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“Mujeres ‘burka’ españolas”: ‘El Mundo’ alimenta la histeria electromagnética

2012 diciembre 13

Ángela Jaén se suicidó en su casa de Pinto (Madrid) el 28 de noviembre. Tenía 65 años y se quitó la vida porque no podía aguantar más el sufrimiento que, según ella, le causaban las ondas de radiofrecuencia. “El velo de metal que llevaba mi madre le ayudaba, lo malo es que la pobre ya se había contaminado demasiado, debido a la antena de telefonía que tenía a 60 metros de su piso. Sufría unas convulsiones espantosas, su cuerpo se había convertido en una pila”, contaba el domingo en El Mundo uno de sus hijos, Ángel Martin. El terrible suceso servía de pretexto para hacer una apología periodística de la histeria electromagnética, basada en declaraciones de afectadas y opiniones de un vendedor de remedios y de un investigador cuyo prestigio científico es más que cuestionable.

Reportaje sobre afectadas de 'hipersensibilidad electromagnética' publicado por 'El Mundo'.“Mujeres ‘burka’ españolas” parte del suicidio de Ángela Jaén para sacar a la luz “el drama diario y desconocido de varias docenas de españolas afectadas de muerte por las ondas electromagnéticas”. El autor asume que hay en nuestros país unos 300.000 electrosensibles -no sabemos de dónde saca la cifra-, personas con alergia a “las ondas que vomitan las antenas de telefonía, los móviles, los teléfonos inalámbricos y la redes Wi-Fi”. Al exponerse a ellas, estos individuos -en su mayoría, mujeres- sufren dolores de cabeza, mareos, insomnio, eczemas, vómitos… “Las redes inalámbricas de Internet o los repetidores de móviles cercanos nos abrasan”, declara una afectada. Y el periodista, Paco Rego, toma partido por el bando erróneo, el de unas mujeres cuyo padecimiento es indudablemente real, aunque la causa no sea la que ellas creen y El Mundo abandera.

La hipersensibilidad electromagnética es un supuesto mal que hace que algunas personas padezcan una gran variedad de síntomas debidos, según ellas, a la exposición a las ondas de telefonía y de instalaciones inalámbricas, líneas de alta tensión… Sin embargo, un metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, revista de la Sociedad Americana de Medicina Psicosomática, examinó 31 estudios hechos a 725 afectados de hipersensibilidad electromagnética y descubrió que 24 trabajos no daban ninguna prueba de la existencia de la patología y que, de los 7 aparentemente restantes, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados, algo básico en ciencia. Los autores determinaron que la presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas tendrían un origen psicosomático.

Es la misma conclusión a la que llega un documento de la Organización Mundial de la Salud de junio de 2011, según el cual nadie ha conseguido probar “que la exposición a campos de radiofrecuencia de nivel inferior a los que provocan el calentamiento de los tejidos tenga efectos perjudiciales para la salud” ni “que exista una relación causal entre la exposición a campos electromagnéticos y ciertos síntomas notificados por los propios pacientes, fenómeno conocido como hipersensibilidad electromagnética“.

Testimonios de afectados; nada más

En el reportaje de El Mundo no se cita ninguna de estas fuentes ni, por supuesto, se presentaningún estudio que confirme los dañinos efectos de las emisiones de radiofrecuencia porque, simplemente, no los hay. Sus dos páginas se dedican a contar lo que sostienen las afectadas -cuyo drama nadie niega- y quienes se lucran vendiéndoles todo tipo de remedios. Lo más cerca de la ciencia que se aproxima el texto es cuando cita al “investigador Dominique Belpomme, de la Universidad París-Descartes, una de las voces más autorizadas en radiaciones”, de quien se dice que el 14 de junio en Roma sentenció que “los campos electromagnéticos provocan importantes efectos en el cerebro, alteran la comunicación entre las neuronas del sistema nervioso y modifican la sangre”.

Lamentablemente, Belpomme no sólo no es “una de las voces más autorizadas en radiaciones”, sino que además, según revelaba en mayo de 2011 el blog Ministry of Truth, tontea con la pseudociencia hasta el extremo de ser un activista contra la fluoración del agua potable e invitado de honor en congresos de medicina ayurvédica. Que ostente la presidencia de la Asociación para la Investigación y Tratamientos contra el Cancer (Artac) tampoco es algo a destacar, dado que esa entidad fue creada por él y es una plataforma para la promoción de sus ideas, creencias y persona. Dar crédito a Artac tiene todas las pintas de ser como hacerlo a la World Association for Cancer Research (WACR), que, a pesar de lo que pueda parecer por el nombre, es una organización pseudocientífica española presidida por José Antonio Campoy, un periodista para quien el cáncer puede ser un mecanismo de defensa del cuerpo, que defiende que el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) no es el causante del sida y que publicó un libro con sus entrevistas a un extraterrestre.

Si se despoja del burka al reportaje dominical de El Mundo, no queda nada. Sólo declaraciones de afectadas, sobrecogedoras, pero que no demuestran que su padecimiento tenga una causa orgánica y, mucho menos, que ésta sean las ondas de radiofrecuencia. Lo dije hace tiempo y lo repito. La hipersensibilidad electromagnética existe únicamente en la medida en que hay gente que cree que la sufre, como pasa con las posesiones demoniacas, y se aprovechan de ella pseudocientíficos y vendedores de productos inútiles. Estos últimos hacen su agosto gracias a la ingenuidad de las víctimas y, también, al periodismo irresponsable y alarmista que, ante una afirmación extraordinaria, cae rendido en brazos del charlatán de turno que le da titulares increíbles y nunca consulta con científicos de verdad porque la historia se iría abajo. Dejar a los electrosensibles en manos de supuestos expertos en ese mal es como abandonar a alguien que se cree poseído por el Diablo ante el crucifijo de un exorcista.

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