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No era que el mundo fuera un Bilbao más grande, es que en el puente del Arenal estaba el mismo Aleph, con Borges, punto que contiene todos los puntos, símbolo de los números transfinitos, suma de las partes mayor que el todo. París en la comedia burguesa del Arriaga, Mesopotamia en el lodo, muros de Micenas en La Naja, rascacielos de Chicago en Bailén número uno, vapores de Luisiana en La Concordia, Lovecraft en los desagües, Dickens en la Bilbaína y Poe con los mendigos y los locos. Algún día de estos, habrá que repetirlo.

(imagen: Noelia Martínez/El Correo)

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Perspectiva insólita desde la calle Bertendona. Mirando en dirección hacia la playa de vías de la estación de Abando, tras la verja que la separa de Hurtado de Amézaga, descansa recortada sobre un paisaje de postal de poblado del oeste americano la locomotora de vapor ‘Izarra’. Entre los almacenes y pabellones de fachadas rematadas en forma de trapecio se distinguen los letreros de Bodegas Urrestarazu (vinos, aceites y licores) y Bodegas Unidas Azpilicueta (y García Lafuente y Entrena). En la acera opuesta, unos pilares de hormigón sostienen dos enormes depósitos de agua. Es la calle Particular del Norte, con acceso desde Bailén. En este pueblo no gustan los forasteros; se prohíbe el acceso excepto a propietarios y servicios, y según a qué horas, porque domingos y festivos permanece cerrada. Por la noche, por ahí van los tiros (literalmente). De no ser por el asfalto y algún vehículo aparcado, el paisaje se diría importado del ‘western’.

(imagen: Archivo Histórico del Puerto Autónomo de Bilbao)

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Al arquitecto griego Hipodamo de Mileto se atribuye la invención de la retícula urbana, tablero de juego en que los urbanistas han planificado casi todas las ciudades modernas. Un capricho bilbaíno es la trasera de la estación de Abando, una calle conocida como José María Olávarri, cuya partida se juega en un tablero de Monopoly en lugar de damero. El nivel superior rodea la terminal de Renfe y el inferior, en sentido contrario, el edificio de la Bolsa. Los coches pasan de vez en cuando, lentamente, como fichas que se mueven tras una tirada de dados. Hay casillas de suerte en el casino, en la Bolsa y en el bingo; si les sonríe, se harán socios de la ABAO, pagarán cuota en la Sociedad Bilbaína, dictarán charlas en la Asociación para el Progreso de la Dirección y confiarán sus ahorros a Banesto. Si la fortuna tuerce el gesto, pedirán crédito en la BBK, empleo en Lanbidean o una ayuda de emergencia en la Cruz Roja. La de Olávarri es una calle de tránsito entre las terminales de Renfe y Feve, pero como en el Monopoly, son cuatro las estaciones que comunica, teniendo en cuenta las paradas en Abando de tranvía y metro.

(imagen: Mitxel Atrio/El Correo)

3

Invención de los incas, que desconocían la escritura, fue el quipu, un sistema de contabilidad basado en cuerdas y nudos que desapareció con la conquista española y con los siglos podría haberse convertido en lengua escrita, como ocurrió con las tablillas en Mesopotamia. El quipu recuerda a las representaciones del espaciotiempo como una serie de hilos que se bifurcan para dar lugar a todos los eventos del universo, incluyendo utopías, distopías y ucronías. Los nudos marineros y las sogas depositadas frente al Museo Marítimo remiten a un pasado muy concreto, tan lejano ya de este muelle de paseo que catapulta la imaginación en una dirección inesperada de la flecha del tiempo. A cruceros espaciales que descienden a posarse en los muelles flotantes, sorteando el puente de pasillo curvo como de nave nodriza. Al edificio de Tráfico como el panel de comunicaciones de ‘Encuentros en la tercera fase’. A la grúa Carola como la torre de montaje del Centro de Investigaciones Atómicas de Sbrodj, en las montañas de Syldavia, desde el cual partió el cohete que llevó a Tintín y Milú a la luna.

(imagen: Bernardo Corral/El Correo)

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La cresta del monte Artxanda, que albergó en tiempos un palacio del hielo y un casino art-decó, languidece en esqueletos como el parque de atracciones. Desde el alto de Santo Domingo vigila la estación de telegrafía sin hilos, motel Bates que se aparece al clarear la niebla en los desolados merenderos del monte Avril. El funicular emerge de su gruta marina y le sube la cremallera al monte. Los columpios desvencijados acompañan los recreos del repetidor. El depósito de agua corona la colina como un caldero mágico. Sobre Bilbao se asoman piscinas cubiertas de hojarasca, escuelas y centros médicos de pijama a rayas. De vez en cuando llega el destello ocasional de un automóvil. El detective que investiga la corrupción en el Consorcio de Aguas. La hermosa mujer que sabemos que va a ser asesinada. La brigada del sombrero que limpia la ciudad de criminales. El duro policía y la prostituta que se parece a una estrella de cine. La carretera de Mulholland.

