todo a cien, el diccionario del móvil y lo que me ha escrito una amiga en caracteres lo que me ocurre, me da un papelito con el que debo ir a otra ventanilla a pagar por otro papelito que me acredita como persona que necesita tratamiento médico. Tras 15 minutos de cola, voy a la sala de tratamiento, donde me hablan en chino más rato y en vez de hablar despacio o usar lenguaje corporal se desesperan y llaman a una amiga mía china para decirles que no puedo comer marisco (¿Que qué tiene eso que ver con limpiar una herida? Si lo sabéis explicádmelo, por favor). Tras eso, me dan otro papelito con el que debo ir a una ventanilla a pagar por que me pongan un sello en otro papelito para que me den OTRO papelito con el que ir a OTRA ventanilla a que me den las medicinas.

Cuando salí de ese edificio maldito que me acababa de recorrer casi por completo, me sentí triste por el Amazonas y demás bosques que estén siendo destruidos para que los puñeteros chinos tengan suficientes puñeteros papelitos que pasear por las puñeteras tropecientas ventanillas de los puñeteros cuatro pisos de los puñeteros centros médicos que han de patearse cada vez que necesitan una puñetera aspirina.

Que, pensándolo bien, quizá sea simplemente otra estrategia gubernamental para mantenerles a todos en forma. Lo que yo saco en claro de todo esto es que he de digievolucionar en un ser de mocos negros que no pille neumonías ni faringitis debido a la contaminación porque visto lo que pasa cuando vas al médico con algo simple no me quiero ni imaginar cómo es si vas con un pulmón en la mano.

Direcciones en China, o cómo sudar tinta ídem

Releyendo las frases sueltas que escribí hace más de un año para acordarme de los acontecimientos principales de mi confusa vida pekinesa, me he topado con la siguiente frase: “Los niños me tocan las tetas y yo les cuento el cuento de la Happy Beaver”.

… supongo que hay cosas que no cambian, ni cambiarán nunca.

(Cabe destacar que “Beaver”, en inglés, puede significar “Castor” o “Conejo”…el segundo significado de conejo… y no, no me refiero a Bugs Bunny…)

En esas casi tres semanas que viví en un albergue donde me encontré a mí misma precisamente por estar completamente perdida, tuve, por alguna extraña razón, la firme creencia de que sería capaz de escribir al menos dos líneas por día narrando mis aventuras.

Obviamente, eso no sucedió nunca. Siempre estamos todos muy ocupados intentando decidir qué hacer con el resto de nuestras vidas, como si eso fuera completamente incompatible con vivirlas, o con compartirlas. Ello lleva a que tenga ahora que hacer un duro ejercicio de memoria, y mi memoria es erráticamente selectiva. Sobre todo en esos días, en los que todo era muy confuso, y los martes cualquiera se convertían en martes especiales, mis cenas en bolas de pan extraño gomoso rellenas de carne y los mochileros que conocía en el bar en mis mejores amigos y confidentes.

Pero no solo eso: lo lejano se convertía en cercano, lo gigantesco en simplemente grande, la derecha en el norte, la izquierda en el sur, el Carrefour en JiaLeFú, los ojos que sospechan en ojos normales, los ojos asustados en ojos extranjeros y a mis ojos lo extravagante se volvía normal y lo serio jocoso. Todos mis conceptos cambiaban mientras Epi y Blas lloraban. “Estar cerca” aquí es estar a 20 minutos andando y “No muy lejos” es una hora de metro con cuatro cambios de línea.

El JiaLeFú

Los chinos cuando quieren son claros y concisos. Martes en chino se dice “Semana Dos”. Decidí quedarme en Pekín un Semana Uno, empecé a trabajar un Semana Tres, pero antes de llegar a ese punto viví una experiencia cuasi-religiosa. De hecho, varias.

La primera fue bajar al metro e intentar averiguar cuanto tiempo podía tardar hasta el lugar donde tenía la entrevista de trabajo. Miré al mapa de las estaciones, él me miró a mí, nos miramos ambos dos, yo entré en trance y estuve a punto de caer de rodillas ante tal aparición.

 

Parecidos razonables

 

 

Tras percatarme (no sin cierta decepción) de que no estaba en presencia de sus tallarinescos apéndices, procedí a examinar las líneas con fruición.

He de explicar algo: los chinos son muy supersticiosos con esto de los números. El número 4 suena parecido a “Muerte”, el 8 a “Buena fortuna”, el 5 a “Yo”, el 2 a “Amor”, el 1 a “Querer”, etc. De ahí que a la hora de comprar una tarjeta SIM, un número de teléfono con muchos ochos o una buena combinación de números es infinitamente más caro que uno con muchos cuatros. Cuando compré la mía me sorprendí de lo barata que era. Luego me di cuenta de tiene varios cuatros, lo cual quiere decir que cualquier día me come un caimán. Bueno, un día me persiguió un centollo que se había escapado de un restaurante, pero no sé si cuenta.

