Memorias perdidas

En muchos relatos, fragmentos, cuentos, historias e historietas, la memoria lo es todo. El primer personaje abre la ventana al segundo, nos introduce en su mundo para que éste luego nos sumerja en otros laberintos donde se entrecruzan otras voces que sirven de coro para el primero o tienen más relevancia que él mismo. Y así es la vida. También.

Cada uno teje su índice, con los capítulos que tendrá su existencia, más las historias pequeñas que subyacen tras ellas, condimentado por un prólogo y un epílogo. Que vendría a ser su nacimiento y su muerte, o las causas y consecuencias, o anécdotas que son imprescindibles para seguir el devenir de la andadura. Pero…¿Es ésto posible sin la retención de ideas, de memoria? Parece que no.

Y de eso se tira, la memoria se trabaja. Es un músculo más. La inspiración que nos coja trabajando…la memoria. Los escritores tienen muchas. La primera, la de su vida. Las siguientes, como buenos voyeurs, las de los demás: sus chismes, las historias que les cuenten, son unos periodistas caninos, ávidos de saber. Las últimas, las inventadas. Ese baúl al que recurren cuando la vida no da para más, que suele ser pocas o muchas veces, según se mire. De ahí la experiencia vital de cada uno.

Pues lo dicho, en los momentos actuales, la memoria es un RAM, un disco duro del PC, y no un sentimiento. Porque, a veces, hay que darle cariño. Fíjense, cuántas historias se han sacado de las ideas, del pensar o de lo vivido. Y es que escribir también es una redención; una forma de explayar lo que uno siente, lo positivo, lo glorioso y otra forma de quemar en la queimada los fantasmas que nos aterraron en el pasado con personajes que cierran un ciclo vital, que fueron carne pero que ahora son tinta. Es una forma de recuperar la memoria histórica para servir de suero balsámico y para embalsamar lo caducado.

Hagan memoria, aunque no la tengan, y escriban. Escriban algo memorable.

Por ti, por mí, por nosotros dos

Ella vino al mundo junto a mí. No la he podido separar, no ya de mi cuerpo, sino de mi sentir. Está no sólo conmigo, también contigo y con los demás, todos aquellos que conoces y los que no conocerás. Está sujeto a nuestra especie, goza de silencio, a veces extremo, un aterrador silbido interior que se abre en medio de un alboroto social.

Unos la ven como la mujer consentida, ésa que a pesar de sus pesares, hay que dejarla campar a sus anchas, disfrutar de su compañía con un humor febril. Otros, quieren su divorcio, amarla de lejos, llorarla por no encontrarla un espacio, un hueco donde posicionarla en este mundo pueril. Pocos la entienden, desde que Dios creó a Adán y Eva, ella fue la primera hija, sin pecado concebida, eso sí nunca fue reconocida, más tarde sabrían y sabríamos que es para toda la vida. No hay baby-sitter que cuide de ella, siempre la llevaremos a cuestas.

Nuestra relación con ella, es de amor-odio, de toma y daca, de dame y toma, de alivio y sufrimiento, de blanco y negro, de besos apasionados y rabiosos cuchillazos. Todo es feliz cuando se la busca, cuando es deseada su presencia, cuando se descuelga el teléfono y se espera que ya esté al otro lado sin marcar número alguno. Es poesía, esencia, es uno mismo. Tiene nombre femenino, quizá un suplicio para su propietaria o un seguro de vida si es de carácter libertaria. Se la quiere, guarda secretos, uno se vuelve único, diferente, verdadero, da protagonismo y resta a los demás, es una balada íntima a bailar sin público para juzgar. Por contra, su lado más cruel aparece en grupo, en dualidad o en nosotros, cuando se rechaza su aparición o no se requieren de sus servicios, cuando el corazón está hueco y no existe derecho a sanación. Todo es difuso, raro, como una estaca clavada en el pecho por el ser más querido convertido en vampiro sin previo aviso.

Ahora conmigo está, por aquí pululando, rondándome sin saber, que no es la Parca ni el ayer, es sólo que se acerca tímidamente, con sigilo, para desvanecer todo aquello en lo que pensé. No busca rimas ni tampoco la verdad, pero ayuda a ello, me transporta a otro mundo, vuelta a la zona cero, a sentirme naúfrago sin un islote fugaz, una esfera invisible que envuelve al intocable en una presa vulnerable. ¿Qué quién es? Ya la conocéis, no hace falta nombrarla, es un continuo compás de espera. Tú eliges cuando sacarla a bailar. Yo ya lo estoy haciendo.