(imagen: El Correo)

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Si Bilbao no tuviera más que diez mil habitantes y languideciera en el fondo de uno de esos valles con pleno empleo técnico, se parecería mucho al actual muelle de Ibeni, con su santo y seña –San Antón– para las postales. Descontada la parroquia, Ibeni reúne todos los servicios que una pequeña localidad fluvial pueda necesitar: la vieja escuela –Maestro García Rivero–, la estación de retrogusto regionalista –Eusko Tren, Atxuri–, el círculo revolucionario –Hika Ateneo–. Diez mil bilbaínos mostrarían su orgullo por el florecimiento modernista de la Casa Cuna entre las viviendas proletarias de Urazurrutia. Diez mil bilbaínos podrían comentar el delirio presupuestario de ponerles un tranvía mientras los muelles se deshacen bajo los pies como terrones de arena. Diez mil bilbaínos, iluminados bajo la descocada luz de las farolas de color violeta. Diez mil bilbaínos que no tendrían más que un puente para atravesar la Ría, ¡pero qué puente! Cruzado por dos terribles lobos en sobrerrelieve, como en las puertas de Nínive, para guiar a los diez mil de Jenofonte en su larga retirada a casa.

(imagen: Bernardo Corral/El Correo)

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Mientras el paseo fluvial de la ribera de la Ría se abre paso hasta los pilares del puente de Rontegi, las excavadoras rellenan la escombrera de la zona Urban entre Lutxana y Barakaldo, nombre que le da al marjal un aire de astillero polaco arrasado por la reconversión. En el interior de cada fábrica existe un parque temático luchando por salir y tan fuerte es la tensión a veces que se producen desdoblamientos de personalidad. El cargadero de las industrias químicas de Barakaldo, con sus buques de blanco puente que prohíben el uso de ‘smoking’ a los marineros, se refleja en el cargadero de la Franco-Belga, uno de tantos que llegaron a tener entre dicha compañía, la Orconera y la exótica Luchana Mining. Unos metros más allá, en pleno barrio gótico, se encuentra la estación intermodal de Lutxana (Renfe y Ferrocarriles de La Robla, hoy Feve), que se divierte tendiendo líneas de doble ancho que, como terneros con dos cabezas, corren esconderse entre Rontealde y Sefanitro. Lo que nadie sabe es qué se hará para reducir el impacto visual del atlántico puente de Rontegi. Habrá que meter otro Guggenheim debajo.

(imagen: Maite Bartolomé/El Correo)

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Decía Juan Carlos Eguillor que Bilbao es una mezcla de Londres y Barakaldo, pero la regeneración de la localidad fabril nos está dejando en mal lugar. Hay quien le encuentra retazos de Roma, París e incluso Nueva York, y en general sorprende que Bilbao parezca cualquier otra ciudad antes que ella misma, sobre todo para los que nunca hemos estado en Londres ni en Barakaldo. Hay que remontarse a la época en la que se empezó a sacarle parecidos para darse cuenta de que a lo que de verdad recuerda Bilbao es a la Barcelona fenicia de Eduardo Mendoza. Así lo sugiere un paseo desde la plaza de Unamuno hasta la basílica de Begoña, cuesta arriba por el trazado del antiguo tranvía eléctrico, desde la calle Prim festoneada de ratas muertas hasta las clínicas que coronan la subida, como el psiquiátrico del doctor Sugrañes. Arquitectos de prestigio construyen ascensores urbanos sobre laderas horadadas por siniestros túneles. Los que mandan regresan en los coches oficiales de las inauguraciones a sus casas loando el sistema público de transportes, que es excelente. No falta un cementerio, ni una residencia de venerables sacerdotes, ni un barrio con un nombre parlante como Dolaretxe.

(imagen: Maite Bartolomé/El Correo)

8

Aprendimos cosas incontrovertibles en la escuela. Que el átomo se compone de neutrones, protones y electrones. Que las iglesias tienen planta de cruz latina. Malas noticias. Intente encontrar esa cruz de tesoro pirata sobre un plano. Y el átomo resulta endiabladamente más complejo. Cuando se echaron los cimientos de la catedral de Santiago, la teoría del átomo era sólo un disparate griego más. Como parte de la rehabilitación integral del templo, excavamos en suelo consagrado y no encontramos sino a hombres. Mientras tanto, en las cercanías de Ginebra, los científicos lanzaban partículas subatómicas a velocidades próximas a la luz en un túnel subterráneo llamado colisionador. Nada parecido tenemos en Bilbao, a no ser la A-8, pero los constructores de catedrales y de colisionadores comparten esta idea de hallar en un sarcófago de roca o de cemento una teoría que lo explique todo. Tenemos fe en los científicos, pero no dejamos de admirar las naves armoniosas de Santiago, las piedras blancas arponeadas por el tiempo, la catedral como un inmenso galápago al que se han ido adhiriendo, del mismo modo que nacen, evolucionan y mueren las teorías, comercios en sus cuatro esquinas y un pórtico ciclópeo en el costado.