Algunos números recuerdan a miembros de tu familia, como madre, tío, suegra… Así, la gente evita el 5 cerca de la suegra y le añade un 14, que puede sonar a “Quiero morir”. También hay combinaciones amorosas, como el 520, que parece un “Te quiero”. De hecho, este pasado cuatro de enero se celebró una especie de “San Valentín” chinorris al ser la fecha “201314” (aquí ponen el día al final y el año al principio), que viene a ser “te querré por siempre”. Y es que esta sociedad está tan obsesionada con el tema matrimonio obligatorio u ostracismo social que tienen hasta un día oficial de “Prevención de Soltería” para aquel que esté como la una, o como el uno, el 11 de Noviembre (11/11). En esa fecha se celebran festejos por toda la ciudad para solteros entrados en años (es decir, mayores de 27), muchos de ellos con alcohol de por medio para ahogar las penas y el inconformismo.

No sé si la numeración de las líneas de metro tiene algo que ver con sus supersticiones, pero la primera en ser abierta fue la 1 (bien), luego vino la 2 (vale), después la 13 (o…k) y no estoy muy segura pero creo que la siguiente fue la 10 y más tarde la 5 seguida de la 4… o algo así. La cosa es que la semana pasada abrieron la 9 y la 6, así que ahora mismo tenemos la 1, la 2, 3 no hay, la 4, la 5, la 6, 7 no hay, la 8, la 9, la 10, 11 y 12 no hay, la 13 que es una carraca, 14 no hay y la 15 que lleva al culo del mundo.

…si has sido capaz de leer el último párrafo sin preguntarte ni una vez “¿Pero qué coj…?”, puedes vivir en China, porque todo es así.

¿Ve alguien más algo raro en los botones de este ascensor?

Así que me lancé a la aventura, aterricé en Zhongguancun, una parada de nombre impronunciable cerca de HaidianHuangZhuang, pero que no supera a Huixinxijienankou (forever in my heart) y tras salir al exterior me dispuse a encontrar la oficina con las precisas indicaciones otorgadas.

Los chinos, cuando NO quieren, no son ni claros ni concisos. Atención:

“Sal por la salida (x), gira al oeste, llega hasta la tienda llamada (chinchinfuncosaenchinolalala), ve hacia el edificio grande, camina unos dos minutos y estamos detrás de los dos árboles viejos, en el piso doce”

…ajá. Y todo esto en chinglish. He aquí la segunda experiencia cuasi-religiosa; me empiezo a cagar en la Virgen y en todos los Santos.

Por supuesto, la salida (x) no estaba al alcance de la vista, opto por salir por otra; craso error. Nunca he sabido ni por dónde viene el viento, identificar el Oeste sin ver cowboys me es imposible; por no mencionar que todo lo que sabía decir en chino en aquella época era “Hola” y “Te quiero” (es decir, nivel básico pa’ cer amigos), por lo que no sé leer los caracteres donde pone chinchinfuncosaenchinolalala. En cuanto a lo del “edificio grande”… ¿¿cuál?? Estaba rodeada de rascacielos que me impedían ver el ídem, y nadie me especificó a qué velocidad caminan en este país como para saber hasta donde he de llegar en dos minutos. ¿En plan “Caracol reumático” o “Voy con prisa porque tengo una entrevista de trabajo y estoy más perdida que un pulpo en un garaje”?. Y lo que es más, ¿¿qué coño árboles de doce plantas tienen aquí??

Tras un ratazo en el que no sé yo si caminaba o bailaba la yenka en chino izquieldaizquielda delechadelecha delante, detlás,  yi, er, san, logré dar con el dichoso edificio que albergaba la “oficina”, o habitáculo donde hice la entrevista. Llegué más de media hora tarde, muy apurada, roja, avergonzada y con la boca llena de disculpas. Me contestaron “No pasa nada, asumíamos que te perderías”.

…ajá.

Y así, con este facepalm, comencé mi primera entrevista de trabajo en China. He pasado ya por varias, y son otro mundo, por no decir otra galaxia, u otro universo que sobrevuela el dragón de oro azul sobre la flor de loto dorada que se abre en primavera. Como todo, todo y todo en éste el “Reino Central”.

Mi lutina matinal y desplopósitos de año nuevo

Tengo mucho sueño.

Chanchancháaaaaan, vaya manera de empezar una entrada. Pero es que es verdad. Levantarme a las seis y media de la mañana me mata mucho, muchísimo, sobre todo las ganas de trabajar.

Bueno, en realidad las primeras ganas que mata esta rutina madrugadora son las de salir de la cama. Todos los días el mismo proceso: suena el despertador, lo paro, me cago en los chinos y sus horarios, saco tímidamente un pie de la cama, se me congela, temo el riesgo de gangrena, lo vuelvo a meter. Por proteger mi salud y temperatura corporal decido dormir cinco minutos, solo cinco minutos más.

