Es lo profundo lo que nos sujeta a la vida, como los hilos de las marionetas las sujetan a ellas por los brazos y el alma. Es la hondura de las cosas lo que demuestran claridad en el horizonte de nuestras promesas.
Todos permanecemos en este mundo para ser felices mientras vamos viviendo, pero a veces se nos atora en la garganta un grito; es el grito de las marionetas cuando los hilos se rompen y caen al suelo.
Son nuestros gritos enmudeciendo el aire y rompiéndolo, desgarrándolo…somos nosotros, las marionetas cuando no conseguimos sobrevivir a los días y nos sentimos infelizmente desgraciados en nuestras casas y trabajos, con nuestras parejas e hijos, intentando respirar un aire nuevo.
Nos rompemos y nos volvemos a reinventar porque la vida es eso:
una caída constante al abismo, que nos enseña a seguir cayendo, a taparnos los ojos y la boca para no gritar, a saltar con las manos en los bolsillos para amortiguar los golpes contra el destino.
Los hilos de las marionetas se han roto, y nosotros estamos malheridos. Alguien no supo manejar los muñecos y el escenario se quedó grande y se nos vino encima; los espectadores tampoco aplaudieron la escena final, donde el alma le pedía a su dueño que creyera en ella; el corazón tampoco supo responder y se calló…
Todos somos responsables cuando asistimos a la representación imperfecta de nuestra soledad, donde van cayendo las marionetas tristes que un día hicieron piruetas alegres.
Todos nos miramos de reojo, para ver quién mira al suelo y recoge sus huesos. Pero nadie se levanta de la butaca.
Cansados, esperamos que el títere vuelva a sonreír y a recordarnos, que la profundidad es la mejor manera para seguir creciendo, que todo lo vivido, también se convierte en hilo conductor hacia un futuro mejor, y que las marionetas rotas, somos nosotros mismos, intentando recomponernos desde abajo.
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