(imagen: Fernando Gómez/El Correo)

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Los estorninos de la plaza de Arriquíbar acribillan el silencio del centro de Bilbao. El rumor aumenta conforme avanzamos hacia el pasaje. Enfrente camina la horda. Galerías Urquijo, con su corolario en forma de karaoke en Alcalde Uhagón o en Arriquíbar. Galerías de Zorroza, Galerías de Deusto, Galerías Isalo, entre Licenciado Poza y Ercilla, donde un comercio vendía peluches de los dioses Nyarlathotep y Cthulhu. Tiempos blasfemos en que tiemblan las costuras de la ciudad. «De los primero engendrados, escrito está que esperan siempre al umbral de la entrada», advierte Abdul Alhazred sobre esta amenaza, y no hay día en que no miremos con un escalofrío dónde se ubicarán esas puertas que no conocen tiempo ni lugar. En las casas leprosas de la plaza de la Cantera, en los túneles perdidos de Mallona, en las escaleras negras de las Ollerías Altas, en los arcos cegados del cementerio de Begoña, en la vaguada salvaje de Dolaretxe, ocultas en las galerías que horadan la ciudad. Dice el Necronomicon: «mas sy ome alguno dixere la Palavra prohibida avrirá allí mesmo una Entrada, é podrá aguardar a Los Que Atravesaren la dicha Entrada». La enumeración es demasiado terrorífica.

(imagen: Ignacio Pérez/El Correo)

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En uno de los memorables ‘Cuentos para jugar’ del escritor italiano Gianni Rodari, un muchacho aburrido sale a dar una vuelta. Toma un compás, traza un círculo sobre el plano de Milán y decide seguirlo sin desviarse. «Atravesaré las casas por los patios, y los ríos, los cruzaré nadando», razona. Al muchacho de Milán lo detiene al final un muro, a nosotros nos desanima el chapuzón en la ría. Elena Sierra, escritora de estas páginas, recordaba a «algún vecino que sueña con atravesarla de orilla a orilla, convencido de que el agua sólo le llegaría a la rodilla». En Bilbao, es un sueño compartido, pavoroso y recurrente. Santutxu está lleno de plazas por donde atravesar los edificios, como patios milaneses. Entre el Carmelo y Basarrate, se suceden las del arquitecto Bastida y el músico Arambarri, los capitanes de empresa Federico y Luis Echevarría y la abnegada esposa y madre Felipa de Zuricalday. La plaza de Luis Echevarría es un irónico jardín donde las papeleras cuelgan de los árboles. El barrio se hace popular en la de Federico Echevarría, que sale a saludar en mangas de camisa; en Felipa de Zuricalday se oye ruido en la cocina. La pista de patinaje se agrieta bajo la inclemente lluvia, mientras cerramos el círculo trazado sobre el mapa.

(imagen: Fernando Gómez/El Correo)

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En 1972, cuatro de los mejores hombres del Ejército americano, que formaban un comando, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. Aquí acababa la carrera del coronel John ‘Hannibal’ Smith, también conocido como el actor George Peppard, también conocido como el escritor Paul Varjak, al que llamaba “Fred” Holly Golightly, el sublime personaje encarnado por Audrey Hepburn en ‘Desayuno con diamantes’. Fumador empedernido, alcohólico y estrella de ‘El Equipo A’, Peppard era un actor mediocre como mediocre era el escritor Varjak, como todos los escritores que no conocen a Holly todavía. Pájaros solitarios, no frecuentan talleres ni tertulias, sino cafés cuyos ventanales dan unas veces a la Quinta Avenida y otras a la plaza Moyúa. Por allí andan Loewe o Gastón y Daniela, que son a Bilbao lo que Chanel y Tiffany’s a ciudades más aparatosas.

(imagen: José Luis Nocito/El Correo)

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El joven Sherlock Holmes no habría desentonado en el patio del Instituto Central de Bilbao. Se le puede imaginar acompañado por el futuro doctor Watson, esquivando balones de fútbol y baloncesto en partidos jugados simultáneamente en el mismo campo, lupa en mano, indagando bajo la torre del masculino, o en mitad de un experimento con el pararrayos de la cúpula de hierro. Habría compuesto su precursora monografía sobre las cenizas de esas colillas que apagaba el gigantón de turno contra el techo de la tejavana. Habría descubierto la ofrenda en flores a la diosa Minerva, centinela de la esquina de la Diputación. Del paraninfo llegan ecos preuniversitarios y obras de teatro y planes de evacuación de incendios que atraviesan corredores forrados de madera. Si se escucha con atención, oreja contra el muro, todavía se escucha la lección primera de pedagogía: «Sois la peor clase que he tenido». A unos metros, la biblioteca foral es un buen lugar para pasar la tarde. Hasta es posible, llegado el caso, estudiar para los exámenes.