Repito el proceso anterior unas 6 veces. Menos mal que ya son muchos años con una misma y empezamos a conocernos, y tengo como dieciocho alarmas puestas, por si acaso.

Esa bola en el cielo es el sol. Sí. En serio.

Tras este bello modo de comenzar el día, intento cual practicante de yoga saludar al sol, pero habitualmente no puedo: una capa de mier… digoooo ligera contaminación me lo impide. Y los días en que puedo me echo a temblar. Literalmente. El sol de invierno pekinés trae consigo olas siberianas de frío del que debería estar prohibido por muy terso que deje el cutis.

Vistas desde mi antigua oficina en un día claro

Vista desde mi antigua oficina en un día con contaminación

Todavía con el ojillo medio pegao’ comienzo la ya famosa Operación Cebolla.

¿Que qué es eso? Pues un término que me he inventado. Soy de la opinión de que un idioma crea (o adopta) palabras para describir los conceptos que necesita describir la sociedad que lo habla, y observar las diferencias entre lenguas me fascina. En español tenemos “Sobremesa”, en euskera “Gaupasa”, en inglés tienen “Commute” (el tiempo que se tarda en ir al trabajo), en alemán “Schadenfreude” (encontrar placer en la desgracia ajena) y en japonés Bukkake. ¿Que qué viene esto a contar de las diferentes culturas? Yo que sé. O como dicen en mandarín, no me preguntes, yo sólo estoy comprando salsa de soja.

En cuanto al chino, ese jeroglífico inexplicable en el que para decir que molas mogollón te sueltan un “tú – demasiado – palo – partícula de acción completada” (y se quedan tan anchos), he de comentar que ya sé por qué no tienen religión oficial: no hay Diox que lo entienda. Así que yo, que intento hablar todas las lenguas (hasta las inexistentes) continúo con mi Operación Cebolla, es decir: ese ritual mañanero de adoración pagana a toda prenda que pueda proporcionarme algo más de calor.

Abro el armario. Miro dentro. Lo normal es preguntarse “¿Qué me pongo?”. En vez de eso, yo me pregunto “¿Qué MÁS me pongo?”. Mi atavío habitual se compone de: camiseta de tirantes, camiseta de manga larga, chaqueta o jersey (o quizá ambos), pantalones, calzado, abrigo, buff, bufanda, orejeras, guantes, gorro, a veces calentadores. Porque solo cuando te has hecho con este traje homenaje al muñeco Michelín, te sientes más o menos preparado (que no deseoso) de salir a la calle.

Como comentaba en anteriores entradas, una de mis mayores pasiones es el contar historias. Recuerdo que cuando me aburría en el metro de Bilbao, cogía algún creditrans gastado, comprobaba los días, las horas, las estaciones marcadas, intentaba hilar una línea de acontecimientos medianamente lógicos entre ellos y observaba a una persona al azar. Me intentaba empapar de su aura, su vida, su apariencia. ¿Cómo es esta persona? ¿Por qué fue a Sarriko el jueves 22 a las 6 de la tarde? El siguiente viaje fue desde Santutxu, al día siguiente por la mañana. ¿Qué le llevo allí, y cómo llegó?

Pues todos podemos ser personajes de cuento, cada alma contiene miles de experiencias, y millones de almas se concentran en Beijing. El problema es cuando todas esas almas, con sus infinitas historias, intentan entrar en el metro al mismo tiempo. El pasado 21 de Diciembre unos amigos me preguntaron, ya que vivo siete horas en el futuro, a ver si el fin del mundo había llegado por aquí. Les dije que sí, y les mandé fotos del metro en hora punta.

Hablaba de mi commute. Básicamente consiste en: camino al metro (10 min), viaje en metro (30 min), camino al trabajo (5 min).

Ampliemos esta información adecuándola al invierno:

1)      Camino al metro (-10 grados centígrados de media); 10 minutos de mi vida en los que intento andar lo más rápido posible para entrar en calor, esquivando niños cojoneros que van al colegio y padres puñeteros que los llevan en bicicleta o vehículo a motor similar. ¿Por qué es esto enervante? Porque en China el conductor tiene preferencia, los pasos de cebra están para hacer bonito y los semáforos en rojo te los puedes saltar si vas hacia tu derecha en coche. He de añadir que vivo en un Hutong (pequeña callejuela estrecha típica pekinesa), lo que agrava la situación. Viva el caos con niños y carricoches de por medio.

Mi calle en un día claro. ¿Tú meterías el coche por aquí? Yo tampoco.

Menos mal que he aprendido a andar de lado cual cangrejo por encima de los bordillos, a esquivar placas de hielo y a encontrar oportunidad de paso por los más estrechos rincones.

¿Tú te meterías por aquí con el coche? Los chinos sí.