El Mundo del mundo

Rincones, lugares, espacios, sitios…Y así hasta morir. La era del siglo XXI está abarrotada de un mundo nuevo, de un red que nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos. Y a los demás. Que si sus fotos, sus sueños, sus rasgos, lo que aman y, por supuesto, lo que odian. Queremos dar nuestra mejor cara, la que nadie conoce. O eso creemos. La que queremos mostrar..y no podemos. Pero hete ahí “Intenné”, como dirían por el sur, ese regalo divino que el Dios Moderno nos dio por cumplir veintiún siglos con Él. Gracias.

Ahora, mientras escribo esto que quiere pseudoparecerse a un análisis sopesado y profundo, las teclas son mis manos, mi cabeza la pantalla y mis sentimientos lo que quedará plasmado en minutos posteriores. Quién pensaría que en el 2008, los emails fueran nuestro desayuno, el “tuenti” nuestra droga selecta y el messenger, el beso de buenas noches. Dejémonos de dilaciones, hay que estarse conectados para saber que el mundo no está en la realidad, sino en la ficción, en el arquetipo de una pantalla de plasma que nos induce a creernos todo lo que nos cuenta; como un cuento de Iker Jiménez, un enigma ya resuelto, pero que cuesta creer. La verdad está ahí dentro. ¿O no?

Las botellas de Crusoe se han sustituido por cadenas infinitas que aprisionan el correo a diario, las felicitaciones navideñas no descansan ya en buzones perdidos, ahora están en correos no deseados. Los reproches son impersonales: no hay enfado, resignación, llanto o dolor, solamente signos de interrogación o exclamación. Romeo y Julieta serían amores de cibercafés, los hackers los enemigos de su placer. Calixto y Melibea buscarían su Celestina en cualquier hoja de contactos personales, y Fausto, saciaría su amor al saber con Google, y éste a su vez, tendría su cliente ferpecto. Voilá. Pero, sucede que a veces, que el portátil naufraga, se va la corriente, y te arrastra del mundo por un tiempo. Menudo susto. ¡S.O.S.! O quizás un alivio. Off.

TV, !MIRA LO QUE TE HAN HECHO¡

Vivimos en un mundo donde lo audiovisual lo es todo. Las imágenes copan nuestra vida, sin ellas no podemos concebir el mundo. Es más, ya existe una generación de la imagen, que creció al ritmo, al compás de la televisión, de los videojuegos y de la construcción intelectual mediante ella. Yo soy uno de ellos.

En la actualidad, la televisión es un ente relevante en nuestra sociedad. De los medios de comunicación, es el rey, el más visto, el más comentado en el café de primera hora de la mañana y cuenta con el efecto del dinamismo y de la inmediatez, que engancha al televidente a seguir viéndolo un segundo más, un minuto más, cinco minutos más…¿Pero a costa de qué?

En mi caso, cuando se emiten “retros”, es decir, la televisión del pasado, disfruto más que con la actual; ver los factores, los elementos que han traído esta vorágine insaciable de “realitys” y de “fast think” sin cordura y razonamiento alguno, es un buen motivo para saber por qué hemos acabado así.

A partir de mis dieciséis años, los “Gran Hermano”, el “Bus” y demás producciones parecidas me han acompañado hasta ahora. Y no sólo eso, el cuore, el papel couche, han envenenado el panorama nacional e internacional. Nos hemos vuelto más voyeur, con ansias de saber qué le pasa al vecino. Lo admito. Aunque sea raro. Me cansé de saber de los Ismael Beiros, Colates o Tamara Seisdedos. De sus amores, de sus excentricidades o de con quién querrían acostarse por salir un par de minutos en la Noria o en “Dónde estás corazón”. Seré un friki por no amar a los frikis.

La televisión ya no es televisiva. La gente que tiene algo relevante que contar, no aparece. Lo insulso, lo banal, lo fatuo contamina nuestro salón, cada vez se tiñe de un color más amarillento, pestilente, de ese que acaba pudriéndose en su propia merde. Y es que el núcleo fundamental por el que se ha derivado este problema, es lo de siempre, falta de imaginación. ¿Alguna idea?