(imagen: Mitxel Atrio/El Correo)

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Syd Barrett nació en Cambridge en 1946 y lideró Pink Floyd entre el 66 y el 68; fue un gurú de la psicodelia al que volvió loco el ácido. Le rodea el aura del perdedor más aclamado de la historia del rock. Su vieja banda le dedicó en el 75 un disco con una escalofriante elegía. En español, el álbum se titulaba ‘Ojalá estuvieses aquí’. Siniestro Total le rindió un impagable homenaje. Un gaitero estrecha la mano de un hombre trajeado, envuelto en llamas en un polígono industrial de la periferia. La escena transcurre en Galicia, naturalmente, pero si algo singulariza a los parques industriales es que todos parecen el mismo: un lugar en ninguna parte. La carretera de San Vicente, entre Trápaga y Barakaldo, atraviesa uno precioso. Allí boquean pymes y grandes empresas, la vieja Babcock, Tubos Reunidos, General Electric… Hay aparcamientos y clubes de carretera, contenedores apilados y un zumbido perdurable en el aire polvoriento. La luz de sodio ilumina los pabellones al caer la tarde. La torre de Pryca tiene un brillo extraterrestre.

(imagen: Miguel Herreros/El Correo)

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Pasado el ábside de Santiago, según se viene por Tendería, aparece a mano izquierda la Puerta del Ángel, que da acceso al claustro renacentista de la catedral de Bilbao. Hasta hace pocos años exponía allí por Navidad sus obras la Asociación de Belenistas de Vizcaya. Los visitantes contemplaban los belenes subidos a un entarimado, a paso de procesión, sin prestar mucha atención al patio. De éste, que sin aquella visita anual se imagina como abandonado, asoman por encima de la tapia dos agujas finamente labradas, tal que árboles de piedra blanca. De estilo clasicista, sobrio y austero, el museo arqueológico se levanta a unos metros de la catedral, junto a la parroquia de los Santos Juanes. Colegio jesuita fundado en el siglo XVII, se articula éste en torno a un claustro de tres plantas, de corte herreriano, infrecuente en el País Vasco. Allí se encuentra una serie de tallas heráldicas y elementos funerarios, con el ídolo de Mikeldi en el centro del patio, flotando sobre la hierba donde pastan los bueyes celestiales. En la tercera planta del museo se puede admirar la grandiosa maqueta de Vizcaya de Montorio y Eguía, en madera de calabó, actualizada en los años ochenta por Pedro Eguía, que es de visita obligada.

(imagen: El Correo)

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Edgar Allan Poe: ‘El corazón delator’. ‘El extraño caso del señor Valdemar’. ‘La caída de la casa Usher’. La traslación al castellano de estos títulos no les resta un ápice de genio y de misterio. Sin embargo, Poe escribió también algunos malos, malísimos relatos, y no por impericia o descuido, sino por intentar un género para el que no estaba dotado: el humor. Stevenson señaló que «el ser capaz de escribir ‘El rey peste’ había dejado de ser humano», y Shank vio en dicho relato, fechado en 1835, «una bufonada increíblemente estúpida e ineficaz». La cosa de la Ría guiña los ojos perpleja y se sumerge en el cieno. ¿Poe, mal escritor? El de Boston quería ser un humorista y Bilbao, una ciudad-museo. En 1991, cuando el Guggenheim no era más que un garabato sobre una servilleta, el Ayuntamiento encargó a un grupo de artistas locales la decoración del techo de Los Arcos, el pasaje comercial que se encuentra frente al Mercado de La Ribera. El resultado fue una desigual serie de obras, francamente difícil de contemplar por su emplazamiento. Desde la calle Somera hasta Carnicería Vieja, se suceden las pinturas de Brosio, Ángel Cañada, Justo San Felices, Roberto Zalbidea y Alejandro Quincoces. Temas bilbaínos, históricos y alegóricos, que acaso ya no están a la altura de nuestro presente, pero siguen ahí arriba.

(imagen: Mireya López/El Correo)

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Enfermo terminal, William Wilditch regresa a Winton Hall, la casa de campo donde se crió junto a su hermano George, para resolver un enigma de su infancia. «–¿Recuerdas cuando buscábamos el tesoro? –¿Tesoro?–dijo George–. Ah, ¿te refieres a esos pedazos de hierro?». William ha pensado toda la vida que pasó una semana fuera de casa, perdido en una caverna de Winton Hall situada “debajo del jardín” (que es el título de este relato de Graham Greene). La isla en mitad del estanque del jardín en que halló la gruta es tan extensa como una mesa de cocina. «Un sueño no tiene en cuenta el tamaño», se consuela. En el parque de Doña Casilda hay un canal entre la fuente de roca y el estanque que, tras pasar bajo el sendero, se bifurca dando lugar a una isla como la de William. Allí sólo cabe un árbol, un par de arbustos y la sensación territorial de que fuera de ella no existe la certeza sobre nada.

