Por novelas aptas para el consumo juvenil pasan ‘El vizconde demediado’, ‘El caballero inexistente’ y ‘El barón rampante’, trilogía que emparenta al escritor italiano Italo Calvino con cierto realismo mágico. La última de las citadas, la más despojada de ramajes simbólicos, se lee con avidez: cuenta las aventuras de un noble que, por una tonta disputa familiar, abandona su hogar por un árbol, donde se propone pasar el resto de su vida. Lo cual no es sino el origen de multitud de casos y aventuras que se cuentan en el libro de este moderno dendrita, sin volver a pisar el suelo. El rasgo más insólito del barón es su cualidad de ‘rampant’, que en francés designa al animal que trepa. Arco rampante es aquel que tiene los arranques a distinta altura y, como el barón, se antoja que vive en un equilibrio precario. Los más vistosos arcos rampantes son los arbotantes, inconfundibles elementos del estilo gótico que descargan el empuje de los muros o la bóveda sobre los contrafuertes. El templo de San Antón, en Bilbao, luce varios de éstos, más ahora que la reciente restauración le ha sacado un color dorado a la piedra. Los arbotantes guardan un inquietante parecido con las costillas y dan a la iglesia el aspecto de un fósil gigantesco, en cuyas cavidades se rinde culto a los muertos. Por los arbotantes trepa el diablo y el jorobado de Notre Dame, espías, espíritus y ladrones y cuantas criaturas pueda imaginar uno.
(imagen: Toni Albir/EFE)
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atompunk? Entonces sí que debe de tratarse de algo nuevo. Es como el
cyberpunk (‘Neuromancer’, ‘The Matrix’) y el
steampunk (‘Arcanum’, ‘The League of Extraordinary Gentlemen’), sólo que su estética gira en torno a cosillas como “el diseño soviético, el cine experimental, la
arquitectura Googie, los pioneros espaciales, el cómic de superhéroes, arte y radiactividad, el complejo militar/industrial estadounidense y la catástrofe de Chernobil”.