Si pienso de una forma malévola y empresarial, diría que el público demanda lo que se emite, que si se lo tragan es porque lo aceptan. Además, hay canales privados y públicos, no nos podemos quejar, si no te gusta cambia de canal. Si soy un ecologista teleambiental, expresaré mi repulsa por los programas de baja calidad que se emiten, por la nula cultura y la búsqueda de la risa fácil y del morbo barato para alienar a la audiencia y convertirla en una masa de chicle “Boomer”.

En pocas palabras y, como dicen que una imagen vale más que mil palabras, la pantalla en blanco sería lo único rescatable de la televisión contemporánea o las barritas de colores antes del comienzo de la emisión. Está claro, que la televisión es la conmistión de entretenimiento, la información y aprendizaje. Sólo hemos cumplido la primera premisa, a la segunda le falta contraste. Total, hemos aprendido lo que no debemos hacer. Créditos, por favor.

Padam, padam, padam

Esta pasada noche se entregaron los premios de cine Oscar en el teatro Kodak, donde Bardem se llevó uno de ellos a mejor actor de reparto. Aparte de él, sí que ha habido una bella damisela que me ha impresionado con su triunfo. Hablo de Marion Cotillard, flamante ganadora de la estatuilla a mejor actriz principal por su papel en “La vie en rose”. Magnífica. Sorprendente. Atrapa desde la primera secuencia.

Todo este asombro viene por haber visto esta película allá por abril del año pasado, con ganas de pasar una buena tarde en compañía familiar y de paso recorrer la vida de una de las divas del pasado siglo. Sin más intención. Pues bien, al terminar, como si estuviera preparado de antemano, todo el público que asistía a ver la película arrancó, y arranqué yo con ellos, a aplaudir al ritmo de “Rien de rien”.

Su vida, llena de intrahistorias, de pobreza económica que no espiritual, de superación, de devaneos amorosos y reafirmación personal por encima de cualquier problema o persona, hace que el público se involucre de principio a fin, que no sea un mero transmisor sino que sienta y padezca la vida de Piaf, hasta su cáncer, hasta su muerte: la pena.

Pero todo esto no hubiera sido posible sin su adaptación, sin la búsqueda de la actriz que hiciera que un servidor supiera que es derramar algo de líquido acuoso después de tanto tiempo. Por eso y dando las gracias a los que la escogieron para el papel, uno no se esperaba que de aquella tarde saliera un Oscar. Padam, padam, padam…

S.A.

El mundo está compuesto por personas. Personas diferentes. Algunas destilan más apariencia o dejan tras de sí un aroma de estrella suprema (que muchas veces deja a su vez miserias espirituales), mientras que otras son mundanas, y pasan por la vida, según algunos, sin pena ni gloria. Yo me quedo con los últimos citados.

A lo largo de los días, desde la mañana a la noche, o desde cuando uno es niño hasta que llega a la vejez, se conocen infinidad de caracteres, siendo muchas las personas que se quedan por el camino, y sólo la inmensa minoría la que queda al rescate de uno. No obstante, yo siempre he tenido curiosidad por las personas anónimas. Y que no se me entienda mal. No son aquellas que no tienen nombre o que aparecen en la crónica de sucesos de las televisiones. Son ésas que dan sin esperar nada a cambio, y no pensemos en una secta religiosa o en algo viciado, sino que ayudan con una intención de finalidad y no de medio. Además, no presumen de sus actos y en la mayoría de los casos, no reciben las felicitaciones merecidas. Son los ángeles del siglo XXI, antes no sé cómo se les llamaría. ¿Santos?. La religión lo contaminaba todo.

Los Anónimos no tienen porque ser grandes amigos, ni conocidos, ni familiares. Pueden serlo y también no serlo. La verdad que son muy fáciles de distinguir entre la muchedumbre, siempre que haya un problema, ya sea de alto grado o menor, saltan a la luz como las polillas, tienden su mano al instante y hacen lo que pueden en la medida de lo posible. Es decir, ante un problema humano dan un paso más que los demás.