2)      Viaje en metro (como mil grados centígrados de media); 30 minutos de mi vida divididos en dos trenes donde me aso como un pollo y aquel que eche de menos el contacto físico puede llegar a sentirse feliz. La gente va tan apachurrada que no se quita ni el abrigo (ni el gorro, ni las orejeras, ni los guantes, aunque eso no lo entiendo) – tanto, que no tengo espacio para levantar las manos y leer un libro, o algo. A veces ni el móvil.

En estos trayectos se aprende a apreciar el espacio vital y distinguir los espacios donde poder mantener tus constantes vitales. Si te vas a bajar en menos de dos paradas, es recomendable que emprendas un avance hacia las puertas de salida. El problema es que todas las almas de cántaro chinas piensan en lo mismo y se apelotonan de tal manera que es mucho más cómodo ponerse un poco en la retaguardia y ser capaz de respirar.

Si vas a pasar un tiempo relativamente largo en el vagón, puedes jugar al wondefuloso juego de las sillas. Consiste en tratar de averiguar a dónde se dirige (como en mi juego del creditrans) la gente sentada, posicionarte delante de los que creas que se van a bajar antes y mirarles mal hasta que alguno se levante. Entonces te abalanzas sobre el espacio vacío y lo ocupas con tu ser, ignorando codos, piernas y abuelas reumáticas. Dada la alta competencia y experiencia de años de todos tus rivales, es difícil ganar en esta dura competición.

Otros divertidos pasatiempos son: Mirar fijamente a los ojos de todo aquel que te clave la mirada y abra la boca como si nunca hubiera visto un extranjero; permitir que las personas que se apelotonan a tu alrededor lean por encima de tu hombro; hacer tú lo mismo; echarte colonia (huyen despavoridos); iniciar conversaciones en Chinglish con pasajeros aleatorios; hablar por teléfono en un idioma que no sea Chino (lengua que hablan los chinos) o Inglés (lengua que hablan los extranjeros según dice la leyenda) para parecerles un alien; practicar complicadas posturas de Tai Chi para esquivar la barrera humana que te impide apearte; ver los entrañables vídeos que dan por la tele, en su mayoría tonterías de Youku (youtube chino) y parafernalias pro-civismo comunistas; elaborar complicadas teorías sobre qué llevan los chinos en esas bolsas gigantes en las que vienen los edredones y que llevan por doquier dando bastante por culo; infinito etc.

El fin del mundo ha comenzado

3)      Camino al trabajo (-10 grados centígrados de media; sensación térmica al salir de la estación: -285764028670938745 grados): 5 minutos de mi vida en los que digo “Bah, si está ahí al lado, no merece la pena que me vuelva a poner todas estas capas de mi Cebolla operacional, si total en la oficina hace un millón de grados”, y se me congelan las orejas y el culo.

Así he venido empezando todos los días de la semana pasada, sí, todos, porque ya que libro lunes 31 y martes 1 hay que recuperar los días perdidos. A veces los estereotipos son ciertos, y me hacen trabajar como un chino. No me quejo porque me gusta muchísimo mi trabajo, pero siete días seguidos de madrugón y metro en hora punta le hacen a cualquiera desear que se acabe el año. Y ¡caramba! Se acaba ya.

De propósitos de año nuevo, que en mi caso suelen acabar siendo despropósitos, me había comprometido conmigo misma a actualizar el blog al menos una vez a la semana, preferiblemente los jueves, por eso de que a veces me siento identificada con ellos. ¿Lo lograré? No lo sé. Ahora mismo solo sé que el día 1 tengo libre, y tras la fiesta de año nuevo y una estimada sensación térmica de -22 grados, me van a tener q sacar de la cama con grúa o picahielos.

 

Cincuenta sombras chinas

Siempre he querido ser escritora. Quizá sea de ahí de donde me viene esta tan intensa intriga que tengo sobre el comportamiento humano. Encuentro sobrecogedora la manera en la que mucha gente intenta comprender los motivos subyacentes tras los actos de personajes ficticios de la (tele)novela de turno y sin embargo se atreven a (pre)juzgar, y consecuentemente, ignorar con la mayor falta de sutileza, los porqués de lo que hace y lo que de verdad hace su vecino.

Ejemplo:

Persona aleatoria: ¿A China? ¡Qué loca! ¿A comer rollitos de primavera? ¡¡Jajaja!!

(Por algún motivo extraño que no alcanza a mi entendimiento, todos creen ser los primeros en hacer esta broma, y todos la encuentran graciosa)

Yo: En realidad, no he visto rollitos de primavera por ningún lado, resulta que…

(La persona aleatoria deja de escuchar cuando oye la primera palabra que amenaza su statu quo, es decir, “realidad”)

Aunque, en realidad, lo que me asusta son esos patrones por los que veo que se cortan los comportamientos humanos, intentando encajarlos todos en una serie de cajones cuadrados donde, para caber, han de limarse las puntas de las estrellas. O esa incapacidad, o desinterés, de leer entre líneas si éstas no están escritas en algún lado, no percatándonos de que todos somos, en mayor o menor medida, personajes literarios llenos de letras muy a menudo desordenadas, entes nivolescos que decía Unamuno, utensilios de escritura con tinta invisible que pocos ponen esfuerzo en descifrar.