(imagen: Lara Revilla/El Nervión)

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El muelle de Marzana corre paralelo a la Ría desde el puente de San Antón hasta el de La Ribera, en la orilla contraria a la plaza de abastos. Los edificios que están más cerca de San Antón son de llamativos colores; luego viene una escalera ajardinada, abierta en un solar arruinado para comunicar el muelle con Bilbao La Vieja, y al final se encuentran unas casas blancas de balcones adornados con un aire de camisa bordada. Los miradores de la última de estas casas van a dar a una plazuela, que es donde muelle y calle del mismo nombre se reúnen. No hace mucho que Marzana adquirió su aspecto actual de paseo a la orilla de la Ría. Desde aquí, el mercado revela su metáfora: es un barco atracado al Casco Viejo. En Marzana hay una galería de arte y un club nocturno de los que se reservan el derecho de admisión si uno no es un estupendo. El caso es que no se ve mucha gente de paseo. Es que, aquí en el muelle, corretean ratas del tamaño de conejos. Del susto, en lugar de estar a ras del suelo, los portales se han subido sobre escalerillas metálicas.

(imagen: José Luis Nocito/El Correo)

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Las calles de Bilbao la Vieja –Concepción, Amparo, Cantarranas– todavía suenan a indómito, a barrio chino como de novela de Eduardo Mendoza, a ese realismo socarrón en el que un personaje que camina por la barcelonesa calle del Gas se la encuentra «festoneada de ratas muertas». También llamado Las Cortes o San Francisco, su rehabilitación dará que hablar el año entrante. Habrá que ver qué y cómo se sigue construyendo, pues no da igual la piedra que el ladrillo en un barrio que es también histórico, por más que la gente se lo tome a broma. De la riqueza por descubrir del vecindario cabe destacar, ahora que es tiempo de belenes, dos portales al final de la calle Bilbao la Vieja. Justo antes de la plaza de los Tres Pilares, hay un edificio azul de molduras amarillas, con la primera planta en piedra y un airoso arco abocinado. Desde allí sube una escalera que parece salida de un belén, con la luz del monte al fondo, atravesando una cancela. En la acera contraria, es a la inversa: descienden los escalones al portal –siete, ocho, nueve–, hasta toparse con una puerta misteriosa.

(imagen: Ciro Galante)

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Sobre el pescante del coche de sir William Gull, tiene lugar este diálogo entre el médico de la reina Victoria y su cochero: «–¿Hasta qué punto conoces Londres, Netley? –Como la palma de mi mano, señor. –¡Ja, ja! Sin duda, es igual de mugrienta, pero Londres es algo más». A lo largo de una veintena de portentosas páginas, Gull descubre a su cochero el sustrato legendario sobre el que se asienta la capital británica. Cada iglesia, cada obelisco, cada cementerio se halla sobre un centro de poder pagano. No vamos a desvelar aquí el sentido último de esta peculiar excursión: se puede encontrar en el cómic ‘From Hell’, de Alan Moore y Eddie Campbell. La ciudad que tan bien conoce el cochero es como Bilbao: de puro vivir en ella, sus aspectos incluso extraordinarios nos pasan desapercibidos. Y sin embargo, es una gran obra, con muchos aspectos y complejidades, que se pueden interpretar. Si la estatua de Don Diego da la espalda a la Gran Vía, la calle más importante de Bilbao, no es por casualidad. Es porque entrega la carta puebla el Bilbao originario, el Casco Viejo, que está del otro lado.

(imagen: El Correo)

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Un personaje que citamos a menudo en la pista es el paseante o viajero, una abstracción a la que ha dado vida el ilustrador Jiro Taniguchi en su libro ‘El caminante’ (Ponent Mon, 2004). Es el caminante un oficinista japonés de mediana edad, algo fondón, que usa lentes de miope y a veces lleva abotonada la camisa hasta el cuello. Se acaba de mudar con su mujer a un barrio residencial de las afueras, donde ha adoptado al perro que abandonó el anterior inquilino de su casa. Los paseos del caminante han sido comparados con los haiku, como breves invitaciones al disfrute placentero de la naturaleza de las pequeñas cosas: tumbarse sobre una alfombra de flores de cerezo, bajarse por capricho en la parada anterior a la de la oficina, colarse para tomar un baño nocturno en las piscinas públicas. Estos paseos tienen lugar en un barrio de parecido extraordinario a Neguri. Es allí donde uno podría encontrarse al caminante, al remontar entre cañas y nenúfares el cauce de hormigón del río, o al atajar por una callejuela bajo la mirada de unos gatos, o al pasar bajo el puente sobre el que traquetea el metro, en la estación de Gobela.

