“Dos días en París” es el título de una película relativamente reciente dirigida y protagonizada por Julie Delpy que recomiendo a todos los forofos (o “fósforos”) de Woody Allen (es muy del estilo), pero los dos días que pasa esta chica con su novio en la ciudad de las luces tienen muy poco que ver con los que he pasado yo este fin de semana (qué dura ha sido la vuelta!). Os invito a que paseéis conmigo por París, ¿os hace?
Nuestro paseo empezará en la Place St-Michel, en el Quartier Latin o Barrio Latino, que por cierto no se llama así porque sus habitantes provengan de países tropicales y sus calles estén llenas de salsa y bachata, sino porque hubo un tiempo en el que el latín era el idioma “oficial” del distrito, que alberga una de las universidades más prestigiosas de Europa: la Sorbona.

Cruzamos el río por el Pont Saint-Michel (dejando la catedral de Notre Dame a la derecha), y continuamos nuestro paseo a orillas del Sena por el Quai des Orfèvres…

… hasta llegar al Pont Neuf, el primer puente de París construido en piedra bajo los reinados de Enrique III y Enrique IV, al cual por cierto podemos ver en la foto de abajo en una compañía poco agradable. Enrique IV (Henri le Grand) pasó a la historia por su frase célebre, “París bien vale una misa”, pronunciada cuando tras numerosos (e infructuosos) esfuerzos se dio cuenta de que la única manera de hacerse con la ciudad sería renunciando a su fe (protestante) y abrazando el catolicismo.

Sigamos. Cruzaremos el puente para continuar por el Quai de Conti, y de nuevo volveremos a cruzar el río por el Pont des Arts, que une el Institut de France (que alberga, entre otras, la Académie Française) y el museo más famoso de la ciudad: el majestuoso Louvre.

De ahí pasaremos al Palais Royal, en el barrio de los teatros, y veremos (aunque de lejos) la Ópera Garnier. Y como ya llevamos un rato de paseo, haremos un alto en el camino para comer en las Tullerías, donde encontramos a los parisinos disfrutando del sol sin que les preocupen demasiado las bajas temperaturas:

Después del refrigerio, atravesaremos el parque hasta llegar a la Place de la Concorde, sangriento escenario de la Revolución Francesa que presenció numerosos guillotinamientos, entre otros el de Luis XVI. Tras el Terror, el Gobierno francés decidió rebautizar la Plaza de la Revolución como “Plaza de la Concordia” y convertirla en un símbolo de unión y armonía del pueblo francés. En esta plaza se erige ahora el Obelisco de Luxor (23 m de altura), un “préstamo” de las campañas africanas de Napoleón.

A la derecha de la plaza (según miramos desde el punto en el que está tomada la foto) podemos contemplar el Hotel Crillon, uno de los palacios más lujosos del mundo. En él se alojan las celebridades que visitan París, y el ganador del Tour de Francia durante las 3 noches siguientes a su victoria. Y es precisamente en este punto donde empiezan los Campos Elíseos, principal avenida de París y donde se sitúa la línea de meta de esta dura prueba.
Continuaremos hasta la glorieta Franklin Roosevelt (“fjanclán” para los franceses), donde giramos a la derecha para poder contemplar el Grand Palais y el Petit Palais, situados uno frente a otro, ambos salas de exposiciones construidas para la Exposición Universal de 1900. Y se ahí cruzaremos de nuevo el Sena por el Pont Alexandre III…

… que nos llevará a la explanada de Los Inválidos, construido por Luis XIV para los veteranos de guerra sin hogar. Hoy día alberga los restos de Napoleón Bonaparte y el Museo del Ejército. Pero no nos detendremos mucho, y giraremos a la derecha para continuar el paseo por la Rive Gauche y el Quai Branly hasta llegar al pie de uno de los monumentos más reconocibles del mundo entero: la Torre Eiffel. Pensamos que merecería la pena pagar los 12 euros que cuesta la entrada hasta la cima, pero al parecer eso mismo pensaron todos y cada uno de los turistas de París el sábado, con lo que la cola era un zigzag interminable. Cola interminable + tiempo escaso = vámonos, que ya hemos visto todo lo que teníamos que ver
Os tendréis que conformar con una panorámica de tierra…

Cruzamos el río (por el Pont d´Iéna) y llegamos al Trocadero, inmensa plaza y mirador ideal para disfrutar de las mejores vistas de la torre. Y tras subir los escalones llegamos a la estación de metro, que tomaremos para llegar a Montmarte, el barrio más bohemio, más canalla y posiblemente más atestado de turistas de París:

Si no cogéis el funicular os encontraréis con muchísimas escaleras, pero la recompensa que aguarda arriba al visitante sin duda merece la pena:


En nuestro caso la recompensa fue doble: no sólo nos encontramos el imponente Sacre Coeur y estas maravillosas vistas de París, sino que además pudimos disfrutar de una precisosísima puesta de sol. Y después continuamos nuestro paseo por la Place du Tetre y numerosas callejuelas, que finalmente nos llevaron a encontrarnos de bruces con uno de los espectáculos más pintorescos que he visto nunca: Écosse à Montmartre (http://www.ecosse-montmartre.com), celebración que tiene lugar cada dos años, cuando Escocia se enfrenta a Francia en suelo parisino. Imaginaos nuestra sorpresa cuando, al doblar la esquina, nos encontramos de bruces con una banda de gaiteros, la banda de la Marina, una serie de personajillos vestidos al más puro estilo “Braveheart” y a un grupo de abueletes con capas negras, sombreros de plumas y un cirio en la mano cada uno.

¿Qué hicimos? Dejarnos llevar. Como si de las ratas de Hamelín nos tratásemos, simplemente seguimos a la banda. La música de las gaitas escocesas tiene ese efecto en nosotros. Esta curiosa “procesión” nos adentró en el corazón de Montmartre y culminó en una plazoleta junto a la Place des Abesses, donde recompensaron nuestro “esfuerzo” con un vaso de vino caliente.
De ahí retomamos nuetsro paseo según lo planeado y bajamos por la calle Lepic hasta “Les Deux Moulins”, famoso café gracias a Amélie Poulain y su entrañable historia. Nos hubiera gustado entrar pero estaba hasta los topes, así que sólo pudimos quedarnos el tiempo suficiente para comprobar que hay un gnomo de jardín al final de la barra…

Y al final de la calle, la estrella indiscutible de la noche parisina, el Moulin Rouge!

Después del “paseo”, de vuelta al hotel para recobrar fuerzas. Creo que no me habrían bastado tres días para recuperarme de la caminata, pero tuve que conformarme con un par de horas, porque como dice mi compañero de viaje, uno no está en París todas las noches! Así que un pequeño paseo nocturno que empieza en la Île de la Cité (para ver Notre Dame iluminada y disfrutar de una tranquilidad de la que no se disfruta durante el día), continúa junto al Hôtel de Ville y acaba en el Arco del Triunfo (vía metro, por supuesto). Aquí os dejo dos instantáneas de la noche. Ahora descansad, recuperad energías y si os parece, continuamos la visita mañana…

