La madurez es fruto de muchas heridas

 

Y de muchos naufragios que luego fueron arrastrados por las olas, hacia alguna orilla de la playa de los años, donde fuimos noqueados cientos de veces por la vida. Fuertes vientos asolaron nuestro corazón, dejándolo desierto de emociones.
 
Tormentas desequilibraron el andamiaje que sustentaba el verbo. Oscuridades varias, hicieron desaparecer la luna de nuestro cielo…
 
Pero vapuleados y exhaustos nos levantamos y seguimos en pie…
 
Porque nos dieron el salvoconducto para andar libres por el mundo, aunque a veces, nos hayamos sentido extraterrestres, hasta el punto de la desolación más infinita y sideral.
 
Momentos trágicos donde la vida se paseó entre las cuerdas de un violín…
 
Adaggio suspendido en el misterio de la resurrección…
 
Sintonía en crescendo al borde de la primavera….
 
Hemos gritado, hasta quedarnos roncos en la cruz, y de nuestros brazos clavados, nos cayó todo el dolor, como fruto maduro en el huerto de los olivos.
 
Nada pudo alivianar tanta ruina dentro de un alma rota. Tampoco nadie, suplantó nuestro cuerpo crucificado para caminar por la tierra…
 
Nos están mirando desde abajo. Es la altura de los que ya no están.
 
La madurez es fruto de muchas heridas y muchos desgarros, y también a veces de mucha alegría. Pero es efímera la recompensa, cuando sólo llenamos las alforjas con el afán desmedido, que a otros les impide tener lo necesario.
 
Es vergonzosa esta codicia que nos deja míseros, esta tremenda avaricia, que rompe al mundo y lo parte en dos, sin posibilidad alguna de enmienda …
 
Somos pecadores del olvido, porque en él hallamos fuerza para seguir olvidando, sin haber perdonado antes. Y así perpetuamos la injusticia con los débiles y proclives al desamparo…
 
Todos nos convertimos en Pedro, renegando de Dios. Todos miramos hacia el otro lado de la crucifixión, para no ver la sangre derramada en Getsemaní. Somos los apóstoles más judios de la Historia y creemos que la Biblia va a salvarnos…
 
Somos malos samaritanos, cuando echamos sal en la herida del prójimo y nos santiguamos del revés, para no tener que ir a misa a que nos lean el Evangelio, según San Pablo y San Mateo….
 
Los milagros sólo existen, cuando miramos a los ojos y vemos nuestro reflejo multiplicado en la mirada de otros. La medida del vacío que vemos, es la medida de nuestra herida.
 
Lázaro no se levantará del sepulcro, mientras no hayamos rezado la oración de arrepentimiento que nos tiene condenados para siempre.
 

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