De todo esto pueden verse muy fácilmente ejemplos leyendo los poéticos pensamientos y frases lapidarias que algunos lectores de periódicos online dejan cincelados en ciertas noticias. Los hay tan estrechos de miras que el ejemplo del burro y la zanahoria se queda corto y tan “abiertos de mente” que a algunos se les cae el cerebro.

Ejemplo: todos aquellos que cometen barbaridades en contra de los derechos humanos básicos y defienden sus actos evocando paradigmas que ni ellos entienden, y todos aquellos que lo permiten “porque es su cultura, y hay que respetarlo”.

Sin entrar en esos temas, comento esto tras leer una encarnizada lucha semántica despertada por unos no muy acertados argumentos expuestos sobre los motivos por los que los jóvenes nos marchamos al extranjero: cierta señora, cuyo nombre no viene al caso pero merecedora de titular y entradilla, comentó que si nos estamos largando todos es por nuestro espíritu aventurero y nuestras ganas de aprender inglés – a lo que muchos contestaban muchas palabras que en inglés empezarían por la letra “F”, además de las retahílas de siempre sobre fascismos varios, muchas cómodas quejas de esas que ahí se van a quedar calentando el gallinero virtual y silenciosos gritos DE ÉSTOS alegando que si las cosas fueran bien, nos quedaríamos.

Pues he de discrepar con ambos. Entre lo blanco y lo negro siempre ha habido un millón de grises, y lo que deberíamos aprender en el colegio es a distinguirlos. Claro que, como se siga recortando en educación, vamos a acabar todos pensando (perdón, eso no, que es muy difícil) asumiendo que Unamuno es un lugar donde drogarse y que los análogos españoles del “To be” son el Ser, el Estar y el “A ver”. Bueno, eso si es que se sigue enseñando inglés, ya que según las últimas estadísticas sólo un 12% de la población española se siente capaz de mantener una conversación en la lengua de Sekspir (no especificando si dicha conversación ha de versar sobre el tiempo o sobre física cuántica). Si es que ya lo expresaba maravillosamente nuestro poliglotísimo presidente, “is very difficult todo esto”.

También SE GRITA mucho sobre los idiomas que han de aprenderse, por lo que leo. Porque si bien las lenguas vernáculas invitan a quedarse en tu lugar de origen, al parecer las foráneas animan a lo contrario, sobre todo si quieres hablarlas bien, y las tonalidades de grises sobre los motivos que urgen a la gente a aprender unas u otras son tan variadas y versátiles como las sombras de un teatro chino.

¿Qué te trajo a China? Un avión, suelo responder. ¿Y qué haces en China? A veces yo me pregunto lo mismo, contesto. Son preguntas simples, pero con el tiempo se aprende que “Simple” no es precisamente sinónimo de “Fácil”, y si no que se lo pregunten a todos aquellos que como objetivo en esta vida tienen “ser felices”.

Algún día relativizaremos y nos daremos cuenta de que el único lenguaje universal y lógico es el C++, que a veces es necesario observar desde lejos para ver todo mejor y que cuando miras las cosas del revés descubres hechos alucinantes. Por no ir más lejos (China ya lo está bastante), y hablando de extremos,  yo he tenido que venirme al otro extremo del mundo para aprender que por el otro extremo es más sencillo abrir los plátanos. Aprietas un poco y ya, no necesitas ni cuchillos  ni nada. En serio. Y jamás se me había ocurrido probarlo. Fascinante.

De todas formas, no voy a quejarme de los idiomas, ya que enseñar inglés y español me da de comer. Y si he de explicar por qué estoy aquí, mencionaría primero la gloriosa frase que dijo una de mis alumnas hace unos días: “Cuando algo no tiene sentido, puede tener cualquier significado, en cualquier lengua”. Y de segundo, recordaría que los paradigmas tratan de adoctrinarnos sobre como “son” las cosas, siendo que el verbo Ser es tremebundamente irregular.

 

 

“No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió…! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima…”

Niebla, Miguel de Unamuno

Este puede ser el principio… de un irónico cuento chino

Acabo de dar una clase sobre la diferencia entre ironía y sarcasmo a estudiantes chinos. El hecho, ya irónico de por sí, tiene una simple explicación: para poder comprender plenamente el significado y el humor intrínseco en el texto discutido en el aula, los lectores han de saber ver el lado gracioso y la genialidad del absurdo más completo.

