
Y saber que sumas en esa resta que incluso, vaciándote te llena.
Como cuando dejas encima de la mesa, el peso de todo el día junto con las llaves y respiras, mientras piensas que en eso consiste la tranquilidad.
Cuando nos apretamos las manos en los bolsillos para que nadie note la inadecuada desmesura que nos hace enrojecer, apretamos también el umbral que nos lleva a la armonía, y ahogamos así la poca esperanza que nos queda…
Somos almas desalmadas, pululando por la tierra de los pobres de corazón, sin encontrar siquiera un lugar donde llorar, una apartada orilla donde dejar la agónica carga de ruindad y opulencia que portamos desde hace siglos…
La pobreza es vivir desprendida de ti…
Pero sobre todo de tu orgullo y vanidad; es trabajar como jornaleros de la risa en una tierra sin circos, comenzando así a levantarte de las cenizas del mundo…
Es además convertir los saltos mortales en pisadas firmes para inventar otras rutas necesarias para la salvación del alma.
La pobreza es vivir desprendida de ti…
Dejar amasada la harina para que el pastel esté más blando y sabroso a la hora del despertar, cuando la puerta despintada de los sueños se abra y ya no queden huecos…
Concebir la manera de darle vuelta a los pantalones de la injusticia y hacernos guerreros de la paz, picar piedra cerrando los ojos, y así ir haciendo del amor, una nueva piedra que Sísifo levantará sin estar condenado a subirla para siempre…
La pobreza es vivir desprendida y desposeída de tus más bajas miserias, aquellas con las que alimentaste la destrucción de las cosas sencillas, las que te sirvieron para engrandecer tu ego y dejar fuera de juego a tu lealtad…
Como asalariada del amor, estás condenada a levantar tu reino a pulso, sopesando el aire de un beso, recibiendo así una lección de humildad que ya nunca olvidarás.
Vivir desprendida y plena, como un otoño hermoso y deshojado.
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FOTO: Marian