(imagen: Yuriko Nakao/Reuters)

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De la región en que vagamente los romanos localizaban la futura Vizcaya, Plinio no acertó a citar en su ‘Historia natural’ más que la existencia de una montaña hecha toda de hierro. Desde entonces, la historia de los montes de Triano ha sido la de la extracción del mineral. Al agotarse éste, las reglas que determinan la economía, la evolución social y hasta la geografía parecen haberse vuelto locas. La comunidad minera se ha ruralizado, las minas inundadas se han convertido en lagos de belleza inexplicable y los ‘greens’ del nuevo campo de golf verdean sobre una antigua escombrera. Este paisaje tardará un par de generaciones en asentarse. Entre tanto, en La Arboleda se respira a realismo mágico. A la izquierda de la carretera, según se viene desde La Reineta, un desvío conduce al poblado de Parcocha. Al borde de una ladera desde la que se domina toda la margen izquierda, hay un barracón y una grada frente a una campa desangelada. No se percibe a ras de suelo, pero en las fotografías aéreas, este terreno toma la forma de un campo de béisbol. Qué pinta allí, subido encima de las nubes, es un asunto misterioso. Si lo construyes, vendrán. Aunque sea para pasmarse por ello.

(imagen: Fernando Gómez/El Correo)

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En la entrada principal del parque de los patos, bajo el excesivo nombre de alameda del Conde Arteche, hay una escultura de Joaquín Lucarini que representa a un niño enfrascado en la lectura. Yacen a sus pies un muñeco y un diábolo, como si en mitad del juego se hubiera encontrado el libro y, con la ligereza propia de la infancia, hubiese abandonado una diversión por otra. Como la obra está hecha en mármol, viene el prejuicio de que se trata de un librito de poemas o de cuentos, pero podría ser cualquier cosa, desde el divino Stevenson hasta la guía Don Balón para la temporada que viene. El crío está sentado sobre un poyo, con el torso girado en un elegante escorzo y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Los dedos pulgares de los pies señalan al espectador, crispados; la emoción de la lectura le recorre el cuerpo hasta ellos. Desnudo, le cubre por pudor un paño, mientras sostiene con determinación las cubiertas del libro. Hay que entrar en el parterre y meterse entre las flores para contemplar su rostro concentrado, boquiabierto. ¿Qué estará leyendo?

(imagen: Fernando Gómez/El Correo)

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La obra de la que M.C. Escher se sentía más satisfecho no era como cabría pensar el famoso mural de ‘Metamorphose’, sino un humilde grabado titulado ‘Tres mundos’. Sobre una lámina de agua se enlazan en armonía tres planos: las hojas dispersas sobre la superficie por el viento, el reflejo de unos árboles que se encuentran fuera de cuadro y un pez que nada en el río. Frente a sus trabajos más complicados sobre fractales y cristalografía, la naturaleza le regaló esta sencilla imagen en un paseo, al atravesar un puente de madera. Existe una copia de ‘Tres mundos’ en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, pero no puede admirarse en sus salas, ni comprarse en la tienda de regalos. Vaya a la cafetería. El café no es malo y las vistas sobre el parque de Doña Casilda son incomparables. Los árboles del paseo filtran el sol por la tarde y, atravesados por sus rayos, se reflejan en el cristal que separa la tienda de la cafetería. Entre las ramas se ven libretas y cuadernos, libros de arte y catálogos, pósteres y posavasos, hojas, hojas, hojas… Entonces pasa tras el cristal un turista como boqueando, como el pez de Escher.

(imagen: Luis Ángel Gómez/El Correo)


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“Por vacaciones me iba con mi familia a una casa de campo que mi abuela tenía en Deusto, cerca de Bilbao”. El que habla es Miguel de Unamuno en los ‘Recuerdos de niñez y mocedad’ de 1908, cuando la anteiglesia no formaba parte de la villa. Mucho había de cambiar la ciudad todavía cuando el filósofo rememoraba el tiempo en que un paseo por el monte se le antojaba una aventura digna de Julio Verne, “un tiempo en que, al jactarse cualquiera de nosotros de haber visto más pueblos que otro, citaba Deusto, Portugalete, Alonsótegui, Galdácano, Derio o Arrigorriaga”. En los montes que rodean Bilbao hay barrios que recuerdan a la periferia que evocaba Unamuno a principios de siglo pasado. Uretamendi y Betolaza, Masustegi y Altamira, y sobre Deusto, Arangoiti y Buena Vista, y Ciudad Jardín sobre Castaños. Comparten todos un aire de familia, como de casa de la abuela. “Cambiábamos una casa por otra casa conocida, las sillas de la casa de Bilbao por las robustas y anchas sillas de la casa de Deusto; allí estaba aquel cuadro del Ecce Homo lleno de sangre, allí aquel fresco sofá de rejilla, y allí, sobre todo, la huerta con sus parras y sus naranjos”.

