Tupper


                                                                                                                                                       

Si el genial William Shakespeare levantara la cabeza y volviera  a menear su magistral pluma, sin lugar a dudas, cambiaría algunos pasajes de sus obras para actualizarlas a estos viejos tiempos que estamos sobreviviendo. Entre las muchas posibilidades cabría la siguiente: “Tupper o no Tupper, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma, sufrir los injustos precios de la hostelería o cocinar en casa y llevar consigo el alimento para llegar a fin de mes?” El Tupper se ha convertido en un símbolo de las clases medias, bajas y subterráneas. No lo digo por el último episodio de “lanzamiento de” contra la Presidenta de la Comunidad de Madrid. El Tupper vendría a ser como la caja fuerte de los pobres; un cofre de plástico donde viajan los tesoros del ciudadano medio, que no otros que los restos de la comida que sobró del día anterior. Garbanzos con chorizo, ensalada de pasta, brócoli hervido, o los clásicos filetes empanados que harán las delicias del currela de turno en su receso para manducar. Pero el Tupper es algo más que un envase que nos permite ahorrar dinero a la hora de comer. Es una reserva emocional de los sabores del hogar y una declaración de sanas intenciones en época de severas dietas. Ay ese Tupper de frutitas al asalto de una talla menos. Ya existen militantes del Tupper, personas que podrían pagarse su menú del día, pero prefieren oler y degustar  el guiso propio, con su sabor de hogar, algo muy gratificante en medio de la despiadada jornada laboral. La mejor creación de Adrià no tiene nada que hacer contra unas albóndigas con tomate, cocinadas por tu madre, recalentadas en el microondas de la oficina. En un Tupper, además de la comida, van el cariño, las manías y la cultura gastronómica de cada familia. Perfectamente envasados al vacío popular, con el único conservante que supone el haber cerrado la tapa con fe. Qué momento más entrañablemente cotilla es ese en el que los reojos van escrutando los Tupper de los compañeros de comida pobre, en busca de otras intimidades. No desestimemos el poder de la cultura Tupper: <<yo me lo guiso, yo me lo llevo, yo me lo como>>. Pasen buen día.

 Un abrazo de oso panda a todos los que por aquí paséis.

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