El objetivo de esta lección era que aprendieran a disfrutar, como yo lo hago. Disfrutar no sólo de “La guía del autoestopista galáctico” (libro que están leyendo para “Apreciación de la literatura americana y británica”, una de las asignaturas que imparto), si no de su vida en este país tan ooobviamente comunista, sin ningún trazo de capitalismo voraz; en el que la libertad de expresión y la libre información no están para naaada coartadas o tergiversadas por los medios, y, de estarlo, tooodo el mundo lo sabría; en el que nooo existe el racismo, todo va bien como en la España de Aznar y son todos ex-tre-ma-da-men-te receptivos a los cambios, comprensivos con el de fuera, humildes y poco competitivos. Un país donde, oh, sí, tooooodo tiene sentido, sobre todo sentido del humor. No sé si me explico.

Llegué a Beijing hace algo más de un año, lo que se supone que me convierte en una “experta”. Una chica me escribió hace poco preguntándome, entre otras cosas, qué debía traer. Mi respuesta fue “tres toneladas de sentido del humor, un quintal de curiosidad, y lo más importante, un saco de paciencia… que lo vas a necesitar”.

Yo llegué a lo Paco Martínez Soria, con una sonrisa en la cara, muchas preguntas en la mente, suficiente coraje para enfrentarme a la vida y una maleta llena de sueños e ilusiones. Creo que eso, todo ello salpicado de la paciencia y sentido del humor que mencionaba antes, es lo que conservo de aquella persona que yo era el año pasado. Es más, considero que es lo único que he desarrollado, dejando muchas cosas atrás.

Muchas veces he sentido que me agarraron de la coleta, me dieron cuatro vueltas en el aire para que cogiera impulso y me lanzaron aquí en medio de la China Capuchina, gritándome desde lejos “¡¡Y ahora vas y aprendes!!”.

Y es que eso es lo que he tenido que hacer, aprender a marchas forzadas por el método ensayo – error. Vine a este país con un presunto trabajo por delante (ensayo) y ciertas asunciones por detrás (error), y por detalles que no vienen al caso al poco acabé, por voluntad propia, con una mano donde el trabajo y la otra donde las asunciones. Terminó, irónicamente, siendo ésta la opción más digna, al negarme a seguir aceptando las inexcusables condiciones impuestas por un chino Fumanchú en un contrato inexistente.

China es un país de contrastes. Por ejemplo, en verano hace muchísimo calor y en invierno demasiado frío. Aún no hacía “demasiado frío” una semana después de mi aterrizaje, un domingo a mediados de Octubre de 2011, cuando decidí coger mis cosas, abandonar aquella engañifa en la que estaba envuelta y largarme a un albergue juvenil sin saber aún muy bien qué hacer – …pero ni siquiera por las bajas temperaturas me hubiera permitido temblar.

Sopesé entonces la situación en la que me hallaba. Estaba sola en un país cuasi alienígena en el que muy poca gente habla algo comprensible, no conocía a nadie, no tenía trabajo ni casa y no sabía por donde empezar. Chachi. Curiosamente, era capaz de pensar con una claridad pasmosa: Volver no era una opción. ¿Para qué? ¿Para engrosar las listas del paro? ¿Para condenarme a una rutina que no deseo? ¿Para vivir de nuevo en un país donde es casi imposible independizarse? ¿Para permitir que mi mala experiencia se convirtiera en un trauma que me hiciera refugiarme bajo la cama mientras llamo a mi mamá? No… supongo que me va la marcha. Una vez decidido este punto, pasé a valorar mis opciones.

Primer paso: Averiguar por cuanto más tiempo iba a ser legal. No era plan de cabrear a la policía china.

Segundo paso: …

Tercer paso: Encontrar trabajo.

Cuarto paso: Encontrar piso.

Aún con algunas dudas sobre mi método de acción, me puse manos a la obra. El primer paso me llevó un día entero, pero el resultado fue satisfactorio: tenía tres meses por delante. Lo cual me alegró, porque de lo contrario el segundo paso hubiera sido “irse a tomar por culo cagando leches” y nunca hubiera llegado al resto de los puntos.

Antes de pasar al paso tres, de nuevo me puse a cavilar sobre el camino a seguir. Dos amigas me ofrecieron soluciones “fáciles”: alojamiento, apoyo y ayuda a la hora de buscar trabajo en Tianjin y Shenzhen, ciudades donde ellas residen. Sin embargo, yo ya en ese momento estaba fascinada con Beijing – ya había empezado a sentir esa fantabulosa sensación de amor-odio hacia esta inconmensurable urbe; sensación que, por cierto, a día de hoy todavía no ha decrecido. La idolatro y aborrezco a partes iguales. Me sorprende gratamente y es ingrata conmigo día sí y día también, y he de admitir que por eso sigo aquí. Y por eso, en aquel momento, decidí intentarlo: ya que no tenía nada en Beijing, tampoco tenía nada que perder.