(imagen: El Correo)


El Atlas de los Nombres Verdaderos (ediciones alemana e inglesa) es una bonita broma, más filológica que cartográfica. En alemán, traducen Bilbao por Fuerte Bello (Schönfurt), lo cual tiene bastante coña. ¿De dónde se lo habrán sacado?

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Dicen que la perspectiva es un engaño de la visión, que reduce el tamaño de los objetos para simular la distancia. Todo paisaje existe en virtud de este fraude de exquisitas proporciones matemáticas, que otra parte del cerebro tiñe de irracionalidad al considerar si las vistas resultan o no hermosas. Independientemente de que a uno le atraiga la arquitectura antigua o la moderna, el casco antiguo o los ensanches, y que mejor o peor sea capaz de razonarlo, en Bilbao le ha de gustar la vista de la calle Esperanza desde la plaza de San Nicolás. Es una perspectiva profunda, pero no más de los cien metros. La limita a un lado la parroquia, con su aire teatral de decorado, y al otro un grupo de casas antiguas. La calle nace en esta estrecha embocadura y al alejarse se ensancha, adoquinada, hasta el punto en que tuerce hacia la izquierda y gradualmente desaparece, como las falsas perspectivas de los belenes. En el lado derecho, bajo el monte, desde el colegio Zabálburu hasta el solar ocupado por la maleza, cuatro coloridas fachadas trastocan sutilmente la monotonía de las hileras de balcones.

(imagen: El Correo)

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La avenida Zugazarte de Getxo parece un catálogo de juguetes de Navidad. Mansiones y palacios-chalet mantienen un aire de familia debido a la anglofilia dominante en la burguesía vizcaína del siglo pasado, pero casi cada edificio es único en su estilo por el capricho de quienes lo encargaron. El gusto por las formas acastilladas llega al extremo en la reconstrucción del castillo de Butrón, en origen una casa-torre que decepcionó las expectativas de su último propietario, quien encargó al marqués de Cubas convertirlo en una fantasía medieval. En Neguri, fue Manuel María Smith el que, en sucesivas intervenciones sobre un chalet de estilo inglés de 1909, convirtió la casa Cisco en un hermoso ejemplo de historicismo medievalista. Una torre cilíndrica cubierta por un chapitel en la esquina que mira a Las Arenas según se viene por la avenida Zugazarte basta para cambiar el carácter del edificio. Unos metros más allá se encuentran Cisco II y III, obra de Eugenio Aguinaga entre 1948 y 1955, de los cuales dice el catálogo del Colegio de Arquitectos que remiten a los edificios señoriales de la Baja Edad Media durante el esplendor flamenco.

(imagen miyazakiana: Pedro Urresti/Agencias)

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Por novelas aptas para el consumo juvenil pasan ‘El vizconde demediado’, ‘El caballero inexistente’ y ‘El barón rampante’, trilogía que emparenta al escritor italiano Italo Calvino con cierto realismo mágico. La última de las citadas, la más despojada de ramajes simbólicos, se lee con avidez: cuenta las aventuras de un noble que, por una tonta disputa familiar, abandona su hogar por un árbol, donde se propone pasar el resto de su vida. Lo cual no es sino el origen de multitud de casos y aventuras que se cuentan en el libro de este moderno dendrita, sin volver a pisar el suelo. El rasgo más insólito del barón es su cualidad de ‘rampant’, que en francés designa al animal que trepa. Arco rampante es aquel que tiene los arranques a distinta altura y, como el barón, se antoja que vive en un equilibrio precario. Los más vistosos arcos rampantes son los arbotantes, inconfundibles elementos del estilo gótico que descargan el empuje de los muros o la bóveda sobre los contrafuertes. El templo de San Antón, en Bilbao, luce varios de éstos, más ahora que la reciente restauración le ha sacado un color dorado a la piedra. Los arbotantes guardan un inquietante parecido con las costillas y dan a la iglesia el aspecto de un fósil gigantesco, en cuyas cavidades se rinde culto a los muertos. Por los arbotantes trepa el diablo y el jorobado de Notre Dame, espías, espíritus y ladrones y cuantas criaturas pueda imaginar uno.

(imagen: Toni Albir/EFE)


¿Todavía no hay una entrada en Wikipedia para el atompunk? Entonces sí que debe de tratarse de algo nuevo. Es como el cyberpunk (‘Neuromancer’, ‘The Matrix’) y el steampunk (‘Arcanum’, ‘The League of Extraordinary Gentlemen’), sólo que su estética gira en torno a cosillas como “el diseño soviético, el cine experimental, la arquitectura Googie, los pioneros espaciales, el cómic de superhéroes, arte y radiactividad, el complejo militar/industrial estadounidense y la catástrofe de Chernobil”.