Por ello, se pueden encontrar en la esquina de una calle, en un ascensor, en una estación de autobuses, en medio de una expedición a los Andes o en una tertulia de un café a medianoche. No hay lugar prohibido. Eso sí, no se les ve, andan ocultos entre la masa, pueden parecer extraños como cualquiera a primera vista, pero como las estrellas en el firmamento, relucen cuando a uno más le hace falta. Va por ellos. Por su desinterés en ayudar sin ningún miramiento prejuicioso y su interés para siempre hacerlo. En estos mundos que corren, miradas como las suyas escasean y no dejan a uno indiferente; no les conozco, pero hago lo posible por asemejarme. Quiero ser Anónimo con mayúsculas. ¿Y tú?.

Lantana, la madurez de la juventud

Inserta dentro de la música, más en concreto, de la creación y del desarrollo de canciones, Lantana, barcelonesa de origen, ha puesto en la calle su primer disco, Desorden y Amor. En un mundo donde los hombres siempre llevan la voz cantante, ha desafiado esta condición y se ha propuesto entrar en este escenario con su música, la que le ayuda a entender y ordenar todo eso que llamamos mundo.

Desde antes ya venía pegando fuerte, al estar nomidada a un Goya por Imaginarte, la banda sonora de una de las películas triunfadoras del año pasado, Azul oscuro casi negro. Su vocación de artista no fue natural, cuando era pequeña quería ser política o cualquier profesión que le pudiera ayudar a expresarse como es. Al final eligió una no menos dificil pero sí más profunda, la interpretación y la música.

Mediante su primer single, escuchado bastante en canales comerciales como los 40, Siempre, le ha abierto las puertas en el mercado nacional, y más de uno se ha descargado su homólogo en el móvil. Cosas de las nuevas tecnologías, que para ella no son más que un obstáculo. Ama la letra, el sentir y no sus medios. Curiosa paradoja.

Por ahora, busquen un recoveco para escucharla en su página web, www.lantana.es, y verán que no es una compositora cualquiera, que no cae en los tópicos corrientes de sentimientos mitificados sino que le da una vuelta de tuerca, compaginando notas suaves con brotes violentos, pasando de la calma a la tempestad, de una canción a otra. No se quedarán indiferentes. Ella es diferente. Conózcanla.

Oriana, una que revolucionó el gremio

Nacida en una familia sencilla, Oriana Fallaci fue la mayor de tres hermanas, Neera y Paola, ellas también periodistas y escritoras. Su infancia transcurrió en la Italia de Mussolini. Su padre era un activo antifascista, que sin duda influyó en las ideas de una jovencísima Fallaci que, todavía adolescente, fue partisana durante la II Guerra Mundial, uniéndose a la resistencia armada contra la ocupación nazi en su Toscana natal.

La joven Oriana se unió así al movimiento clandestino de la Resistencia “Justicia y Libertad” viviendo en primera persona los acontecimientos de la guerra: durante la ocupación de Florencia por parte de los nazis, el padre fue hecho prisionero y torturado en Villa Triste, y luego liberado. Por su activismo durante la guerra recibió a los 14 años un reconocimiento de honor por parte del Ejército Italiano.

Fallaci estudió después Medicina en la Universidad de Florencia a base de becas, pero nunca terminó la carrera, y poco después, inició una extensa carrera como periodista. Como corresponsal de guerra siguió todos los conflictos de nuestro tiempo, desde Vietnam a Oriente Medio, desde India-Pakistán a Latinoamérica, y logró entrevistar a numerosos líderes y celebridades del siglo XX como Henry Kissinger, el Sha de Persia, el ayatolá Jomeini, Willy Brandt, Zulfikar Ali Bhutto, Walter Cronkite, Muammar Gaddafi, Federico Fellini, Sammy Davis Jr, Nguyen Cao Ky, Yaser Arafat, Indira Gandhi, Alexandros Panagoulis, Golda Meir, Haile Selassie, Mao Tse Tung, John y Robert Kennedy y Sean Connery.

Siempre desde posiciones liberales y laicas, su estilo literario ha sido apasionado, controvertido y polemista. Ha tocado todo tipo de géneros, desde la opinión, a los reportajes o la entrevista. Sus libros se venden por millones y han sido traducidos en más de treinta países. Ha recibido numerosos galardones y reconocimientos, entre los que destaca el Doctorado del Columbia College de Chicago. Retirada a principios de los años noventa a causa de una grave enfermedad, decidió volver a escribir tras el 11 de Septiembre de 2001, del que fue testigo inmediato como ciudadana neoyorkina.

