Vaya por delante que Lars Von Trier, que acaba de estrenar ‘Manderlay’, me parece un tipo muy ingenioso y un gran guionista, pero no dejo de pensar que es, con perdón, un caradura. Un buen director que se dedica, película tras película, a lanzar provocaciones estéticas con tal de comercializar en masa sus inquietudes. ¿Qué opinais?
Yo pienso que a veces el recurso estético es la forma más rápida de llamar la atención y reivindicar que somos diferentes. Eso pasa con las personas y también con las películas, claro. Podemos aparentar ser distintos, pero otra cosa es serlo de verdad. ¿O no?
En 1995, Von Trier impulsó el movimiento Dogma. Propuso diez mandamientos -no rodarás con luz artificial, no usarás sonido artificial, no emplearás trípodes, etc… ¿Era necesario proclamar ese manifiesto a los cuatro vientos? Si querían rodar de esa manera no se lo impedía nadie. Es innegable que aquello funcionó como una campaña de márketing que popularizó el cine danés en todo el mundo. Si lo que querían demostrar es que el cine de bajo presupuesto puede ser de gran calidad, no era necesario. Esa afirmación -como la de que el cine de bajo presupuesto puede de ser también de muy baja calidad- se ha comprobado desde los inicios del cine. ¿No es así?
Los firmantes del Dogma renunciaban a ser directores y a ser conocidos, pero ahora resulta que sus nombres son tan conocidos como los de algunos directores de Hollywood. ¿Exagero?
Ahora viene ‘Manderlay’ y, más que ser una película rodada sin artificios, es el artificio puro (un escenario teatral, casas dibujadas en el suelo, decorados imaginarios…). ¿Acaso ya no es válido el mensaje del Dogma? ¿No será que se ha pasado de moda y ahora toca probar con otro planteamiento que renueve nuestra imagen? ¿Reinventarse o morir? ¿Qué opináis?

