Compañero del alma, compañero

Tendría yo 11 o 12 años y tenía que estudiar a los autores del 27 para un examen de literatura. Como por aquel entonces era un poco vaga (¡característica que he ido mejorando con los años!…), había dejado toda la materia para estudiar justo el día anterior al examen. Así que mi madre me estuvo ayudando y contando historias de las vidas y obras de los autores.

Como Miguel Hernández, y Elegía en concreto, es uno de los autores y poema preferidos de mi madre, hizo especial incapié en la historia de este poema. Al día siguiente, una de las preguntas del examen era la vida y obra de Miguel Hernández. ¡Mi primer aprobado a la primera en literatura! A partir de entonces me empecé a interesar por la poesía.

La base de este poema descansa en una promesa recíproca establecida entre Ramón Sijé y Miguel Hernández. Se habían jurado que si uno de ellos llegaba a morir el otro debería cavar la tumba del amigo desaparecido. Sijé murió en nochebuena de 1935 y Miguel Hernández se enteró a través de Vicente Alexandre quien, a su vez, había leído la notica en el periódico. Para cuando llegó Miguel, Sijé ya había sido enterrado.

Fue tal su tristeza que escribió “Elegía”, ¡Ustedes lo disfruten!:

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

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