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La amenaza de la gripe aviaria ha privado al mercadillo dominguero del reclamo de los pájaros, habituales desde hace años de la Plaza Nueva de Bilbao. Dentro de jaulas apiladas como apartamentos de la república de las aves, o colgadas de las columnas por escarpias, que parecían tan dueñas de los soportales como los faroles que penden de cada arco, canarios y cotorras puntuaban con sus cantos el bullicio de la plaza. El rastrillo ha perdido su música, pero sigue lleno de ‘maravillosas asociadoras de ideas’, desde los cachorros que habitan el fondo de una maleta hasta las colecciones de sellos, cromos o minerales. Ramón Gómez de la Serna lo compara con una playa cerrada y sucia, donde el mar abre su mano llena de cosas, y así parece el rastro, sobre todo en esas mantas donde se acumulan los objetos más variopintos. El término que mejor define estas acumulaciones de restos casuales es el de OOPArt, acrónimo inglés de ‘out of place artifact’ (objeto fuera de lugar), que acuñó un zoólogo norteamericano para referirse a hallazgos paleontológicos extraños e incluso imposibles. La palabra se ha extendido después al ámbito de la arqueología, donde designa sobre todo objetos hallados en contextos ajenos por aspecto o función a su época, como la batería de Bagdad, una supuesta pila eléctrica del año 250 antes de Cristo, o el tarro de Dorchester, una cerámica hallada en el interior de una roca de 100.000 años de antigüedad. Misterios tan falsos como apasionantes, igual que los trastos que se amontonan en el rastro.

(imagen: Misha Japaridze/AP)


Hoy en MontalvoLand, blog de un profesor de Economía en Barcelona, lapsus linguae que hará las delicias de Pisitófilos Creditófagos, el profeta de Dune del colapso del modelo español de crecimiento engorde: “La realidad es que la crisis que estamos vivienda…”.

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Casi todo el espacio comprendido por los muelles de Bilbao, hasta el recientemente convertido en paseos y jardines en Uribitarte y Abandoibarra, produce una sensación incómoda. Siglos de dedicación a la industria y el comercio, a la carga y descarga no se borran con banquitos ni carril-bici y cuando se ha de montar algún tinglado se suele emplear estos lugares sin despertar verdadera oposición. Las márgenes de la ría no son particularmente agradables de contemplar. Resultan oscuras y sucias y evocan inundaciones y galerías pobladas por criaturas enojosas que más vale no pensar que se extienden por debajo de toda la ciudad. Los paseantes gozan al contemplar desde el pretil de los puentes la resurrección de la vida fluvial, pero apenas se les ve asomarse desde los propios muelles, donde se harían mejor idea del número y tamaño de esos peces que a veces ocupan entero el ancho del cauce. La arquitectura de los muelles es otra imagen del desasosiego. Guggenheim y Euskalduna han duplicado el reflejo terrible de las aguas en sus estanques, donde ha ido a desovar una gigantesca araña.

(imagen: Bernardo Corral/El Correo)


¿Vds. ya saben que se están “rodando” nuevos episodios de ‘Futurama’? Directos a DVD y con una extensión de largometraje convencional, pero eso no les exime de marcarse un baile robótico de celebración.

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En alguna ocasión se ha definido la novela como monumento de su tiempo y, en cierto modo, los monumentos se parecen a la novela, desde la columna de Trajano, que cuenta la conquista de Dacia por los romanos, hasta la arquitectura del siglo XIX, que expresa las aspiraciones de la misma burguesía que protagonizó tantas y tan buenas. Hombres anodinos o extraordinarios, ávidos de poder y dinero, sujetos por normas y rituales que hoy despiertan admiración. Hasta en el nombre, la Sociedad Bilbaína es la novela de piedra que nos habla de aquella época. La sede actual se terminó de edificar al alba del siglo XX, en su primera mitad lleno de horrores que sumieron a la sociedad burguesa en la incertidumbre. Bilbao se enorgullece de tener a todo un Unamuno como cronista de este desasosiego, igual que Centroeuropa tuvo a un Kafka. Dos imágenes, bien que involuntarias, son metáfora de este momento histórico alrededor de nuestra novela de piedra. Una es el desagüe de la estación de La Naja, por el que sube la marea con penetrantes olas. La otra es el gusano blanco que desde el puente se divisa sobre los tejados de la Bilbaína, un conducto de aire acondicionado que por su negra boca nos observa como un horror metafísico.

(imagen: Carlos Hernández/Ideal)


Para hacer unas risas, véase el hilo de las cartas de ‘Magic: The Gathering’ del foro Burbuja.info, especialmente contraindicado para hipotecados. Y aquí la herramienta para crear nuestras propias cartas. SuperLOL!

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