Desde que rompió su silencio con La rabia y el orgullo, ha dedicado sus obras «a defender la civilización occidental, no frente a la musulmana, sino frente al fundamentalismo islámico». En opinión de la escritora, existe un alarmante proceso de islamización de Occidente, al que denomina Eurabia, proceso que, en su opinión, habría contado con la complicidad de la izquierda europea. Esas polémicas tesis le han granjeado no pocos problemas (incluidos procesos judiciales por «difamación contra el Islam») y campañas en su contra, aunque cuenta también con numerosos defensores.

Los últimos años de su vida vivió en Nueva York, donde mantuvo una larga lucha contra un cáncer de mama al que elevó a categoría literaria y al que denominaba “El Otro” en sus últimas obras. Ante el agravamiento de su enfermedad regresó a Italia, donde falleció en un hospital de su Florencia natal el 15 de septiembre de 2006.

Oriana Fallaci, es así, una mujer que no ha dejado indiferente a nadie; su sabiduría al servicio de nuestro oficio, el periodismo. Para bien o para mal, hizo preguntas que a más de uno le costaría hacer a los dueños del poder, no quiso quedarse como una mera transmisora sino poder poner toda su pasión en su quehacer, sin la frialdad de un calculador.

Entre sus citas hay una que resalta sobre las demás “Confío en que seas un hombre como siempre lo he soñado, dulce con los débiles, feroz con los prepotentes, generoso con quien te quiere, despiadado con quien te manda”. Esta fue, es y será su filosofía, a cada uno lo suyo, siempre que se pueda.

La felicidad….¿un ente empírico?

Al ritmo de la canción “Escándalo” del celebérrimo e ínclito Raphael, mis compañeros de clase decidieron cuestionarme algo: La felicidad. Para uno de ellos, pues omito el nombre, es una borrasca, una nebulosa de humo sobre las Islas Perdidas, uys, Las Canarias, es algo místico, que se le aparece por la noche, chiz-chas, al acabar la jornada o durante el fin de semana. Seguro que lo han adivinado, yo sufro sus efectos. Aunque también me uno a ello cuando su aspiradora no puede más.

Otra, lo basa en irse de shopping, en gastarse todo a toco-mocho, en ser una compradora compulsiva que no tiene complejos de vender sus hermosos zafiros azabache para tener una Moulinex Alpha Corp. H2x6969, con su exclusivo abreberberechos de tecnología google earth, que permite descodificar todo tipo de hongos que contraigan estos pequeños moluscos marinos. Palabrita del niño Jesús.

De mientras, existe otro personaje que dedica su vida a leer, releer y visionar todo tipo de fascículos, libros, panfletos y revistas para tener más dioptrías que la fusión entre el mísmisimo Rompetechos y Anacleto, el agente secreto. No hace más que engullir letras editadas por el Indesign y beber sorbos de cintillos y ladillos, que puede que le hagan en un futuro próximo usar el código morse, perdón, braile. O quedarse como el muñeco amarillo asesino de la película Sin City, ese pequeño pacman que nunca creció. Sí, señores, a ese que le agarran por las pelotas y se las extirpan cual jineta amedrentada por el calor del desierto de Atacama. Como lo oyen o leen, mejor dicho. !Glup!

Yo, al escuchar todas estas confesiones a media mañana, me siento extraño. No hago nada de eso. Es que no hago nada. En eso consistirá la felicidad, ¿En poder no hacer nada? ¿Qué es para ustedes, señores lectores de este “gran blog multimedia”, su felicidad? ¿Se encuentra quizá en pelar una mandarina traída de Taiwan o disfrutar de la hemeroteca del Tomate ahora que finaliza? ¿Está en las pequeñas cosas, en los libros, en la cultura popular, en la gente, en la amistad, en el amor, en nosotros mismos, tanto física como mentalmente?

Si la ven, díganla que corra a vernos, no vaya a ser que nos vayamos con otras, que Bilbao La Vieja queda muy cerca….

Me basta así

Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.

Ángel González.

Sobran más palabras…

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