Eran las diez de la mañana de un martes, que en otras circunstancias hubiera descrito como “cualquiera”, cuando mandé cinco currículums vía email destinados a cinco ofertas de trabajo que había visto en una popular website pekinesa.

…eran las diez y diez cuando sonó mi teléfono, concertándome una entrevista para esa misma tarde a las tres. Aquel martes pasaría de ser “un martes cualquiera” a convertirse en “el martes en el que batí un record Guinness y encontré trabajo en Beijing en cinco horas”. El martes que siguió al lunes en el que, donde un cuento chino hubiera acabado con la historia de muchos, yo decidí que la mía acababa de empezar.

 

 

La teoría del embudo y la inesperada catársis

Ayer tuve una sensación muy extraña. Estaba sentada en las escaleras que dan acceso a la cafetería del Instituto Afiliado a la Universidad de Pekín (donde actualmente trabajo dando clases de Literatura, Comunicación y Español), tomando el sol y un café, saboreando ambos a partes iguales, cuando, de repente, me sentí en paz.

Ocurrió así, sin más. Estaba relajada, sintiendo los rayos de un sol que aquí en Beijing tiende a jugar al escondite con la contaminación en vez de calentar, feliz de que mi Dark Mocha supiera a café y no a hierba revenida colada con un calcetín sucio como habitualmente, viendo a los chavales pasar. Varios me saludaron. Y comencé a preguntarme si realmente les aporto tanto como yo siento que ellos me aportan a mí.

Tuve mi primer choque generacional hace una semana, a mis 28 años. Pensé que esas cosas no ocurrían hasta los, no sé, 50 o así. Pero cuando terminé de escribir los deberes en la pizarra y vi como todos mis alumnos sacaban el móvil y le sacaban una foto en vez de copiarlos en un cuaderno o similar, me sentí muy vieja de repente. Zas, en toda la boca, que le dicen.

…un amigo me dijo una vez que tengo un embudo encima de la cabeza. Siguiendo esta teoría, todas las “marcianadas” (término, sospecho, también acuñado por mi amigo) que deberían ocurrirle a las personas de mi alrededor caen rodando por dicho embudo y acaban sobre mi persona, provocando que de algún modo acabe… no sé, dando clase en China, se me ocurre.

Mucha gente trata de adoctrinarme ordenándome que mate mi espíritu infantil. Yo paso por su lado con disimulo, jugando a ser mayor, preguntándome aún qué tiene de malo disfrutar de cada instante de esta vida. Me preguntaba eso mismo mientras observaba café en mano y sol en cara  a mis alumnos, y me di cuenta de varias cosas:

Ya no tengo su edad. He superado la etapa en la que se encuentran. Eso no me hace mejor que ellos – sólo diferente.

No soy china. Mi adolescencia fue otra. Me cuesta entender cómo funciona su mente. Eso no significa que la mía no funcione bien.

Soy profesora. Ellos, alumnos. Pero yo aprendo y ellos me enseñan, y me fascina este cambio de roles simbiótico. Eso no quiere decir que todos los profesores se sientan así.

Comencé en ese momento a plantearme si no sería hora de cambiar las normas de mi juego, de hacer cosas normales (aunque nunca he sabido muy bien qué significa eso), de dejar a un lado los chistes malos y volverme seria.

Y entonces ocurrió la magia. Dos chicos pasaron lo suficientemente cerca como para que pudiera oírles. Uno dijo “Horse Horse Tiger Tiger”, y el otro se rio. Yo también me reí. Me reí porque entendí la broma: “Ma” es “Caballo” (Horse) en chino, y “Hu” es “Tigre” (Tiger), pero “Ma ma hu hu”, en chino, significa “Más o menos”.

De repente lo entendí todo (literalmente). Saqué el móvil y me puse a escuchar música, en inglés, en castellano, en euskera; disfruté de cada nota, de ser capaz de entender las letras, de estar viva, de seguir aprendiendo cada día, del sol, del café, de ese momento de felicidad  íntima tan difícil de explicar. Y recordé que un día una de mis personas favoritas, tras enseñarme a montar en bicicleta unos 20 años más tarde de lo “normal” (aprendí a los 26) me dijo: “Ni se te ocurra avergonzarte de haber aprendido “tarde”. Has aprendido ¿no? Y lo has hecho muy bien. ¿Ves? Otro logro…”

Porque los logros, la valentía, la sabiduría, la experiencia, no se miden con una regla, ni en kilómetros, ni en Masters, ni en ningún baremo conocido. Este último año en China ha sido para mí como estudiar un Master de Vida, aunque no sé muy bien cómo encajarlo en mi currículum.

Un año ya… ¿y cómo he llegado aquí? ¿Cómo he acabado viviendo experiencias catárticas invisibles e incomprensibles en la puerta de un instituto chino? ¿Cómo empiezo a contarlo todo?

