
Es imposible, no dejarte acariciar por las imágenes, por los planos que, de tan íntimos, duelen y aprietan, hasta casi dejar sin pálpito al corazón…no puedo creer, que la humanidad esté tan ciega y sorda, y sólo se emocione con lo superfluo y vacío…
Me cuesta entender, que nos dejemos llevar tantas y repetidas veces por la marea, sin pararnos a comprender la vida en su profundidad, a veces por supuesto doliente y desgarradora, sobre todo,cuando nos muestran la realidad tan de cerca y en planos cortos que nos aplastan y empequeñecen en la butaca.
Algo me araña muy adentro, cuando las escenas me dicen que estamos solos en el mundo, y me doy cuenta, de que es cierto, y por un breve momento, entiendo a toda esa gente que abandonó las salas, para irse a comer palomitas a un banco del parque.
Desde luego, no es agradable ir voluntariamente a que nos rajen el alma y nos abran los ojos; porque es lo que pasa, si sabes ver de verdad, si tienes tus sentidos afinados y quieres encontrar la fe, y no tienes miedo a ver la vida de frente, y también la muerte.
Una frase de “El árbol de la vida”, dice: Vemos la mano de Dios en lo que nos da, pero nunca en lo que nos arrebata.
A mí, estas películas me han arrebatado el ser y me han enseñado a mirar de otra manera, más grande acaso, con diferentes perspectivas y horizontes.
He aprendido, aunque algo intuía ya, que la soledad es lo único que tenemos nuestro.