Por el principio, supongo. Y supongo que el principio lo puedo establecer en el momento en el que llegué a China y descubrí lo que realmente significa “choque cultural”, en un país donde mil culturas convergen en una sola y nunca dejas de sorprenderte. Admito tener mucho que aprender todavía, así que voy a coger mi embudo y lo voy a lucir con orgullo, del derecho y del revés, a ver qué ocurre.

Próximamente: Guarderías chinas, problemas comunicacionales, Little Pussy y Happy Beaver.

 

 

Para(d) el mundo…

¿Quién no ha escrito nunca una carta de motivación? A ver… sí, me refiero a ese horrendo momento en el que hemos de presentarnos a personas que nos van a prejuzgar aunque no nos conocen de nada, tratando de convencerles de que somos lo más mejor del mundo mundial desde la invención del pan de molde. Creo que hemos pringado todos.

Pues bien, he aquí la mía. Harta de escribir chorradas y retahílas laudatorias hacia mi persona que no necesariamente casan con mi carácter con el único propósito de masajear el ego de personas aleatorias a las que, reconozcámoslo, les importo un carajo, redacté esta carta de motivación describiendo mi verdadera personalidad. Y ya que ésta es la primera entrada de mi blog (se oyen vítores en la lejanía) ¿qué mejor que explicar un poco quién soy?

Ahí va:

“A quien corresponda:

Si lee mi CV, verá que mi nombre es Silvia Perdiguero. Tendrá mi fotografía, mis detalles, diferentes formas de contactarme. Seré un montón de letras en su pantalla, o en un papel; algunas fechas, una cara sonriente.

Pero soy más que eso.
Leerá: “Excelentes habilidades comunicativas en Español, Inglés y Euskera, desarrolladas durante años de trayectoria profesional en medios de comunicación internacionales (BBC en Irlanda del Norte, TeleMedia en Hungría, EuroParlTV en Bruselas, etc). Grandes dotes para trabajar en equipo con probadas capacidades organizativas realzadas a través de trabajo voluntario (FairTrade) y diferentes proyectos de acción social en Irlanda del Norte con, entre otros, el programa Active Citizens”

Pero soy mucho más que eso.

Disfruto leyendo un buen libro y tratando de escribir uno yo misma. Creo que los cómics son el summon del arte narrativo. Tengo mis propias creencias religiosas. Considero que reírse es el mejor deporte del mundo. Añoro a mi familia y a mis amigos porque están esparcidos por todo el globo. Me encanta cantar y soy artista callejera a tiempo parcial. Me gustan los arcoíris porque, como todas las cosas buenas de la vida, no los puedes tener sin un poco de lluvia. Cocinar me relaja. Leo el tarot. Mis películas favoritas son las de terror, especialmente las japonesas, y odio las comedias románticas – aun habiendo sido capaz de cambiarme de país por amor.

…soy una persona real. Existo. Y realmente quiero que mi existencia tenga sentido.

Estoy llena de sueños, de esperanzas, de heridas por cicatrizar – muchas provocadas por las aristas de mi imperfecta personalidad, aún por pulir. Deseo trabajar duro en la creación de miles de recuerdos que compartir con mis nietos en el futuro. Soy apasionada, trabajadora, abierta de mente, creativa, extrovertida. Activa, versátil y deseosa de experimentar todas las cosas que la vida me pueda ofrecer. En cualquier lugar, en cualquier momento.
Me convertí en educadora y trabajadora social porque resulta que nací en País Vasco y durante tres años viví en Irlanda del Norte. He visto a demasiada gente odiarse porque sí, he recibido abuso racial porque mi inglés no es aún prístino, y estoy harta de todo eso. Quiero aportar mi granito de arena a la titánica lucha que supone cambiar todo eso. Quiero ayudar a la gente a entender que, bajo nuestra piel, todos tenemos un corazón del mismo color.

Me he dado cuenta de que he aprendido muchísimo más viajando e interactuando con gente que en la Universidad. Poseo una licenciatura en Comunicación Audiovisual, pero siempre he encontrado mucho más interesante escuchar las historias de las personas que se cruzan en mi camino que oír disertar a profesores arrogantes que nunca han salido del país. Deslizarme por el mundo, observando, me ha vuelto más comprensiva, paciente, útil y sabia.

A este proyecto puedo aportar mi sonrisa y mi trabajo duro, mi afable personalidad, mi falta de prejuicios, mi sensible y sensata mente y mi extrañísimo sentido del humor.

Así que, si eso es suficiente, me encantaría colaborar en su proyecto.

Atentamente,

Silvia”

 

…así que, si eso es suficiente, bienvenido a mi blog :)

 

En próximas entradas… la “teoría del embudo”, o cómo conseguir verte envuelta en las situaciones más surrealistas. Esta vez desde Beijing.

 

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